Ser sostén en medio de la incertidumbre y el miedo

Por: Yarelis Rico Hernández

El rebrote de casos de Covid 19 propiciado por la llegada a Cuba de nuevas cepas del virus, condujo a un obligado recogimiento durante casi todo el 2021. A una primera etapa de encierro vivida durante buena parte del 2020, al año en curso se sumó otra nueva que se hizo acompañar por un aumento de los contagios, de las muertes, y una mayor dispersión de los casos por el territorio nacional. Pocas opciones tuvieron los cubanos para un aislamiento total, pues a la crítica situación sanitaria se le sumó siempre el desabastecimiento de productos de primera necesidad como alimentos y medicinas, que obligó a la mayoría a salir a la calle y exponerse al peligro que representan las colas, el transporte, el mercado o cualquier otro sitio público.

Algo en todos cambió durante este tiempo, y mucho. Si bien aparecieron gestos “auténticamente” solidarios, al mismo tiempo, y aunque parezca paradójico, hubo acciones que mostraron o sacaron a la luz lo injusto entre nosotros. En ello influyó el caos de una sociedad donde para adquirir lo que necesitas tienes que luchar con largas colas y arriesgarte en multitudes, en las que casi siempre vence la ley del más fuerte. “En Cuba se ha sobrevivido, no se ha vivido”, comentaba hace unos días una vecina. Y esa sobrevivencia se reduce (todavía) a inventar, a buscar, a comprar (incluso lo que no haga falta en el momento), mirar y preguntar, ¿hasta cuándo? Y el tiempo pasa, los años corren…

Frente a esta dolorosa realidad, la mano caritativa de la Iglesia se extiende, de manera especial, a los más necesitados, en un país donde muchos necesitan de ayuda y apoyo. Desde comunidades y congregaciones religiosas, desde Cáritas y también desde parroquias y capillas, estas últimas con iniciativas muy particulares de los fieles, se han generado acciones para asistir a las personas y familias en mayor desventaja económica y social, en especial a ancianos solos, madres solteras y discapacitados.

Sorteando no pocas dificultades, en algunos comedores de la Arquidiócesis se pudo mantener, durante el tiempo de encierro, el servicio de alimentación en cantina en algunos comedores y el funcionamiento de todos los hogares de ancianos con que cuenta la Iglesia en La Habana. Gran parte de esta labor se sostiene hoy, pues el peligro de la pandemia aún no termina, como tampoco pasa la crisis económica del país, que coloca en desventaja a los más desvalidos de la sociedad.

Si bien la caridad no se pregona, conviene visibilizar la labor de muchas personas que, de manera callada, y en ocasiones con riesgo para sus vidas, han apostado por continuar ayudando al prójimo en tiempo de pandemia.

Cáritas Cuba en pandemia

En principio, Cáritas asumió la noticia de un nuevo encierro como algo que duraría poco tiempo, y se resistió a cambiar planes. Con el transcurso de los días, las semanas, los meses, la realidad los obligó a buscar alternativas para poder seguir sirviendo y, sobre todo, ser sostén en medio de la incertidumbre y el miedo, afianzándose en la esperanza.

En un inicio, decidieron suspender todas las actividades que no fueran vitales en la vida de sus beneficiarios y todo lo que implicara contacto directo. Los grupos de los distintos programas, talleres de manualidades o de manifestaciones artísticas, las actividades socioculturales o de animación, incluso las acciones de formación, que son tan vitales dentro de la institución, fueron pospuestas para cuando volviera la normalidad. Sin embargo, la vida les demostró que debían buscar caminos para continuar y desde la distancia decidieron acompañar, animar, formar y capacitar.

