Roberto Méndez dejó de ser escritor… de fin de semana

Por: Ángel Marqués Dolz (palabranueva@ccpadrevarela.org)

Dr. Roberto Méndez
Dr. Roberto Méndez

Uno de los grandes intelectuales cubanos del presente revela las claves de su prolija creación literaria y anuncia lo que tiene entre manos.

 

Por segunda vez y casi puedo augurar no la última, Roberto Méndez Martínez (Camagüey, 1958) ha ganado el premio de poesía Nicolás Guillén 2024. Veintitrés años atrás ya lo había conquistado con su libro Viendo acabado tanto reino. Los reconocimientos no esquivan al escritor. Tres veces ha merecido el Alejo Carpentier con la novela Ritual del necio (2011) y los ensayos Otra mirada a la peregrina (2007) y Plácido en el laberinto de la Ilustración (2017). Asimismo, en 2011, obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Mariano Picón Salas por su obra El tiempo dorado por el Nilo; otra lectura de José Lezama Lima.

Ex director de Palabra Nueva, poeta, ensayista, sociólogo, profesor, Méndez Martínez, optó por no enloquecer en medio del encierro pandémico y convirtió el desastre social padecido y superado, en una oportunidad para sus impromptus literarios.

El también crítico de arte e investigador literario y miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española, entrega sus disquisiciones sobre temas diversos de su creación y de la contemporaneidad en una, para nada pedante, mezcla de erudición y sencillez discursiva, algo tan propio de las mentes brillantes que saben de qué va la gloria y la fortuna.

 

«No hay como una epidemia para sustituir una tiranía por otra». Es una frase tuya. ¿Qué tiranías soportas tú?

«La epidemia del COVID implicó un largo período de encierro y aislamiento que agravó muchos problemas ya existentes en la sociedad: carencias de productos de primera necesidad, deterioro de los servicios y un creciente malestar social. La atmósfera era opresiva y las propias medidas sanitarias se confundían con la vigilancia policial. El agobio cotidiano, la prohibición de estar en espacios públicos, el toque de queda, el persistente fantasma de quedarse sin lo mínimo necesario para sobrevivir y la sensación de que la plaga podía durar para siempre, creaban una atmósfera semejante a la de la peste de Tebas en tiempos de Edipo o las grandes epidemias de la Edad Media, donde la enfermedad era solo el signo externo del castigo de un poder invisible.

»Después, la pandemia se marchó como vino, pero dejó hondas huellas en la psicología social. La angustia metafísica se trasladó a problemas más palpables y persistentes: inflación monetaria, emigración de una cifra preocupante de ciudadanos, especialmente jóvenes, manifestaciones de inconformidad social que fueron penalizadas por las autoridades con medidas drásticas. El agobio cotidiano se hizo persistente y se erigió en atmósfera depresiva. Eso, más allá de cualquier consideración política puntual, se percibe como un ambiente tiránico.

»En un pasaje de Diario de la epidemia me detengo en la tragedia Edipo rey de Sófocles: la obstinación de Edipo, la ceguera ante su responsabilidad moral lo convierten en un tirano y es expulsado del trono y de la ciudad, lo sustituye Creonte, hombre que carece de la sabiduría y la energía del hijo de Layo, imagen perfecta del demagogo. Ese cambio no trae felicidad para el reino, sino que desata males mayores».

 

Acabamos de salir trasquilados de una epidemia, y te apareces con Cartas de la plaga. Antes has escrito Diario de la epidemia. ¿Alguna conexión con el libro distinguido con el Guillén?

«Mientras duró la cuarentena, impedido de impartir clases, participar en eventos culturales y hasta de practicar mi fe en los templos, tuve que diseñarme un nuevo plan de vida. Leí muchísimo, escuché una y otra vez todos los discos que poseo y concebí como remedio para no enloquecer escribir cada día y por muchas horas, como si fuera una jornada laboral obligatoria. Concluí y revisé una novela: Y después de este destierro, publicada recientemente en Estados Unidos, y escribí otra de corte histórico: Martina querida.

