La flor más bella: la gratitud

Por: Fr. Manuel Uña Fernández, O.P.

“El fin de un viaje es solo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a los pasos ya dados, para no repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino”.

Saramago

 

 

Me encuentro en Tardemézar, así se llama mi pueblo, en la casa de los Marinos, calle el Medio; es el hogar que me vio nacer, jugar, correr y crecer.

En la Residencia Virgen del Camino, donde he sido destinado este año, me aconsejaron que rompiera el ritmo habitual y viniese unos días a descansar con Toña, mi buena hermana. Hace más de cuarenta años que no venía por estas fechas y todo me parece un sueño. Por vez primera, sin ocupaciones ni responsabilidades.

He podido pasear por las calles, reencontrarme con mis paisanos y con las tradiciones del pueblo. Concelebré en el Santuario durante la novena y el día de la fiesta de la Virgen del Campo, Patrona de mi Valle Vidriales.

No puedo silenciar que el lugar me remonta a la preceptoría que, tiempos atrás, hubo en este sitio, cuando era un adolescente de once años. Hasta allí caminaba dos veces diariamente, para recibir formación antes de ir a la Escuela Apostólica de mi Orden, en Almagro.

¡Cuántas vivencias entrañables! Es cierto que los caminos antiguos siempre guardan en sí una novedad por descubrir cada día. En mi corazón han quedado muchos recuerdos, cada rincón de la casa o fotografía conservan una historia peculiar y el aroma inconfundible de los míos.

Una de estas mañanas me encontré en la habitación con una carta que recibió mi hermana en febrero de 2004. La remitía sor Eufemia, dominica de la Sagrada Familia, con motivo de la muerte de nuestro padre. Con el mayor de los gustos, transcribo algunos párrafos:

 

“Estimada Doña María Antonia: reciba mi más sentido pésame por la muerte de su padre. He estado unida a ustedes en el amor y en la esperanza.

”Doy gracias a Dios y nunca olvidaré aquella mañana de otoño del 2002, durante mi estancia en Madrid. Caminaba como de costumbre, pero ese día era especial. Hacía viento, caían las hojas y me protegí bajo un balcón. Un anciano estaba sentado en un banco, me encantan los niños y los ancianos, por eso no puedo pasar de largo ante ellos. Me senté junto a él y me puse a contemplar el espectáculo: ¡Qué maravilla la caída de las hojas! ¡En mi tierra no se ve eso!

”Me preguntó de dónde era. Al decirle que de Tenerife me dijo que había tenido allí a un hijo sacerdote. Nos alegramos mutuamente: él al saber que yo era dominica y yo, al conocer al padre del Padre Uña.

”Hablamos largo rato, llegó un momento en que dijo una cosa que me llegó mucho, soy una enamorada de estos seres que nos recuerdan el misterio de la presencia de Dios. ‘Tengo en casa dos ángeles’. ¿Quiénes son esos ángeles?, le pregunté. Mi hija y mi yerno. Me lo dijo con una cara de felicidad que nunca olvidaré. ¡Qué maravilla ser ángel para los demás!…

 

Estas letras me han hecho caer en la cuenta de que hoy yo tengo la edad de mi padre en aquel entonces. Y viene a mi memoria lo que me dijo una de las veces que me despedía de él, antes de viajar a Cuba: “Manolo, tú sé fiel, que viéndote fiel yo soy feliz”. Y me dio un abrazo. Le devolví el gesto con un beso, pero no pude aguantar su mirada. A veces el amor duele.

Con la hermana Eufemia intenté comunicarme, pregunté su número de teléfono y la he llamado. Sin embargo, no he conseguido llegar a tiempo, la hermana que me atendió me hizo saber que había fallecido hace dos años.

