La confianza viva de monseñor Serpa

Por: Tania Gómez Rodríguez

Monseñor Serpa
Monseñor Serpa

Especial para Palabra Nueva

 

Hoy, 18 de abril del 2026, junto a la Iglesia que peregrina en Cuba, despedí a Mons. Jorge Enrique Serpa Pérez, obispo emérito de la diócesis de Pinar del Río.

Y mientras lo acompañaba en la capilla La Milagrosa de Guanabacoa, su primera comunidad al regresar a Cuba, pasó por mi mente el recuerdo de los doce años que sirvió a Dios en la iglesia local de Vueltabajo.

Fue un ministerio con virtudes y miserias, que al ser colocadas en balanza, las virtudes anulan completamente cualquier pobreza humana. Fue un hombre de convicciones firmes y de esa libertad que sólo la ofrece Dios. Por eso llamaba a las cosas por su nombre, y decía de frente lo que pensaba, pues vivía con la certeza de que su compromiso primero era con el Cristo encarnado que miraba constantemente en el Sagrario del Obispado, desde la posición donde se sentaba. «Cuando las cosas se ponen fuertes, yo lo miro y le digo: “Este asunto es tuyo, encárgate Tú”» —me contaba un día.

Su preocupación por la vida pastoral lo llevaba a participar en la mayoría de las ocasiones, en las reuniones de los equipos diocesanos. Así no solo conocía la realidad vivida, sino que asesoraba la labor.

A él le debemos la reparación de varios templos y capillas de la diócesis, la remodelación de la casa diocesana y la construcción del templo dedicado al Sagrado Corazón de Jesús en Sandino, primero construido después de 1959, así como el convento de las Religiosas de Santa Brígida en la ciudad de Pinar del Río.

Fue el obispo que dio vida a las procesiones del 8 de septiembre y del Vía Crucis por las calles de la ciudad, y pudimos ver, a la entrada del estadio Capitán San Luis, la imagen de la Virgen Mambisa en brazos del equipo de pelota, cuando la Peregrinación Nacional.

Fui testigo de una organización extrema de los expedientes de cada recluso que llegaba a sus manos y de horas interminables de trabajo, cuando era presidente de la Pastoral Penitenciaria.

Doy fe del esfuerzo por mantener viva la revista Vitral, de la diócesis, a pesar de los contratiempos que enfrentaba.

Paralelamente, asumió en varias ocasiones la atención directa de parroquias sin sacerdote, no solo con la misa dominical, sino también con la animación pastoral apoyada en los consejos parroquiales.

Todo esto es parte de su corona de gloria. Todo esto es lo que hoy presenta a Dios en sus manos. Es lo que lo hace ser de «los amigos del Señor».

Hoy, sobre su ataúd se encontraba una foto, regalo por su Ordenación Episcopal el 13 de enero de 2007, con una frase grabada del apóstol san Pablo, que fue su lema: «Sé en quien he puesto mi confianza». Gracias, monseñor Serpa, por hacerla vida y enseñarnos cómo se es un pastor bueno.

Descansa en paz.

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