VI Domingo del Tiempo Ordinario

Por: p. José Miguel González

14 de febrero de 2021

Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
“Si quieres, puedes limpiarme”.
Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:
“Quiero: queda limpio”.

 

Lecturas

 

Primera Lectura

Lectura del libro del Levítico 13,1-2.44-46

El Señor dijo a Moisés y a Aarón:
“Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca una llaga como de lepra, será llevado ante el sacerdote Aarón, o ante uno de sus hijos sacerdotes.
Se trata de un leproso: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza.
El enfermo de lepra andará con la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y gritando: ‘¡Impuro, impuro!’. Mientras le dure la afección, seguirá siendo impuro. Es impuro y vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”.

 

Salmo

Sal 31,1-2.5.11

  1. Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.

Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito

y en cuyo espíritu no hay engaño. R/.

Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito;
propuse: “Confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R/.

Alégrense, justos, y gocen con el Señor; aclámenlo, los de corazón sincero. R/.

 

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios 10,31-11,1

Hermanos:
Ya coman, ya beban o hagan lo que hagan, háganlo todo para gloria de Dios.
No den motivo de escándalo ni a judíos, ni a griegos, ni a la Iglesia de Dios; como yo, que procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven.
Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo.

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,40-45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
“Si quieres, puedes limpiarme”.
Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:
“Quiero: queda limpio”.
La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente:
“No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio”.
Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

 

Comentario

 

Buena parte del mundo celebra hoy, día 14 de febrero, el día del amor y la amistad. Amor con distancia y amistad con rostro oculto… toda una imagen paradoxal de nuestro tiempo. El amor y la amistad son valores universales, todo corazón aspira a un amor sincero y toda existencia suspira por una auténtica amistad. El tener un día que nos lo recuerde refuerza este deseo y amarra esta esperanza. Hemos sido creados por Dios para la comunicación y el vivir en sociedad. Ahora ya lo sabemos: vivir en soledad impuesta, o en confinamiento obligatorio, es una verdadera desgracia. Pero desde el silencio y la soledad podemos seguir amando como Dios nos ama, correspondiendo el amor y el cariño que recibimos de Él y de tantas personas. Es la mejor medicina para sanar tantas enfermedades del alma.

Hace pocos días, el pasado jueves 11, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, celebrábamos en la Iglesia la Jornada Mundial del Enfermo bajo el lema: “Cuidémonos mutuamente”. La cultura del cuidado, de la que el Papa Francisco nos habla tanto, hunde sus raíces en el principio cristiano de “amar a los demás como Dios nos ama”. Cuidar de los enfermos, cuidar de los más débiles, cuidar unos de otros, cuidar todos de todo y de todos, no es sino imitar al Creador, que cada día hace salir el sol sobre unos y otros, nos mantiene en la vida, nos la conserva, nos da la naturaleza y los bienes que hay en ella para nuestro bien, nos cuida y nos acompaña porque nos ama entrañablemente. Este cuidado mutuo y extensible a todos, fruto del amor cristiano, se hace más necesario hoy que nunca, en medio de esta pandemia, en la que hemos de aprender que el amor, la solidaridad, el cuidado mutuo y compartido pueden vencer cualquier diferencia y obstáculo, cualquier enfermedad física o espiritual.

La Palabra de Dios de hoy nos habla de una enfermedad: la lepra. Se entendía en aquellos tiempos como una enfermedad contagiosa y repugnante, pero sobre todo humillante, discriminatoria y excluyente. En el Antiguo Testamento, la bendición divina iba unida a la salud, la fecundidad, la alegría y la prosperidad; al contrario, la enfermedad, la ruina, la esterilidad y la desgracia a la maldición. Las dolencias más graves, como en el caso de las enfermedades contagiosas, conllevaban además el estigma social del infame destierro y la severa prohibición de acercarse a los otros y a los núcleos poblados. El afectado por una enfermedad de esa naturaleza, como en el caso de la lepra, era, en esa visión, un maldito, alguien a quien Dios había rechazado por impuro. Los leprosos eran “muertos vivientes”, privados de toda vida de familia, de trabajo y de religión.

Pero la lepra de la que se nos habla hoy es mucho más que una enfermedad física; es el símbolo de tantas enfermedades anímicas y espirituales, que atormentan y devalúan la calidad de vida de tantos hermanos nuestros; es el símbolo también de tantas enfermedades sociales que destruyen el tejido convivencial de la sociedad en que vivimos; es, por supuesto, símbolo del pecado en cualquiera de sus formas, que nos aleja de Dios, de los hermanos y nos destruye como personas.

Vale la pena que dediquemos hoy un poco de tiempo a pensar en cuáles son nuestras lepras, nuestras lacras individuales o colectivas, que alejan, estigmatizan, discriminan y deshumanizan. No podemos quedarnos solo en la conclusión de que la lepra de nuestro tiempo es la pandemia del covid19… cierto, pero hay muchas más lepras extendidas y ocultas u ocultadas: el hambre que padecen miles de personas en las regiones más desfavorecidas del planeta y, junto con ello, la pobreza en cualquiera de sus formas, la carencia de viviendas dignas, la falta de trabajo justamente remunerado; otra lepra son las guerras olvidadas en países pobres y cualquier forma de violencia explícita o escondida contra la mujer, los niños, los ancianos, incluido el aborto, que es el asesinato del no nacido; otra lepra es la opresión y represión de los regímenes totalitarios que cancelan la libertad personal y lastran el desarrollo económico y social de los pueblos; otra lepra es la manipulación de las masas mediante el engaño, la mentira y las falsas promesas a través de algunos medios de comunicación social, tras los cuales se esconden intereses bien definidos de multinacionales o personajes ricos y opulentos. Descubrir, desenmascarar e identificar nuestras lepras individuales o colectivas es el primer paso, obvio e imprescindible, para curarnos y librarnos de ellas.

