Males viejos, optimismos nuevos

Por: Antonio López Sánchez

Cuando estas líneas vean la luz, en formato digital o impreso, ya el nuevo 2021 tendrá algunas semanas, quizás meses, entre nosotros. Este año trae, lastre del anterior o de otras vidas, duros escollos y arrecifes. No obstante, desde la esperanza y desde esa humana capacidad de buscar lo mejor ante lo adverso, el ciclo también trae su dosis de lucha y de confianza. Tal vez así sea posible vislumbrar o hasta acercar algunos horizontes mejores.

En primer término, sigue vivo el severo duelo con la epidemia de la covid-19. Esta enfermedad, de modo inapelable, ha demostrado la pequeñez y fragilidad del ser humano ante la naturaleza. Un minúsculo pero terrible virus ha doblegado al arrogante homo sapiens. El mismo que conquista el espacio cósmico y hace armas inteligentes al costo de miles de millones de dólares para exterminarse, ha sido ahora relegado al encierro en sus casas y cercado por la muerte. La realidad demostró que toda la ciencia y la tecnología que hoy exhibe nuestra especie, tan fácilmente usada para hacer bombas o en ensuciar el planeta, necesita de tiempos y de esfuerzos mancomunados para, entonces, poder luchar por salvar vidas. Ojalá aprendamos la lección.

De cualquier forma, y siendo optimistas, algunos pronósticos apuntan a que tal vez en el verano o algo más allá de la mitad del año, quizás regresemos a la normalidad. Ya sea desde nuestros candidatos vacunales o desde alguna otra medicina foránea, la pandemia que tantas tristezas y límites nos ha traído parece que será al fin derrotada. Ese aliento debe impulsarnos a resistir el tiempo que nos queda, sin descuidar la prevención y tomando todas las medidas, hasta que podamos ser inmunizados.

Nuestro país, por otro lado, se adentra en cambios importantes en el ámbito económico. El intento de devolver a cauces más o menos normales una economía maltrecha, bloqueada desde afuera y también muy desangrada por los errores internos, es una prioridad. Habrá que corregir el timón en plena marcha y, sobre todo, escuchar a la gente. Ya al menos hubo oídos receptivos y cambios ante el gran descontento que trajo el tarifazo eléctrico, entre otros precios de diversos lugares y productos, que se había planificado para el nuevo año. Si bien no todas las medidas establecidas parecen las más idóneas, a pesar de haber sido ampliamente analizadas, al menos la actitud de oír y rectificar es un buen precedente y una muestra de respeto al pueblo.

El entorno político, con una nueva administración en la Casa Blanca, también preludia algo de alivio en nuestros rumbos. Si bien el gobierno norteamericano no cambiará sus ideales, mecanismos y objetivos de siempre para con Cuba, al menos que haya diálogo, que se retomen las sendas del entendimiento y las relaciones entre nuestros dos países sería ya un paso de avance. Un entorno menos ríspido se traduce en mayores posibilidades de intercambio, sea económico, académico, científico o deportivo entre otros, y, sobre todo, en mejores relaciones familiares y menos obstáculos para la concordia y la paz.

En intramuros, debe ser un objetivo meridiano el desterrar fórmulas aberrantes como las descalificaciones mediáticas sin derecho a réplica o los vulgares y facistoides repudios para quienes sostienen voces críticas. Mi generación, por solo poner un ejemplo, creció educada bajo el ejemplo de que nuestros mambises y rebeldes, luego de un combate, curaban primero a los enemigos heridos y dispensaban un trato respetuoso a sus prisioneros. Si nuestro proyecto es supuestamente más justo, más humanista, aunque no exento, por supuesto, de errores y por completo susceptible de ser criticado y mejorado, ¿cómo ensuciarlo entonces con acciones de tan baja catadura moral? Esos no fueron los legados y honores que aprendimos de nuestros próceres. La fuerza es el derecho de las bestias. El cambio, de todo lo que debe ser cambiado, es lo más revolucionario y de vanguardia que debe practicar una sociedad. Si son válidos, los credos políticos y las plataformas ideológicas de un sistema deben defenderse en el campo del pensamiento, del diálogo y no desde la infamia. Esa Cuba grosera, sorda y unilateral, aprovechada por unos pocos que esconden su oportunismo bajo el disfraz de un fervor extremo, no es la que soñaron aquellos que demarraron sangre, sudores y llantos por ella. Mucho menos es la que queremos todos los que aquí, bajo la todavía irrefutable égida martiana, seguimos poniendo rodilla en tierra por el bien común.

