Santa Teresa de Jesús, maestra de espiritualidad

Por: Roberto Méndez Martínez

Allá, en mi ya muy lejana infancia, vi por primera vez en el templo camagüeyano dedicado a Nuestra Señora de la Merced, una imagen de santa Teresa. Era una viejísima talla española que representaba a la reformadora del Carmelo con libro y pluma en sus manos y la cabeza ligeramente inclinada, porque un ave parecía dictar algo a su oído. Yo hacía las más fantasiosas conjeturas sobre aquella escena hasta que una parienta mía vino a explicarme la alegoría del Espíritu Santo que inspiraba a la escritora sagrada. Con frecuencia contemplo una imagen semejante en la parroquia habanera de Nuestra Señora del Carmen y vuelvo a comprender lo afortunado de esa representación que viene a recordarnos que, si bien la Doctora de Ávila escribió con su recia mano su obra monumental, fue el soplo del Pneuma quien le comunicó esa elevada doctrina espiritual que medio milenio después sigue siendo fuente inagotable.

No es tarea sencilla pretender resumir, ni siquiera esquematizar, el magisterio espiritual de quien dejó doctrina tan alta sobre la oración interior y la vida del alma. Pero valdría la pena detenerse en algunos puntos de su pedagogía que resultan muy pertinentes para nuestro tiempo y circunstancias.

En primer término, confieso que me resulta admirable asomarme a la vida de Teresa y descubrir que ella, como san Pablo o san Agustín o san Ignacio de Loyola, forma parte de los grandes conversos, porque, a diferencia de aquellos que parecían inclinarse a la santidad desde la infancia, ellos, ya en plena adultez, tuvieron una experiencia de Dios que cambió radicalmente sus vidas y los convirtió en celosos apóstoles del evangelio.

Basta con asomarse al Libro de la vida para descubrir cómo a lo largo de años y hasta décadas, salió de aquella niña imaginativa y mimada, con la cabeza llena de los relatos de caballería, una religiosa que, además, tuvo que llegar, entre desencuentros, sinsabores y hasta enfermedades, a un encuentro personal con Dios que otorgó sentido trascendente al resto de su existencia. Ella, como los otros santos citados, es ejemplo vivo del llamado universal al Reino, que está al alcance de aun los más débiles y pecadores.

En la monja de Ávila nos asombra y atrae esa “determinada determinación”, ese ejercicio de la voluntad, que coopera libremente con la gracia suficiente otorgada por el Espíritu. Dios hace que la palabra divina penetre en ella, pero ella la acoge, la vive, la escribe, con una ejemplar mezcla de gozo y sufrimiento. Así recomendaba a sus monjas para perseverar en el camino de perfección:

 

“Ahora, tornando a los que quieren ir por él y no parar hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de vida, cómo han de comenzar, digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo”.1

 

Esto se traduce en su vida, no en espectaculares penitencias, en ayunos extremos, como ocurría con otras santas, sino con un sentido radical de disponibilidad. Ella supo desligarse de las ataduras del mundo y puso las potencias del sentido –memoria, entendimiento, voluntad– en conformidad con lo dispuesto por Dios. Y lo hizo de modo definitivo, radical, con una naturalidad y alegría que todavía nos sorprenden. No fue una asceta de ayes y lágrimas –aunque muchas tuviera que derramar en ciertas circunstancias–, sino alguien que se entregó al Dios vivo con alegría y confianza. Así nos lo recuerda una estrofa en uno de sus más célebres poemas:

 

Si queréis que esté holgando,

quiero por amor holgar.

Si me mandáis trabajar,

morir quiero trabajando.

Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?