Cuando Jesús inició su ministerio público, cuando afrontó el drama de la complejidad de la existencia humana y de las tramas de sus relaciones, se indignó por algunas de las diversas situaciones que encontró. El evangelio de hoy sitúa a Jesús todavía en Cafarnaúm y narra una de ellas: la de aquellos que son excluidos socialmente a causa de sus enfermedades y dolencias, el drama de los que son rechazados por tener el cuerpo llagado y quebrantado y provocar por ello, con su sola presencia, repulsión.

Si Jesucristo apareciese hoy en carne en nuestras calles y plazas, en nuestros medios de comunicación, en nuestros lugares de culto y reunión, seguro que afrontaría sin miedo las “lepras” de nuestro tiempo. Porque Él ha venido al mundo no para condenar sino para salvar, esto es, para curarnos de todos los males. Pero Él no nos invade, no nos reprime, no nos obliga; necesita que pongamos nuestra fe en Él y le digamos como el leproso del evangelio, con humildad y vehemencia: “Si quieres, puedes limpiarme”.

Nos falta fe en su omnipotencia. No acabamos de creernos que para Él nada es imposible. Todos los problemas de nuestro mundo están en la palma de su mano, a su alcance. Pero quiere contar con nosotros. Quiere sanarnos por dentro, quiere que le abramos la puerta de nuestro corazón, aunque solo sea una rendija, por donde Él pueda colarse. Porque cambiando los corazones es como Él puede cambiar el mundo, persona a persona, paso a paso, puerta a puerta, familia a familia.

Hoy más que nunca necesitamos mirar a Cristo con fe y rogarle que nos libre de todos los males que nos azotan personal o socialmente; y pedirle no sólo por cada uno de nosotros y nuestros conocidos, sino también por los que no conocemos, por los pobres, los excluidos y descartados de cualquier lugar; por los que ni siquiera le conocen o tienen fe, por los que incluso le rechazan o nos oprimen. También a ellos Jesús los ama y quieres curarles.

Jesús le miró al leproso, se compadeció de él, le tocó y le dijo: “Quiero, queda limpio”. Tocar a un leproso era un gesto prohibido, casi obsceno; conllevaba el peligro del contagio y, por supuesto, la caída en impureza legal y religiosa. Pero Jesús pone antes a la persona que a las cosas; no siente rechazo por nadie; prioriza la liberación del ser humano antes que las costumbres y normas religiosas o sociales de su tiempo. Tampoco Jesús siente repulsa o asco hacia nadie o nada de nuestro tiempo. También hoy Jesús nos mira con amor a cada uno, nos llama por nuestro nombre, toca nuestro corazón herido por el pecado o por tantas angustias y nos dice: “Quiero, queda limpio”. Su misericordia desbordante diluye nuestras miserias.

Es imaginable la alegría desbocada de aquel pobre hombre al sentir que su carne se curaba de repente. No podía dejar de divulgar y pregonar bien alto, a todos y en todas partes, lo que el Señor había hecho con él. Se convirtió en testigo vivo de la misericordia de Dios. También nosotros, cuando nos sintamos curados por el Señor, no podemos callar, reprimir nuestra alegría. Hemos de ser capaces de compartirla para que también otros busquen en Cristo la curación que necesitan. Hemos de ser imitadores de Jesús: que no sintamos repulsa de nada ni de nadie, que no nos escandalicemos por el pecado de los otros, que no nos prejuiciemos ante personas que no piensan o sienten como nosotros.

El Papa Francisco, a propósito del evangelio de hoy, nos dice: “Si queremos ser auténticos discípulos de Jesús estamos llamados a llegar a ser, unidos a Él, instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. Para ser ‘imitadores de Cristo’, ante un pobre o un enfermo, no tenemos que tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y abrazarlo”.

 

Oración

 

Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Soy consciente de la necesidad que tengo de ti,

me siento impotente ante tantas situaciones dolorosas,

me encuentro sin fuerzas, sin ilusión, sin deseo de seguir caminando.

Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Frente a mi debilidad me deslumbra tu Omnipotencia,

porque para ti nada hay imposible, todo lo puedes.

Basta que yo te abra una rendija de mi vida para que Tú entres y obres con la fuerza de tu Espíritu.

Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Reconozco con humildad mi lepra, mis pecados.

Fui orgulloso y quise otear horizontes desafiantes,

fui ingenuo y me perdí en caminos tortuosos,

fui soberbio y caí en abismos de miseria y podredumbre.

Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Mis lepras y enfermedades son las de muchos: el poder, el placer, el tener.

Con ellas no me siento discriminado, pero sí aislado y vacío por dentro.

Me tortura la soledad y la falta de sentido.

Señor, si quieres, puedes limpiarme.

También te pido, Señor, que cures las lepras y enfermedades de otros:

el hambre, la falta de vivienda digna, la carencia de trabajo suficientemente remunerado, la privación de libertad, las enfermedades contagiosas…

Cura nuestro corazón para que seamos generosos con los que tienen menos, para que podamos con alegría cantar tus alabanzas glorificando tu Nombre.

Señor, si quieres, puedes limpiarnos.

Amén.

Deje su comentario

Comparta su respuesta

Su dirección de correo no será publicada.


*