De libros, tecnología y lectores

Por: José Antonio Michelena (michelena@cubarte.cult.cu)

Apuntes, interrogantes y respuestas posibles

 

¿Cuánto ha cambiado el comercio del libro, su consumo y los hábitos de lectura en los últimos años? ¿Qué leen las nuevas generaciones? Un intento de respuestas a esas preguntas es el propósito de este artículo.

 

El 16 de julio de 1995, Amazon —que inicialmente se llamó Cadabra—registró la venta del primer libro en línea. Su creador, Jeff Bezos, graduado en Princeton en Ciencias de la Computación e Ingeniería Eléctrica, había tenido la idea de crear esa tienda online para vender libros —en principio solo libros— que acabaría revolucionando los hábitos de compra y consumo de ese objeto cultural.

Pero lo que estaba claro en la mente de genio de Bezos, no lo estaba para casi nadie. Cuando Leonard Riggio —el presidente de Barnes & Noble, Inc— le escuchó decir que él iba a crear la librería más grande del mundo, lo creyó un loco, un ingenuo, un tonto, e intentó disuadirlo, incluso se sintió agraviado, molesto, porque justamente Barnes & Noble blasonaba de serlo.

La venta de libros online aún no existía ni tampoco el libro digital. En 2007, la compañía de Bezos creó el Kindle para leer con más comodidad el libro electrónico o eBook. Y Barnes & Noble, a la saga de Amazon, fabricó el Nook, en 2009, con el mismo propósito.

Ventiocho años después de iniciada aquella revolución comercial, tecnológica, cultural, el eBook convive con el libro en soporte de papel, que también ha tenido un cambio radical en la edición, la producción, la comercialización. Porque si ya los procesos editoriales se habían acelerado muchísimo con la composición digital, ahora las plataformas en línea permiten a cualquiera publicar su propio libro. Que valga la pena leerlo ya es otra cosa.

 

El archipiélago en modo libro

En 2001, el Instituto Cubano del Libro (ICL) creó una editorial electrónica, Cubaliteraria. Lo recuerdo bien porque fui uno de los primeros —junto a varios/as colegas del Instituto de Literatura y Lingüística— en editar páginas web para esa editorial. Muy pronto los Premios Nacionales de Literatura tuvieron su página en la que se ofrecía una valiosa información de/sobre esos escritores.

Unos meses después se creó el primer cibercafé de La Habana —y supongo del país—, un espacio en los bajos del Palacio del Segundo Cabo, en el ICL, donde los escritores, los editores, los artistas, los promotores, podíamos asistir para navegar por internet, revisar el correo, conectarnos con el mundo. Llevábamos cierto atraso, pero nos estábamos poniendo al día. Era por conexión telefónica —faltaban muchos años para tener conexión de datos móviles— pero aquello nos parecía genial. Aunque tardío, no fue un mal arranque.

Sin embargo, más de veinte años después, el libro electrónico en Cuba apenas ha superado la arrancada. Ahora, para paliar la crisis en la producción de libros en papel, instaurada desde 2018, las editoriales cubanas se aprestan a producir eBooks. Pero “su conexión” con la agilidad que demandan estos procesos sigue siendo lenta, como la conexión telefónica.

Mas la vida, la verdadera, no se detiene. En un mundo paralelo, como en 1Q84, la enigmática novela de Huraki Murakami, los jóvenes cubanos leen eBooks. Los bajan de sitios free, o se los envían familiares y amigos que los compran desde el extranjero, o se valen de su ingenio y habilidades tecnológicas, y los comparten entre los miembros de diversos grupos que han formado en WhatsApp.

Así como el paquete de la semana nos ha salvado de la penuria audiovisual, los jóvenes establecieron sus redes —cableadas— mucho antes que los datos móviles llegaran aquí, y comenzaron a intercambiar, además de juegos, películas, programas informáticos y otros materiales, libros en PDF. De tal forma muchos lectores —no solo jóvenes— se beneficiaron de esas redes, y pudieron leer —por citar un ejemplo— las novelas de Leonardo Padura. Hace más de una década, un amigo me pasó un archivo que contenía 500 libros en PDF que había obtenido por la vía del cable.

Los datos móviles ampliaron sobremanera el horizonte. Aun con las limitaciones de conexión —y otras— que afrontamos en el archipiélago, los/las jóvenes cubanos/as se las arreglan para encontrar lo que quieren leer. ¿Qué libros leen los jóvenes que intercambian en los grupos de WhatsApp?, ¿qué patrones de consumo registran?

Un repaso por los grupos de WhatsApp que intercambian libros en PDF y en ePub permite observar que una parte significativa de los libros que se solicitan son de una literatura ligera, donde predominan las novelas de tema amoroso; una novelística fundamentalmente escrita por mujeres y para mujeres, de escritoras como Lena Valenti, seudónimo de la española Lorena Cabo, autora de más de sesenta novelas de temática romántica, mitológica y/o erótica; la estadounidense de origen chino Ana Huang, autora de la saga Twisted love (“sus historias pueden ser increíblemente optimistas o muy oscuras, pero siempre tienen un final feliz”, según Google Books); o la también estadounidense Marissa Meyer, creadora de la saga futurista Crónicas lunares y de la trilogía Renegados. La Meyer entrelaza en su narrativa la fantaciencia, el cómic, los relatos mitológicos y los clásicos infantiles.

Igualmente son muy buscados los libros de Dot Hutchison y del escritor, guionista y director cinematográfico Stephen Chbosky. La primera es autora del bestseller El jardín de las mariposas, y de La temporada de los niños perdidos, Los niños del verano y Las rosas de mayo; el segundo, escribió la exitosa novela Las ventajas de ser invisible, llevada al cine bajo su realización.

No se debe hacer un estereotipo de esos/esas jóvenes lectores/as a partir de esa evidencia solamente. Cuando interrogué a varias muchachas que pertenecen a un grupo, pude observar que también hacen otras lecturas de mayor calado, y que no solo leen eBooks.

Por supuesto, los jóvenes se parecen a su época de teléfonos móviles, redes sociales, series de Netflix y compras en Amazon. Y ya no se lee como antes. Puede que utilicemos hasta mayor tiempo en la lectura, pero una buena parte se nos va en la pantalla del móvil, donde también se leen libros. De manera que no hay que lamentarse demasiado porque los jóvenes lean literatura light. La buena literatura tiene sus caminos y sus modos y en algún momento los encontrará, si están listos para ella.

Lo que sí me produjo cierto pesar es que esas apasionadas lectoras con las que pude contactar, nunca han leído a Lezama, Carpentier, Virgilio Piñera, Dulce María Loynaz, José María Heredia, ni Cabrera Infante. Pero las causas de eso son muy diversas y exigen otras respuestas.

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