Decid, dulce Amor, decid:

¿qué mandáis hacer de mí?2

 

Precisamente, ese espíritu de conversión, esa disponibilidad para Cristo, son las bases de su magisterio. Ella puede llevarnos en una ruta ascendente, que es también camino hacia adentro, hacia el centro del alma, a través de la oración, pues nos está comunicando su propia experiencia. Pertenece al linaje de los mejores maestros, porque es sobre todo testigo. Comparte aquello que vive, no solo en sus momentos gloriosos, sino también en las sequedades, las amarguras, las caídas. Eso la hace tan humana, tan cercana y persuasiva. Mientras otros en su tiempo, bajo el pretexto de escribir libros de espiritualidad levantaban grandes arquitecturas verbales, plenas de retórica y con muy poca sustancia nueva, ella, con frecuencia a pesar suyo, elige contar sencillamente lo que experimentó y mecharlo de consejos, especialmente dedicados a sus monjas, para que sepan a qué atenerse. Así, en el ya citado Camino de perfección advierte a las religiosas que deben apartar de su oración las falsas humildades, para tratar a Dios con familiaridad y llaneza. Su buen sentido castellano le hace escribir de manera tan desembarazada que todavía nos sorprende:

 

“No os curéis, hijas, de estas humildades, sino tratad con Él como con padre y como con hermano y como con señor y como con esposo; a veces de una manera, a veces de otra, que Él os enseñará lo que habéis de hacer para contentarle. Dejaos de ser bobas; pedidle la palabra, que vuestro Esposo es, que os trate como a tal”.3

 

Varios de aquellos que se han consagrado al estudio de su obra, insisten en lo sorprendente que resulta que ella sea una escritora que pretende no serlo. No hay que olvidar que en su tiempo era mal mirado que la mujer tomara la pluma y si lo hacía en asuntos de teología, resultaba harto sospechosa, por tanto, era necesario el mandato de un confesor o autoridad para hacerlo con cierta libertad. Tal cosa le permite además desmarcarse de la escritura culta de su tiempo, con su erudición, su verbalismo, su impostación barroca. Al ceñirse al encargo recibido, se preocupa sobre todo por el contenido y por la fidelidad del lenguaje para traducir sus experiencias y cuando tiene que mostrar lo inefable a partir del sentido figurado, toma sus imágenes de la vida cotidiana, de los objetos familiares, para que sean más accesibles a sus lectores.

Cuando explica en Las moradas algo tan elevado como la oración de unión, elige, al modo de las parábolas evangélicas, algo pequeñísimo para mostrar su sentido y alcance: el gusano de seda. A los maestros de su época debió parecerle que para tan alta materia resultaba un poco pueril aquel lenguaje que relata cómo “con las boquillas van de sí mismos hilando la seda y hacen unos capuchillos muy apretados adonde se encierran; y acaba este gusano que es grande y feo, y sale del mismo capucho una mariposica blanca, muy graciosa”.4

Un poco más adelante logra pasar, sin tensiones, del ejemplo usado a la declaración plena del sentido, sin que por eso sintamos que vulgariza sus enseñanzas. Sencillamente relaciona al pequeñísimo animal con la alusión paulina al alma escondida en Cristo (Col 3, 3) y el resultado de ese acercamiento es de una vivacidad memorable:

 

“Pues crecido este gusano –que es lo que en los principios queda dicho de esto que he escrito–, comienza a labrar la seda y edificar la casa adonde ha de morir. Esta casa querría dar a entender aquí, que es Cristo. En una parte me parece he leído u oído que nuestra vida está escondida en Cristo, o en Dios, que todo es uno, o que nuestra vida es Cristo. En que esto sea o no, poco va para mi propósito”.5

 

Todo esto no impide que cuando sea necesario referirse a experiencias muy especiales y particularmente inefables tenga que hacerlo con un lenguaje que parece que llega a sus límites, en tanto solo tiene las palabras que designan lo carnal para aplicarlas al espíritu. Es el caso de esa página memorable conocida como “de la transverberación” que está en el Libro de la vida. Comentada por muchos autores hasta hoy, incluidos aquellos no creyentes que han querido ver en él una simple manifestación patológica, sigue plena de su poder y misterio, porque es una de las pocas veces que en nuestra lengua pueda relatarse tan palpable experiencia del amor divino de manera tan sencilla y a la vez tan ardiente:

