
La Cuaresma no es un tiempo gris. Quien se asoma a sus cuarenta días con los ojos de la fe descubre pronto que está hecha de una luz distinta, de una espera que no es vacía sino fecunda. Son cinco semanas en las que la Iglesia espera la gran fiesta, aunque esta se vislumbre todavía entre sombras. Es el tiempo del gozo contenido, de la preparación hacia la liberación que ya está llegando.
Quien haya estado atento a la liturgia de estos domingos en las parroquias habrá notado que, de pronto, en medio del austero morado, el sacerdote se vistió de rosa. Fue el cuarto domingo de Cuaresma, el llamado en latín Lætare («Alégrate»), y la casulla rosada no fue un capricho estético sino un nuevo aire. La Iglesia, como una madre que sabe llevar el ritmo de sus hijos, nos permite tomar aliento. Este pasado domingo, las flores volvieron al altar, las claves sonaron con más fuerza y el canto Laudate («Alabad») resonó en los salmos. Fue un anticipo para hacer memoria que la Pascua está cerca, y que, aunque seguimos en camino, ya la alegría se va colando. Esto nos recuerda que la meta es la luz, que la cruz no tiene la última palabra, y que el camino cuaresmal, por más exigente que sea, está surcado de consuelo.
Los viernes de Cuaresma, en las parroquias y casas de misión, se celebran los tradicionales viacrucis. La comunidad se reúne para acompañar a Jesús en su camino hacia el Calvario. Al seguir los pasos de Cristo aprendemos a cargar con nuestras cruces sin desfallecer, a ofrecer una mano al que tropieza, a descubrir que la liberación no es escapar del sufrimiento, sino atravesarlo con fe, sabiéndonos acompañados. Cuando termina la última estación, uno se va con la certeza de que la Resurrección ya está gestándose en el silencio.
Durante este tiempo, la liturgia nos regala la fiesta de san Patricio, el 17 de marzo, ese gran misionero que supo llevar la fe sin imponer, con la fuerza tranquila de quien camina al lado. En nuestro país, ese espíritu sigue vivo en tantas personas que cada día salen a tender su mano al necesitado, a escuchar, a compartir lo poco que tienen con alegría. El cristiano está llamado a ser luz en medio del camino, a no cansarnos de sembrar esperanza y a ser rostros concretos del amor de Dios para este pueblo, porque en la Cuba de hoy el espíritu misionero es más urgente que nunca.
Después llegó la fiesta de san José, el 19 de marzo. En nuestra patria, san José es un santo muy querido, patrono de muchas parroquias donde se celebra su fiesta con misas, procesiones. Este año, en la iglesia San José, en Güira de Melena, un grupo de catecúmenos que con alegría profesaron su fe recibieron el sacramento de la confirmación de las manos del cardenal Juan de la Caridad García, arzobispo de La Habana, quien expresó: «Si Güira quiere ser feliz tienen que amarse los matrimonios, las familias (…) los padres buenos cuidan a sus esposas e hijos».
Y es que en medio de tantas vicisitudes se necesita a ese padre, ese hombre de la espera silenciosa, el que confía cuando todo parece incierto. El santo nos enseña que esperar no es perder el tiempo, sino abrir espacio para que Dios haga de las suyas. Y en una isla donde la espera es parte del día a día —esperar la guagua, las largas colas, que regrese la electricidad, que la vida mejore—, san José viene a decirnos que la espera con fe es fértil.
Así, entre viacrucis y celebraciones de santos, este tiempo se va haciendo más humano, más nuestro. Esa es la clave de toda la Cuaresma: es un camino de liberación, cuando la Iglesia nos enseña que la espera es también un modo de amar, de hacerse presente en lo pequeño, de confiar en que Dios camina con su pueblo y va haciendo nuevas todas las cosas.







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