En este sentido, los medios de comunicación, desde la telefonía fija y celular hasta las redes sociales de internet, jugaron un papel protagónico. A propósito, María Antonieta Colunga, comunicadora de la Cáritas Cuba relata que durante meses han estado al tanto de la salud de los beneficiarios, diaria o semanalmente, gracias, por ejemplo, a grupos de WhatsApp: “Por esas vías hemos hecho concursos virtuales, hemos celebrado fechas internacionales, se han compartido tutoriales para que los talleres de costura y otras manualidades sigan funcionando desde casa, y hemos socializado decenas de boletines o publicaciones digitales (en PDF u otros formatos), para ofrecer consejos sobre cómo lidiar con la pandemia, el aislamiento, el duelo y la pérdida, cómo prevenir el contagio, cómo enseñar a las personas con discapacidad a entender la situación sanitaria, a usar el nasobuco o a lidiar con el estrés del aislamiento. También hemos ofrecido ayuda psicológica por medio de líneas de ayuda telefónica o del propio WhatsApp y hemos desarrollado eventos de formación gracias a plataformas como Google Meet”.

En los momentos en que ha sido menos complicado, no han faltado las visitas físicas, el acompañamiento puerta a puerta, con todas las medidas sanitarias, para tocar la realidad bien de cerca.

Desde el principio del aislamiento, Cáritas tuvo claro que lo único que no podía cerrar eran los servicios de comedor del Programa de Personas Mayores, desde donde se asiste a beneficiarios muy vulnerables. La pandemia vino para los cubanos junto con la agudización de la crisis económica y el desabastecimiento en extremo del mercado de bienes y servicios, y eso no solo afectó aún más la realidad de las personas a las que acompañan desde sus programas, sino que también acrecentó los retos de la institución católica. Sobre ello nos comenta Maritza Sánchez, directora saliente de Cáritas Cuba:

“Nunca antes vimos colapsar nuestros servicios de comedores para los mayores por no contar con alimentos que ofrecerles, y estar de manos y pies atados porque ninguna autoridad escuchó nuestra solicitud para que nos facilitaran compras, ni tampoco nos permitieron importarlos. Sumémosle a esta situación que el voluntariado, compuesto mayormente por personas de más de sesenta años, constituye un grupo vulnerable ante la pandemia y no podíamos arriesgarlos. Fue un tiempo de buscar y poner en práctica nuevas formas de hacer y, al mismo tiempo, de cuidar del contagio al personal profesional y voluntario.

”Implementando sistemas de entrega a los hogares de los beneficiarios (el llamado servicio de cantina que ya existía en nuestros comedores para quienes por motivos de salud no podían ir a recoger su alimento y que se generalizó a todos); movilizando al voluntariado más joven y extremando las medidas sanitarias y de protección; buscando soluciones en cada territorio para la escasez e incluso haciendo compras en tiendas mayoristas de MLC en La Habana, para enviar productos a cada rincón del país… así pudimos sostener estos servicios”.

Servicio de cantina para llegar a personas vulnerables, especialmente ancianos solos
Servicio de cantina para llegar a personas vulnerables, especialmente ancianos solos

En el mes de julio del presente año, ante el mayor brote de COVID-19 ocurrido durante todo el período de pandemia, Cáritas Cuba organizó, con el beneplácito de la Conferencia de Obispos Católicos del país, una respuesta a la emergencia desde dos aristas: gestionando donaciones a nivel internacional para los hospitales y apoyando a nivel diocesano a familias afectadas por el virus.

El apoyo internacional, enfocado a fortalecer la capacidad de respuesta del sistema sanitario del país, se tramitó mediante una solicitud de ayuda a Cáritas Internationalis. La gestión buscó importar material médico gastable y de protección para el personal de salud, ante el creciente número de pacientes con COVID y de fallecidos. Hasta noviembre de 2021, han arribado siete contenedores y se esperan otros cuatro, fruto de la solidaridad de organizaciones como Catholic Charities de Miami, Cáritas Alemania, Cáritas Española, Misereor, Friends of Cáritas Cubana (en colaboración con Project CURE), Catholic Relief Service y, más recientemente, Cáritas Costa Rica. Los bienes son depositados en los almacenes de la Empresa de Suministros Médicos (EMSUME), desde donde deben ser distribuidos hacia siete provincias del país.

