
«El Señor le preguntó a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel?
—No lo sé —respondió—. ¿Acaso soy yo el que debe cuidar a mi hermano?
—¡Qué has hecho! —exclamó el Señor—. Desde la tierra, la sangre de tu hermano reclama justicia. Por eso, ahora quedarás bajo la maldición de la tierra, la cual ha abierto sus fauces para recibir la sangre de tu hermano, que tú has derramado. Cuando cultives la tierra, no te dará sus frutos, y en el mundo serás un fugitivo errante» [Gn 4,9-12].
El Génesis recrea uno de los primeros momentos en los que se pone a prueba la responsabilidad por el prójimo. La propia arrogancia de Caín a la pregunta por su hermano, es una muestra de que interiormente reconocía su culpabilidad, y por ende, su responsabilidad. Ya nos alertaba Hannah Arendt acerca de la banalidad del mal en contextos actuales, y también el Papa Francisco, recientemente reafirmaba esta idea de que el pecado no está solamente en el mal que hacemos, sino en el bien que no hacemos. Cuando el hombre no cumple el designio de cultivar y cuidar el jardín divino, deja de ser libre, y haciendo esto, la libertad justamente adquiere un valor negativo, pues asume la forma de un «no».
Este pasaje de la Biblia nos remite directamente a Emmanuel Lévinas, filósofo existencialista contemporáneo, en cuya obra es innegable la influencia judía. Se considera el inspirador de un pensamiento ético, comprometido por su crítica de la filosofía totalizadora y por su apertura al otro. Uno de los temas principales de su obra es la relación entre los conceptos de responsabilidad y libertad, fundamentalmente la supremacía del primero sobre el segundo. Su pensamiento en este sentido constituye una crítica atrevida; no obstante, es una reflexión que no podemos ignorar, pues la propuesta ética de Lévinas constituye un llamado de alerta sobre el rumbo, muchas veces equivocado, del mundo actual, que hace del futuro un lugar incierto, donde la filosofía se centra en la ontología, en el egoísmo que conlleva la primacía del Yo y que provoca violencia, opresión y desconocimiento del otro.1
Para Lévinas, la relación con el Otro no debe sustentarse en el conocimiento de ese Otro, pues esto lo reduciría. Tratar de dar sentido al Otro al partir de mi subjetividad, constituye la primera manifestación de violencia e intento de posesión, es un crimen. Lo que debe primar es un reconocimiento, por el cual me veo a mí mismo en ese Otro. Entonces, el Otro debe ser pensado a partir de sí mismo y fuera de horizontes preconcebidos. En este espacio relacional, que el propio autor definió como cara a cara, aflora el concepto de responsabilidad y su significación en la metafísica levinasiana.
Lévinas definió la responsabilidad como «la estructura esencial, formal, primera, fundamental de la subjetividad».2 Ante esta responsabilidad, la ética se concibe como anterior a la libertad, de ahí que seamos responsables por el Otro antes de ser libres. Esto no representa una acción que puedo elegir o no, pues no se trata de la disyuntiva entre escoger hacer el bien o el mal. Antes de la elección, el sujeto tiende siempre al bien, y de la misma manera debe acercarse al Otro por medio de esta responsabilidad que precede a su libertad de elección.3 Esto es lo que el autor ha considerado como trascendental, una relación metafísica en la cual el ser no se define por su autonomía, sino por ese deber —que es anterior a todo— de responsabilizarse por el Otro.
Cuando se habla de libertad, muchas veces se piensa en prohibiciones y restricciones morales acerca de todo lo que no debemos hacer; sin embargo, la concepción bíblica de este término va más allá de cualquier suposición moralista. El hombre es la única «creatura» que ha sido llamada por Dios como partícipe de la propia creación. Dicho de esta manera, el problema no debería ser entonces qué es lo que no debo hacer, sino exactamente lo contrario, qué debo hacer, cómo puedo participar y contribuir en dicha creación. Para Lévinas, esto se logra a través del cara a cara en esa relación de alteridad por la cual el ser humano alcanza la trascendencia.
