XXXII Domingo del Tiempo Ordinario

Por: padre José Miguel González Martín

Palabra de Hoy
Palabra de Hoy

7 de noviembre de 2021

Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó.

Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos.

“Esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Lecturas

Primera Lectura

Lectura del primer Libro de los Reyes 17, 10-16

En aquellos días, se alzó el profeta Elías y fue a Sarepta. Traspasaba la puerta de la ciudad en el momento en el que una mujer viuda recogía por allí leña.
Elías la llamó y le dijo:
“Tráeme un poco de agua en el jarro, por favor, y beberé”.
Cuando ella fue a traérsela, él volvió a gritarle:
“Tráeme, por favor, en tu mano un trozo de pan”.
Ella respondió:
“Vive el Señor, tu Dios, que no me queda pan cocido; solo un puñado de harina en la orza y un poco de aceite en la alcuza. Estoy recogiendo un par de palos, entraré y prepararé el pan para mí y mi hijo, lo comeremos y luego moriremos”.
Pero Elías le dijo:
“No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel:
‘La orza de harina no se vaciará
la alcuza de aceite no se agotará
hasta el día en que el Señor conceda
lluvias sobre la tierra’”.
Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías.

Salmo

Sal. 145, 7. 8-9a. 9bc-10

R/ Alaba, alma mía, al Señor.

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R/.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos. R/.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sion, de edad en edad. R/.

Segunda Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos 9, 24-28

Cristo entró no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros.
Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena. Si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde la fundación del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de los tiempos, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.
Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez; y después de la muerte, el juicio.
De la misma manera, Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos.
La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, para salvar a los que lo esperan.

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12, 38-44.

En aquel tiempo, Jesús, instruyendo al gentío, les decía:
“¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa”.
Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.
Llamando a sus discípulos, les dijo:
“En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Comentario

La Palabra de Dios de hoy nos ofrece una imagen que concentra todo su mensaje. Es la figura de la viuda pobre. Aparece en el texto de la primera lectura, tomado del primer libro de los Reyes, en el que una viuda de Sarepta ayuda con todo lo que tiene al profeta Elías. Confiada en su palabra le da de comer y de beber con lo poco que tenía y… ni la orza de harina se vació ni la alcuza de aceite se agotó. Aparece también tal figura en el texto del evangelio de hoy, en el que Jesús con sus discípulos observaban en el templo a la gente que entregaba donativos. Y viendo a una viuda pobre, que echó sólo dos monedillas, Jesús dijo: “En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Las viudas y los huérfanos, en épocas pasadas, y quizás también en el presente en muchas partes del mundo, eran pobres siempre. Se habían quedado sin el apoyo laboral y económico del esposo, padre de sus hijos. Les tocaba hacer la doble tarea de sostener y mantener el hogar, trabajar fuera y dentro de la casa. En muchas ocasiones eran objeto fácil de todo tipo de abusos. Su condición femenina les hacía todavía más vulnerables. La mendicidad y la miseria se apoderaban de ellas. Y, en muchos casos, no les quedaba otro sentido a sus vidas que el de alimentar y cuidar a sus hijos, vivir para ellos.

Esta figura de la viuda pobre enseguida nos sugiere y recuerda el evangelio de las Bienaventuranzas, que la liturgia de la Iglesia nos ofrecía el lunes pasado en la Solemnidad de Todos los Santos. Bienaventurados los pobres, los débiles, los que tienen hambre y sed, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia… porque recibirán en plenitud en la eternidad lo que ahora la vida terrena y mundana les niega. Bienaventurado es sinónimo de dichoso, feliz, afortunado… Qué difícil para nosotros es entender que los pobres, los que sufren de cualquier modo, son bienaventurados. Cuánto nos cuesta comprender que la pobreza, la desnudez, la privación, el dolor, la persecución, son signos de bendición de Dios y no de maldición, y nos acercan y asemejan más a Él. Cómo nos cuesta aceptar la Cruz en cualquiera de sus formas. Los pobres, los humildes, los desterrados, los calumniados, los sufridos, los perseguidos… siempre serán los predilectos de Dios porque en ellos se refleja su abajamiento por la humanidad encarnada en su Hijo Jesucristo. No lo olvidemos cuando algo de esto nos toque de cerca.

