Pulgarcita y la ética del cuidado en Cuba

Por: Teresa Díaz Canals

la ética del cuidado en Cuba

tdcanals@yahoo.es

“…y cuando todos piensen igual acerca de una cosa es porque ella es diferente para cada uno”Fernando Pessoa Todavía más allá del otro océano “…una estrategia siempre está en transformación”Jacques Derrida La entrevista de bolsillo

Muchos son los retos que tiene Cuba vinculados con el tema del cuidado: el exilio y la consiguiente ruptura familiar, la relación paterna con los hijos, el tema de las remesas destinadas a los ancianos y niños, el maltrato a los animales, la contaminación medioambiental, la necesidad de una estrategia del cuidado que incluya a hombres y mujeres por igual, el todavía insuficiente apoyo institucional a las personas cuidadoras.

Uno de los mensajes del clásico cuento titulado Pulgarcito es, precisamente, la invitación a deslizarnos entre las dificultades y a captar el dinamismo de la miniatura. Recordemos que en la narración el pequeño protagonista se instala en la oreja del caballo, habla en voz baja y logra con una voz “fuerte” que solo escuche aquel que debe hacerlo, para lograr que el animal avance, y con este hecho insólito se consigue el objetivo de pasar de lo pequeño a lo grande. Esa dinámica de lo pequeño a lo grande es lo que, precisamente, quisiera compartir, puntualizar algunos aspectos que estimo necesarios en el tema acerca del cuidado. Es impostergable una ética de la justicia que se sustente y desarrolle sobre la base de una ética del cuidado, una forma distinta de estar-en-el-mundo: justicia más afecto.

El término ética del cuidado tiene sus orígenes en la psicología. Lawrence Kohlberg, psicólogo norteamericano de formación psicoanalítica, desplegó una investigación que tuvo resonancias en este ámbito del saber, así como entre los filósofos que se dedicaban a la ética. En ese trabajo examina la capacidad moral de ochenta y cuatro niños varones por un período de veinte años. La conclusión a la que llega es que los hombres tienen un desarrollo moral más elevado que las mujeres. Sin embargo, para Carol Gilligan –una discípula feminista de Kohlberg– esos datos resultaron sospechosos, ella comenzó entonces a estudiar la conducta de las niñas y señala que estas, al tener una diferente socialización con respecto a los varones, describían problemas prácticos y comentaban la moralidad con una voz diferente. Su trabajo In a Different Voice (1982) inicia el camino de lo que más adelante se nombraría “ética del cuidado”. Esta propuesta tuvo detractores y críticos. Algunas feministas, por ejemplo, impugnaron la idea de la Gilligan, pues vieron en ella una manera de reforzar el papel subordinado de la mujer, al concebir el cuidado como destino femenino y la falta de límite en la dedicación a los otros.

Si analizamos lo que conocemos como ética de la justicia, la del cuidado no se contrapone a ella, ambas pueden complementarse. La primera no tiene en cuenta las peculiaridades, mientras que la segunda constituye un juicio contextual que expresa una preocupación por detalles concretos de la situación. La ética de la justicia se basa en el respeto a los derechos formales de los demás; la del cuidado exhorta a la responsabilidad hacia los otros. La de la justicia se preocupa por establecer un mínimo de normas de convivencia, la del cuidado no trata de reglas, es una ética relacional.

Ahora recuerdo cómo José Lezama Lima mencionó la poesía existente en el siglo xix y la vinculó al tema del cuidado en la persona de un poeta, por la dedicación durante muchos años –alrededor de veinte– al cuidado del paciente José Jacinto Milanés –quien había perdido la razón– por parte de sus hermanos, fundamentalmente por su hermana.

En esta contraposición entre las dos éticas habría que utilizar a Pulgarcito para colocarlo en la oreja del caballo y decirle a este con voz muy fuerte (entiéndase caballo como Estado, sociedad, hombre…) que si bien son las mujeres las fundadoras de esta ética del cuidado, ella es una tarea humana, no femenina solamente. A continuación, expongo algunas reflexiones o problemáticas que pueden servir para el debate.

