No hay compensación, pero sí justicia

Por: Daniel Céspedes Góngora

Aún bajo los efectos de una pérdida traumática, Martha (Vanessa Kirby) decide regresar a su trabajo. En el camino hacia su oficina, muchos de sus colegas la miran con sorpresa. Parece casi una zombi. Solo quiere llegar e instalarse de nuevo. Pretende olvidar lo que le ha pasado o al menos intentarlo. Martha, quienes la rodean y hasta el espectador lo conjeturan, mas no sucederá. De pie, rígida y segura en apariencia, está destrozada por completo.

Junto a su esposo Sean (Shia Labeouf) y una partera recomendada, Martha prefirió tener un parto íntimo y tradicional en la casa. Fue una decisión de ambos y se prepararon para ello. El hospital quedaría para una emergencia. Tal vez los momentos del parto sean extensos. Sin embargo, en Fragmentos de una mujer (Kornél Mundruczó, 2020) tienen que presentarse de ese modo para que luego uno se convenza de las secuelas de la tragedia, de que una precoz vida interrumpida motiva agonía.

Fragmentos de una mujer no se centra en un relato sobre la maternidad; ni siquiera sobre la frustración por no poder ser madre. El director húngaro Mundruczó (AFTA – Day After Day, Pleasant Days, Little Apocrypha N°1, Joan of Arc on the Nightbus…), que ha contado con la guionista Kata Wéber, relata el derrumbe repentino si bien lento de un proyecto de vida, donde Sean y Martha tienen en cuenta la posibilidad de hacer familia. El juicio que después enfrentarán, en especial ella, es consecuencia del conflicto psicológico. No es el quid del asunto. En el juicio, el grandioso personaje de Martha ofrecerá una lección de humanidad por encima de lo que su madre Elizabeth (Ellen Burstyn) y los espectadores esperan. Mundruczó se cuida de no incurrir en lugares comunes. Por su parte, Vanessa Kirby, quien viene mostrando en pantalla una sobriedad aparente, comparte en este instante decisivo para ella y la acusada un sufrimiento que desea pare ya sin ocasionar una injusticia: “¿Cómo puedo darle este dolor a alguien más? (…) No es para esto que mi hija vino al mundo, el tiempo que estuvo aquí”.

El director gusta y aprovecha los silencios de una banda sonora oportuna. Sabe dónde quiere la música y cuando esta pudiera ser redundante. Alterna entre planos americanos, medios y primeros planos. En estos últimos prefiere tomar perfiles de lado de su protagonista porque el dolor que exterioriza puede exhibirse a través de varias tomas del rostro. Por montaje y elección de imágenes queda referido el sentir del cuerpo roto, también la atmósfera de dejadez, cuando no de desplome de la armonía casera. El malogro familiar repercute en el interior doméstico y se evidencia cuando la cámara recorre las plantas muertas.

Los personajes irán tomando decisiones definitorias porque más que perdonar – ¿habrá necesidad de perdonar en esta historia?−, se precisa entender que la vida se compone de logros deseados y contratiempos irreversibles, que continúa con o sin alguien y a uno le queda sobreponerse y saber cuándo apartar las diferencias personales, lo cual no implica −y aquí se aplaude otra vez al guion− que los personajes dejen atrás sus habituales procederes como el reconocer que Sean no es intelectual, sino ordinario y palurdo, como el mismo se nombra en una conversación dura pero sincera con la madre de Martha. El Sean de Shia Labeouf no puede estar mejor, tal vez porque no sabemos que se trata de él hasta que aparece en los créditos.

Sean participa en la construcción de un puente que recorrerá Martha. La hechura del mismo es una clara referencia del paso del tiempo y de la posible mejora ante lo sucedido. Nada compensa el malestar que ambos sufrieron. Cada uno sobrevivirá como lo entienda. Al saber que siendo justa con la partera, podía de veras seguir adelante, Martha inicia su recuperación. Lo otro: los manzanos en fructificación con alguien encima de uno de ellos, al menos para mí, sobra.

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