Arribo de contenedores con material gastable para instituciones de salud
Arribo de contenedores con material gastable para instituciones de salud

Desde la Cáritas diocesana y en comunión con los agentes de pastoral, otras pastorales sociales y movimientos laicales, se ha organizado el acompañamiento a personas y familias en situación de enfermedad y de carencia de artículos de primera necesidad. Gracias a la sensibilidad y responsabilidad de estas personas, se han gestionado ayudas puntuales ante la situación de gran escasez, como en el caso de los medicamentos, alimentos y artículos de higiene.

Como brazo social de la Iglesia, Cáritas da gracias a Dios y a todos los que desde dentro y fuera del país han propiciado estas obras de caridad, ante la difícil situación que padece el pueblo cubano.

Porque tuve hambre, y me diste de comer

Con el arribo de la COVID a Cuba, numerosas puertas se cerraron para las personas sin hogar o sin familia. La vida de muchos, ya precaria, siguió deprimiéndose debido a la escasez de medicamentos y a la falta total o parcial de productos de primera necesidad. Para los miembros de San Egidio no fue esta una etapa para distanciarse espiritual y afectuosamente de ellos. Por el contrario, ha representado un tiempo para vencer el frío de la distancia y dar calor a quien está solo y abandonado.

Atención de la comunidad de San Egidio a personas que viven en la calle
Atención de la comunidad de San Egidio a personas que viven en la calle

En Cuba, donde el acceso a los alimentos y productos de primera necesidad ha sido una emergencia que acompaña a la actual pandemia, el trabajo de acompañamiento y acogida ha exigido de mayor creatividad en la solidaridad, como cambiar los horarios habituales, abrir nuevos caminos y maneras inéditas de cercanía. “Todo para responder a cada situación”, precisa el Dr. Rolando Garrido, responsable de la Comunidad de San Egidio.

“Para poder trabajar —nos dice— ha sido importante no dejarse dominar por el miedo, por la dificultad para encontrar los alimentos. Eso ha significado hacerlo en formas y de modos diferentes, pero hacerlo.

”Por ejemplo —agrega—, encontramos que muchos pobres no tenían mascarilla. Entonces los ancianos y adultos que tenían máquinas de coser, se las hicieron. Y entregamos miles de mascarillas y también soluciones desinfectantes. Cuando vimos la afectación mental que provocaba el aislamiento en los ancianos y en los niños, comenzamos a llamarlos por teléfono y a visitarlos en sus casas, siempre tomando precauciones. Al inicio impartimos cursos para ayudar a entender qué era el virus y cómo nos debíamos proteger. Para muchas de estas personas, este compartir se convirtió en su único contacto con el exterior, con la vida”.

Como efecto de la pandemia y de la situación de desabastecimiento y escasez, el número de pobres ha aumentado.

“Hoy —precisa el Dr. Garrido—, tocan a nuestra puerta personas que nunca antes lo habían hecho. Son ancianos, fundamentalmente. Los precios han subido, todo se consigue a través de largas colas… Y estos ancianos, a veces por el miedo al contagio, otras veces por la fragilidad física para someterse a una cola, no tienen cómo resolver su día a día y llegan a nosotros pidiendo ayuda. Cada vez son más. Existe también la situación de la falta de medicamentos. Cuando te pones a hablar con ellos y profundizas, te encuentras con que son médicos retirados, profesores, y se avergüenzan de pedir comida, pero sabemos cómo ayudarles y que no se sientan incómodos. Ciertamente, ha sido un período de dificultad para todos y para los ancianos y las personas que viven en la calle, mucho más”.

Durante esta etapa de aislamiento, la Comunidad de San Egidio ha trabajado en colaboración con otras religiones. Rolando Garrido recuerda y agradece la ayuda de la Comunidad Hebrea, que les permitió asistir a ancianos solos y encamados. De conjunto, también confeccionaron y repartieron mascarillas.

