
«La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer…»
SAN JUAN PABLO II
¿Seré madre algún día? ¿Me gustaría ser madre? ¡Vas a ser madre!
Cuando supe que estaba embarazada, tuve una extraña sensación que nunca antes experimenté. Mi cuerpo temblaba y mi corazón se aceleró. Caí en mis rodillas, miré al cielo y clamé: «¡Señor, toma el control de mi vida! Alegría, miedo, incertidumbre…».
El futuro padre de mi hijo me miró con asombro, y me apreté a su pecho y lloré. A pesar de su compañía, sentí la sombra de la soledad. Un gran cambio era inminente en mi vida, llevaba en mi interior la riqueza de ser mujer llamada a dar vida de mil maneras.
Lo que Dios ha inscrito en nosotras, las mujeres, desde el principio, continúa presente en lo más profundo de nuestro ser. Una madre cristiana se reconoce como hija de Dios creada a su imagen y semejanza. Como futura madre, di el sí a Jesús, y convencida de las enseñanzas de la Iglesia sobre la crianza y educación de los hijos, me visualizo en los caminos de la maternidad.
Las madres no son perfectas, pero se dejan perfeccionar por el Señor. No buscan destacar en el mundo, sino engrandecer con amor el corazón de sus hijos. La madre debe transmitir la fe con su testimonio diario. Cada prueba, cada sufrimiento, cada alegría es una forma de mostrar a sus hijos que la misericordia de Dios obra en ellos.
Es importante tener el tiempo para hablarles del Evangelio. Por eso, en los momentos de zozobra, la lectura de la Palabra ha sido un puerto seguro, y de la mano siempre la oración de fe. Es necesario rezar siempre por nuestros hijos, incluso antes de su nacimiento. A pesar de los desafíos que nos afligen, debemos confiar en Dios y aceptar la misión de amar y luchar por ellos.
Vienen a mi mente todas las mujeres que ya están enseñándome a ser madre, pues aunque espero la llegada de mi niño, ya me siento mamá. La mía, mi tía, mi abuela, mis amigas y otras madres conocidas han sido y me ayudarán en mi crecimiento maternal. Es maravilloso contar con ellas.
Gracias a nuestras madres, que nos aman incondicionalmente, por ayudarnos a descubrir que somos un don de Dios. Mediante sus testimonios de amor y entrega hemos conocido a Jesús, y comprendemos el sacrificio que hacen cada día por sus hijos.
Que Dios encuentre dóciles nuestros corazones, así como encontró el de María, para que nos siga transformando en las mujeres y madres que debemos ser, y a su vez nosotras ayudemos a transformar el mundo de nuestros hijos.
Ojalá que la próxima vez que nos pregunten qué clase de hijos le estamos dejando al mundo, podamos responder con fe y esperanza: «Estamos luchando por dejar hijos que colaboren con Dios en el mejoramiento de la condición humana».
Por eso, si eres mujer y madre, no temas, Dios está contigo, y «…Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rom 8,31).



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