 

  • En el nombre del hijo1 es el título que la autora Lourdes Pasalodos le da a un conjunto de testimonios de personas que fueron muy mal atendidas o abandonadas totalmente por sus papás. Hace ya algunos años que la Federación de Mujeres Cubanas investigó acerca de la infracción de un gran número de padres que no cumplían el pago de las pensiones a sus hijos(as), lo que no me consta es que se tomaran medidas para que eso no pasara con frecuencia ni que se le diera seguimiento, al menos no en divulgación, porque aunque el cariño no se puede imponer, al menos es importante que muchos padres lleguen a saber que la ley hay que cumplirla. Con esto no se quiere decir que todos los hombres son iguales ni mucho menos, ni es un ataque al sexo masculino, pero es un hecho digno de atender. También en ocasiones ocurre lo contrario, existen situaciones donde se disminuye y destruye la importancia de la paternidad, se procura aislar y desvincular a los niños de sus papás cuando las parejas se separan.
  • En la intervención que hiciera el ya fallecido Dr. Francisco Rojas Ochoa “El enfoque social en salud en Cuba”2 se puso de manifiesto la importancia de la prevención de las enfermedades. Ella requiere, en primer lugar, de determinadas acciones que tienen que ver con políticas públicas. El 19 de septiembre del 2014 en el periódico Granma fue publicada una carta de un residente del Vedado, su título: “Las frutas frente a ¿químicos o genocidas?”. Aquí el lector expresó su preocupación por la práctica generalizada de inocular sustancias químicas con el fin de madurar las frutas, aunque se refiere solo a estas, también es una acción que se le aplica a otros productos. El autor de la misiva era un especialista de Sanidad Vegetal, esta vez denuncia la “desverdización” que se hace con los plátanos frutas y comenta cómo las sustancias químicas se desvían y comercializan,3 tal hecho –que está incluido como un delito por la Fiscalía General de la República– se manifiesta de manera impune en los establecimientos dedicados al negocio de productos agrícolas. También la intranquilidad por el tema de los cultivos transgénicos en el país ha sido expuesta por algunos médicos, filósofos, sociólogos y otros especialistas, entre ellos el Dr. Carlos Delgado Díaz. Este último destacó que ante cualquier tecnología es necesario preguntarse: ¿es bueno para el individuo?, ¿es beneficioso y sostenible para la comunidad?, ¿es bueno para el consumo de las personas?, ¿es seguro para el medio ambiente? Y comentó sobre la necesidad de tener en cuenta el principio de responsabilidad ante este fenómeno que se desarrolla en países tales como EE.UU., Argentina, China, Canadá, Sudáfrica, Australia, México, Bulgaria, Rumania, España, Alemania, Francia, Uruguay.4 En Cuba, país de contrastes, es imposible comprar una aspirina para el dolor de cabeza, pero ya se aprobó por el Estado la introducción de los transgénicos. ¿Cuida el Estado a sus ciudadanos si no informa ni regula los productos agrícolas que contienen químicos para su maduración? ¿Se protege a la ciudadanía si no se explica la reproducción de cultivos transgénicos en el país, si no se somete a debate público esta decisión? El saber se convierte en un deber moral. “La responsabilidad […] hasta ahora había ocupado poco a la teoría ética […]. La ética se concentraba en la cualidad moral del acto momentáneo mismo…”.5 Con tales conductas irresponsables se afecta a la población en general, sin distinción de sexos, pero serían las mujeres –al cumplir su papel de cuidadoras– las doblemente perjudicadas.
  • A pesar de que el trabajo del cuidado a otras personas –realizado fundamentalmente por mujeres– constituye una labor de enorme importancia para la economía y el funcionamiento normal de cualquier sociedad, este permanece invisible y no recibe apoyo institucional. Sabemos que las razones son muchas, entre ellas las económicas, pero en ocasiones la mala administración, la ineficacia, la irreflexión y hasta lo absurdo, es lo que predomina. Por solo mencionar algunas circunstancias: la insuficiente oferta y el precio de pañales desechables sobre todo para adultos, sueldos que hay que destinar casi completos a determinadas personas que auxilian en ese cuidado, la atención de los médicos de las familias a los enfermos terminales y crónicos es, en muchos consultorios, nula, escasez de medicamentos agudizada ahora por la pandemia y la grave crisis económica que existe en el país. La idea de Derrida “desconstruir es justamente una batalla”6 es importante como estrategia para desmoronar el muro de rigidez e incomprensión existente en todo lo que concierne al cuidado.
  • Algo que debería de constituir una tarea impostergable: incentivar en la población el cuidado a los animales, no solo en los medios, también en los círculos y escuelas primarias, lo que no debe ser una simple exhortación a las personas a que lo hagan.
  • “Nietos virtuales y abuelos solitarios”7 es un artículo donde María del Carmen Muzio analizó las consecuencias de la ruptura familiar debido a la emigración para encontrar mejores oportunidades en otros espacios geográficos, hecho que no solo afecta a la familia desde el punto de vista sentimental, que ya es bastante, sino también estremece una tradición de cuidado entre abuelos y nietos, ahora se conocen vía foto digital. Ya ese intercambio estrecho, que llena de regocijo y enriquece espiritualmente la vida de ambos seres por tenerse mutuamente no se produce más, ahora se convirtieron en seres lejanos, extraños. La remesa es el sustituto de esa evolución natural para sufragar los gastos de la ancianidad que una jubilación indigna e injusta no puede sufragar. Una remesa que alcanza, no alcanza, se olvidan, no existe, lo que es bastante humillante para las personas enfermas y para las cuidadoras responsables de tales tareas.

