Un mensaje de paz también para nosotros

Por: padre José Miguel González Martín

Fiel a la tradición, el pasado 17 de diciembre, el Papa Francisco hacía público su mensaje para la celebración de la 54ta. Jornada Mundial de la Paz del 1ero. de enero de 2021. Bajo el título “La cultura del cuidado como camino de paz”, nos ofrece una reflexión muy contextualizada en el momento de crisis actual que la humanidad está viviendo con el problema de la pandemia y sus nefastas consecuencias en todos los ámbitos. Dirigido no solo a los cristianos, sino también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, el Santo Padre nos invita a reflexionar con fundamento cristiano en la cultura del cuidado, esto es, de la atención y servicio a los demás como camino para generar paz verdadera y duradera a todos los niveles y en todos los ambientes.

Ya avanzado el segundo mes del 2021, no está de más que repasemos, al menos someramente, el significado de las palabras utilizadas por el Papa en el lema de este año.

Es evidente que aquí no se entiende la palabra cuidado como expresión de prevención sino todo lo contrario; cuidado, en su primera acepción, significa solicitud y atención para hacer algo bien; también se entiende como la acción de cuidar, asistir, guardar, conservar, aplicado a personas o cosas. No en sentido egoísta sino altruista es como comprendemos su significado en el texto del Papa.

La palabra cultura sabemos bien que es muy polisémica y abarcadora. Aquí, más que como conjunto de conocimientos, hemos de comprenderla como modo de vida y costumbres que impregna la vida de un pueblo, en este caso de la sociedad entera. Más que sinónimo de saber sería sinónimo de civilización.

La palabra paz aquí no puede ser reducida al simple significado de ausencia de guerras o violencia o conflictos. San Agustín definía la paz como tranquilitas ordinis (literalmente, “tranquilidad del orden”) en su obra La ciudad de Dios, un magnífico texto para reflexionar sobre este tema; en el ámbito del individuo la paz es la virtud que pone tranquilidad y sosiego en el ánimo; en el ámbito social, paz significa reconciliación y vuelta a la amistad y a la concordia. La auténtica paz, nos recuerda el Concilio Vaticano II, es fruto de la justicia, y evidentemente también de la caridad (cf. Gadium et spes, 78).

La cultura del cuidado como camino de paz, dice el Papa, pretende erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y la confrontación tan presente hoy, incluso en el contexto actual de crisis mundial, precisamente cuando deberíamos descubrir más la importancia de hacernos cargo los unos de los otros, también de la creación, para construir una sociedad más fraterna.

En Dios, Creador de todo y Padre de todos, pone el Papa el origen de nuestra vocación humana al cuidado y su modelo de actuación. Dios nos da la vida y cuida de todos y cada uno de nosotros. Asimismo, nosotros hemos de cuidar de nuestra propia vida y de la naturaleza que Dios nos ha dado, y también de los demás, con justicia y fidelidad, porque son nuestros hermanos.

Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, encarna la expresión máxima del cuidado amoroso de Dios Padre hacia toda la humanidad, que llega a su culmen en la ofrenda de su vida en la Cruz, desde donde nos invita a su seguimiento e imitación. La cultura del cuidado se hizo así presente en la vida de los seguidores de Jesús desde el inicio de la Iglesia, cultura del cuidado particularmente expresada en lo que los cristianos llamamos las obras de misericordia espirituales y corporales, cuyo espíritu ha inspirado a tantos fundadores de instituciones benéficas, según las necesidades sociales de cada época.

Del deseo de hacer realidad el mandato de Jesús, de amarnos como hermanos, de sentir las necesidades ajenas como propias, de tratar de ayudar a los más pobres y necesitados, surgió lo que conocemos como Doctrina Social de la Iglesia, cuyos principios, dice el Papa Francisco, son el fundamento de la cultura del cuidado, su “gramática” y que él desgrana en cuatro aspectos: la promoción de la dignidad y de los derechos de toda persona humana, la preocupación por el bien común, la solidaridad con los más pobres e indefensos y la protección de la creación.

Así pues, en primer lugar, hemos de cuidar de toda persona, porque cada persona humana es un fin en sí misma, y nunca un simple instrumento, creada para vivir en familia y en sociedad, de cuya dignidad derivan sus derechos y deberes. Aunque el Papa no lo menciona, recordamos que la dignidad de toda persona humana y su valor inviolable radica en su condición de creatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Cada ser humano es imagen viva del Creador, aunque no sea consciente de ello ni obre como tal.

Recuerda el Papa, en segundo lugar, el carácter comunitario y social de cada persona humana. Vivimos en comunidad, en un mundo globalizado, estamos todos en la misma barca, por lo que hemos de preocuparnos y responsabilizarnos todos de todos, buscando el bien común, entendido como el “conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (cf. Gadium et spes, 26). La pandemia nos ha hecho más consciente de ello y debiéramos sacar las conclusiones pertinentes para mejorar nuestro futuro común.

Es muy interesante cómo, en tercer lugar, Francisco define la solidaridad humana, no solo como mera preocupación altruista por las necesidades ajenas, sino como expresión concreta del amor fraterno, como “determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común […] por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Sollicitudo rei socialis, 38).