Respondiendo a una solicitud de la Oficina de Asuntos Humanitarios de la Oficina del Historiador de la Ciudad y de las direcciones municipal y provincial de Salud Pública en la capital cubana, la Comunidad de San Egidio accedió a convertir su sede en La Habana en centro de aislamiento para casos de niños positivos al COVID-19 durante el período más crudo de la pandemia.

Innaris Suárez Cárdenas, fundadora y miembro de la comunidad en La Habana, declaró a Palabra Nueva que tan pronto les solicitaron esta colaboración, respondieron afirmativamente. “Trabajamos muchísimo para cumplir con los requisitos necesarios y que esta obra fuera posible, pues consideramos que era una oportunidad muy concreta para controlar la enfermedad”.

La determinación de convertir la sede en centro de aislamiento dificultó, sin dudas, los servicios acostumbrados. Sin embargo, y con la confianza puesta en Dios, no dudaron en entregar la casa para que niños entre dieciocho meses y doce años de vida fueran atendidos en ella.

Desde que la sede acogió a pequeños positivos al COVID-19, los voluntarios comenzaron a cocinar en la iglesia de Nuestra Señora de Monserrate y después trasladaban la comida hasta allí. “En condiciones diversas, con un pequeño espacio a nuestra disposición, continuamos los servicios. Los alimentos los distribuimos por una puerta independiente a la entrada principal de la sede”, precisa Innaris.

La comunidad de San Egidio ha llegado también a ancianos solos
La comunidad de San Egidio ha llegado también a ancianos solos

Durante la etapa de preparación para recibir a los niños enfermos, se crearon lazos de amistad y de solidaridad entre los miembros de la comunidad y el personal de salud implicado en el cuidado de los pequeños. Por ejemplo, los médicos de la familia San Egidio apoyaron la atención en el centro de asilamiento, mientras que parte del personal de asistencia sirvió y distribuyó alimentos a los amigos deambulantes y a los ancianos. En opinión de Innaris Suárez Medina, “en Cuba es necesario crear redes de solidaridad que generen energía de amor para tantos que la necesitan, es así como podemos transformar esta realidad”.

Como en la parábola del buen samaritano, los miembros de San Egidio se detienen y buscan hacerse cargo del pobre que, por disímiles causas, vive en la calle, o del anciano asilado o sin familia. Continúan así con aquel empeño de la Comunidad en Roma al final de los años setenta del pasado siglo, cuando el número de pobres aumentó aceleradamente y trajo consigo la aparición de graves problemas. Parecida experiencia ha vivido la Comunidad de La Habana, y en escenario distante pero igual de alarmante, ha apostado por devolver la esperanza a quienes les ha tocado llevar solos el peso de la vida y de los años.

Cuando el corazón se da

Sor Nadieska Almeida es la Superiora de las Hijas de la Caridad y una de las hermanas que, junto a laicos, religiosos, religiosas y sacerdotes de la Arquidiócesis habanera, comenzaron a recaudar ayuda para llevar a los matanceros, después de dispararse en ese territorio los números de contagios y de muerte por la COVID-19 a mediados del 2021. Nos cuenta que la ayuda comenzó a gestarse en el corazón cuando muchos empezaron a decir: “Necesitamos ayuda… #SOSMatanzas”.

Ayuda recaudada para ayudar al pueblo matancero.

“El sábado 10 de julio estaba rezando y me sentía muy inquieta, venía a mi mente la situación de Matanzas… Una laica que nos quiere mucho me escribió y me preguntó: ‘¿Qué vamos a hacer?’. Ahí sentí claramente que la respuesta ya la tenía. Le dije: ‘Algo haremos’. Y así surgió nuestra humilde iniciativa, que desató una manifestación hermosa de los valores que conservamos y de los que disfruto cada día al recibir a las personas que van acercándose a entregar algo”.

