Alocución, 16 de enero de 2022, II Domingo del Tiempo Ordinario

Por: padre Jorge Luis Roja s.j.

Hoy 16 de enero, domingo segundo del tiempo litúrgico ordinario escuchamos en todas las iglesias católicas el Evangelio según San Juan capítulo 2 versículo 1 al 11.

(EVANGELIO)

Señor, que todas mis acciones, intenciones en este día, estén encaminadas a tu mayor servicio de alabanza.

Mirando el evangelio de hoy, a la luz de Misterio Pascual, tenemos delante una realidad cotidiana familiar: alegría, invitados, una boda. En una boda que falta el vino. En medio de esa realidad aparece la carencia y, aparentemente, Dios no está. Pero una mujer llena de fe, llena de esperanza, va a interceder por esa necesidad. Una madre que llama aparte a su hijo y le hace un pedido. Así me imagino a María llamando con ternura a ese hijo para hacerle una petición; y quién se puede resistir al pedido de una madre, delicada, femenina, atenta… que no pierde el rol de madre. Aquella que un día le dijo al hijo: ¿hijo, dónde estabas?, no perdió nunca ese relación maternal. Estaba presente ante una necesidad. Quiere ella también poner delante la necesidad de aquellos jóvenes esposos, que no querían hacer el ridículo y aparentar delante de la gente que estaban pasando una necesidad. María intercede, declina, y se hace camino para que la hora de Dios transite por ella, transite también ese ambiente familiar. Y ella sabe darse su lugar, porque experimenta el amor de Dios… y es el amor de Dios que ella quiere que se viva en ese ambiente de familia.

(CANTO)

Su Santidad, el Papa Francisco nos recuerda que las bodas son un momento especial en la vida de muchos, para que los más veteranos, padres, abuelos… tengan una oportunidad de recoger el fruto de la siembra. “Da alegría al ver a los hijos crecer y que puedan formar su hogar. Es la oportunidad de ver por un instante que todo lo que se ha luchado valió la pena. Acompañar a los hijos, sostenerlos, estimularlos para que puedan animarse en construir sus vidas, formar sus familias. Es un gran desafío para los padres, a su vez, la alegría de los jóvenes esposos. Todo un futuro que comienza. Todo tiene sabor a casa nueva, a esperanza. En las bodas siempre se une el pasado que heredamos y el futuro que nos espera. Hay una memoria y esperanza, siempre se abre la oportunidad para agradecer todo lo que nos permitió llegar hasta hoy con el mismo amor que hemos recibido. Jesús comienza su vida pública precisamente en una boda. Se introduce en esa historia de siembras y cosechas, de sueños y búsquedas, de esfuerzos y compromisos, de arduos trabajos, que araron la tierra para que ésta de su fruto. Jesús comienza su vida en el interior de una familia, en el seno de un hogar y es precisamente en el seno de nuestros hogares donde continuamente Él se sigue introduciendo. Él sigue siendo parte; le gusta meterse en la familia. Es interesante observar cómo Jesús se manifiesta también en las comidas, en las cenas. Comer con diferentes personas, visitar diferentes casas fue un lugar privilegiado por Jesús para dar a conocer el proyecto de Dios. Él va a la casa de sus amigos Marta y María, pero no es selectivo, no le importa si son publicanos o pecadores, como Zaqueo. No solo Él actuaba así, sino cuando envío a sus discípulos a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, les dijo. ‘quédense en la casa que lo reciban, coman y beban de lo que ellos tengan’. Bodas, visitas a los hogares, cenas… algo de especial tendrán estos momentos en la vida de las personas para que Jesús elija manifestarse ahí”.

(CANTO)

El matrimonio es la mejor imagen para simbolizar la relación de Dios con su pueblo. Precisamente, porque esa relación no es perfecta, porque todos sabemos que en la vida matrimonial se pasa del entusiasmo al cansancio, porque hay momentos buenos, malos, alegres, tristes; hay mentiras, hay engaños. El matrimonio también refleja esa relación de Dios con Israel. Todos sabemos cómo se ha comportado el pueblo de Israel durante siglos y milenios, desde que Dios lo elige, desde que Dios se fije en él. Y es por eso que el evangelista Juan no tiene otra mejor comparación para relacionar esa intimidad de amor entre Dios y el pueblo de Israel que una boda, que un matrimonio. Para el evangelista, la presencia de Jesús simboliza en esta boda una definitiva relación entre Dios y el pueblo de Israel. Una nueva etapa se abre, un nuevo comienzo, una fidelidad que tiene que ser firme. Unas nuevas etapas en el amor se van a abrir con la presencia de Jesús. El banquete en el que está Jesús presente es también para demostrar de que estar en los caminos de Dios y vivir en la presencia de Dios es un banquete para el seguidor de Jesús; tiene que ser una alegría y un descubrir constante de felicidad en las cosas que va haciendo por amor al reino, como lo fue descubriendo Jesús. Por eso es que al evangelista no le gusta hacer mucho hincapié en los milagros, sino en los signos. Para subrayar ese aspecto simbólico que trae Jesús en esa relación con Dios, que son las bodas de Caná. En esa alegría desbordante que trae Jesús, cuando da de comer a personas hambrientas, cuando multiplica los panes… se presenta como ese pan de vida y un Jesús que da luz cuando hay oscuridad; cuando sana al ciego de nacimiento; y un Jesús que pide resurrección cuando resucita a su amigo Lázaro. Pues en ese ambiente pascual es que se da esta presencia de Jesús en medio de aquellos esposos, por la intersección de una madre amorosa, una madre cuidadosa que va a arrebatarle Gracias a su Hijo y Señor, para que se manifieste el amor de Dios. Y no por eso el evangelista desecha la figura de la madre. Todo lo contrario. El evangelista Juan pone a María, desde el comienzo de su evangelio, en esas bodas hasta el momento en la Cruz, acompañando a su hijo. María tiene un papel relevante. María acelera la hora de Dios, le arrebata con cariño a Jesús esa hora del Padre, donde va a manifestarse por aquellos nuevos esposos. Por eso es importante también que el matrimonio cristiano hoy día tenga a Jesús en el centro de sus vidas, que Jesús sea el amor que los apasione, que les haga aprender proyectos e ilusiones. Pero es muy importante la oración en el matrimonio cristiano. Un matrimonio cristiano sin oración se diseca, perece. De ahí la importancia de que hagamos un espacio, un lugar de encuentro para Dios, como lo tuvo María Santísima. Que el Señor nos anime a tener idea clara de cómo poder involucrar también la familia, que se está formando con Jesús, como base sólida en ese matrimonio. Cómo involucrar a los hijos, a los nietos, en estos caminos de servicio.

