
Mucha gente no lo cree todavía, pero vincularse con la vida de Jesucristo y su legado puede dotar al ser humano de condiciones idóneas para enfrentar los días con un mejor sentido.
Su existencia fue tan intensa, y tan positivas las soluciones que dio a sus innumerables situaciones y conflictos, que basta con prestar atención a su vida para mirarla con los ojos de la nuestra, y sentir su cercanía.
A fin de cuentas, la vida de los mortales de hoy y de antes puede coincidir en mucho con la suya, un hombre que conoció el amor y lo representó como nadie, pero también se topó con la envidia, la desconfianza, el egoísmo, la injusticia, la incomprensión, los prejuicios y otras malas hierbas que el tiempo arrastró hasta hoy con una fuerza que asusta.
Fray Luis Pernes, uno de los dos sacerdotes franciscanos a cargo de la parroquia Santa Cruz de Jerusalén, en el municipio habanero de Playa, habló con imágenes similares durante la Misa de Resurrección, un momento que parece sembrar en los fieles pasión y alegría, a juzgar por la brillantez en el rostro con que salían del templo y saludaban a los presbíteros. Uno de ellos batía el incensario y con la otra mano los despedía.
En verdad, esta es una misa muy alegre, rodeada de hermosos y contagiosos cantos de alabanza. El hecho de que Jesús muere y resucita significa la esperanza y la alegría. Abrirse a la esperanza que conlleva la resurrección, es un acto de fe.
Durante la misa de este domingo, cualquiera de las personas que escuchaban con atención al cura parecía apoyar su idea de que la vida pierde sentido sin la compañía de Jesús.
Esto no significa que quienes no creen no encuentren sus caminos. Pero el limpio actuar del Mesías, sus enseñanzas sabias y su bondad de tiempo completo impresionan a quien se adentra en el Evangelio, y, con el pasar del tiempo, funcionan como protección y amparo.
Es algo íntimo. No hay maneras lógicas de explicar la relación que un ser humano establece con Jesucristo, excepto la fe, que tampoco pertenece al terreno de la lógica.
Todo eso se siente, o parece adquirir sentido, al escuchar al sacerdote hablar de la realidad actual de los cubanos, y explicar que el desasosiego que nace de la impotencia y la resistencia más feroz, se alivian y se soportan al lado de Cristo.
En más de una ocasión, como en la Misa de Resurrección del papa León XIV, la primera de su pontificado, se ha escuchado decir que la Resurrección de Jesús es como un «antídoto» frente a la realidad que enfrenta el mundo, en el que los fieles están llamados a ser «portadores de esperanza».
Para los hombres y mujeres de fe, la Misa de Resurrección es la alegría, la gran fiesta de Jesús resucitado. Para otros de fe dormida, puede ser un trampolín sencillo hacia Él. Bien vale la pena sustituir con su presencia cualquier ídolo de carne y hueso que se haya tenido o aún exista, porque con Cristo, no hay temor a decepciones.



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