XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Por: padre José Miguel González Martín

Palabra de Hoy
Palabra de Hoy

10 de octubre de 2021

Invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría.

La palabra de Dios es viva y eficaz.

Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo:
“Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres,

así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme”.

Lecturas

Primera Lectura

Lectura del Libro de la Sabiduría 7, 7-11

Supliqué y me fue dada la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría.

La preferí a cetros y tronos y a su lado en nada tuve la riqueza.

No la equiparé a la piedra más preciosa, porque todo el oro ante ella es un poco de arena
y junto a ella la plata es como el barro.

La quise más que a la salud y la belleza y la preferí a la misma luz,
porque su resplandor no tiene ocaso.
Con ella me vinieron todos los bienes juntos, tiene en sus manos riquezas incontables.

Salmo

Sal. 89, 12-13. 14-15. 16-17

R/ Sácianos de tu misericordia, Señor, y estaremos alegres.

Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos. R/.

Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,

por los años en que sufrimos desdichas. R/.

Que tus siervos vean tu acción, y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.

Segunda Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 12-13

Hermanos:

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón.
Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 17-30

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó:
“Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”.

Jesús le contestó:
“¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”.

Él replicó:
“Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud”.

Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo:
“Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme”.
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico.

Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos:
“¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!”.

Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió:
“Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios”.

Ellos se espantaron y comentaban:
“Entonces, ¿quién puede salvarse?”.

Jesús se les quedó mirando y les dijo:
“Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”.

Pedro se puso a decirle:
“Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”.

Jesús dijo:
“En verdad les digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna”.

Comentario

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Así comienza la segunda lectura de hoy, tomada de la carta a los Hebreos. Y finaliza el texto diciendo que nada se le oculta a Aquel ante quien hemos de rendir cuentas. Jesucristo es la Palabra viva que da vida, que realiza en el presente lo que expresa, que recrea y hace nuevas todas las cosas. A Él, Palabra viva del Padre, nos acercamos y escuchamos cada domingo a través de este púlpito virtual que hemos titulado “Palabra de hoy”. No es para el ayer o el mañana, tu pasado o tu futuro; es para el hoy de tu vida personal, donde el Señor quiere entrar y actuar intensamente, si tú se lo permites.

Es palabra viva y eficaz porque, en ella y por ella, Cristo mismo, vivo y resucitado, actúa en nosotros con el poder y la misericordia del Padre. Dejarnos impregnar en todo nuestro ser por dicha palabra es permitir a Cristo ser dueño de nuestras vidas y hacer que nuestras vidas, en todo lo que somos y hacemos, sean fiel reflejo de su verdad y amor, de su Evangelio.

Dicha palabra encierra la sabiduría de Dios de la que nos habla la primera lectura. Espíritu de sabiduría, vinculado a la prudencia, que hemos de suplicar para que venga a nosotros, nos invada, nos reconforte, nos guíe e ilumine en la toma de decisiones. Tantas veces quisiéramos saber cómo entender determinadas situaciones o personas difíciles. Otras tantas desearíamos saber cómo actuar, comportarnos, ante lo incompresible, lo absurdo, lo lacerante, lo incómodo, lo carente de sentido, la mentira y la impiedad, los desmanes y abusos, la maldad encarnada en personas o situaciones. Pues, aquí está la clave… Invoquemos, supliquemos el espíritu de sabiduría ante el Padre. Es su mismo Espíritu que viene a reconfortarnos en nuestras luchas, a guiarnos en nuestras oscuridades, a iluminarnos en nuestras dudas, a sacarnos de las tinieblas de la miseria y el pecado. Dios no nos ha dejado solos; nos acompaña siempre, dispuesto a darnos su Espíritu cada vez que se lo pidamos con fe.

El evangelio de hoy nos presenta una escena con varios personajes y diálogos que encierran en sí mismos mucho de la sabiduría de Dios, escondida para ricos, sabios y entendidos, pero diáfana y asequible para los sencillos y humildes.

A Jesús se le acercó uno corriendo, con deseos de conocerlo y hablar con Él. Esta persona, cuyo nombre no quedó reflejado en la Escritura, nos puede representar a cada uno de nosotros, que deseamos encontrarnos con Cristo. Le llama “maestro bueno” y le pregunta cómo heredar la vida eterna. Había descubierto en Jesús una bondad poco común por la que se sentía profundamente atraído. Quería encontrar en Jesús, en la sabiduría que impregnaban sus enseñanzas, el sentido profundo de su existencia, la vida plena y eterna. Era un hombre religioso y cumplidor de los mandamientos, pero le faltaba algo y él mismo lo intuía.