Aunque muchos identificaron esta iniciativa como una acción de las Hijas de la Caridad, la hermana Nadieska insiste en que lo que se hizo nació desde la Iglesia, “porque eso es lo que somos, y cada bautizado, allí donde esté, es la Iglesia la que lleva en su persona”. Si bien el empujón inicial lo dio una laica, hija de la Iglesia, pronto se sumaron obispos, religiosos, miembros de Cáritas Habana y Cuba, sacerdotes, laicos… A lo que sor Nadieska apunta: “Yo solo puedo decir, como me enseñó mi fundadora Santa Luisa de Marillac: ‘Tenemos doblemente la dicha de ser hijas de la Iglesia, por el bautismo y por la consagración…’”.

Desde lo material, poco tenemos los cubanos para dar. La mayoría de este pueblo sufre carencias importantes. Aun así, la respuesta de la gente fue muy generosa.

“He llorado al ver personas traer una libra de chícharos, veinte pesos cubanos, un jaboncito, un blíster de medicamentos empezado… He visto corazones dándose; he sido testigo de gente muy noble, de personas no creyentes diciendo: ‘yo también quiero dar algo… ¿ustedes lo recibirían?’. Y esto ha permitido un diálogo real, un compartir miradas diferentes. Creo que la sensibilidad de nuestra gente sigue siendo algo que no podemos perder. He recibido tantas muestras de fraternidad, de generosidad, cuando la gente sabe que hay alguien sufriendo y que lo que ellos entregan confiados va a llegar a su destino, entonces los corazones se desnudan, las palabras sobran, el corazón comprende… Y lo más insignificante aquí pasa a ser esencial.

”Vivimos tiempos en que todos necesitamos, unos más, otros menos… Para lograr que la ayuda llegara a los más desfavorecidos y a las personas que más necesitaban de un medicamento en los momentos de la entrega, se creó una red de voluntarios de la misma provincia de Matanzas, por intermedio de las Hijas de la Caridad, con conocimiento y apoyo total del obispo y de laicos y sacerdotes comprometidos. Médicos que conocían bien los centros de aislamiento, las orientaron y, en algunos casos, también se hicieron responsables para que la ayuda llegara a hospitales o familiares de pacientes”.

A la pregunta de qué enseñanza les dejó este gesto en medio de la difícil realidad de Cuba, la hermana Sor Nadieska, respondió:

“La primera enseñanza, para mí, es que el amor sigue siendo creativo; que no nos podemos quedar con los brazos cruzados. Quizás no podamos ofrecer mucho, pues no tenemos, es una verdad; pero ese poquito, al compartirse, se multiplica. Ese es el milagro: si cada uno aporta algo, entre todos aportamos bastante. La segunda lección que me deja, es que este pueblo es generoso, llevamos eso por naturaleza, por bendición. Por tanto, no podemos renunciar a algo que nos identifica. Y la tercera y última enseñanza es que juntos es más fácil hacer. No se trata de quién llegue primero, sino de cómo podemos lograr más entre todos, acogiéndonos, impulsándonos. Quiero terminar agradeciendo a todos los que apostaron por el bien, a los que se ofrecieron para buscar las cosas ofrecidas por ancianos que no podían salir de sus casas. No me cansaré de AGRADECER lo que aprendo cada día de tanta gente buena, gracias y que Dios los bendiga a todos”.

Los días que sucedieron a la ola de contagios ocurrida en Matanzas se empeñaron en mostrarnos, al son de nuevos casos, muertes, colas… qué es lo que verdaderamente necesitamos para crecer como país: más humanismo, más respeto y más amor… Solo así, y sin pandemia y sin miedos, podrá amanecer un mejor día para Cuba.

¡Dios quiere tantas cosas de nosotros!

