Cuarto Domingo de Cuaresma

Por: padre José Miguel González Martín

Palabra de Hoy
Palabra de Hoy

14 de marzo de 2021

Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó,

estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito,

para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

 

Lecturas

 

Primera Lectura

Lectura del segundo libro de las Crónicas 36, 14-16. 19-23

En aquellos días, todos los jefes, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando las aberraciones de los pueblos y profanando el templo del Señor, que él había consagrado en Jerusalén.
El Señor, Dios de sus padres, les enviaba mensajeros a diario porque sentía lástima de su pueblo y de su morada; pero ellos escarnecían a los mensajeros de Dios, se reían de sus palabras y se burlaban de sus profetas, hasta que la ira del Señor se encendió irremediablemente contra su pueblo.
Incendiaron el templo de Dios, derribaron la muralla de Jerusalén, incendiaron todos sus palacios y destrozaron todos los objetos valiosos. Deportó a Babilonia a todos los que habían escapado de la espada. Fueron esclavos suyos y de sus hijos hasta el advenimiento del reino persa. Así se cumplió lo que había dicho Dios por medio de Jeremías:
“Hasta que la tierra pague los sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta cumplirse setenta años”.
En el año primero de Ciro, rey de Persia, para cumplir lo que había dicho Dios por medio de Jeremías, el Señor movió a Ciro, rey de Persia, a promulgar de palabra y por escrito en todo su reino:
“Así dice Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a ese pueblo, puede volver. ¡Que el Señor, su Dios, esté con él!”.

 

Salmo

Sal 136, 1-2. 3. 4. 5. 6

  1. Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.

Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras. R/.

Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos: “Canten un cantar de Sión”. R/.

¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. R/.

Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías. R/.

 

Segunda Lectura

Lectura de la carta de san Pablo a los Efesios 2, 4-10

Hermanos:
Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estamos salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. En efecto, por gracia estamos salvados, mediante la fe. Y esto no viene de nosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir.
Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos.

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

 

Comentario

 

Estamos ya celebrando el cuarto domingo de Cuaresma, llamado domingo “laetare”, que significa “alégrate”. Se nos pide, desde la liturgia y la Palabra de Dios, vivir nuestra fe y nuestra vida cristiana con alegría. El Papa Francisco constantemente está invitando a todos los cristianos a vivir con gozo nuestra relación con Dios y con los demás, evitando ser cristianos que están contantemente con cara de vinagre o cara de funeral. Al inicio de su pontificado nos ofreció un texto precioso y paradigmático, bajo el título “Evangelii gaudium” (La alegría del Evangelio), para impulsarnos a vivir nuestra fe con optimismo, sin complejos, asumiendo la realidad que nos envuelve, sin edulcorar o camuflar las dificultades, pero con mirada esperanzada que confía siempre en el Señor. Vale la pena, en un día como hoy, volver a releer al menos algunos párrafos de este documento siempre novedoso y actual del Papa Francisco.

Es evidente que la alegría de la que se nos habla no es un mero estado de ánimo circunstancial, sino más bien una actitud constante, un ingrediente fundamental de la fe y de la vida, incluso una virtud de la que el cristiano no puede prescindir. No podemos confundirla con la euforia pasajera de un instante determinado provocada pequeños logros o estímulos externos. La alegría auténtica del cristiano está por encima de las tristezas que a todos nos llegan antes o después, en un modo u otro. La alegría del Evangelio es ciertamente una opción de vida, una elección, un modo de afrontar los sufrimientos, las adversidades, las enfermedades, las soledades, y cualquier foco de tristeza que nos pueda atormentar. Lejos de ser una ficción ha de ser una convicción. Vivir con alegría nos sana por dentro y por fuera, nos dignifica, nos hace mejores personas, facilita las relaciones, relativiza los fracasos, ayuda a vivir en la verdad, impulsa nuestro querer y hacer. Es también un don que hemos de pedir contantemente al Señor.

Con realismo hemos de reconocer que todos tenemos motivos para estar tristes, tanto a nivel individual o íntimo como colectivo. A veces incluso lo estamos y no somos capaces de identificar el motivo. Puede ser la pérdida de un ser querido, la soledad, el rechazo u olvido de aquellos a quienes queremos y por quienes hemos luchado tanto, una enfermedad, el paso de los años y la ancianidad, un fracaso amoroso o familiar o de un proyecto de vida, una calumnia, un engaño, un robo, la pérdida de bienes, la falta de trabajo digno y bien remunerado… pueden ser incluso motivos comunitarios o sociales como la falta de perspectivas de futuro en la sociedad en la que vivimos, la angustia ante lo que puede sobrevenir, la pérdida de confianza en autoridades y gobernantes, la misma pandemia que globalmente nos azota.

