
Estamos en el comienzo de un nuevo año, el 2025, que esperamos lleno de bendiciones divinas para todos. Fijémonos de qué manera tan bella y profunda lo refleja la primera lectura: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor.” En el Niño, el Señor nos muestra su verdadero rostro –Jesús es la imagen perfecta del rostro invisible de Dios– y nos concede la paz, su paz. ¿Qué mejor bendición podríamos tener que la protección de nuestra Santísima Madre, que nos da a su Hijo, el Príncipe de la Paz?
La Iglesia coloca en este primer día del año, la solemnidad de Santa María Madre de Dios; comenzamos el año de la mano de Santa María. Es la fiesta que celebra la gracia fundamental que Dios le concedió a la Santísima Virgen: la gracia de ser Madre de Dios. Es el título más admirable que pueda tener una criatura en la tierra. Si ser madre es ya de por sí un misterio de amor y de ternura, que tiene sus raíces en la misma fecundidad de Dios, ¿cómo será ser madre de Dios?
La escena que nos transmite el Evangelio de Lucas es una bella y entrañable estampa de la paz de la Navidad: el Niño, el Hijo de Dios, recostado en un pesebre; a su lado María, la virgen, la llena de gracia, y José, su esposo, ambos contemplando, mirando y adorando al Niño, tratando de entender el misterio de esa Palabra callada, la decisión de Dios, llena de amor, de hacerse niño, hombre, para que nosotros alcanzáramos a ser ya no esclavos, sino hijos de Dios que claman: “¡Abba! Padre”, gracias al Espíritu que se nos ha dado, come dice san Pablo en la segunda lectura.
Ante esta contemplación del rostro de Dios nos tendríamos que preguntar, al inicio de este nuevo año: ¿Qué tendría que cambiar en mí para reflejar el rostro del amor encarnado? No está mal y siempre es útil echar una mirada atrás, reconocer nuestros aciertos y asimilar los fallos. Pero, quizá sea más interesante reflexionar sobre ¿qué podemos hacer, a partir de ahora, en el nuevo año que comienza? Nosotros muchas veces deseamos que Dios actúe en nuestra vida de acuerdo a nuestro plan. Y nos olvidamos de que nosotros somos los que estamos en las manos de Dios y que, en nuestra vida, hemos de seguir el plan que Él ha determinado para cada uno de nosotros. En este plan de Dios es donde nosotros podemos alcanzar la plenitud de nuestro ser y la perfección de nuestra alegría y nuestra paz. Cuando nos dejamos llevar por Dios no tenemos nada que temer ni razón alguna para preocuparnos. Dios, como Padre nuestro que es, siempre busca nuestro bien.
Iniciamos un nuevo calendario en el que todos los días están por venir. En él habrá días mejores y días peores, días alegres y días tristes; ahora no sabríamos indicar cuales van a ser porque los desconocemos. Un cristiano reflexiona también sobre el devenir del tiempo, y en ese camino nos encontramos a un Dios cercano, que nos dio la vida y nos la mantiene hasta el día de hoy, que nos acompañará y nos sostendrá en pie a pesar de las dificultades que encontraremos por el camino.
Reflexionar. Esta es una actitud que nosotros deberíamos mantener a lo largo de este año. Miremos a María. Ella vivió en una constante apertura a Dios. Supo descubrir a Dios en los diversos acontecimientos de su vida. Precisamente el Evangelio de hoy nos dice que los pastores, después de ver al niño Jesús recostado en el pesebre, contaban lo que el ángel les había dicho de este niño. Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores se quedaban maravillados. María, por su parte, conservaba todos estos recuerdos y los meditaba constantemente en su corazón. Fue esta meditación constante y fiel de los misterios de Cristo lo que llevó a María a amar de una manera única y especial a Dios. Meditando las maravillas de Dios, la Virgen se llenó del amor a Dios.
