Un cubano héroe de la caridad

Por Dr. Roberto Méndez Martínez

Epígrafe: EL PADRE OLALLO

 

Fray Olallo Valdés, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, fue beatificado, cuando faltaba muy poco para que se cumplieran 120 años de su tránsito a la casa del Padre. La celebración eucarística, tuvo lugar en Camagüey, donde el bienaventurado vivió casi toda su existencia, el 29 de noviembre de 2008 y sirvió de marco para la promulgación del auto apostólico, en el que Su Santidad Benedicto XVI (hoy Papa emérito) invitó a los miembros de su Orden y a los fieles cubanos a venerar como Beato de la Iglesia a un hombre que sirvió a su prójimo hasta el extremo de sus fuerzas, con humildad y abandono de sí.

A pesar de que el proceso para su beatificación duró apenas unos 19 años, si se cuenta desde marzo de 1989, cuando el entonces obispo de Camagüey Mons. Adolfo Rodríguez Herrera, durante los actos conmemorativos del centenario de la muerte del Padre Olallo, pidió al Superior General de la Orden Hospitalaria Fr. Brian O’Donnell que promoviera una Causa, para iniciarlo, la voluntad divina no dispuso que fuera este el primer Beato nacido en la Isla. El entonces pontífice beatificó el año anterior a José López Piteira, nacido en 1913 en Jatibonico, entonces provincia y diócesis de Camagüey, hijo de padres gallegos, quienes retornaron poco después a su tierra de origen, seminarista de la orden de los agustinos en El Escorial y martirizado junto a una parte de los frailes de aquel monasterio en noviembre de 1936, durante la Guerra Civil española. Sin embargo, Olallo es el primer cubano cuyas virtudes heroicas impregnaron la tierra de esta Isla –de la que jamás salió- y en la que dejó una fuerte impronta no solo en la devoción popular, sino en su historia y cultura.

Si la vida de Olallo Valdés es aleccionadora –y en ello coinciden los biógrafos que ya tiene– es porque toda ella está centrada no en una sucesión de hechos prodigiosos, sino por su paciente y cotidiana consagración para atender a los enfermos del Hospital de San Juan de Dios, en las condiciones más adversas. Nadie le recuerda como un visionario, ni un predicador iluminado, sino como un hombre discreto, muy piadoso, humilde en lo habitual, enérgico en lo necesario y sus penitencias no eran de cilicio y disciplinas, sino derivaban naturalmente de la voluntad de entregarse todo él para aliviar el sufrimiento de los otros, sin atender a lo que hoy se llamaría “la realización de sí mismo”. Precisamente una de las tarjas de su monumento funerario en el Cementerio General de Camagüey reza: “Dejar de pertenecerse para entregarse todo entero al que gime en el lecho del dolor y de la miseria, es ir detrás de la inmortalidad sin presentirlo ni apetecerlo.”

No es necesario relatar al detalle esa existencia, baste con extraer la almendra de ella. Olallo fue un niño expósito, depositado el 15 de marzo de 1820 en la Casa Cuna de San José en La Habana. Se sabe, por un papel prendido a un imperdible que llevaba en sus ropas, que había nacido el 12 de febrero de 1820, pero no se consignaba el nombre de sus padres. Tal y como había sido dispuesto por el fundador de aquella obra piadosa, el obispo fray Jerónimo Valdés, recibió ese apellido al ser sacado de la pila bautismal.

No es preciso ser psicólogo para saber que un orfanato, sea cual sea su calidad, no es el sustituto perfecto del hogar. Crecer sin padres conocidos, es un suceso traumático en la existencia de cualquiera, sin embargo, llama la atención el que a diferencia de otros muchos, Olallo jamás se mostró resentido por ello, ni frustrado, sino que pareció recordar aquel pasaje del Salmo 27 (26), 10: “Si mi madre y mi padre me abandonan, el Señor me recogerá” y más aún, en su vida de entrega a los necesitados, ganó el título de “Padre”, que aún hoy se le aplica, a pesar de no ser presbítero. En lo que otros encontraron la base para la amargura o para actitudes propias de psicópatas, él hallo la oportunidad de santificación. No tenía familia humana, ni herencia ni casa que cuidar, su ocupación sería servir a todos por igual.