Ahora, acogiendo el pasado y lo pasado, aflora en mí la certeza de que en mi casa existen no dos ángeles, sino tres: mi hermana, buena, bondadosa, cariñosa, generosa y sus dos hijos: Manolo, mi ahijado, inteligente, desenvuelto y siempre dispuesto; y Rosa, lúcida, talentosa y discreta. Qué riqueza tener familia, sentirme querido y poder expresarles lo mucho que yo les quiero.

Mi hermana Toña ha viajado a todos los lugares donde he estado: Almería, Candelaria (Tenerife), Sevilla, Roma, Tierra Santa, Lourdes, Fátima, México. En cuatro ocasiones, a Cuba. Y desde que me encuentro en la Virgen del Camino, ha ido a visitarme tres veces.

Manolo, después de contraer matrimonio, no dudó en escoger a Cuba como el destino de su primer viaje. Era el año 1997 cuando lo pude ver y abrazar en el hotel Meliá Cohiba, no muy distante del convento de San Juan de Letrán.

Rosa, después de haberlo intentado en otras ocasiones, finalmente pudo también viajar a Cuba, al igual que su hijo Rafael, años antes al terminar su carrera en Bristol. Dios le concedió esta gracia. Y en la última semana de agosto de 2022, llegó a La Habana y yo disfruté al recibirla, poder darle un beso en el aeropuerto José Martí y mostrarle la realidad que me hacía tan feliz. Durante el tiempo que estuvo allí se sintió sorprendida de cómo la acogieron los frailes y las personas, de los muchos detalles que tuvieron con ella. No le he querido preguntar qué se despertó en su corazón, pero sí sé que pudo ver más allá de las carencias que sufre el pueblo cubano y descubrir la gran riqueza que tiene su gente, de corazón noble y solidario.

Hizo coincidir su regreso con mi viaje a Madrid, sin sospechar que éste iba a ser de ida pero no de vuelta. A los pocos días, se convirtió en mi enfermera, acompañándome en el hospital Quirón Salud en las dos ocasiones que estuve internado en pocos meses. Mi hermana me cuidaba por el día, y ninguna de las dos escatimó ni sacrificios ni cariño. ¡Cómo no estarles agradecido! Es sorprendente constatar el modo en que Dios hace las cosas.

Estos tres ángeles tampoco me privaron de su compañía, cuando el 25 de marzo del presente año viajé a la Virgen del Camino. Comenzaba una etapa nueva.

Y por si fuera poco, el 10 de junio, fecha de mi cumpleaños, vinieron a felicitarme con un regalo muy peculiar, un libro titulado: La sonrisa que no olvidamos. Gratitud a un sembrador.

Más tarde me enteré que la iniciativa fue de Rosa, ella supo motivar y aunar corazones, con la prudencia que le caracteriza. Yo no puedo menos que sentirme confundido y casi avergonzado. Y afloran en mí las palabras del Bautista: “Yo no soy quien pensáis”.

Al concluir estas letras, me encuentro de regreso en la Residencia, a pocos días de celebrar el 70 aniversario de Profesión Religiosa. Fue un 29 de septiembre de 1953.

Ahora muchas personas me preguntan qué hago. Y les respondo: yo ahora no hago, he dejado de hacer, me dejo hacer, le dejo hacer a Él en mí. A mis ochenta y ocho años estoy aprendiendo a dejarme querer. Soy feliz y aquí he encontrado otros ángeles que hacen me sienta contento con mi suerte, sin añorar el pasado.

Me encuentro rodeado de cariño, ternura y delicadeza. Mi Orden ha pensado en quienes le han entregado todo y les devuelve con creces lo sembrado. Atesoro los gestos cotidianos del Superior y del personal que nos atiende, su trabajo callado, su preocupación por nosotros, su sonrisa en cada momento.

¡Cuántos detalles el Señor ha tenido y tiene conmigo! Pienso en mis formadores y en cuantos han confiado en mí y se me han confiado. Muy cerca del ocaso continúo cultivando la flor de la gratitud, y vuelvo al camino, siempre nuevo, de cada día. Ω

 

Virgen del Camino, León, 20 de septiembre de 2023.

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