»Tenía ya algunos poemas inéditos a los que vinieron a sumarse otros y conformaron Cartas de la plaga. Todavía sentía necesidad de decir otras cosas más allá de estos libros y decidí escribir un cuaderno de apuntes con las ideas que me venían a la cabeza: comentarios de lecturas recientes, fragmentos de memorias, poemas en prosa, disquisiciones teológicas, cuentos breves, eso vino a conformar el más inclasificable de mis libros, Diario de la epidemia, publicado en Panamá en 2022 por la editorial D’McPherson. Ambos libros dialogan sobre un motivo central: la epidemia física y su equivalente espiritual, desde formas expresivas distintas, pero están muy ligados por su ámbito vivencial y su propensión a filosofar desde la reflexión a la luz de la historia y la cultura».

 

Tu producción poética es amplia. ¿Cuándo te ocupas de ella?

«En los últimos años he decidido dar un espacio preferencial a la escritura en mi vida, no relegarla a los fines de semana, hacerlo con la constancia de un profesional, aunque tenga que trabajar en otras cosas para ganar el sustento diario. Eso lleva un alto nivel de autoexigencia, por eso he podido dar a la luz varios libros de ensayo, novelas, recopilaciones críticas, preparar antologías como Guerreros y desterrados y colaborar en publicaciones de distintas partes del mundo.

»En el caso de la poesía, al menos para mí, no basta con la voluntad de hacerla, ella tiene un modo misterioso de presentarse. Hay semanas, meses y hasta años en que brota con profusión y en esas etapas la escribo, como si recibiera un dictado al oído, a veces pueden ser dos y hasta tres poemas en un día y después esa vena fluida se achica hasta agotarse. En esos períodos de sequedad aprovecho para escribir otros géneros y también para acopiar esos poemas, revisarlos y comienzo a concebir una estructura, un orden que los contenga, hago muchas pruebas y cambios hasta dejar un libro de poesía listo.

»Todo eso significa privarse de asistir a ciertos compromisos públicos, tener un orden en la vida cotidiana y no permitirse desganas ni bloqueos ante la página en blanco en la pantalla del ordenador».

 

¿Del parnaso cubano, quién está a tu derecha y quién a tu izquierda? ¿Y quién que estuvo, ya no está?

«Lo del parnaso poético me hace recordar esos frescos que pintó Rafael en las estancias vaticanas donde reúne a los filósofos o a los poetas en un espacio ideal en el que parecen dialogar sobre las cosas más altas, algo así como un coro angélico, pero eso es el mundo de la alegoría.

»En mi infancia, cuando todavía no sabía leer, mi padre me leía los Versos sencillos de Martí y me hacía aprender algunos. Eso me hizo descubrir la poesía, su lenguaje misterioso y la música de ese libro excepcional cuya sabiduría me sigue acompañando. Ya en la adolescencia, ciertos poetas como Rubén Darío, Federico García Lorca, Julián del Casal, Emilio Ballagas y por fin el grande y laberíntico Lezama acompañaron mis afiebradas escrituras. Cuba ha producido muchos poetas notables, sobre algunos de ellos he escrito ensayos, extensos o breves: José María Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Dulce María Loynaz, Nicolás Guillén, Mariano Brull, Roberto Fernández Retamar, César López, pero siguen resultándome familiares Lezama y otros miembros del grupo Orígenes: Eliseo Diego, Fina García Marruz, Gastón Baquero. Eso no significa que mi escritura actual tenga una huella evidente de ellos, pero son autores sobre los que vuelvo una y otra vez, los descifro y converso con ellos, eso que Eliseo llamaría —siguiendo a Quevedo— una “conversación con los difuntos”».