Se supone que conoció de la Orden Hospitalaria quizá a raíz de la gran epidemia del cólera en La Habana en 1833, en la que los hermanos debieron atender a gran cantidad de enfermos, entre ellos a los niños expósitos y quizá allí estuvo la misteriosa semilla de su vocación. Hasta donde se sabe su profesión fue, aproximadamente en 1835, a los 15 años y como era tradicional en la orden, tal vez coincidiendo con la fiesta del Fundador, el 8 de marzo. Pero no estuvo exento de amarguras aún en los inicios mismos de su vida religiosa: un miembro de la Orden, Fray José de la Luz Valdés se opuso primero, en La Habana, a la profesión del joven, por considerarlo indigno de ello, más aún, cuando ambos fueron trasladados al Hospital de San Juan de Dios en Puerto Príncipe, se designó a Fray José como Prior y aunque el novel profeso era humilde y servicial, este le calificaba, donde pudieran oírle, de “lechuguino”, nombre que por entonces se daba a los jóvenes superficiales, dedicados a la vanidad y sin utilidad alguna. Olallo nunca se expresó con amargura de su superior, mucho menos intentó –como en otros casos ha ocurrido– desacreditarlo en la Casa habanera o buscar modo de alejarse de él, sino que lo obedeció en todo, lo cuidó con abnegación en su última enfermedad y le cerró los ojos cuando falleció en 1845. Aquello de tener “amor propio” no iba con su personalidad fuertemente estructurada.

Un fraile sin hábito

Olallo vivió, a partir de 1835 y hasta su muerte, en el Hospital de San Juan de Dios, de este período, estuvo en una comunidad conventual  verdaderamente estructurada hasta 1854. En 1857, a consecuencia de las Leyes de Exclaustración, la Orden pierde la administración del hospital que pasa a manos del Cabildo civil de la Ciudad y solo quedan en él, dos frailes: Manuel Torres y Olallo y, a partir de 1876 y hasta su fallecimiento, este queda solo, no solo allí: en La Habana es primero clausurado el Hospital de la Orden, luego se cierra la comunidad y paralelamente lo mismo va ocurriendo en el resto de América. Se supone que en el instante de morir Olallo era el último de los Hermanos que prestaba servicio en el Continente.

A ello habría que agregar que, de acuerdo con las disposiciones civiles derivadas de las Leyes Exclaustradoras, a partir de 1857 no podía emplear el hábito en el Hospital y de hecho este adoptó una especie de filipina o guayabera de amplios bolsillos –donde llevaba un rosario, un libro de oraciones y la agenda de notas para las prescripciones de los ingresados– como uniforme de trabajo. Poco antes de morir, algunos principeños lograron que se dejara retratar en su celda, en una de las imágenes aparece con esta vestimenta ordinaria y en otra con el hábito, la próxima vez que lo llevaría sería ya en su ataúd, pues con él se le amortajaría.

¿Quién era pues Olallo? Para las autoridades un exclaustrado, aunque él jamás pidiera ni aceptara esa condición. Para los enfermos era un “Padre” aunque no fuera sacerdote. Para sí mismo, era un laico entregado al carisma de San Juan de Dios, que vivió según la Regla hospitalaria aunque no hubiera detalles externos que lo demostraran. Precisamente, su santidad se hace más ostensible en este ir hacia lo esencial: no es de la Orden por el hábito, ni por las estructuras canónicas, sino porque quiere servir como su Padre Fundador a los desamparados, desde la pobreza y la entrega absolutas. Fue una lámpara encendida en todo un Continente, por décadas, para mostrar la vitalidad del carisma Hospitalario, hasta que llegara el momento de la restauración de la Orden.

Cubano sin exclusiones

Como fraile, Olallo debía depender de una Orden cuya casa provincial no estaba en la Isla. Además como religioso, estaba obligado a la fidelidad a la institución del Patronato Regio. Como trabajador civil, a partir de 1857, debía obediencia al gobierno de turno. Sin embargo, para él ser cubano era algo natural, pero no excluyente. A él, con su buen sentido natural no se le presentaron esas dicotomías que vivieron otros frailes de su tiempo entre el servir a un gobierno liberal que aprobaba leyes exclaustradoras y la fidelidad a Cristo y menos todavía entre un bando conservador y españolizante y otro independentista, criollo y generalmente anticlerical.

