Cosas de Cura

Por: ONITOAN

padre jesuita José Manuel Miyares Rodríguez
“El cura de Párraga es negro, gusano y batistiano”. Esto lo dijo sobre sí mismo el padre Armando Arencibia Leal a dos o tres personas más en el parque de Güira. La anécdota que se cuenta ocurrió en febrero de 1971. En ese momento, el padre Arencibia era el cura de Párraga, donde permanecía desde los años cincuenta del pasado siglo.
Significativamente, en esa ocasión no vestía la sotana negra o blanca que siempre usaba. Llevaba un traje beige y un sombrero de vestir blanco. El padre estaba sentado en un banco acompañado del siempre fiel sacristán de la iglesia de Regla, Orlando Herrera, quien también era negro. Por cierto, ambos eran bastante negros. Esperaban a que se abriese el templo del pueblo, donde había nacido el sacerdote.
Al padre Arencibia le costó mucho trabajo llegar al sacerdocio, a causa del color de su piel. La razón estaba en que en la cédula del Rey Carlos III, al fundar en 1772 el Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana, se decía que en este solo podían ser admitidos niños y jóvenes “con pureza de sangre”. La pureza de sangre consistía en que fuesen hijos de padres casados por la Iglesia (el único matrimonio que existía en aquella época). Además, no podían ser negros ni judíos. Sin embargo, a principios del siglo XX, el santo obispo de La Habana, Pedro González Estrada, lo admitió en el Seminario. Allí concluyó sus estudios sacerdotales, pero cuando estaba a punto de recibir las órdenes menores ocurrió el cambio de obispo de La Habana; asumía entonces como arzobispo Mons. Manuel Ruiz, quien falleció en 1940.
Mons. Ruiz conocía de la real disposición fundacional, y personas bien o mal intencionadas se la recordaban a ratos, pues Arencibia estaba por convertirse en el primer cura negro de Cuba. Aclaro que a principios de la colonización española y algún siglo después, habían existido sacerdotes mulatos, sobre todo en Bayamo. Algún que otro cura negro hubo en Cuba en el siglo XVII, pero no más.
Mons. Ruiz, a la sazón también era administrador apostólico de Pinar del Río. En un viaje a esa diócesis, se hizo acompañar por el seminarista Arencibia. El cocinero del obispado de Pinar del Río era negro. El arzobispo le comentó a este: “El seminarista que viene conmigo va a ser sacerdote”, y el cocinero le replicó: “¡Un cura negro!”. Me imagino que el test rápido del cocinero influyó mucho en la decisión de Mons. Ruiz para no ordenar sacerdote a Arencibia, a quien le acompañaba una clara vocación.
Así, lo mandaron a estudiar al colegio Pio Latinoamericano de Roma. Contaba Arencibia que cuando el Papa Pio XI lo veía le decía: “Piquinini”. Muchos años después, Arencibia me comentó: “Él me quería mucho, y yo lo quería más”.
No obstante, el arzobispo habanero no le enviaba las cartas dimisorias para que otro obispo lo ordenase en Roma, cosa que es frecuente en la Iglesia (recuérdese los casos de Mons. Petit, Carlos Manuel y Casabón). Sin embargo, por esta razón fue enviado a Francia al seminario de “Saint Sprit”, que era para misiones en África. Parece que Arencibia se cansó y vino para La Habana.
Aquí comenzó a ganarse el pan nuestro de cada día dando clases de inglés o como chofer de alquiler, pero seguía con su idea fija de ser sacerdote. Pasó el tiempo y Mons. Ruiz murió.
Entonces fue nombrado Vicario capitular de La Habana, el que después sería el cardenal Manuel Arteaga Betancourt, quien le dijo un día a Arencibia: “Si me nombran arzobispo, yo te voy a ordenar sacerdote”. Lo puso a trabajar como portero en el seminario San Carlos. Dormía en una habitación contigua a la puerta de entrada, en la que nace la calle Tejadillo. Si se visita hoy, se aprecia que es un sitio húmedo, de piedra de cantería y piso de adoquines.
Un día el seminarista Evelio Ramos lo encontró caminando por el seminario muy pegado a la pared. Arencibia respondió: “Así no se dan cuenta que yo existo”. Tal era el temor del pobre hombre que se sentía azuzado por opositores a su ordenación sacerdotal. Al fin, y para gloria de Cuba, Mons. Arteaga fue nombrado arzobispo de La Habana el 24 de febrero de 1942. Si observamos las fotos de esa celebración, cuando el nuevo arzobispo salió al atrio de la catedral para bendecir al pueblo, Arencibia es el negrito que vestido de sotana negra y roquete blanco ayudó en la ceremonia. El 25 de octubre del mismo año, Mons. Arteaga ordenaba a sus dos primeros sacerdotes: Arencibia y Ángel Pérez Varela, quien era mulato claro, pero pasaba por blanco.
El cardenal Arteaga, a principios de la década de los cincuenta, le entregó la capilla de San Eduardo en el reparto Párraga, y le encomendó la construcción del templo parroquial dedicado a Santa Bárbara en ese lugar. El padre Arencibia, con mucha sencillez, pedía el costo de un ladrillo para levantar su templo, pero la gran donante de la obra fue la Sra. Marta Fernández, esposa del presidente Fulgencio Batista. Se explica el por qué él se calificaba de batistiano.
Ahí está el templo con sus dos torres esbeltas. Dicho sea de paso, independientemente del juicio histórico acerca de la gestión presidencial de su esposo, Marta Fernández construyó tres iglesias: la del poblado de Santa Fe, en lo que hoy es la Isla de la Juventud, dedicada a Santa Marta, incautada por el gobierno revolucionario durante varias décadas y después devuelta y la del poblado del Guatao, limítrofe con la finca Kukines, residencia de recreo del General Batista, bellísimo templo de arquitectura moderna, que los pobladores del Guatao pidieron a la Primera Dama de la República lo construyese dado que el anterior se había derrumbado. Todavía en esta década me he encontrado con personas beneficiadas por las obras de caridad ejecutadas por Marta Fernández. De ahí que los agradecidos la llamasen: Marta del pueblo.
En los sacerdotes la compasión acompaña siempre a la ideología. El 13 de marzo de 1957, revolucionarios de Párraga tocaron a la puerta del padre Arencibia para pedirle que acogiese al asaltante del Palacio presidencial, José Machado. El padre lo acogió esa noche y allí le prestaron los primeros auxilios médicos. Al amanecer se lo llevaron. Después sería brutalmente asesinado por la policía en su escondite de Humbolt 7. En ese momento, el padre Arencibia fue más sacerdote que batistiano.
El 13 de septiembre de 1976, el arzobispo de La Habana, Mons. Francisco Oves, solicitó al Papa San Pablo VI, el título de Mons. para cinco sacerdotes habaneros: uno de ellos era el padre Arencibia, quien murió en Párraga el 25 de noviembre de 1979. Sus parroquianos agradecidos acompañaron el coche fúnebre a pie desde la iglesia de Santa Bárbara hasta la calzada de Bejucal. ¡Qué hermoso gesto! Así, son los curas.

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