La vivencialidad del arte

Por: Daniel Céspedes Góngora

Conversaciones sobre arte
Conversaciones sobre arte

No es la primera vez que escribo sobre Rafael Acosta de Arriba. Sin embargo, la familiaridad con su persona y libros me coloca nuevamente en una responsabilidad intelectual que rebasa la cercanía del amigo. Pues, aunque prefiera la amistad de un buen ser humano a la legitimidad de sus conocimientos, consciente soy de que quizás sean estos últimos los que pudieran despabilar la condición de alguien y la verdadera simpatía. Respeto la inteligencia vanidosa si, a pesar de ello, motiva la tertulia programada o tal vez la sonrisa de un ermitaño. El saber malintencionado es otra cosa. En absoluto puedo congeniar con la persona que lo posea. Conversaciones sobre arte (ArteCubano Ediciones, 2018), el reciente libro de Rafael Acosta de Arriba, aúna el rigor del investigador y exegeta del arte con la generosidad del admirador no solo de artistas heterogéneos sino de críticos de valía. Vuelve el autor a generar el debate de ideas a través de la entrevista, uno de los géneros en que suele moverse con maestría y placer.

Siendo la entrevista práctica recurrente en Acosta de Arriba, desconozco en esencia o bajo qué motivo de peso Danilo Vega Cabrera, el autor de un libro de entrevistas como La soga y el trapecista. Dialogando sobre arte cubano y crítica en los noventa (ArteCubano Ediciones, 2016) decidió soslayar a un intelectual tan constante e influyente. En una selección o antología el autor tiene derecho a escoger los que figurarán en cuanto se supone sea lo más selecto de una rama del saber. Se suelen cometer desatenciones que, al fin y al cabo, se perdonan, pero los desaciertos mayúsculos pesan. No tienen que estar todos los representantes de una especialidad, pero si se va a dialogar sobre arte cubano, curaduría, crítica de arte… en un libro hecho en Cuba, Acosta de Arriba es clave para la narración de esa historia. Todavía hoy hay quienes abren el importante volumen de Vega Cabrera para saber qué manifestó el escritor de  El signo y la letra, Caminos de la mirada, La espiral de la imagen… No se entiende tamaña ausencia. Dialogar con Acosta de Arriba, entrevistador ineludible por experiencia profesional y cualidades innatas, hubiera enaltecido el libro de marras.

Conversaciones sobre arte confirma las inquietudes de su autor por refrendar el tejido multiforme, tornadizo y trasnacional de la humanidad que tiene al creador como denominador común. Aquí el crítico de arte está al nivel del artista más establecido. Es una de las pocas ocasiones en que un libro sobre arte contempla tanto al apasionado y político como al artífice de la imagen simbólica cual conocedor de su técnica, estética y poética. ¿Es extraño entonces que entre escultores, pintores, ilustradores, fotógrafos… se intercale a escritores sobre arte?

En favor del entrevistado, Acosta de Arriba acomoda la situación. Pudiera dejarse influenciar por las circunstancias en que la entrevista se ideó. Sin  embargo, las maneja a su antojo para el protagonismo de quien cedió al diálogo. El ego puede serenarse entonces para deja ver ese vaivén entre lo íntimo y profesional. El entrevistador no separa ahora lo que, sin discusión, es ya complementario: vida y obra. Empieza, por lo general, con preguntas cortas, relativas a los orígenes de la vocación. Ello sucede cuando existe amistad de años con el entrevistado. Luego inserta la reflexión que provoca, como los casos de los artistas Tomás Sánchez, Roberto Fabelo, Jorge Luis Santos, Harold López, Rubén Rodríguez… y hasta críticos de arte como Manuel García y Hamlet Fernández.

No obstante, en Fernández —a quien conoce muy bien— le invierte la manera de preguntar, pues cambia con intención la dramaturgia frecuente al menos de las entrevistas de los nombres mencionados. La pregunta a Hamlet Fernández: “¿Pudiera considerarse la carrera de Historia del Arte una cantera de formación de futuros críticos?” representa el saber implicar a un tiempo y, desde el inicio de un diálogo, vivencia y pensamiento. Es cuanto hace al entrevistar a otros pensadores del arte y la cultura del rango de Gianni Vattimo y Hervé Fischer —también artista visual— u a otros creadores como Ambra Plidori, Claudio Parmiggiani e incluso Herman Puig, con quien tuvo que lograr esa suerte de entrevista de rememoración para presentar a un fotógrafo de valía pero ya desconocido por varias generaciones. Por fortuna, encontramos en Conversaciones sobre arte modos distintos de entrevistar según los vínculos, siempre críticos, con la obra y su autor. “Como un graffiti en una pared milenaria”, la entrevista a Julio Larraz, sería lo más atrevido del volumen. Desde Louise Bourgeois hasta Guibert Rosales, veinte nombres respondieron a Rafael Acosta de Arriba. Cierra un período de trece años porque cada plática fue propiciada en la época oportuna.