 

“Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento”.6

 

En la estética de la Santa hay toda una escala de objetos y seres, desde el modesto gusanillo hasta el ángel del dardo, que le facilitan expresar su experiencia y aplicarla a la enseñanza de otros. Y esto no solo ocurre en su biografía y tratados, sino también, de manera privilegiada, en su poesía. Teresa desdeñó las llamadas formas cultas o cortesanas de la poesía de su tiempo, dejó a un lado la octava real y el soneto, que reclamaban un lenguaje muy refinado y volcó sus sentimientos en las formas más populares del romance y la copla, prefería el verso llamado “de arte menor” que empleaban con más soltura los rimadores populares. Pero tuvo el talento de comunicarles una sustancia personalísima y hacerlos otra vertiente, musical y gustosa, de su magisterio.

Baste con recordar una de sus composiciones más justificadamente célebres, aquella que glosa una copla que quizá no era suya, sino que se apropió de ella porque resumía sus propias circunstancias:

 

Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero.7

 

El tema del ansia por el encuentro definitivo con Dios que hace sentir al alma, a la manera de los neoplatónicos, como presa en la cárcel del cuerpo, no era nueva ya por entonces. Venía de los salmos bíblicos, de la voz sedienta del poeta que clamaba: “¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?”;8 y luego, con palabras semejantes, estaba en los soliloquios de san Agustín y en muchísimos místicos medievales. Para la escritora de Ávila no se trata de un tema para exhibir las galas de su escritura, sino de una manera personal de desahogo. El padecer con todo el cuerpo y el alma se trasmuta en una pedagogía lírica, en un trovar sobre la vida interior en los momentos de más fuerte prueba.

 

Vivo ya fuera de mí,

después que muero de amor;

porque vivo en el Señor,

que me quiso para sí:

cuando el corazón le di

puso en él este letrero,

que muero porque no muero.9

 

El texto se sustenta sobre esa gran antinomia vida-muerte, trasladada continuamente del sentido físico al espiritual y que deriva en esas otras parejas de contrarios: libertad-prisión, dulzura-amargura, perder-ganar, pero todo está hilvanado a la vez con un fuerte tono dramático y una fluidez musical que ganan la atención del lector y más aún, termina por hacer que estos versos, memorizados casi involuntariamente, le acompañen siempre. Todavía hoy podemos cantar como las monjas de aquellas fundaciones:

 

¡Ay, qué larga es esta vida!

¡Qué duros estos destierros,

esta cárcel, estos hierros

en que el alma está metida!

Sólo esperar la salida

me causa dolor tan fiero,

que muero porque no muero.10

 

Y precisamente, la poesía teresiana es la forma más acabada de lo que yo llamaría “pedagogía encubierta”. Quizá solo un puñado de personas espirituales de nuestra época, sigan con la Santa la ruta hasta la morada más íntima, “que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma”;11 ciertamente no es la mayoría de las personas la que podría acompañarla en su camino hacia la oración silenciosa y más allá, hacia el desposorio espiritual, sin embargo, su poesía, desenfadada y desembarazada, encuentra ruta franca donde hay gusto por las bellas letras y al cabo, así como las aguas filtran por la más mínima hendija, anda quien a ella se llega, educándose en esa ciencia del amor desde el goce estético. ¿Quién podría resistirse a esos versos en los que ella reescribe, desde su propia vivencia, el “Mi amado es mío” del Cantar de los cantares (2, 16)?

 

Cuando el dulce Cazador

me tiró y dejó rendida,

en los brazos del amor

mi alma quedó caída,

y cobrando nueva vida

de tal manera he trocado,

que es mi Amado para mí,

y yo soy para mi Amado.