Por último, en cuarto lugar, el Papa recuerda la plena interconexión entre el cuidado de los hermanos y el cuidado y protección de toda la realidad creada. “Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados” (Laudato si, 92).

Para Francisco, estos cuatro principios de la Doctrina Social de la Iglesia (cuidado de la dignidad de toda persona humana, del bien común, de la solidaridad y de la creación) son la “brújula” que todos debiéramos tomar para dar un rumbo común, verdaderamente humano, al proceso de globalización, particularmente en esta época dominada por la cultura del descarte y de la desigualdad. Todos estamos llamados a convertirnos en “profetas y testigos de la cultura del cuidado, para superar tantas desigualdades sociales”. Y esto, tan importante a nivel personal y social, es extrapolable al ámbito de las relaciones internacionales, donde se deben reafirmar la protección y la promoción de los derechos humanos fundamentales, inalienables, universales e indivisibles, entre los que está el derecho humanitario.

Se lamenta el Papa de que en muchas regiones del mundo los conflictos y las guerras se hayan “normalizado”, es decir, se hayan convertido en el modo habitual y continuo en el que, desgraciadamente, muchos viven sin trabajo, sin estudios, sin hogar, sin cultura, con hambre y enfermedades, envueltos en girones de violencia y destrucción. Con valentía se atreve a proponer constituir “un Fondo mundial”, con el dinero que se usa en armas y gastos militares, para derrotar, definitivamente, el hambre y ayudar a los países más pobres.

Por último, el Santo Padre advierte de la necesidad de un proceso educativo para la promoción de la cultura del cuidado. Es necesaria la educación para el cuidado, educación que nace en la familia, con la cual debe colaborar la escuela, la universidad, los agentes de comunicación social y, por supuesto, las religiones en general que, a través de sus líderes, deben transmitir los valores de la solidaridad, el respeto a las diferencias, la acogida y el cuidado a los hermanos y hermanas más frágiles, labor en la que la Iglesia católica debe empeñarse decididamente. Habla el Papa de la necesidad de un Pacto educativo global que tenga como objetivo una educación más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión.

Tal cultura del cuidado, así entendida, es un camino privilegiado para construir la paz, dice Francisco. Y citando su reciente encíclica Fratelli tutti 225, concluye: “En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia”.

Baste quedarnos con esta frase para sintetizar el pensamiento del Papa Francisco expuesto en este mensaje; también para comprender que todos y cada uno de nosotros, en el país donde vivimos, en la sociedad en la que convivimos, desde nuestra condición de cristianos o de meros ciudadanos, estamos llamados a ser artesanos de paz desde la cultura del cuidado de la persona humana, del bien común, de la solidaridad y de la creación. Nunca es fácil abrir caminos nuevos sin generar heridas; mucho más complicado, pero no imposible, es construir caminos que lleven a cicatrizar heridas del pasado, personales y sociales, fracturas a primera vista irreparables. Por eso han de ser caminos de paz y reconciliación y no de más confrontación. Sin duda, no podemos caer en la sutil tentación de la cultura de la confrontación, que nada tiene que ver con la cultura del cuidado y la reconciliación que el Papa nos propone.

Es el gran desafío que, como cristianos, hemos de asumir en el momento histórico que vivimos: construir caminos de paz, iniciativas que generen procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia. Pareciera como si esta frase del Papa estuviera dicha para nosotros, los cristianos católicos de Cuba. La expresión libre y sincera de todo aquello que entendemos como carencia de verdad en el entramado social del país no puede prescindir del deseo también sincero de sanación y reencuentro. La verdad, por muy verdadera que sea, no se puede imponer ni lanzar por la fuerza, ni de la razón, ni de una ideología, ni siquiera de la religión; ha de ser buscada, encontrada y compartida en el diálogo abierto, sincero y fraterno. Nunca nos podemos cansar de ofrecernos a tal diálogo sin ningún tipo de prevención ni miedo. Quien tiene miedo a dialogar, algo tiene que ocultar. Sin duda, el diálogo es uno de los caminos de paz, para la sanación y el reencuentro, de los que habla el Papa Francisco, en el que no puede faltar la escucha paciente, el talante constructivo y la mutua comprensión; con audacia e ingenio, esto es, sin temeridad ni locura, paso a paso, poco a poco, con propuestas realizables y verificables, también valientes e inteligentes.

La sanación y el reencuentro, dos realidades tan urgentes en la Cuba de hoy, presuponen que hay enfermedad y fractura, enfrentamiento y desencuentro. En el diálogo abierto y sincero, sin prejuicios ni prevenciones, entre todos los interlocutores a distintos niveles, se han de abordar sus causas, porque los síntomas y las consecuencias ya se conocen y se padecen. Al analizar juntos las causas, en igualdad de condiciones, podremos proponer, no imponer, caminos comunes de paz y reconciliación, de sanación y reencuentro; podremos implementar soluciones ingeniosas y audaces, pero realizables y que beneficien a todos. Sin duda, un gran desafío para todos en el año nuevo que acaba de comenzar.

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