Alocución, 23 de octubre, XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

Por: Arzobispo de La Habana, cardenal Juan de la Caridad García

(Canto)

Hoy 30 de octubre, domingo XXXI del tiempo ordinario litúrgico, escuchamos en todas las Iglesias católicas el evangelio según San Lucas capítulo 19 versículos 1 al 10.
(Evangelio)

Es probable y realizable pasar de malo a bueno, de regular a mejor, de bueno a más, y lo demuestra el encuentro de Jesús y Zaqueo. Para convertirnos en mejores necesitamos buscar a Jesús, encontrarlo, verlo, escucharlo. Zaqueo ladrón, estafador y traidor a su pueblo se sentía mal y no era feliz. Las personas hundidas en el mal de cualquier tipo, no son felices, porque hemos sido creado a imagen y semejanza de Dios en el seno materno y nuestra familia nos ha enseñado la honradez, la concordia familiar, la fe en Dios y en la Virgen de la Caridad.

Cuando el esposo abandona a su esposa, cuando el padre deja a sus hijos, cuando los hijos no atienden a sus padres, cuando no cumplimos las promesas dichas, nos sentimos mal, pero al mismo tiempo surge el deseo de mejorar, de vivir de otra manera y empieza el camino de la nueva vida, el camino de la resurrección. Encontrar a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, camino verdad y vida es dejar atrás lo malo y empezar una vida nueva.

Esto le pasó a Zaqueo, quiso ver a Jesús porque no estaba satisfecho con su vida y venció las dificultades para encontrarlo. La multitud impedía que él viera a Jesús y, además, era pequeño de estatura. Se subió a una higuera para conocer a Jesús y el Señor lo ve, y él mismo Señor se invita a ir y alojarse en casa de aquel pecador. Como Zaqueo quería dejar atrás su vida pasada se puso muy contento, bajó de la higuera y recibió a Jesús en su corazón y en su casa.

Y cuando queremos ser mejores encontramos críticas de los demás. En el Evangelio, las personas comentaban: “Jesús ha entrado en casa de un pecador”. Pero ya Zaqueo estaba en camino y promete al Señor la mitad de sus bienes para darla a los pobres, “y si he robado le devuelvo cuatro veces más”.

¡Qué felicidad la de los pobres! ¡Cuántas felicidades a causa de la conversión de un hombre malo en bueno siguiendo a Jesús! Hoy estamos invitados a buscar a Jesús, pasando por encima de las dificultades, y una vez encontrado Jesús, ¡qué felicidad la nuestra! Porque el pecado, lo malo, el bien no realizado… es como un tanque de cincuenta y cinco galones de agua sobre la cabeza y así no podemos andar en paz. He encontrado a Jesús, perdonados y reanimados andaremos felices en nuestras vidas, repartiendo todo lo que hemos recibido y regando paz en la familia y en quienes nos rodean. ¡Qué felicidad para todos y después la plenitud en la casa del cielo!

(Canto)

Dos esposos mal avenidos comprobaban cada día la gran verdad de que el dinero no es suficiente para asegurar la felicidad. Todo favorecía a aquel matrimonio. La posición social, los bienes temporales y toda clase de satisfacciones, sin embargo no eran felices, porque ni uno ni otro sabían sobrellevar el sacrificio de sus divergencias de carácter y de gustos que los agriaban y dividían continuamente, tanto que la vida en común se les hacía imposible.

Un día la mujer hojeaba un libro manuscrito bajo el titulo Libro de la familia, en el cual varias generaciones de parientes habían reunido sus recuerdos personales, máximas de conducta, recetas de economía doméstica. Allí leyó con sorpresa las siguientes palabras escritas por la mano de su bisabuela: “Maravilloso remedio contra los disgustos y el mal humor se puede encontrar en el cuadro de Jesús paciente”.

La mujer dejó de la mano el libro y corrió al lugar donde estaba el cuadro de Jesús paciente, lo descolgó y examinó su parte posterior, y allí leyó en uno de sus ángulos esta recomendación: “Cada vez que el demonio de la cólera trata de atacar al alma con inquietudes considérese la contemplación de esta sagrada imagen durante tres minutos, récense tres padre nuestro y tres avemarías y la paz volverá a entrar en el corazón y restablecerá su reinado en esta casa. Este consejo me lo dio un gran sacerdote y durante treinta años lo he puesto en práctica con el resultado más feliz. Ese cuadro, que además de ser una tradición de familia, se llama Jesús paciente, representa el paso del Elche Homo, Jesús sentado esperando la condena de la crucifixión”.

El cuadro había estado en un rincón largo tiempo y el polvo había oscurecido la sagrada imagen. La mujer limpió la tela con gran cuidado y poniendo en práctica el consejo de la bisabuela sintió disiparse y desaparecer toda la irritación de su corazón.

Fiel a la resolución tomada entonces, tan pronto como se producía algún motivo de, discordia entre ella y su esposo, la mujer corría a los pies de la imagen del Elche Homo, el Cristo paciente y volvía luego sonriente y valerosa para vencer su mal humor y hacer el sacrificio de su voluntad. El marido maravillado, como era natural ante aquel cambio de carácter, quiso conocer la causa. He descubierto, contestó alegremente ella que hay un excelente maestro de paciencia. “¿Cómo es eso?”, repuso él, “Ven y verás”, volvió a decir la esposa, y algunos momentos más tarde, arrodillados ambos ante la sagrada imagen, vertieron dos lágrimas de arrepentimiento. Desde entonces, cuando cualquier contrariedad proyectaba su sombra amenazadora sobre el hogar, el esposo y la esposa acudían a tomar una lección de paciencia en la escuela de Jesús paciente.