«La maravilla de la creación no consiste solamente en ser creación ex nihilo, sino en lograr un ser capaz de recibir una revelación, de aprender que es creado y capaz de cuestionamiento. El milagro de la creación consiste en crear un ser moral. Y esto supone precisamente, el ateísmo, pero, a la vez, más allá del ateísmo, la vergüenza por lo arbitrario de la libertad que le constituye».4
Lévinas antepone la presencia del Otro, que pone límites a mi libertad. No obstante, debemos señalar que estos límites no suponen una amenaza a la propia libertad, no la obstaculizan ni la destruyen. La libertad está fuertemente vinculada a la relación con el Otro, es decir, somos libres en la medida en que nos relacionamos, pero esa relación no depende de mi libertad, pues no escogemos libremente acercarnos a ese Otro.
«La ética se desliza en mí antes de la libertad. Antes de la bipolaridad del Bien y del Mal, el yo se ha comprometido con el Bien […]. El Mal pretende ser el contemporáneo, el igual, el hermano gemelo del Bien, pero el Bien y el Mal no se encuentran en el mismo plano. Esta anterioridad de la responsabilidad respecto a la libertad significa la bondad del bien: el bien debe elegirme antes de que yo lo pueda escoger; el Bien debe elegirme en primer lugar».5
En el pasaje anterior se sintetiza lo que comúnmente conocemos como naturaleza humana. Ante la presencia de categorías como la libertad y la responsabilidad, el actuar humano tiende siempre al Bien, de donde fue creado, pues precisamente el Bien antecede al mal. El hombre está comprometido con el Bien antes que nada en el mundo, y precisamente en este compromiso está la responsabilidad de responder por el Otro.
Estas reflexiones levinasianas se consideran muy importantes pues muchas veces, incluso sin darnos cuenta, vemos a los demás como a uno dentro de la multitud, uno más que habita en el mismo mundo que me rodea, y esto hace que con frecuencia lo sintamos como un extraño, alguien que viene a invadir mi espacio, alguien que me perturba y a quien solo nos vemos obligados a tolerar. Cuando esto ocurre debemos preocuparnos, pues querrá decir que nuestras relaciones sociales pueden entrar en crisis, y que el Otro no pasa de ser mi colega, mi vecino, o un extraño que jamás despertará en mí sentimientos de compasión y de amor.
La filosofía de Lévinas se puede resumir en la cotidianidad de los actos que mueven el actuar humano, en gestos y palabras de cortesía y amabilidad que parecerían tribiales y extremadamente obvias, y en las que pocos filósofos se han detenido a reflexionar. Estos actos que Lévinas llama «éticos» deberían ser una tarea cotidiana, una obligación de cada día. La relación metafísica entre las categorías levinasianas de responsabilidad y libertad se sintetiza perfectamente en el siguiente pasaje:
«La responsabildad es aquello que me incumbe de modo exclusivo y que, humanamente, yo no puedo rechazar. Esta obligación es una suprema dignidad del Unico. Yo, no intercambiable, yo soy yo, solamente en la medida en que soy responsable. Yo puedo sustituirme a todos, pero ninguno puede sustituirse en mí: esta es mi inalienable identidad de sujeto. Exactamente en este sentido Dostoesvskij afirma: “Todos somos responsables de todo y de todos delante de todos, y yo más que los demás”».6
Notas
[1] Sobre el peligro de ignorar esta filosofía ética, el autor Manuel Losada cita a Lévinas cuando menciona que: «El totalitarismo político reposa sobre un totalitarismo ontológico. El ser sería un todo. Ser en el que nada acaba y en el que nada comienza. Nada se opone a él y nadie lo juzga […]. En este mundo sin palabra se reconoce el Occidente entero». Cfr. Manuel Losada Sierra: La responsabilidad para con el otro: una crítica a Occidente. Universitas Philosophica, 44-45 (pp. 39-62), Bogotá, Colombia, junio-diciembre 2005.
2 Ibidem, p. 14.
3 Idem.
4 Emmanuel Lévinas: Totalidad e Infinito: ensayo sobre la exterioridad. Ediciones Sígueme, Colección Hermeneia. Sexta Edición. Salamanca, 2002, p. 111.
5 Citado por Eduardo Lostao Boya en Reflexiones levinasianas acerca de la bondad, la libertad y la diferencia, Anuario Filosófico, 2000 (33), 631-640. Servicio de publicaciones de la Universidad de Navarra, Madrid, 2008, p. 9.
6 Emmanuel Lévinas: Ética e Infinito, Dialoghi con Philippe Nemo, Città aperta Edizioni, pp. 7-8. [La cita constituye una traducción del pasaje original en italiano].




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