 

Cuando hablamos de una ética del cuidado debemos fijarnos en la sensibilidad y la compasión en un ámbito íntimo, cara a cara; de esta manera reconocemos la fragilidad de la condición humana por los padecimientos, las violencias, los miedos… Para la emoción, el sentimiento, el gesto solidario, no hay palabras, esa dimensión simplemente se muestra, es una forma de comunicación mediante el testimonio, se capta lo que no se dice a partir lo que se hace, lo que se transmite no se explica, el valor radica en la sugerencia, la evocación, el silencio.

Tenemos que ser sujetos de lo que nos pasa, se trata de hacer de la propia vida una obra de arte, donde se incluya el cuidado de sí como una práctica que tienda a asegurar el ejercicio continuo de la libertad. Al mismo tiempo, ello exige un tipo especial de conocimiento, el de sí mismo, que conduce a un saber de prescripciones y verdades, única manera de ser más plenos, base para cuidar a los otros y preservar al mundo. Con otras palabras, cuidar al otro, cuidar de sí, cuidar a las cuidadoras (res): esa es nuestra urgencia. En la actualidad tenemos que atender el cuidado de una manera diferente. Repetimos la idea de la filósofa española Victoria Camps, quien considera que los valores privados son y deben convertirse también en virtudes públicas.8 Las Pulgarcitas tendrán que gritar fuerte en la oreja del caballo, porque el tic tac de nuestros relojes es tan burdo, tan entrecortado, que no tenemos nuestros oídos –a diferencia del caballo en el cuento de Pulgarcito– lo suficientemente preparados para sentir el tiempo que corre. Ω

 

 

Notas

[1] Lourdes Pasalodos Díaz: En el nombre del hijo, La Habana, Ediciones Acuario, 2009.

2 Intervención del Dr. Francisco Rojas Ochoa en el Taller “La Investigación Socioantropológica en salud. El enfoque de género”, realizado en La Habana los días 5 y 6 de febrero de 2015.

3 Véase la carta de Moisés Hernández Fernández al periódico Granma del 20 de febrero de 2015, p. 11.

4 Véase Carlos J. Delgado Díaz: “Hacia un nuevo saber. La bioética en la revolución contemporánea del saber”, La Habana, Ediciones Acuario, 2007, pp. 171-184.

5 Hans Jonas: “El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica”, Barcelona, Herder Editorial S.L., 2004, p. 16.

6 Jacques Derrida: La entrevista de bolsillo, Bogotá, Siglo del Hombre Editores, 2005, p. 75.

7 Véase María del Carmen Muzio: “Nietos virtuales y abuelos solitarios”, Palabra Nueva, Año XXIII, No. 246, enero/2015, p. 33.

8 Victoria Camps, El siglo de las mujeres, Madrid, Ediciones Cátedra S.A., 1998.

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