XIX Domingo del Tiempo Ordinario

Por: padre José Miguel González Martín

Palabra de Hoy
Palabra de Hoy

8 de agosto de 2021

“Levántate y come, pues el camino que te queda es muy largo”.

No entristezcan al Espíritu Santo de Dios.

“Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”.

Lecturas

Primera Lectura

Lectura del Libro primero de los Reyes 19, 4-8

En aquellos días, Elías anduvo por el desierto una jornada de camino, hasta que, sentándose bajo una retama, imploró la muerte diciendo:
“¡Ya es demasiado, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!”.

Se recostó y quedó dormido bajo la retama, pero un ángel lo tocó y dijo:
“Levántate, come”.

Miró alrededor y a su cabecera había una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y volvió a recostarse. El ángel del Señor volvió por segunda vez, lo tocó y de nuevo dijo:
“Levántate y come, pues el camino que te queda es muy largo”.

Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

Salmo

Sal. 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9

R/ Gusten y vean qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. R.

Contémplenlo, y quedarán radiantes, su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor, él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.

El ángel del Señor acampa en torno a quienes lo temen y los protege.
Gusten y vean qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. R.

Segunda Lectura

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 4, 30–5, 2

Hermanos:
No entristezcan al Espíritu Santo de Dios con que él les ha sellado para el día de la liberación final.

Destierren de ustedes la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sean buenos, comprensivos, perdonándose unos a otros como Dios les perdonó en Cristo.

Sean imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivan en el amor como Cristo los amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 41-51

En aquel tiempo, los judíos murmuraban de Jesús porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”, y decían:
“¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?”

Jesús tomó la palabra y les dijo:
“No critiquen. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado.

Y yo lo resucitaré en el último día.

Está escrito en los profetas: ‘Serán todos discípulos de Dios’.

Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.

No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Comentario

La Palabra de Dios de hoy sigue ayudándonos a profundizar en el misterio de Cristo Eucaristía, pan de vida eterna, con la continuación del texto del capítulo 6 del evangelio según San Juan.

Pero antes, en la primera lectura, se nos ofrece un texto precioso del Antiguo Testamento en el que se nos presenta al gran profeta Elías, cansado y agobiado, quizás también decepcionado, después de haber caminado por el desierto, implorando incluso la muerte, diciéndole a Dios: “¡Ya es demasiado, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!”. Elías no ha perdido la fe, pues se dirige a Dios, pero sí las ganas de vivir, el deseo de seguir caminando y luchando por un futuro mejor para su pueblo, el impulso para continuar hablando de Dios y profetizando en su nombre.

Cuántas veces a nosotros nos ha pasado lo mismo que a Elías y también hemos dicho: “¡Ya es demasiado, Señor!… no podemos más… esto supera nuestras fuerzas… llévanos contigo”. Tantas veces el cansancio prolongado, el agobio sofocante, el sufrimiento inútil, la falta de motivación, las montañas de dificultades, la fría soledad, el rechazo de los cercanos, el olvido de los lejanos, las calumnias humillantes, las carencias elementales, las enfermedades incurables, las limitaciones de la ancianidad, las apreturas que impiden mirar al futuro con paz –cada cual sabe lo suyo– hacen profunda mella en nuestro ánimo y nos parece no poder más. Hemos tocado fondo y no sabemos por dónde salir ni cómo remontar.

Es el momento de volvernos a Dios para gritar, o llorar, o reclamar… pero sin perder la fe en Él. Es más, sin miedos ni reprensiones, como Elías, hemos de implorarle porque Dios siempre está a la escucha y a la espera; Dios nunca nos deja solos; es Padre bueno. Nuestra debilidad y pequeñez, manifestada así, humildemente ante Él, será la mejor tierra en la que crecerá y se manifestará la semilla de la omnipotencia y el amor de Dios. Porque Dios elige a los más débiles de este mundo para confundir a los fuertes; porque la fuerza de Dios se realizará en nuestra debilidad.

También a nosotros, como a Elías, el Señor nos dice repetidamente: “Levántate y come, pues el camino que te queda es muy largo”. Ciertamente al enfermo debilitado siempre le cuesta levantarse y comer; pero sabemos bien que, si no lo hace, la enfermedad, sea del tipo que sea, aumentará y amenazará su supervivencia. También a nosotros, como a Elías, el Señor nos prepara y ofrece el alimento para el camino; si nos alimentamos de Él, de su Palabra, de su Espíritu, seremos capaces de volver a la vida de cada día con la fuerza que sólo Él sabe y puede dar; es la fuerza de la fe, del testimonio encarnado, de la vida coherente y fiel hasta el final.

En el Evangelio de hoy se nos recuerda de nuevo que Cristo mismo es el alimento para la vida eterna. Cada vez que celebramos la Eucaristía en la Iglesia de nuevo el Señor nos alimenta con su Palabra, con su Espíritu, con su Cuerpo y su Sangre. Y su alimento acrecienta la fe, fortalece la esperanza y reaviva la caridad. En la vida de cada día, somos peregrinos, caminantes, que necesitamos levantarnos cada vez que caemos, una y otra vez, y alimentarnos de Él para seguir la ruta que nos ha marcado, en la que nos acompaña sin cesar, el camino del cielo, la senda hacia la eternidad.

El camino por el desierto, en el que tantas veces se ha convertido nuestro mundo, no lo debemos hacer solos sino dentro de la Iglesia. San Pablo, en la segunda lectura, nos invita a vivir en comunidad de hermanos, a no entristecer al Espíritu Santo, que es el mayor regalo que Dios Padre nos ha hecho en el bautismo y en la confirmación, el don de su Espíritu. A Dios, como Padre bueno que es de cada uno de nosotros, le entristecen nuestras disputas y violencias, nuestras superficialidades y maldades, nuestras arrogancias y prepotencias, nuestras injusticias y falsedades. Para no entristecer a Dios hemos de renunciar al mal y optar siempre por el bien con determinación. Renunciar al mal de la amargura, la ira, los enfados e insultos. Optar por la bondad, la comprensión, la amabilidad y el perdón para ser imitadores de Dios, como hijos queridos, para vivir en el amor como Cristo nos ha amado.

Dice el Papa Francisco que “renunciar al mal significa decir ‘no’ a las tentaciones, al pecado, a Satanás. Más en concreto significa decir ‘no’ a una cultura de la muerte, que se manifiesta en la huida de la realidad y en la ida hacia una felicidad falsa que se expresa en la mentira, en la estafa, en la injusticia, en el desprecio del otro… Pero no basta con no hacer el mal para ser buen cristiano; es necesario adherirse al bien, hacer el bien… Cuántos no hacen el mal, pero tampoco hacen el bien, y su vida discurre en la indiferencia, la apatía, la tibieza. Esta actitud es contraria al Evangelio”.

Oración

Amo, Señor, tus sendas, y me es suave la carga
(la llevaron tus hombros) que en mis hombros pusiste;
pero a veces encuentro que la jornada es larga,
que el cielo ante mis ojos de tinieblas se viste,

que el agua del camino es amarga…, es amarga,
que se enfría este ardiente corazón que me diste;
y una sombría y honda desolación me embarga,
y siento el alma triste hasta la muerte triste…

El espíritu débil y la carne cobarde,
lo mismo que el cansado labriego, por la tarde,
de la dura fatiga quisiera reposar…

Mas entonces me miras…, y se llena de estrellas,
Señor, la oscura noche; y detrás de tus huellas,
con la cruz que llevaste, me es dulce caminar. (Himno de la liturgia de las horas)

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