
La noticia no por esperada de la muerte de Alain Delon, quizás la última leyenda del cine francés, causó congoja en medio mundo, sobre todo en quienes pasamos de cincuenta años y fuimos espectadores de muchas de sus películas. Para un cinéfilo cubano que vivió entre los años sesenta y ochenta, la noticia adquiere mayor relevancia, pues fue uno de nuestros ídolos cinematográficos.
Cuando en el mundo occidental y un poco más allá se imponían como iconos del celuloide las figuras de Robert Redford o Steve Mc Queen, acá se imponían Alain Delon y Jean-Paul Belmondo. Así, para los niños de los años sesenta y setenta, El Tulipán Negro (1963) y El Zorro (1975), dos películas de aventuras protagonizadas por el astro francés, hicieron nuestras delicias.
Recuerdo en particular el estreno de El Zorro en el cine Infanta, en La Habana, abarrotado de niños con sus adultos, la escena en que los sicarios del gobierno dictatorial de facto del coronel Huerta están reprimiendo duramente a unos opositores y de pronto aparece —por primera vez en el filme— Delon ataviado con el disfraz del Zorro y presto a castigar a los represores: el cine se vino abajo en aplausos y exclamaciones.
Mientras que para los adultos de esa época fue el tipo duro de El samuray (1967), El círculo rojo (1970), Los aventureros (1967) y Tony Arzenta (1972) —basta con ver cuántos hombres nacidos en esa época llevan por nombre Alain—, para las féminas cubanas entre quienes tenía legión de admiradoras fue el héroe romántico y muchas veces sufrido de Rocco y sus hermanos (1960), El eclipse (1963) y Diabólicamente tuya (1967) o el bello tenebroso de A pleno sol (1960), La jaula del amor (1964) o Tratamiento diabólico (1957).
Ya en los ochenta, convertido en toda una estrella por lo que producía y hasta dirigía sus propias películas, nos llegaron varias cintas de dudosa calidad estética, pero seguimos siendo fieles a sus películas aun cuando casi todas repetían el mismo esquema con alguna que otra variación: el tipo duro, individualista, que, fuera del lado de la ley o al margen de ell
a, se enfrentaba a la corrupción política, policial o al crimen organizado. Así, disfrutamos de policiales neo-noir como Por la piel de un policía (1981), Tres hombres para matar (1980), El hampa no perdona (1982), El peleador (1983), Palabra de hombre (1985) y No despiertes a un policía que duerme (1988), estrenadas en nuestros cines en ese orden. Era nuestro ícono y echamos a un lado cualquier reparo ideoestético, disfrutando de sus peripecias como deshacedor de entuertos, fuera encarnando a un policía, a un delincuente o a un ciudadano común envuelto en una trama criminal, pero siempre era un duro sin fisuras, con cierto aire ególatra, pues para eso era un ídolo, el nuestro.
No me detengo en otros filmes suyos vistos años después o en películas de mayor vuelo artístico en las que participó y en las que demostró que era mucho más que un rostro y un carisma. Es este texto un ejercicio de nostalgia y un homenaje al mayor astro del cine francés de todos los tiempos junto a Belmondo y a Jean Gabin.
Con su muerte se va cerrando cada vez más una manera de ver el cine que ya no existe, la del sistema de estrellas, actores y actrices cuyos nombres atraían a grandes audiencias a los cines.
Para nosotros, los cubanos, significó un oasis en aquellos oscuros años setenta con tan pocas atractivas opciones de ocio. Los filmes protagonizados por Alain Delon constituyeron un bálsamo en aquella gris y uniforme época que espero no retorne.
Parafraseando una estrofa del clásico Memorias del subdesarrollo, del cantautor cubano Carlos Varela: «No tengo a Superman, tengo a Elpidio Valdés», puedo decir que mi generación no tuvo a Robert Redford, tuvo a Alain Delon.





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