El 8 de marzo de 2020, los ancianos y trabajadores del Hogar San Rafael, en Marianao, celebraban la fiesta patronal y solemnidad de san Juan de Dios, fundador de la Orden Hospitalaria que administra esta institución católica. Lejos estaban de imaginar en ese momento lo que sería sufrir una epidemia devenida pandemia mundial. Sin embargo, un año después, en la misma celebración, todos miraban al pasado reciente con una especie de asombro por la capacidad para sobreponerse a situaciones adversas, de crecer y de adoptar nuevas formas de vida a partir de reconstruir la realidad del hogar con una fuerza que los robusteció y los llevó a un crecimiento físico y espiritual solo comprensible a la luz de la fe. Lo vivido solo era la antesala de una etapa aún más difícil.

Para el Dr. Javier Molina López, la experiencia de trabajar como médico en una institución de asistencia social de la Iglesia en la Cuba de hoy, conlleva una riqueza incalculable tanto profesional como espiritual, pues en ella se conjugan dos vocaciones que siempre ha deseado y le hacen muy feliz: el ejercicio de la Medicina y el servir a su Iglesia como laico comprometido.

Advierte que la situación sanitaria provocada por la COVID ha resultado muy compleja para todos los profesionales de la salud, mucho más para los que trabajan, como él, con personas vulnerables, pues ello implica un cuidado mayor. “Todos conocemos los terribles efectos de esta enfermedad en las personas de la tercera edad, por tanto, todo esfuerzo ha sido poco por salvaguardar la integridad de los ancianos con discapacidad severa y trastornos mentales en edades geriátricas que atendemos en nuestras dos instituciones: el Hogar Clínica San Rafael y el Sanatorio de San Juan de Dios”.

En ambas clínicas se tuvo que transformar, en un primer momento, la organización interna para trabajar y vivir con los asistidos por períodos de quince días, tiempo que el personal estaba alejado de la familia y de la comodidad del hogar… Fueron jornadas de trabajo intensas que se extendieron durante meses.

“La respuesta de los colaboradores ha sido maravillosa, independientemente de sus diversos ámbitos de trabajo. No ha importado quedarse un día más, entrar cuando no se ha descansado lo suficiente porque no se ha completado la otra ‘tripulación’ (palabra que se usa para designar el equipo de trabajo que se constituye por estos períodos de tiempo)… La riqueza espiritual que emana del servicio al necesitado es inimaginable, todavía más cuando no solo los pacientes se convierten en ‘necesitados’, sino también colaboradores. Cuando, además, el escenario donde se aprende, se ha trasformado tanto a partir de la propia realidad que se vive y deviene aprendizaje constante, si bien edificante, inmensamente rico y fecundo”.

La presencia (pequeña en número físico pero grande en compromiso y en servicio) de los hermanos hospitalarios, sus consejos certeros, sus silencios oportunos, su confianza en las decisiones médicas, en el cumplimiento en las orientaciones de las autoridades sanitarias, su apego al carisma, a esa hospitalidad que descubre nuevos horizontes, ha sido ejemplo para todos. De igual manera, las hermanas de la Caridad de Santa Ana, quienes desde hace años acompañan este camino como testimonio vivo en el Hogar San Rafael, continuaron asistiendo a las ancianas.

“Aun en los momentos más difíciles de los últimos tiempos con el peligro inminente de enfermar, hemos visto crecer la solidaridad, la sensibilidad y el amor. Hemos visto a personas que, sin abandonar su rol de trabajo, han asumido otros desempeños y han brindado apoyo emocional a los que han quedado ‘aislados’ por ser contactos de un caso positivo, con la larga espera que implica un resultado que define su salud y la de su familia.

”Descubrimos nuevas formas de llevar esperanza y aliento por medio de las redes sociales, los grupos de WhatsApp y los mensajes de nuestros sacerdotes cargados de ánimo. Gracias a estas formas de contacto, personas con algún medicamento lo han cedido al que lo necesitaba en un momento dado… En fin, muchas formas creativas y válidas que mitigan la necesidad social de estos tiempos”.

Ya en el mes de agosto, con la nueva oleada de la pandemia, los casos de ancianos contagiados en los hogares católicos aumentaron.

