XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

Por: padre José Miguel González Martín

Palabra de Hoy
Palabra de Hoy

31 de octubre de 2021

Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo.

Jesús, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.

Amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser,

y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

 

Lecturas

 

Primera Lectura

Lectura del Libro del Deuteronomio 6, 2-6

Moisés habló al pueblo diciendo:
“Teme al Señor, tu Dios, tú, tus hijos y nietos, y observa todos sus mandatos y preceptos, que yo te mando, todos los días de tu vida, a fin de que se prolonguen tus días. Escucha, pues, Israel, y esmérate en practicarlos, a fin de que te vaya bien y te multipliques, como te prometió el Señor, Dios de tus padres, en la tierra que mana leche y miel.
Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón”.

 

Salmo

Sal. 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab

R/ Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.

Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R/.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu ungido. R/.

 

Segunda Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos 7, 23-28

Hermanos:
Ha habido multitud de sacerdotes de la anterior Alianza, porque la muerte les impedía permanecer; en cambio, Jesús, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para interceder a favor de ellos.
Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.
Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.
En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre.

 

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12, 28b-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
“¿Qué mandamiento es el primero de todos?”.
Respondió Jesús:
“El primero es: ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. El segundo es este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay mandamiento mayor que estos”.
El escriba replicó:
“Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”.
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
“No estás lejos del reino de Dios”.
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

 

Comentario

 

La primera reflexión que nos invita a hacer la Palabra de Dios de hoy es sobre la misma existencia de Dios. ¿De verdad Dios existe? Muchos hay en nuestro entorno que responden negativamente a tal cuestión. Otros puede que respondan afirmativamente, pero en el día a día viven como si Dios no existiera. Otros quizás ni se lo plantean. Del ateísmo beligerante y teórico de décadas pasadas, se pasó al ateísmo práctico y contemporizador, y después al agnosticismo pragmático; en nuestros días hemos dado el salto de la increencia a la indiferencia, esto es, ni siquiera se plantea la pregunta. Pero lo cierto es que, en lo profundo del corazón humano, de cualquier persona y lugar, bullen multitud de cuestiones sobre el origen, la trascendencia y la finalidad de nuestro ser; y en todas ellas subyace el interrogante sobre el ser y el existir de Dios.

Los israelitas piadosos abren y cierran su día con esta profesión de fe: “Yahvé, nuestro Dios, es el único Señor”. Nosotros, los cristianos, debiéramos hacer lo mismo. Cada día, al comenzar, al concluir, en momentos de silencio y soledad… “Señor, Tú eres nuestro único Dios”. Este es el fundamento de nuestra fe. Existe Dios como Ser supremo, origen y meta de cuanto existe a nuestro alrededor; a Él nos debemos y para Él somos. Y este Dios, que se nos ha revelado y comunicado como Padre, por medio de Jesucristo, se ha hecho nuestro, es decir, para nosotros. Se ha vinculado a todo ser humano para siempre. Nos ha amado, nos ama y nos amará por toda la eternidad.

A Él, a su ser, a su verdad, a su amor, a su misericordia, hemos de abrir el oído y el corazón. “Escucha Israel”, ábrete a Dios, no te cierres a tu propia carne, despliega las potencialidades de tu persona iluminadas por la luz del Altísimo y empujadas por la omnipotencia de su Espíritu. Dios es una fuente de amor inagotable de la que podemos beber todos, a la que podemos acudir sin que se nos exija nada a cambio, desde la que somos invitados e impulsados a amar como Dios nos ama.

Qué importante es vivir a la escucha de cuanto nos rodea, sobre todo de las personas que Dios nos ha puesto cerca. Qué valioso es descubrir que la escucha es contemplación y la contemplación nos lleva siempre a Dios. En este tiempo sinodal en la Iglesia la escucha es fundamental. El Papa Francisco dice: “Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha, con la conciencia de que escuchar ‘es más que oír’. Es una escucha recíproca en la cual cada uno tiene algo que aprender. Pueblo fiel, colegio episcopal, Obispo de Roma: cada uno en escucha de los otros; y todos en escucha del Espíritu Santo”.

Volviendo al mensaje del Evangelio, recuerdo un viejo refrán que dice: “amor con amor se paga”. Dios nos ha amado primero y por eso estamos llamados a amarle con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser. Él, que es Amor, nos ha creado a su imagen y semejanza, esto es, para que seamos amor; nos ha puesto en la vida para amar. Amar es el qué y el para qué de cada ser humano, creyente o ateo, piadoso o indiferente. Amor a Dios que indisolublemente va unido al amor al prójimo; porque el que tengo cerca, el prójimo, es también imagen de Dios creado para amar y ser amado.