 

El lector de tu poesía no tardará en darse cuenta de que hay un ensayista detrás de los versos, sin embargo, nunca llega a poseer al poeta a plenitud. En ese juego de manos entre el poeta y el ensayista, ¿cómo logras ser el árbitro?

«Desde mis primeros libros: Carta de relación, Manera de estar solo, Desayuno sobre la hierba con máscaras, más allá de la pura expresión lírica hay una voluntad de reflexionar sobre la historia, la cultura y en último caso sobre el sentido de la existencia. Eso se hace más fuerte en los cuadernos que resultan una transición entre un siglo y otro: Viendo acabado tanto reino fuerte y Cuaderno de Aliosha. Coincido con los autores para los que poesía es una manera especial de filosofar —T.S. Eliot, Lezama, María Zambrano— y el modo de expresarlo es asumir en el poema recursos de otros géneros: el desarrollo narrativo de la épica y la reflexión del ensayo. A la inversa, quienes leen mis ensayos y novelas, descubren con facilidad la impronta del poeta. Escribo varios géneros, pero las fronteras entre estos se desdibujan cada vez más y creo que quien establece el centro de gravitación es el poeta».

 

¿Si la poesía salvara, qué verso le regalarías al verdugo?

«La salvación trascendente y última solo viene de Dios, pero la poesía ayuda a vencer las destrucciones del tiempo y los desastres de la historia. La poesía, la sincera, la grande, es una forma de profetismo. Como escribió Martí en alguna parte: “los poetas siempre preceden”. Son una especie de anticipación de un orden futuro. Es también una estratagema de la frágil condición humana para tratar de escapar del olvido, al menos por unos pocos siglos.

»Quizá el gran verdugo de la poesía sea el tiempo, que ordena algunas cosas y trastorna muchísimas. A ese gran enmascarado que empuña el hacha sobre nuestras cabezas le ofrecería toda mi escritura, no para librarme de la sentencia, sino para procurar justificar el sentido de mis días. Después elevaría mis ojos hacia el Creador y repetiría unos versos de mi poema El Rostro:

Hagamos, Padre, un retrato los dos juntos,

en él la fealdad que yo sumé a tu obra,

la ausencia de bien que niega toda semejanza

y tú la transparencia inesperada que hace ver tus rasgos

como la hez de la humana angustia,

yo pondré los volúmenes torpes, la gravedad, la cruz en medio,

y tú pon la piedad de ese que, vejado

por mercaderes y alabarderos, lloró

porque no recordaba haber hecho esas caras,

que purifique el viento la humillada condición del polvo,

entonces vendrá la luz, Redentor, entonces, para ambos».

 

Tantos premios, cubanos y extranjeros, han legitimado tu producción intelectual durante muchos años. ¿Qué tentaciones de la fama son las peores, las más astutas?

«Creo que en el poeta, en el escritor en general, hay un pecado original que es la vanidad, en tanto que el hecho mismo de publicar algo, más allá de la lógica necesidad de la comunicación humana, es un modo singular de convencer a los demás de que lo que sentimos e inventamos debe ser muy importante para ellos.

»A esto habría que sumar cierta lógica competitiva de la vida literaria en todas partes: publicar diez volúmenes parece más notable que dar a la luz solo dos y ganar seis o siete premios te hace más famoso que haber obtenido solo uno o ninguno. Y además, el desarrollo de los medios de comunicación y sobre todo las redes sociales, tienden a potenciar la condición del escritor como figura pública que se prodiga en fotografías, declaraciones sobre escritura, política, deportes, ecología, como si fuera un oráculo. Por esas vías, el poeta corre el riesgo de parecerse a las reinas de belleza, las estrellas de la música del día y los futbolistas bien pagados. No hay por qué negarse a un homenaje u ofrecer opiniones que tengan verdadero fundamento, pero el ansia de notoriedad tiende a debilitar la obra de los que pertenecen a la “alta costura” literaria».