También la Palabra de Dios de hoy nos ofrece otra pista importante de reflexión. Jesús enfrenta la religiosidad de las apariencias, cumplimientos, palabrerías y engaño a la religiosidad de corazón, de verdad, de las obras y el bien. Uno de los ejes de la predicación de Jesús fue este… “misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”… un texto que encontramos en Oseas 6, 6. La relación con Dios no se puede fundamentar en el “Do ut des” (te doy para que me des) sino en la absoluta y total gratuidad del amor sin medida. Dios no necesita nada de nosotros; Dios nos necesita a nosotros. Somos el objeto precioso de su amor único e incondicional. Basta que le amemos de corazón y de verdad, a Él y, en Él, a los hermanos. Evidentemente en esta perspectiva lo menos importante son las cantidades y las apariencias.

Decía el Papa Francisco sobre este texto: “Dios no mide la cantidad sino la calidad, escruta el corazón, mira la pureza de las intenciones. Esto significa que nuestro ‘dar’ a Dios, en la oración y a los demás en la caridad, debería huir siempre del ritualismo y del formalismo, así como de la lógica del cálculo, y debe ser expresión de gratuidad, como hizo Jesús con nosotros: nos salvó gratuitamente, no nos hizo pagar la redención. Nos salvó gratuitamente. Y nosotros debemos hacer las cosas como expresión de gratuidad”.

Por último, la Palabra de Dios de hoy nos recuerda que Dios nunca se deja ganar en generosidad. La actitud generosa hasta el extremo de la viuda de Sarepta no quedó sin recompensa. Dice el texto que por mucho tiempo siguió teniendo harina y aceite. Dios, que es Padre providente sabe dar lo que conviene a sus hijos, sobre todo cuando son confiados y generosos. Que la confianza en el Padre y la experiencia de su amor gratuito nos impulse siempre a darlo todo, generosa y abundantemente, sin cálculos ni reservas, sin esperar nada a cambio. La felicidad de poder dar algo desde lo poco que somos y tenemos, a Dios o a los hermanos, ya es un gran regalo, quizás el mejor.

Oración

Señor Jesús, hermano de los pobres, frente al turbio resplandor de los poderosos te hiciste impotencia.

Desde las alturas estelares de la divinidad bajaste al hombre hasta tocar el fondo.

Siendo riqueza, te hiciste pobreza. Siendo el eje del mundo te hiciste periferia, marginación, cautividad.

Dejaste a un lado a los ricos y satisfechos y tomaste la antorcha de los oprimidos y olvidados, y apostaste por ellos.

Llevando en alto la bandera de la misericordia caminaste por las cumbres y quebradas detrás de las ovejas heridas.

Dijiste que los ricos ya tenían su dios y que solo los pobres ofrecen espacios libres al asombro; para ellos será el sol y el reino, el trigal y la cosecha. ¡Bienaventurados!

Es hora de alzar las tiendas y ponernos en camino para detener la desdicha y el sollozo, el llanto y las lágrimas, para romper el metal de las cadenas y sostener la dignidad combatiente, que viene llegando, implacable, el amanecer de la liberación en que las espadas serán enterradas en la tierra germinadora.

Son muchos los pobres, Señor, son legión. Su clamor es sordo, creciente, impetuoso… y, en ocasiones, amenazante como una tempestad que se acerca.

Danos, Señor Jesús, tu corazón sensible y arriesgado; líbranos de la indiferencia y la pasividad; haznos capaces de comprometernos y de apostar, también nosotros, por los pobres y abandonados.

Es hora de recoger los estandartes de la justicia y de la paz y meternos hasta el fondo de las muchedumbres entre tensiones y conflictos, y desafiar al materialismo con soluciones alternativas.

Danos, oh Rey de los pobres, la sabiduría para tejer una única guirnalda con esas dos rojas flores: contemplación y combate.

Y danos la corona de la Bienaventuranza. Amén.

(P Ignacio Larrañaga, Encuentro 58)

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