Sería bueno que en el día de hoy nos hiciéramos estas dos preguntas: ¿Soy un cristiano alegre o triste? Y si estoy triste ¿cuál es o son los motivos? La tristeza circunstancial puede afectarnos, pero no invadirnos ni anularnos, puede llegar, pero no tiene derecho a quedarse permanentemente. Los cristianos de hoy, en cualquier parte del mundo, en el momento social que vivimos, no podemos permitir que la tristeza generalizada, manifestada en el conformismo recurrente y desanimo colectivo, se convierta en la enfermedad endémica, cuando no pandémica, de nuestro tiempo.

En la Palabra de Dios de hoy encontramos los fundamentos de la alegría cristiana. La primera lectura nos habla de la infidelidad del pueblo de Dios a la Alianza que había sellado con el Señor. La consecuencia de ello fue la pérdida de todos sus bienes y el destierro. Se olvidaron de Dios y les vino la desgracia y, como consecuencia, la tristeza profunda. Sin embargo, el Señor no se olvidó de su pueblo nunca y propició el regreso a la tierra prometida y la reconstrucción del templo de Jerusalén. Así pues, el fundamento de la alegría auténtica está en que Dios nunca se olvida de nosotros, ni de nadie. Somos sus creaturas amadas y siempre estamos en su querer, pensar y hacer. Nunca estamos solos. Él nos acompaña siempre.

San Pablo, en la segunda lectura, abunda en la explicación de este fundamento. Dios, rico en misericordia, nos ha amado primero y nos mantiene en su amor, nos salva de nuestros pecados, nos saca de nuestras miserias; por la fe y el bautismo nos ha resucitado a una vida nueva. Sin ningún merecimiento propio, nos regala cada día la vida para que la empleemos en hacer el bien, como obra suya que somos, y obrando el bien nos asemejemos cada vez más a Él. Desde el primer minuto de nuestra existencia terrena hasta el último somos seres amados por Él.

En el evangelio de hoy se nos dice que el gran signo del amor de Dios hacia cada uno de nosotros es Jesucristo crucificado, que ofrece la vida para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna. El fundamento, por tanto, de nuestra alegría ha de ser el mismo amor de Dios manifestado en Jesucristo, que no vino a juzgarnos y condenarnos sino a salvarnos. Si lo rechazamos, es cuando prescindimos libremente de su salvación y nos autocondenamos a un fracaso existencial irremediable cuyo denominador común será la tristeza profunda. Vivir la vida con Cristo y desde Cristo nos llena de luz, paz y alegría, incluso en la noche del dolor y del sufrimiento.

El Papa Francisco escribió hace algún tiempo a propósito del evangelio de hoy lo siguiente: “Incluso cuando la situación parece desesperada, Dios interviene, ofreciendo al hombre la salvación y la alegría… Y nosotros tenemos la verdadera y grande esperanza en Dios Padre, rico en misericordia, que nos ha dado a su Hijo para salvarnos, y esa es nuestra alegría. Es verdad que también tenemos muchas tristezas, pero, cuando somos cristianos de verdad, está en nosotros la esperanza, esa pequeña alegría que va creciendo y te da seguridad. No debemos desanimarnos cuando vemos nuestras limitaciones, nuestros pecados, nuestras debilidades: Dios está ahí a tu lado, Jesús está en la cruz para curarte. Esto es el amor de Dios. Hemos de mirar al Crucificado y decirnos interiormente: “Dios me ama”. Es verdad que tenemos limitaciones, debilidades y pecados, pero Él es más grande que todas las limitaciones, pecados y debilidades”.

Así pues, camino de la Pascua, aun en los senderos tortuosos del sufrimiento y la cruz, que nunca nos falte la alegría de sabernos amados por el Padre y salvados por Cristo el Señor. Y que seamos capaces de exteriorizar y comunicar la alegría del Evangelio allá donde vivimos sin complejos y con determinación.

 

Oración

 

Te damos gracias, Señor, porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva, la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos: «¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande; su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra! Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo, el Dios que nos justifica!». Amén.

 

(Himno de la liturgia de las horas)

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