Ahí es cuando Jesús, mirándole con cariño, le invita a dar el salto cualitativo y definitorio en su vida, a definirse como persona libre, a dejarlo todo para ser su discípulo. Y ya sabemos lo que pasó. Aquel que quería heredar la vida eterna estaba demasiado apegado a la vida terrena porque era muy rico. Las riquezas materiales eran el centro de su existencia; les había entregado el corazón. Y ciertamente, como diría Jesús en otro momento, no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero.

El Papa Francisco, comentando este pasaje, decía: “Jesús le propone una historia de amor. Le pide que pase de la observancia de las leyes al don de sí mismo, de hacer por sí mismo a estar con él. Y le hace una propuesta de vida tajante: ‘Vende lo que tienes, dáselo a los pobres… y luego ven y sígueme’. Jesús también te dice a ti: ‘Ven y sígueme’. Ven: no estés quieto, porque para ser de Jesús no es suficiente con no hacer nada malo. Sígueme: no vayas detrás de Jesús solo cuando te apetezca, sino búscalo cada día; no te conformes con observar los preceptos, con dar un poco de limosna y decir algunas oraciones. Encuentra en Jesús al Dios que siempre te ama, el sentido de tu vida, la fuerza para entregarte”.

También Jesús nos invita a cada uno de nosotros a que definamos nuestra vida ante Dios, a no ser cristianos a tiempo parcial, a no vivir un cristianismo a la carta, a no querer nadar y guardar la ropa al mismo tiempo, a no conformarnos con poco; sino a poner el corazón y la vida solo en Él, en su Evangelio, en el Reino de Dios, en la Iglesia, esperando que todo lo demás se nos dé por añadidura, nos llegue fruto de la justicia de Dios y su providencia. Nuestra religión no es una religión de cumplimientos, medallas y diplomas sino de entrega amorosa a quien nos ha amado primero.

Nuestro ser cristianos parte de la llamada del mismo Cristo, que también nos dice a cada uno: “Ven y sígueme”. Seguir a Cristo significa entregarle la vida, con todo lo que somos y tenemos, como Pedro y los demás Apóstoles, dispuestos a aceptar todo aquello que Él mismo nos tenga reservado, viviendo cada día como un regalo de Él, no dudando de su compañía cercana y eficaz, poniendo todo en sus manos y recibiendo de Él todos los bienes.

Ser cristianos es entender que Dios nos ha creado para Él y para siempre; y que solo conquistaremos la eternidad cuando, dejando a un lado todo lo temporal, confiemos en su Palabra y lo sigamos hasta las últimas consecuencias. Sabemos bien que, por seguir a Cristo, nos perseguirán, incluso, nos eliminarán como lo hicieron con Él. La vida eterna que Él nos ha prometido tiene ese precio. Y vale la pena pagarlo cargando la Cruz de Cristo que se prolonga y proyecta en cada una de nuestras propias cruces, pequeñas o grandes, privadas y silenciosas o públicas y escandalosas. Sólo Dios sabe.

Oración

Como al joven rico, te has acercado, me has mirado a los ojos y me has dicho: “Anda, vende todo lo que tengas y sígueme”.

En estos momentos mi deseo más profundo es decirte, como María, que se haga tu voluntad.

En estos momentos todos los miedos han desaparecido, veo claro que mi opción eres tú. Señor, mi primera respuesta es marchar hacia el ideal.

Pero sé que de ahí a la realidad hay un trecho. Ayúdame a caminar sin mirar atrás.

Yo sé, Señor, que mi fuerza eres tú. Que contigo de compañero en el camino todo es posible. Hasta el camino se hace más fácil y llevadero.

Padre, acoge mi vida, transfórmala según tu proyecto, según tu voluntad. Quiero ser como arcilla en tus manos. Moldéame, como barro en manos del alfarero.

Haz de mí, Señor, una persona entregada, generosa, amigable; una persona alegre, que transmita alegría; una persona disponible, sincera, abierta.

Señor, pongo mi corazón en tus manos, porque sé que sólo así mi propósito por cambiar de vida tendrá éxito.

(Tomado de Jóvenes Dehonianos – Oraciones)

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