Hirióme con una flecha

enherbolada de amor,

y mi alma quedó hecha

una con su Criador;

ya yo no quiero otro amor,

pues a mi Dios me he entregado,

y mi Amado es para mí,

y yo soy para mi amado.12

 

Paradoja de paradojas, la mujer sencilla que solo se atreve a mojar la pluma en el tintero porque un confesor se lo manda; la que no esconde las incorrecciones de su léxico porque ellas forman parte de su condición social; la que no ha cursado universidades y solo puede acceder a los devocionarios en lengua romance, se ha convertido en la maestra por excelencia, en la Doctora de la Iglesia.

Quizá la explicación más fácil sea a la vez la más profunda, aunque puso muchísimo de sí en las páginas que nos dejó, hasta el punto de que algunas parezcan trazadas con su sangre, siempre mantuvo el oído atento al dictado del Espíritu. Como aseguraba SS Pablo VI:

 

“¿O acaso no se encuentran en santa Teresa hechos, actos y estados en los que ella no es el agente, sino más bien el paciente, o sea, fenómenos pasivos y sufridos, místicos en el verdadero sentido de la palabra, de tal forma que deben ser atribuidos a una acción extraordinaria del Espíritu Santo? Estamos, sin duda alguna, ante un alma en la que se manifiesta la iniciativa divina extraordinaria, sentida y posteriormente descrita llana, fiel y estupendamente por Teresa con un lenguaje literario peculiarísimo”.13

Sus libros derivaban de un Libro mayor. No olvidemos aquel difícil momento de su existencia, cuando la Inquisición mandó a recoger la mayoría de los libros de espiritualidad publicados en lengua romance y ella temió quedarse sin instrucción y alimento espiritual, entonces el Señor vino a decirle: “No tengas pena, que Yo te daré libro vivo”.14 Y ella misma nos ofrece la clave de esa frase misteriosa: “he tenido tanto en qué pensar y recogerme en lo que veía presente, y ha tenido tanto amor el Señor conmigo para enseñarme de muchas maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros”,15 lo cual podría resumirse en estos otros versos suyos:

 

Un alma en Dios escondida

¿qué tiene que desear,

sino amar y más amar,

y en amor toda escondida

tornarte de nuevo a amar?

Un amor que ocupe os pido,

Dios mío, mi alma os tenga,

para hacer un dulce nido

adonde más la convenga.16

 

 

Notas

[1] Santa Teresa de Jesús: “Camino de perfección” (21, 2), en Obras completas de Santa Teresa de Jesús. Edición crítica preparada por Tomás Álvarez. Editorial Monte Carmelo. Versión digital. Todas las referencias del texto proceden de esta edición.

2 Santa Teresa de Jesús: “Vuestra soy para vos nací”.

3 Santa Teresa de Jesús: “Camino de perfección” (28, 4).

4 Santa Teresa de Jesús: “Las Moradas” (2, 2)

5 Santa Teresa de Jesús: “Las Moradas” (2, 4). La referencia a que alude la escritora está en la Carta de San Pablo a los colosenses: “Porque ustedes están muertos y su vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3, 3).

6 Santa Teresa de Jesús: “Libro de la Vida” (29, 13).

7 Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí”.

8 Sal 42, 3.

9 Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí”.

[1]0 Ibídem.

[1]1 Santa Teresa de Jesús: “Las Moradas” (1, 3).

[1]2 Santa Teresa de Jesús: “Sobre aquella palabras dilectus meus mihi”.

[1]3 Pablo VI: Homilía en la misa de proclamación de santa Teresa de Jesús como Doctora de la Iglesia, 27 de septiembre de 1970. Consultado el 2 de octubre de 2017 en https://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/homilies/1970/documents/hf_p-vi_hom_19700927.html.

[1]4 Santa Teresa de Jesús: “Libro de la Vida” (26, 5).

[1]5 Ibídem

[1]6 Santa Teresa de Jesús: “Coloquio amoroso”.

 

(OJO, YARELIS, EN LA PRIMERA NOTA DEBE PONER LA PÁGINA DIGITAL Y DÍA DE CONSULTA)

 

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