“El brote se produjo, en mayor o menor medida en casi todos ellos, por lo que se creó una especie de fraternidad para apoyarnos entre nosotros en el cuidado de los ancianos que ingresaban en centros de aislamiento. En ese momento de la pandemia, era obligatorio que los abuelos tuvieran acompañamiento, por lo que los asistentes ingresaban con uno o dos abuelos de su hogar y cuidaban a los que estuviesen en ese mismo centro y fueran de otra de nuestras instituciones. Entre ellos se creó una red de colaboración importante y operativa. De esa manera, les garantizaban compañía y asistencia.

”Tuvimos pacientes y asistentes en tres centros de aislamientos distintos, y a todos los apoyamos con comida, medicinas, sábanas, material de higiene y aseo… Con grandes esfuerzos, les garantizamos el seguimiento a cada anciano ingresado y también a los asistentes, quienes estuvieron todo el tiempo expuestos al contagio. Y no solo los nuestros, pues te digo que entre todos los hogares se creó una gran red de apoyo”.

Algo que confirma la Hna. Ana Elena Lima Fundora, superiora del Hogar San José. Fáciles salen las palabras cuando habla de esta casa para ancianas que “un poco lidera” en la localidad habanera de Playa. Y digo “un poco”, porque, aunque ella es la directora de la casa, en la obra confluye la pasión y la dedicación de cada religiosa, de los trabajadores y de los voluntarios y amigos cercanos.

Un total de veintiocho ancianas son acogidas en el Hogar San José, la misma cantidad que durante esta larga etapa de pandemia y de recogimiento obligado, ha recibido la atención esmerada de quienes se saben responsables de su cuidado, de su bienestar físico y emocional. Ha sido un tiempo intenso, arduo, difícil, pero hermoso a la vez; un periodo de aprendizaje para las propias hermanas que se han visto obligadas a buscar constantemente opciones para responder a las urgencias del momento.

Inteligencia y fuerza era la petición o ruego que la Hna. Ana Elena le hacía a Dios cada mañana durante los meses más duros del encierro, de febrero a octubre de 2021. Cuando habla de alguna de las tantas experiencias vividas durante esta etapa, enseguida le vienen a la memoria otras igual de significativas.

Como el resto de los hogares católicos que se dedica al cuidado de ancianos, el de las Siervas de San José tuvo que dividir su personal durante el aislamiento para garantizar el funcionamiento de la casa y prevenir contagios: quince días dentro y quince días fuera. Hubo trabajadores, en su mayoría madres con hijos pequeños u otro familiar bajo su cuidado, que no pudieron incorporarse a este régimen, por lo que el número de trabajadores se redujo aún más.

Sin embargo, según nos cuesta la Hna. Ana Elena, esta realidad propició el surgimiento de una hermosa experiencia intercongregacional.

“Hermanas de otras congregaciones religiosas (Siervas del Corazón de María y Orden de la Compañía de María Nuestra Señora) se nos sumaron al confinamiento, nos apoyaron en el trabajo diario y en el cuidado y acompañamiento de las ancianas. Eran, en su mayoría, religiosas jóvenes, dispuestas a hacer lo que fuera necesario y con una alegría contagiosa que, además de animarnos a nosotras, contentaba mucho a las ancianas. Esta presencia de las hermanas, así como de otras de nuestra propia comunidad, pero que desarrollan su misión en otras diócesis, fue muy enriquecedora. Ellas participaban de la liturgia diaria, de cada actividad celebrativa, de los espacios de oración…”.

Aunque aisladas, en el hogar no se pasó por alto un cumpleaños. Todos los celebraron con los recursos que tenían en casa. “Ese fue un objetivo que nos propusimos para que las ancianas se sintieran motivadas y evitar que alguna se deprimiera, pues además de no poder salir, tampoco recibían la visita de sus familiares o amigos. No dejamos de tener nuestro espacio diario de oración con las ancianas y, si bien durante todo ese tiempo no celebramos misa, pues nuestra capilla está dentro de la casa y el cura no podía entrar, la liturgia no faltó. El padre Pepe Félix, que es quien celebra en el hogar, nos consagraba las hostias y, a pesar de no haber tenido culto, no dejamos de comulgar”.