Me ha aconsejado un amigo entrevistador de mucho más experiencia no incurrir en preguntas o encabezados amplios, pues el protagonismo es en rigor del interpelado. En honor a la verdad, la extensión de cuanto uno puede preguntar no garantiza la calidad de la respuesta pero media, por supuesto, en lo que alguien te puede contestar. Las preguntas o preámbulos cortos —esos que parafrasean o citan a un autor o al mismo que se entrevista— a veces suelen ser más interesantes por eficaces, ya que o sacan de la zona de confort al entrevistado o lo condicionan para que nos confirme algo que acaso será negado por el desconcierto de una nueva confesión.

En consecuencia, conviene un compromiso de dos, porque la excelente entrevista es eso: trama de caracteres distintos mas no distantes; oasis hallado y compartido; contrafuerte justo como si se asegurara la espera por la aparición o llegada del otro que, en el fondo, se entrega al riesgo de improvisar el relato de la memoria. Se improvisa a partir de lo conocido, si bien las respuestas más ingeniosas y hasta ocurrentes demandan cuotas de la imaginación. De lo que se trata entonces es que el cuestionario llenado o la versión transcrita de lo sensorial al papel, cual entrevista según la “vieja escuela”, se restructure en función de revelar a dos seres humanos que, apartados por un momento oportuno del diario quehacer, pareciera que dialogan para el hoy y el mañana. Por eso hay entrevistas que serán también como autores clásicos: no envejecerán, mientras otras, atestiguarán muy bien una época, pero se quedarán ancladas allí, sin el mínimo favor del eco.

Creo haber escrito cuanto he podido sobre la entrevista como género. Aunque las leo con mucho respeto y pasión, hubiera necesitado de horas nalgas para acreditarme con manuales al uso de cómo hacerlas. Sencillamente, si de manuales se trata, tengo cero en conducta. Habrá que respetar lo básico a la hora de entrevistar, pero una sola fórmula no existe: generaría la sospecha ante el posible “decálogo” del buen entrevistador.  Esta y otras razones me estimulan a acoger más a quienes entrevistan con apresto de detectives que a los que optan por el primario cuestionario, intentando acomodárselo a cualquiera que se le ponga delante. La primera prudencia  de una entrevista es la preparación. Pero la carta bajo la manga es la intuición siempre en vilo, que se debería conservar durante un diálogo o conversación. Esa es la razón por la que sigo a Carmen de Eusebio, la entrevistadora por excelencia de Cuadernos Hispanoamericanos.

Más de un libro de entrevistas he comentado o presentado. Ha sido de continuo el lector y no precisamente el crítico literario y menos el especialista el que apuntó las variaciones en las insistencias. No me considero crítico literario y menos experto en entrevistas. Ahora, como lector, me percato de que, en principio, las variaciones se erigen cual constantes conformadoras de lo imperante, el canon. De acuerdo a mis lecturas, constantes en la entrevista serían las siguientes:

  1. La entrevista suele agradar al lector porque perfila una existencia y repasa una huella creativa. Confesando o no, el entrevistado responde hasta por silencio.
  2. La entrevista es una crónica particular, una biografía condensada y amputada, tal vez en virtud de la importancia de otro tema que, por fortuna o desgracia, depende de cuánto (y cómo) lo diga el entrevistado.
  3. El hallazgo es la primera de las cercanías o franquezas. Por ahí el sobresalto de la entrevista como género, pues preámbulos a distancia, las interrogaciones (des)acertadas no son aquellas que buscan contestaciones deseables, sino las espontáneas, lo imprevisto, quizás lo no dicho hasta ese momento.
  4. En la entrevista, entrega y elección, búsqueda y saber, goce y compartir no pueden distanciarse. En el fondo, darse de palabra insinúa además la posibilidad de la atención y el intercambio del otro.
  5. Téngase en cuenta que la capacidad de confesar supone buena dosis de confianza mutua entre quien inquiere y quien responde. La confianza es un sentimiento de familiaridad o mejor, de anhelo compartido, de la creencia en ese que sabe llegar y motivar, acaso por primera vez, para que el otro, ya posicionado o no, garantice las palabras que pueden y merecen quedar.
  6. El entrevistador debiera buscar que el interpelado diga e insinúe, así sea un poco lacónico. Buscar sorprendentes respuestas, por otra parte, implica una seducción abierta y mutua donde la confianza prepara el camino de la confesión, como el lector avezado y activo que escoge un libro y emprende un diálogo con él.
  7. Pudiera importar quien interroga y quien revela, quien averigua y quien (se) expone. Pero son las preguntas y respuestas las que en un aparente ningunear de las personas implicadas, enamorarán o disgustarán al tercer participante: el lector, supuesto y apático agregado. Muerto o vivo el entrevistado, sus palabras quedan, resisten al olvido inmediato en una prolongación objetual: el libro.

Se podrá decir más sobre el género en cuestión. No lo dudo. Rafael Acosta de Arriba legitima a lo grande lo que he venido anotando hace ya algún tiempo sobre los mejores libros de entrevistas publicados en Cuba hasta la fecha. Conversaciones sobre arte integra esa lista privilegiada aunque poco amplia. A estas alturas, ¿bastará solo con reconocerlo? Mientras algunos sigan pensando que la entrevista entre dos o más personas se equipara al diálogo de una cola de barrio, queda mucho por publicar todavía. Solo así se comprenderá que revelar con acierto a ratos obedece a sonsacar con arte.

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