En medio de tales circunstancias, un pensamiento debe defenderse. La pandemia, es cierto, trajo tristeza, muerte y cambios a veces brutales en nuestras vidas, actos y labores. La economía es una hidra demente y agresiva que a diario nos muerde con una nueva cabeza, aunque logremos cercenar con una solución inteligente o a pura resistencia alguna otra. La política muchas veces separa, distancia a los compatriotas o a las familias y hasta trae consigo la ofensa o el acto brutal bélico o gubernamental, en aras de defender sus causas. Sin embargo, hay otros rostros, caminos, verdades, que debemos potenciar y defender.

La pandemia también nos agudizó el ingenio o hizo héroes a muchos que han asumido sus deberes con entereza y total sacrificio. Quizás del peor modo, aprendimos que un médico es más valioso e importante que un futbolista millonario y famoso. Ahí están galenos, científicos, personal de la salud o gente simple, que atiende a un enfermo, lucha por una vacuna o resuelve un plato de comida a un anciano solo. Ahí están los artistas, escritores, creadores, sin cuyas obras hubiera sido irresistible el encierro. Ese grano de arena que todos aportaron para paliar los momentos más duros, es el mismo que se necesita ahora desde cada uno de nosotros, para avanzar en apretado haz.

La economía deberá encauzarse, también, por el esfuerzo de que todos pensemos y defendamos mejor nuestros derechos y cumplamos nuestros deberes. En los primeros momentos del cambio, es visible que hay personas apostando por encontrar un empleo; que se ha tomado en cuenta la calificación y el esfuerzo de años de estudio para trazar escalas y pagos; y que a pesar de subidones y de aprovechados, al menos un primer paso importante ya ha sido dado. Esas buenas actitudes, que llevamos todos, pero que a veces solo emergen ante el mal o ante la necesidad extrema, son las que debemos ahora potenciar y tornar en plural pensamiento, alma colectiva, deber hacia el prójimo.

Si por una sola vez la humanidad lograra cumplir la viejísima sentencia de tratar al otro como a uno mismo, serían asombrosos los progresos. La idea y exhortación de pensar como país (por desgracia ya vuelta consigna para muchos y usada hasta para disparatados e incumplidos fines), tiene una traducción mucho más sencilla, abarcadora y profunda que el mero sostenimiento ideológico o político. Si se asume que esa idea significa, ante todo, pensar en el otro, una claridad se expande y se solidifica.

Pensar en el otro, aceptarlo, ayudarlo, hacer posible también sus ideas, sendas y sueños, es una manera de contribuir por igual con las sendas y sueños propios. Pensar en el otro es tener muy presente que nuestro trabajo, sea frente a una cuartilla, al volante de un ómnibus, al puesto de un agro o a la ventanilla de un servicio público, tiene su fruto y destino en otro. Quien nos lee, a quien vendemos o transportamos o facilitamos una gestión, es como uno mismo. Si hacemos bien lo nuestro, si lo tratamos y servimos bien, ese mismo trato y servicio debemos recibir.

Sabemos que suena a utopía. Sabemos que afuera, día a día alguien pretende, no ayudar sino aprovecharse del prójimo. Así está el mundo de hoy donde resulta increíble, casi chiste a ratos, el defender y enunciar la pretensión de hacer el bien y donde parecen tontos o extraterrestres quienes lo hacen. Sin embargo, fue la utopía la que un día nos hizo descender de un árbol, buscar herramientas y refugios, labrar la tierra e intentar, en plural, entre todos, tener una vida mejor. En año nuevo, ante males muy viejos pero de siempre renovados aguijones, no queda más que estrenar, otra vez, un nuevo optimismo y sumar los optimismos de los otros. A la utopía colectiva, nuestra humana utopía de cada día, todavía le queda camino por delante. Pero los destinos, los martianos destinos labrados por todos y para el bien de todos, se sabe que existen. Queda que echemos a andar para hacerlos de una buena vez posibles. Ω

palabranueva@ccpadrevarela.org

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