Libro-José Lezama Lima: otra lectura
Libro-José Lezama Lima: otra lectura

¿Algún ritual antes de la página en blanco? ¿Aún manuscribes o ya no puedes hacerlo sin activar la relación mente-máquina?

«Mis rituales son muy sencillos. Me gusta comenzar a escribir justo después del desayuno. Habitualmente ordeno mi habitación, acompañado por la música que transmite la emisora CMBF y me siento en mi rincón a escribir. Para mí son decisivas las horas entre las nueve de la mañana y la una del mediodía. Puedo trabajar por la tarde si hay alguna urgencia, de lo contrario prefiero leer. No soy de los que dedican noches y madrugadas a la escritura. Pero la poesía llega cuando quiere, lo que puede programarse es el tiempo para trabajarla hasta que el poema gane su plenitud expresiva.

»Durante décadas escribí mi poesía a mano, habitualmente en agendas y después la mecanografiaba para trabajarla. Sin embargo, mi primer regalo del siglo xxi fue adquirir un ordenador y descubrir que ahorraba mucho trabajo y no había que copiar varias veces el texto para revisarlo y hacer variantes, sino que se trabajaba sobre lo digitalizado y era posible hasta conservar diversas versiones o pasajes para decidir si incluirlos o no.

»Hace un año sentí cierta nostalgia de los tiempos que escribía en una agenda y dediqué casi doce meses a poner en una lo que sería mi más reciente poemario; sin embargo, cuando decidí copiarlo en el ordenador descubrí que por falta de hábito de escribir a mano mi caligrafía, que siempre fue torpe, se había vuelto casi indescifrable para mí mismo, pasé mucho trabajo para trasuntar aquellas líneas retorcidas con borrones y tachaduras. No pienso repetir la experiencia, el mundo digital ha creado muchas facilidades para los escritores: trabajar, editar, archivar y diseminar textos, ninguna nostalgia me va a devolver al cuaderno de papel y el bolígrafo, aunque siempre tenga algunos a mano, pero solo para tomar notas».

 

Por cierto, ahora viene a cuento saber tu opinión sobre la intromisión de la inteligencia artificial en la escritura. ¿Se extinguirá la raza de los escritores de carne y hueso, vale decir, atormentados?

«La inteligencia artificial es un instrumento creado por el hombre, lo mismo que la calculadora, la computadora o los dispositivos de realidad virtual, no viene a amenazar a la humanidad, sino a prolongar algunas de sus facultades. Pero la IA necesita de la inteligencia humana para ser configurada, para alimentarla con posibilidades, estará cargada de información objetiva y puede realizar vínculos, asociaciones muy veloces, pero en su creatividad solo hay una especie de juego de variaciones, porque carece de la subjetividad humana y sus atributos. La IA puede llegar a escribir en cualquier estilo o escuela literaria. Si la nutres con poemas de Mallarmé, escribirá poemas mallarmeanos. Quizá exteriormente esa escritura tenga algún atractivo, pero le faltará ese factor imprevisible que solo puede poner en las palabras una mente humana».

 

¿Te has representado un concurso de poesía en que compitan los humanos y los robots?

«Todo es posible en este mundo. Quizá algunos snobs prefieran la poesía de robots y entonces algunos lectores comenzarán a tener la sensibilidad de esos aparatos. Quizá la IA pueda concebir un poemario que siga los parámetros aceptables para un mercado potencial, pero no creo que pueda darnos una obra original y duradera. No olvidemos que en sofisticados laboratorios es posible ya clonar seres vivos, el único problema es que nadie conoce la fórmula para reproducir almas».

 

Volviendo al presente continuo de tu carrera como escritor, ¿qué te ocupa por estos días?