Quiero destacar un acontecimiento importante, lindo para las nuestra Iglesia arquidiocesana. El pasado sábado se ordenaron cuatro diáconos en nuestro Santuario de la Caridad. Y dentro de esos cuatros, está un hermano de mi parroquia. Se ha ordenado diácono René Blanco. Junto a su esposa Marilyn, van comprometidos también como Iglesia, como familia, dando testimonio de ese amor de Dios de cómo tenemos que ser capaces de fortalecer esa vida matrimonial, en esa alianza también con los hijos, en alianza con los amigos, con los vecinos. Que ese ser cristiano y ese matrimonio que se afiance en Dios, no perezca nunca y que despierte también entregue servicio en los demás.

(CANTO)

Oremos por los matrimonios, para que sean fieles a la alianza conyugal. Oremos por nuestro pueblo para ser fiel a Dios… Para que Dios le conceda salud y paz, trabajo y alegría a los matrimonios… Para que apoyados en la fuerza divina, hagan de su casa hogar acogedor, sereno y alegre… Para que viviendo la intimidad de su hogar, no sean insensibles a la necesidad y dolores de la gran familia humana… Para que en la alegría y en la tristeza, en la serenidad y en la angustia, en la enfermedad y en la muerte, Dios sea su apoyo y su esperanza.

(CANTO)

Para que Dios les haga padres responsables y sepan ser los primeros educadores de la fe de sus hijos… Para que colaboren juntos en la edificación de un mundo mejor y más justo… Para que aumente su fe, se ensanche su esperanza y crezca su amor… Para que en los momentos de prueba renueven su fe en el sacramento que hoy han recibido y soliciten la ayuda de Dios para vencer toda tentación… Para que el matrimonio sea una fuente de riqueza espiritual y humana… Para que superando todo egoísmo procuren el bien el uno del otro… Para que los matrimonios formen una comunidad de trabajo en la sociedad humana y sean célula viva de apostolado en la Iglesia Santa de Dios… Para que su mutuo amor sea un testimonio vivo en el amor de Cristo a su Iglesia… Para que no se sientan en soledad… Para que nunca les falte el trabajo… Para que los jóvenes esposos siempre tengan una vida digna, que sean respetados por toda la sociedad… Para que consagren su familia, su vida a la educación de sus hijos en el amor y el servicio a los hombres… Para que a todo lo largo de sus vidas nunca les falte la alegría, el vino de la esperanza y el apoyo de sus hijos.

(CANTO)

Para que las preocupaciones y problemas de la vida nunca aparten al matrimonio de Dios… Para que nunca olviden su responsabilidad como esposos, padres cristianos… Para que nunca falte el pan en la mesa de las familias… Para que nunca falte el consuelo y el amor en la tribulación… Para que el afán de cada día no les aparte del amor de Dios, del servicio al prójimo… Para que los matrimonios siempre tengan sed y hambre de justicia, que colaboren en la difusión del reino de Cristo… Para que todos los matrimonios traten de comprenderse en los momentos de dificultad y sepan perdonar y perdonarse.

(CANTO)

Escucha, Padre de bondad, estas oraciones y concede a todos los matrimonios que confían en ti, conseguir los dones de tu gracia, conservar el amor en la unidad y llegar con su descendencia, después de esta vida, al Reino eterno. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(CANTO)

En este nuevo año que ha comenzado, como Iglesia que camina en Sínodo, hacemos una pausa para llenarnos de gozo y de alegría junto los diáconos Dayán Rivero del Valle y Diosvany Yera Suárez, que serán ordenados sacerdotes por la imposición de manos de nuestros arzobispo, cardenal Juan García Rodríguez, en nuestra Catedral, el próximo 21 de enero a las diez de la mañana. Invitamos también, el próximo 25 de enero, a las cinco de la tarde, en nuestra Catedral de La Habana, a celebrar juntos con nuestro pastor, el cardenal Juan, sus 50 años de ordenación sacerdotal. Como Iglesia damos gracias y lo mantenemos en nuestras oraciones para pedir por su amor, su entrega y perseverancia en nuestra Iglesia.

(CANTO)

En este domingo, día del Señor vamos a pedir la bendición a Dios, para que fortalezca la vida matrimonial, para que fortalezca nuestro sentidos de pertenencia a la Iglesia, para que nos llene de su Espíritu Santo. Inclinamos la cabeza como gesto de humildad y que ese Dios, que se hizo presente en Caná, se hará presente en toda nuestra vida… para llevarlo, para vivirlo, para compartirlo junto a nuestra Madre, la Virgen. El Señor esté con ustedes, y con tu Espíritu… Y la bendición de Dios misericordioso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. Amén.

(Canto)

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