Dice el Papa Francisco, sobre el Evangelio de hoy: “Eligiendo estas dos palabras [amar a Dios y amar al prójimo] dirigidas por Dios a su pueblo y poniéndolas juntas, Jesús enseñó una vez para siempre que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, es más se sustentan el uno al otro. Incluso si se colocan en secuencia son las dos caras de una única moneda: vividos juntos son la verdadera fuerza del creyente. Amar a Dios es vivir de Él y para Él, por aquello que Él es y por lo que Él hace. Y nuestro Dios es donación sin reservas, es perdón sin límites, es relación que promueve y hace crecer. Por eso, amar a Dios quiere decir invertir cada día nuestras energías para ser sus colaboradores en el servicio sin reservas a nuestro prójimo, en buscar perdonar sin límites y en cultivar relaciones de comunión y de fraternidad”.

Así pues, lo que Dios quiere de cada uno de nosotros es fácil de saber y recordar, aunque más difícil de vivir: que nos amemos como hermanos. A Dios no le hacen falta nuestros holocaustos y sacrificios, promesas y cumplimientos. Dios quiere nuestro corazón; y el corazón se lo entregamos cuando amamos a los demás como Él los ama. Para el cristiano, el otro siempre es hermano porque todos somos hijos de un mismo Padre. Nunca debiéramos mirar a los demás como simples compañeros o colegas, mucho menos como adversarios o enemigos.

Recuerdo la anécdota de un anciano sacerdote que aconsejaba a los seminaristas, futuros sacerdotes, diciéndoles: “Les voy a dar tres consejos, imprescindibles para la vida cotidiana, cristiana y sacerdotal… primero: sean amables… segundo: sean amables… tercero: sean amables”. Ciertamente es un consejo que vale para todo el mundo. Ser amable es mucho más que ser correcto y educado. Ser amable, de verdad y sin fingimientos, es querer ser reflejo de Dios con quienes Dios pone en tu camino. Ser amable implica mirar a los ojos al otro y hacerle sentir que es importante para ti como lo es para Dios. Ser amable conlleva saber aguantar los desprecios y rechazos, las salidas de tono e incongruencias de los otros, incluso las mentiras y calumnias, como Dios hace con cada uno de nosotros. Ser amable significará también, en ocasiones, callar y dejar que la verdad caiga por su propio peso como fruto maduro del árbol del sufrimiento que se llama Cruz. El Reino de Dios consiste, entre otras cosas, en impregnar nuestro mundo de la amabilidad de Dios y hacia Dios.

Mañana celebramos, en la Iglesia católica, la Solemnidad de Todos los Santos. No es otra cosa sino celebrar el Amor de Dios, dar gracias a Dios por su Amor encarnado en la vida de tantos hermanos y hermanas nuestros, quizás también familiares y conocidos, a los que la Iglesia no ha reconocido oficialmente su santidad, pero que viven ya en la presencia de Dios, gozan de la vida eterna junto a Él y, desde allá, son nuestros mejores amigos ante el Señor e intercesores constantes en su presencia.

Todos estamos llamados a la santidad, a encarnar y reflejar la esencia de Dios, el Santo de todos los santos, que es Amor total y que nos llama a amar sin medida. La santidad no consiste en conseguir una perfección moral inmaculada; crecemos en santidad en la medida en que cada día le entregamos nuestra vida a Dios y permitimos que Él nos ilumine y acompañe, nos levante de nuestras caídas y perdone nuestros pecados, nos fortalezca con su gracia y nos impulse con su Espíritu a vivir en la verdad y a obrar el bien, donde quiera que vivamos, con quien quiera que nos encontremos. Crecemos en santidad cuando amamos a los demás como Dios nos ama. En cierta ocasión Jesús dijo a sus discípulos: “Sean santos, como Dios es Santo”. Hoy también nos lo dice a nosotros.

 

Oración

 

Estamos ante ti, Espíritu Santo, reunidos en tu nombre.

Tú que eres nuestro verdadero consejero:

ven a nosotros, apóyanos, entra en nuestros corazones.

Enséñanos el camino, muéstranos cómo alcanzar la meta.

Impide que perdamos el rumbo como personas débiles y pecadoras.

No permitas que la ignorancia nos lleve por falsos caminos.

Concédenos el don del discernimiento, para que no dejemos que nuestras acciones se guíen por prejuicios y falsas consideraciones.

Condúcenos a la unidad en ti, para que no nos desviemos del camino de la verdad y la justicia, sino que, en nuestro peregrinaje terrenal, nos esforcemos por alcanzar la vida eterna.

Esto te lo pedimos a ti, que obras en todo tiempo y lugar, en comunión con el Padre y el Hijo por los siglos de los siglos. Amen.

 

(Oración del Sínodo)

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