«Por estos días trabajo en ese libro de poesía que tuve la mala idea de redactar sobre papel, se llama Las bibliotecas perdidas, alguno de cuyos textos ofrecí en una lectura preliminar el pasado 8 de septiembre en la librería Fayad Jamís. Comienzo también a trabajar en una novela, como estoy aun en las páginas iniciales no abundaré sobre ella, no me gusta hablar de obras que aún no han cuajado».

 

¿Tus responsabilidades vaticanas cesaron o prosiguen actualmente?

«Lo que llamas mis “responsabilidades vaticanas”, fue mi nombramiento como consultor del Pontificio Consejo de la Cultura, para el que fui nombrado por el papa Benedicto XVI en 2008, por un quinquenio y luego, designado por Francisco por un período más que se prolongó hasta 2018. Estuve durante esa etapa en tres plenarias en Roma y en algunas reuniones regionales en América Latina. En esos encuentros conocí a personas interesantes como el cineasta polaco Kristoff Zanussi, el arquitecto español Santiago Calatrava, el sacerdote y escritor Pablo D’Ors y el compositor estonio Arvo Part y, desde luego, visité buena parte de los templos, museos y lugares históricos de la Ciudad Eterna. Pero esos cargos son rotativos por zonas del mundo y países y por tanto temporales.

»Ahora soy sencillamente un profesor de Historia y Cultura de Cuba en el Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela. Tener una cátedra en el edificio del antiguo Seminario de San Carlos y San Ambrosio donde enseñó y vivió durante varios años el venerable padre Varela, tiene un relieve espiritual tan fuerte como subir la gran escalera del Palacio Vaticano para entrar en la Sala Clementina, no hay que olvidar que el Espíritu sopla donde quiere».

 

Eres académico de número y tu manejo del idioma es impresionante. Siempre lo ha sido, al menos esa es mi visión de lector. Tus registros tan racionalistas y al mismo tiempo tan dispuestos para la emoción, hacen de ti un escritor de ambivalencias admirables, como si del estado sólido pasaras al etéreo, partícula y onda a la vez, como la luz… ¿Esa alquimia mental es ya puro entrenamiento, regalo del oficio, o sus fuentes son ignotas, como Dios?

«Los peces no pueden opinar sobre el agua, porque viven dentro de ella. Yo nací en una familia camagüeyana donde se hablaba un español tradicional y después he descubierto que algunos giros que empleaban en la cotidianidad estaban registrados como arcaísmos que databan de los tiempos de Cervantes. Además, me prepararon como lector. Aprendí pronto que una persona culta, sin necesidad de rebuscamientos, no hace una división tan grande entre el idioma hablado y el escrito. Saborear las obras de esos grandes del idioma: Cervantes, Calderón, Quevedo, Santa Teresa y también Martí, Lezama y otros muchos, me ha hecho comprobar que no solo tiene que ser limpio y elegante el verso, sino también la prosa, que tiene sus propias galas y algo semejante ocurre con las clases, las conferencias, los discursos. El resto lo hace la poesía.

»El idioma es nuestro principal instrumento de expresión, no hay que dinamitarlo como pretenden los vanguardistas trasnochados, sino cuidarlo de barbarismos y muletillas, darle el lustre que merece. Lo de la alquimia verbal es una mezcla de aprendizaje, oficio y talante personal. En fin, yo considero que si uno pretende ser poeta debe comenzar por hablar bien».

4 Comments

  1. Excelente entrevista. Me ha permitido saber mucho más de mi maestro y amigo. Y su discurso fluye con la sobriedad de los grandes escritores.Es un orgullo para mi haber sido su alumno, amigo y hermano en Cristo.

  2. Excelentes augurios a un miembro del tan exclusivo Club Lezama… Siempre he tomado atenta nota de su difícil equilibrio político en nuestra arruinada patria.

  3. Excelente entrevista. Roberto es un escritor de los grandes, de esos que engalanan la cultura cubana. Yo doy gracias a Dios por haber sido su editora en dos ocasiones y también por ser su amiga.

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