El beato sirve a todos en el Hospital, lo mismo a un soldado español herido en batalla, que a un cubano que subrepticiamente le llevan para que cure sin que lo sepan las autoridades. No atiende a credos ni a facciones, en todos ve a su prójimo doliente. Pero él, habitualmente manso y paciente, más de una vez se rebela contra órdenes injustas.

En uno de los momentos más críticos de la Guerra del 68, cuando la represión colonial alcanzaba a la misma ciudad de Puerto Príncipe, protestó, para sorpresa de todos, de la orden militar del temible brigadier Juan Ampudia de vaciar la institución para dedicarla únicamente a atender a los soldados españoles heridos. Solo aceptó enviar a sus casas a los menos enfermos y a los demás los alojó como pudo en una pequeña celda del hospital. Así mismo se negó a acatar la orden de negar la atención médica a los cubanos heridos que eran perseguidos por las autoridades españolas, aunque sabía que con ello podía poner en riesgo su libertad y hasta su vida, en un momento de pasiones exaltadas.

Según la escritora Flora Basulto de Montoya, en su libro Tierra prócer, el fraile se negó en una ocasión a acatar la orden militar de que las campanas tocaran “a degüello” contra los principeños. Si tal cosa ocurrió, debe haber sido el 20 de junio de 1869, cuando Agramonte, con sus tropas, sitia la ciudad,  ocupan por unas horas zonas de los barrios del Cristo y San Ramón, para obtener vituallas y se produce el pánico en las autoridades, aunque otros autores creen que ocurrió mucho después, cuando se supo en la Ciudad, la caída en combate, ante las tropas de Agramonte, del Teniente Coronel Abril, el 7 de mayo de 1873. Tal hecho no ha sido demostrado, pero ilustraría muy bien la actitud del Padre cuando había muchos clérigos en la ciudad que desde el púlpito calificaban a los cubanos independentistas de “criminales” y hacían caso omiso de los crímenes de los voluntarios y los “guerrilleros”.

Sin embargo hay un rasgo suyo que lo deja definitivamente inscrito en la historia y la cultura cubanas. El 12 de mayo de 1873, entra en la ciudad de Puerto Príncipe, el cadáver del Mayor Ignacio Agramonte, caído el día anterior en combate en Jimaguayú. Su cadáver es arrojado en la Plaza de San Juan de Dios. Olallo lo hace conducir en parihuelas al final del corredor izquierdo del Hospital. La soldadesca y los voluntarios españoles quieren profanar el cuerpo y hasta arrastrarlo por las calles. Lo impiden el fraile y el capellán del hospital Pbro. Manuel Martínez Saltage, criollo valiente y de vida irreprochable. Olallo, le limpia el rostro y ambos le rezan las oraciones de difuntos, hasta que las autoridades deciden llevarse el cuerpo al Cementerio General.

Confluyen así, en un momento decisivo de formación de lo cubano, un héroe de las guerras de independencia, jurista y militar, paradigma de integridad ética, para el que patria y religión nunca fueron excluyentes y un hombre de Dios, para quien la caridad y la justicia debían ir siempre de la mano. En una época en la que la cuestión religiosa estaba tan sujeta a manipulaciones políticas, esa escena resultaba fundacional para nuestra nacionalidad.

Un santo popular

Olallo no fue un hombre de estudio. No había cursado estudios superiores de Medicina. Aprendió en los hospitales de la Orden en La Habana y Puerto Príncipe, empíricamente y leyendo algunos manuales de la época como Arte de la enfermería, además de guiarse para su labor por las Constituciones de la Orden Hospitalaria, establecidas en 1741 y adaptadas en 1799. Se le consideraba en la época como “cirujano”, es decir como practicante que puede realizar operaciones y atender enfermos sin haber pasado los estudios superiores de “médico latinista”.Es fama de que era hábil en las intervenciones quirúrgicas. Se conserva su estuche con el instrumental que empleaba. Era muy ingenioso para mejorar las condiciones de su trabajo, creó en el Hospital una especie de tanque que se calentaba con la luz solar y permitía tener agua hirviendo para la desinfección del instrumental. Era capaz, en casos de urgencia no solo de hacer cirugía menor, sino también amputaciones.