Esposo y esposa que están en conflicto, colóquense delante de una imagen de Jesús y recen uno por el otro, y así la paz volverá al corazón y una nueva vida de felicidad resurgirá en el hogar, porque de malo se puede pasar a ser bueno y de bueno se puede pasar a ser mejor.

(Canto)

Fui al hospital del Señor sanador a hacerme una revisión de rutina y constaté que estaba enfermo. Cuando el doctor Jesús me tomó la presión, vio que estaba baja de ternura; al tomarme la temperatura el termómetro registró cuarenta grados de egoísmo. El Señor Jesús sanador me hizo un electrocardiograma y el diagnóstico fue que necesitaba varios bypass de amor, porque mis venas estaban bloqueadas y no abastecían a mi corazón vacío. Pasé a la sala de ortopedia, no podía caminar al lado de mi hermano y tampoco podía abrazarlo, porque me había fracturado los pies al tropezar con mi vanidad. También me encontraron miopía, ya que no podía ver más allá de las apariencias. Cuando me quejé de sordera, Jesús me diagnosticó que me quedaba solo en las palabra vacías de cada día. Gracias, Señor, porque las consultas son gratuitas por tu gran misericordia. Prometo al salir de este hospital, servirme solamente de los remedios naturales que recetas en el evangelio. Al levantarme tomaré un vaso de agradecimiento. Al llegar al trabajo una cucharada sopera de alegría. Cada hora una pastilla de paciencia y una copa de humildad. Al llegar a casa Señor, voy a ponerme diariamente una inyección de amor y al irme a acostar dos cápsulas de conciencia tranquila. Gracias, Señor.

(Canto)

El próximo martes primero de noviembre celebramos la Solemnidad de todos los Santos. La Iglesia quiere recordarnos que hay una multitud en la casa del cielo, que vivieron los diez mandamientos, sirvieron con cariño a muchísimas personas y que la felicidad que disfrutaron aquí en la tierra al hacer el bien, la gozan hoy infinitamente junto al Padre Dios, que creó a estas personas, junto al Hijo que las acompañó en penas y alegrías junto al Espíritu Santo que las ungió para vivir plenamente el evangelio, y todas estas personas al lado de la Virgen y al lado de la multitud de todos los santos.

Sería muy bueno conocer la vida del santo o santa cuyo nombre llevamos, y así poder imitar pues a ese santo o santa que nos protege en el camino de la vida. Si no conoces bien su historia de santidad pregunta en el Arzobispado de La Habana, teléfono 78624000.
(Canto)

La Iglesia reza todos los días por los difuntos, pero muy especialmente el 2 de noviembre. En la capilla de Cristo Resucitado, que se encuentra en el cementerio de Colón, las misas por los difuntos este día 2 se celebran a las 8:30 y 11:00 de la mañana. A las 10:00 de la mañana se celebra una solemne oración por todos los difuntos.

La fe afirma que la muerte no es el final de la vida de nuestros difuntos, sino que, perdonados sus pecados, sus almas van a la casa del cielo. La esperanza cristiana nos consuela con que un día estaremos todos juntos con nuestros difuntos cantando eternamente las alabanzas a nuestro Dios. La Caridad es el camino para ser felices en esta vida y después en la eterna.

Si te fijas en la parte superior de la fachada a la entrada del cementerio de Colón verás estas tres imágenes de la fe, la esperanza y la caridad. Tomamos una hoja y escribimos en ella las virtudes y las bondades de nuestros difuntos, y después de escribir cada virtud o cada bondad, cantamos “te damos gracias Señor, te damos gracias Señor”.

Rezamos por nuestros difuntos…a tus manos padre de bondad encomendamos el alma de nuestros difuntos con la firme esperanza de que resucitarán en el último día con todos los que han muerto en Cristo… Te damos gracias por todo el bien que hicieron, el que conocimos y el que no conocimos, porque es imposible conocer todo el bien que hace una mamá, un buen papá, un buen hijo, un buen amigo. En estas bondades reconocemos un signo de tu amor. Dios de misericordia acoge las oraciones que te presentamos por nuestros familiares y amigos difuntos y ábreles las puertas de la casa del cielo y a nosotros que hemos quedado en este mundo consuélanos con palabras de fe hasta que también nos llegue el momento de volver a reunirnos con ellos junto a ti en el gozo de tu reino eterno. Por nuestro Jesucristo nuestro Señor… Amén.

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal… Amén.

Dios te salve María llena eres de Gracia. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte… Amén…

Recibimos la bendición del Señor. Inclinamos la cabeza para recibir la bendición y al final de cada invocación rezamos: Amén.

El Dios de todo consuelo, que con amor inefable creó al hombre y en la resurrección de su Hijo ha dado a los creyentes la esperanza de resucitar, derrame sobre ustedes su bendición… Amén.

El conceda el perdón de toda culpa a los que aún vivimos en este mundo y otorgue a los que han muerto el lugar de la luz y de la paz… Amén.

Y a todos nos conceda vivir eternamente felices con Cristo, al que proclamamos resucitado de entre los muertos… Amén.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y les acompañe siempre… Amén.

(Canto)

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