Parábola del álamo blanco

Por: Fr. Manuel Uña Fernández, OP

Celebrar la vida un año más es un regalo que vivo con la gratitud a flor de piel. Y lo hago sintiendo cómo nuevos escenarios, nuevos rostros, nuevas experiencias, me siguen ayudando a crecer y a ser feliz.

La ventana de mi habitación permite que me recree en un hermoso paraíso, donde puedo contemplar abetos, cedros, álamos, cipreses, y escuchar el canto alegre de las aves.

En este otro «microclima», llego a los ochenta y nueve años de edad, y aflora a mi memoria el paisaje que tantas veces contemplé en mi infancia, a orillas del arroyo Almucera, donde se observan abundantes plantaciones de estos árboles. Por eso hoy deseo compartiros la parábola no del «Olmo seco» sino del «Álamo blanco», que es el árbol que menos se nombra. Su fruto es conocido como «algodón de chopo» y es en realidad una mezcla de semillas y fibras, que son transportadas por el viento.

Cada mañana observo cómo se mantiene con sus ramas mirando al cielo, quieto, pero sin dejar de lanzar al aire sus semillas, gérmenes de vida y fecundidad. Y pienso en nosotros, los ancianos, que también estamos quietos, pero, ¡sin permitir que entre el «viejo gruñón» del desencanto en nuestras vidas! Ahora se nos ofrece la oportunidad de seguir siendo sembradores, de otra manera, dejándonos hacer por Él y por los hermanos.

Estos últimos meses me han hecho el regalo de experimentar más de cerca la fragilidad. Los hospitales de León ya me son conocidos, no puedo olvidar mi estancia en Monte San Isidro, mis compañeros de habitación, el libro que me regalaron los familiares de Juan, los médicos, las enfermeras, los cuidadores. En Princesa Sofía estuve más tiempo, allí comencé la Cuaresma y celebré la Pascua, como uno de tantos, pendiente de que pronto llegara la mejoría.

«Hay que entender al árbol, escucharlo, en su madera viva, en el ciego abrazar de sus raíces y en el milagro de sus hojas verdes, en el zumbido oculto de la savia. Comprenderlo en lo suyo: ese latir que al fin nos une y pugna y no nos deja sobre la tierra solos». (Eloy Sánchez Rosillo, Antes del nombre, 99).

Pero, sobre todo, esta hora me ha traído el don humanizante de mis hermanos, amigos de antaño y compañeros de residencia ahora; de los ángeles que a diario nos hacen la vida más fácil: el personal de gestión y dirección, enfermería, auxiliares, portería, limpieza y cocina.

Dicen que el álamo aporta a los bosques una magia especial, yo diría que la magia de esta casa son las personas. Casi sin ser notados se suceden los detalles, como pequeños milagros de cada día: la ayuda puntual y oportuna, la ropa y los ambientes limpios, los alimentos con sabor a hogar, las flores frescas en el escritorio, el regalo de una foto, una pintura o un libro, la escucha, las conversaciones, la compañía… Una lista que podría ser interminable.

No puedo silenciar tampoco la presencia entrañable de mi familia, sus viajes de Madrid a León y de León a Madrid. Cuánto les quiero y cuánto me siento querido por ellos.

Agradezco también a quienes, desde las dos orillas del mundo, me ayudan a envejecer a ritmo más lento. Un día como hoy, aflora en mi memoria la fiesta patronal de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, de la calle Línea, en La Habana. Fueron casi treinta años acompañando en la Eucaristía a Fr. Léster, a mis hermanos y a tantas personas queridas. A todos los guardo en mi corazón, aunque esté cansado y en silencio.

Recuerdo que hace muchos años, en los Molinos (Madrid), asistí a las sesiones de Personalidad y Relaciones Humanas, fue el comienzo de un nuevo despertar y desde entonces ser persona y acompañar a otros para que lo sean, ha sido la pasión de mi vida.

Dios ha sido y es tan bueno conmigo.

Continúo asomado a la ventana del tiempo, consciente de que estoy en las mejores manos. Allá afuera permanece el álamo quieto, consintiendo que el viento esparza sus semillas. Como diría mi paisano León Felipe:

«La historia y la poesía las hace el viento, y las antologías también, claro está.

»El hombre trabaja, inventa, lucha, canta… pero es el viento el que organiza y selecciona las hazañas, el milagro, las canciones. Contra el viento no puede nada la voluntad del hombre, y cuando el viento ha huido a su caverna me tumbo a dormir. Me despierto cuando él me llama ululante y me empuja. […]

»El viento es un excelente cosechero… elige el trigo, la uva y el verso… el buen vino y el poema eterno… El que sella el buen pan.

»Me entrego humildemente al viento». (León Felipe, Nueva antología rota).

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