Él es nuestra paz y a lo largo de este año especialmente nos comprometemos por la paz. Hoy la Iglesia nos recuerda la Jornada por la Paz. Es el gran regalo que es el mismo Niño Dios hecho hombre por nosotros, que nos ofrece su misericordia y amor, y será nuestro compañero de camino durante el año que comenzamos. A pesar que desde que el hombre es hombre, sus instintos egoístas, las luchas, los enfrentamientos y el matarse unos a otros con un odio incomprensible, le han enfrentado con sus semejantes, también es verdad que la paz ha sido y es su aspiración más preciosa. Por eso cada año comenzamos con nuevos propósitos para lograrla. Fanatismos de todo tipo, formas de pensar que se quieren olvidarse de la justicia, ideas impuestas por encima de las personas, la vida pisoteada: son un cúmulo de cosas que hacen que la paz siga siendo una quimera.
Este año se nos presenta como una maravillosa oportunidad de construir un mundo nuevo. Es un año jubilar que, según el Santo Padre Francisco, ha de ser un año “de clemencia y liberación para todo el pueblo”. Y su Mensaje para la Jornada lleva el título: Perdona nuestras ofensas, concédenos tu paz. Nos recuerda que la paz es don de Dios y obra del hombre en orden a una convivencia basada en la verdad, la libertad, el amor y el perdón. Por ello, la construcción de la paz tiene como requisito previo reconocernos “todos hijos del Padre y, ante Él, nos confesemos todos deudores, pero también todos necesarios, necesitados unos de otros”. En este contexto afirma el Santo Padre: “Bastaría detenerse un momento, al inicio de este año, y pensar en la gracia con la que cada vez [Dios] perdona nuestros pecados y condona nuestras deudas, para que nuestro corazón se inunde de esperanza y de paz”. Y sugiere a las autoridades políticas de todo el mundo tres acciones concretas que puedan restaurar la dignidad en la vida de la humanidad entera, finalizadas a la condonación de la deuda internacional, al respeto de la dignidad de la vida humana en todos sus momentos y al uso de gastos militares para eliminar el hambre. Concluyendo el Papa Francisco dice: “Busquemos la verdadera paz, que es dada por Dios a un corazón desarmado: un corazón que no se empecina en calcular lo que es mío y lo que es tuyo, un corazón que disipa el egoísmo en la prontitud de ir al encuentro de los demás; un corazón que no duda en reconocerse deudor respecto a Dios y por esto está dispuesto a perdonar las deudas que oprimen el prójimo; un corazón que supera el desaliento por el futuro con la esperanza de que toda persona es un bien para este mundo”. La paz es don de Dios porque solamente la gracia de Dios, su presencia dentro de nosotros nos puede dar, como a la Virgen María, la paz del corazón que es condición y fuente de todas las demás paces, grandes y pequeñas. El mal se vence con el bien, y la justicia se busca imitando a Dios Padre que ama a todos sus hijos y siguiendo el ejemplo de entrega total de Jesús. Pidamos la paz para nosotros, para todos los hombres de buena voluntad, para las familias, para los niños y los ancianos, paz en nuestra nación, nuestros países y el mundo entero.
Aprovechemos este año que está empezando para decidirnos a cambiar en eso que nos cuesta tanto, en eso que nos hemos propuestos y en lo que cada vez reconocemos nuestros fracasos. Pongamos en juego lo mejor de nosotros mismos. Ojalá todas las buenas intenciones que hoy tenemos no sean flor de un día. Pidamos que Dios nos proteja, nos sonría, se fije en nosotros con cariño y nos conceda su favor. Y toda bendición de Dios, todo su favor y su paz, lo sabemos, se concentra en Jesucristo, el Niño Dios. Bendecimos al Señor por el año nuevo, pero, sobre todo, pedimos a Dios su bendición. Y se la pedimos especialmente para los más necesitados, los que sufren o están solos. Que la Santísima Virgen María como buena Madre nos guíe y nos proteja.





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