Una persona amiga, se ofreció, de manera voluntaria, a hacer los mandados del hogar sin aceptar que le pagaran por ello. Y lo hacía diariamente. “Eso muestra el valor del voluntariado; se trata de alguien cercano a nuestra obra, que respeta y admira lo que hacemos con las ancianas, y que también las quiere mucho”, precisa la hermana.

La colaboración de las propias abuelas en las tareas cotidianas fue otra de las experiencias que ayudó a sobrellevar el tiempo de encierro. Ellas, según sus capacidades físicas, asumieron parte de las labores de limpieza, del fregado de la loza, la recepción de llamadas, etc.

“Por supuesto que hubo carencias”, puntualiza sor Elena, “pero al ser un centro con mayor autonomía, las reservas acumuladas, especialmente en medicamentos, permitieron enfrentar mejor la situación, planificarse y ajustarse a la nueva realidad”.

A la pregunta de cómo lograr que funcione todo el engranaje de un hogar para ancianos en medio de una pandemia y un encierro obligado durante tantos meses, la hermana Ana Elena empieza por agradecer a los trabajadores.

“Hablamos de personas con mucha calidad humana; es un colectivo estable, que no fluctúa, a diferencia de lo que sí puede presentarse en otras instituciones católicas de este tipo. En esta casa hay normas de trabajo, hay una manera de conducir todo lo que se hace. El trabajador, con el tiempo, aprende un estilo de trabajo al que no está acostumbrado, aprende también un modo de relacionarse, de respetar y de respetarse. Yo tengo trabajadores que merecen todo mi reconocimiento”.

Al igual que en otros hogares, los trabajadores, junto a las religiosas, permanecieron días en el hogar, sin salir… Eso supuso preparar y acomodar espacios para que los trabajadores pudieran quedarse. “También resultó una linda experiencia”, asegura la hermana.

Todos los hogares de la Iglesia católica, aunque privados, están adscritos al Ministerio de Salud Pública, eso significa que deben asumir los protocolos sanitarios generados desde esta instancia gubernamental en tiempo de pandemia.

Hogar San Rafael

En estos momentos, algunos de estos hogares ya comenzaron a ingresar nuevos ancianos. “Pocos, realmente”, precisa el Dr. Javier Molina López. “En nuestra casa ya estamos desarrollando las consultas internas y abrimos, de manera muy controlada, a las visitas de familiares. Lo que sí no hemos podido abrir es el hogar de día, aunque esperamos hacerlo, pero eso será paulatinamente en la medida en que las condiciones lo permitan.

”Se ha establecido un régimen de pesquisa a los trabajadores que contempla la realización de una prueba rápida una vez al mes. A los ancianos que ingresan, también se les practica un test rápido y los mantienen aislados en una sala por cinco días. Igual procedimiento se sigue con los que salen de pase.

Después de mantenerse cerrados durante casi un año, estos hogares retoman el ritmo. Se dice fácil, pero ha sido un tiempo en que muchos de estos ancianos no tuvieron contacto con sus familiares, no recibieron visita de amigos o sufrieron la partida de algún abuelo de casa.

Sirva este mensaje para agradecer a quienes, en medio de esta pandemia, se han dado al prójimo en gestos concretos de cercanía y caridad:

“Ayer visitamos a Carlos después de meses sin verlo, y para nuestra inmensa alegría está muy bien. Su salud física es grandiosa. Le damos las gracias a cada uno de los trabajadores del hogar. Reconocimiento especial a sus enfermeros y cuidadores. No parece que han estado rodeados de esta pandemia. Han realizado un trabajo digno de admirar, pues de esta situación pocos han salido ilesos… Reconocimiento especial también a sus directivos, médicos… En fin, a todos. Me arrodillo ante Dios a pedir por todo este gran equipo y desearles lluvia de bendiciones. Dios los ilumine siempre”.

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