
palabranueva@ccpadrevarela.org
Por primera vez, dos nombramientos en el Vaticano abren el camino hacia una mayor igualdad entre los hombres y mujeres.
En el 2022, el Santo Padre había nombrado a sor Rafaella Petrini como secretaria general de Gobernación, un cargo que tradicionalmente era ocupado por un obispo como segundo del Ejecutivo del Estado Vaticano. A partir de este 1ero. de marzo, ella ha asumido el puesto de presidenta del gobierno del Estado del Vaticano, ejerce el poder ejecutivo en nombre del Santo Padre.
El 6 de enero, el papa Francisco nombró a sor Simona Brambilla, M. C. como prefecto del dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Estos dos nombramientos son modestos, pero abren la puerta a una reforma más radical de las estructuras de la Iglesia, en las que las mujeres tendrán cada vez más voz y voto. Estas reformas siempre encuentran resistencias, pero deberíamos preguntarnos si responden a la voluntad de Dios o son expresión del clericalismo secular de la Iglesia.
Para comprender la importancia de estas noticias, hay que situarlas en un horizonte teológico más amplio. La historia de la humanidad ha estado atravesada siempre por el pecado, que ha creado todo tipo de divisiones y las ha fijado en la violencia de unos grupos contra los otros: un pueblo contra su vecino, los ricos contra los pobres y viceversa, una raza contra otra, los hombres contra las mujeres. Es una historia de ganadores y perdedores, opresores y oprimidos. Jesucristo, con su vida, muerte y resurrección, puso las bases para echar abajo esas divisiones. Entre los bautizados, revestidos de Cristo, «ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer» (Gal 3,28); para Dios «no hay griego o judío; circuncisión o incircuncisión, bárbaro, escita, esclavo o libre, pues Cristo es todo y está en todos» (Col 3,11). Cristo «es nuestra paz: el que de los dos pueblos [judíos y gentiles] hizo uno, derribando el muro divisorio, la enemistad» (Ef 2,14).
Siguiendo esta inspiración, la Iglesia siempre ha sido una fuerza histórica de universalización, ha llevado en su ideal el deseo de eliminar lo que separa a los seres humanos y termina enemistándolos. A pesar de sus ambigüedades, en su historia secular las iglesias cristianas han sido una fuerza que ha combatido por la justicia, por la dignidad de la mujer, contra la esclavitud. Sin embargo, en esa misma historia, la Iglesia se ha prestado a la opresión, que hubiese debido combatir, ha dejado instalarse en su interior estructuras y hábitos que no reflejan siempre el rostro de Cristo. Pero el recuerdo peligroso de Cristo como aparece en el Evangelio, sus hechos y sus palabras, siempre han sido un aguijón que la despierta de su modorra, de sus perezas y de las injusticias que incuban en medio de instituciones llamadas a servir al prójimo.
Uno de esos malos hábitos, casi tan antiguo como la Iglesia misma, es el clericalismo. No por gusto, el papa Francisco ha llamado a combatirlo de manera recurrente. Ya en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, que debía marcar el tono de su pontificado, constataba y advertía: «Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos, porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones» (EG 102).
El clericalismo es el pecado de la autorreferencialidad de los pastores que se creen que están por encima de los laicos, que olvidan que su misión es el servicio del Pueblo de Dios.
Caminando hacia el horizonte crístico de la reconciliación, el lugar de la mujer en la Iglesia católica sigue y seguirá siendo un tema candente. La diferencia entre hombres y mujeres se redobla con la diferencia entre cleros y laicos, hace que a lo largo de la historia las mujeres, mayoría de los fieles, sean muchas veces consideradas ciudadanas de segunda clase. Se han hecho progresos tímidos en la lucha contra esta forma de machismo eclesial, pero mientras los cargos de gobierno en la Iglesia sean prerrogativas de los hombres, aún estaremos lejos del ideal descrito por San Pablo.
Un paso importante en esta dirección se dio en el último sínodo sobre la sinodalidad, en el que por primera vez, varias mujeres participaron como Madres sinodales. En este contexto, comprendemos cómo los nombramientos de mujeres en cargos de gobierno dentro de la Iglesia, son un paso fundamental para lograr superar el clericalismo y acercarnos al ideal de la Iglesia de Cristo, al mismo tiempo unida y diversa.



Se el primero en comentar