Como ocurría en la época con los hermanos que no eran clérigos, no tenía estudios avanzados de teología, y muy probablemente sus conocimientos de Latín y Sagrada Escritura fueran elementales, quizá los mínimos para rezar las horas canónicas. Pero es evidente que la palabra de Dios arraigó en él y meditaba frecuentemente en ella. No hay noticias de que dejara escritos de carácter piadoso o intelectual. Era, ante todo, un hombre de servicio y oración.

Es elocuente como la tradición recoge un día común en su existencia. Al amanecer, visitaba a todos los enfermos del hospital, hacía curaciones y recogía el material sanitario que había que desechar o lavar, cosa que él hizo personalmente muchas veces en las aguas del vecino río Hatibonico. Luego, iba a preparar medicamentos en el dispensario y regresaba junto a los enfermos, con el médico, para el “pase de visita”, donde anotaba los remedios que cada uno necesitaba. Supervisaba la entrega a los ingresados de todas las comidas del día. Además atendía gratuitamente a muchos pacientes externos, llevaba los registros del hospital, preparaba las hilas para vendajes y le quedaba tiempo para  impartir lectura y catequesis a niños pobres. Al oscurecer rezaba el Rosario con los enfermos, salía a visitar a otros en los alrededores o tenía un rato de tertulia en su celda. Antes de acostarse volvía a recorrer las salas, cama por cama y se iba a acostar, si no había algún agonizante junto al que debiera velar.

Como puede apreciarse, tenía poco tiempo para el “trato social”, sin embargo, esas modestísimas tertulias en su celda, en la que participaban lo mismo el personal del hospital, algún enfermo en condiciones de ello, que el reconocido historiador local Juan Torres Lasquetti, se hicieron proverbiales por lo amenas y edificantes. Pero, además, algunos han dejado constancia que recibía en su celda a muchos miembros de la sociedad camagüeyana, que iban en busca de consejo y que gracias a ello, muchas crisis familiares o casos de conciencia pudieron resolverse y apaciguarse luchas entre familias o bandos rivales.

Es llamativo que fuera tan admirado por intelectuales notables como Enrique José Varona,  José Ramón de Betancourt y Juan Torres Lasquetti, aunque todos ellos tenían una proyección social más bien anticlerical, pero lo es más la devoción que le tributaban muchas personas sencillas, que en vida le admiraron y tras su muerte trasmitieron de generación en generación su fama de santidad. De hecho, la capilla del Hospital de San Juan de Dios, aun cuando la institución médica desapareciera y el local pasara por otras muchas funciones, fue siempre un sitio en el que gente de diversa condición le recordó, le honró y rogó privadamente por su intercesión en situaciones difíciles.

No debe extrañarnos que tras su deceso, ocurrido el 7 de marzo de 1889, no solo fuera multitudinaria la participación en sus exequias y entierro, sino que, poco después se le levantara en el Cementerio un monumento, gracias a una suscripción popular y más aún que, el 7 de marzo de 1901, el primer Ayuntamiento popular –en el cual abundaban los masones y agnósticos– en una de sus primeras decisiones públicas, diera a la Plaza ante el Hospital el nombre de Padre Olallo y también a la antigua calle de los Pobres que a él conduce. Una tarja, develada ese día en la fachada del edificio y que allí permanece, reza:

PLAZA DEL PADRE OLALLO.

Transit benefaciendo

Desde éste recinto prodigó los tesoros de su caridad inagotable, el benemérito conciudadano a quien, interpretando los sentimientos del Pueblo agradecido, consagra ésta lápida, pobre homenaje a la grandeza de su abnegación, el primer Ayuntamiento popular.

CAMAGÜEY MARZO 7-1901

Como afirmaba Santa Teresa de Jesús: “en las fiestas de los santos, medite sus virtudes y pida a Dios que se las dé”. Con la beatificación del Padre Olallo, se nos invita de nuevo a escuchar las exhortaciones de Cristo en el Evangelio y a seguirlas, cada cual desde sus carismas, con radicalidad.

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