Siervas de María: vivir para servir

Por: Mario Vizcaíno Serrat

(mvserrat@gmail.com)

Es casi un milagro esta entrevista. El halo divino que rodea toda conversación de tema cristiano influyó quizás para que por fin fuera posible, aunque la perseverancia periodística y la decisión de motivar a una monja reacia a conversar fueron cardinales para que accediera a salir de su habitación en el convento.

La noche anterior, a la madre superiora de las Siervas de María, en La Habana, sor María Isabel, se le había ocurrido un ardid: “ha vuelto a negarse, pero quizás con su presencia se anime. Venga mañana y vamos a intentarlo”, me invitó. Aun así, el encuentro estuvo en peligro hasta minutos antes.

Era el tercer intento de poner a hablar para Palabra Nueva a sor María de Jesús, de noventa y cinco años de edad y setenta y seis de misión en Cuba. Por fin entró en la habitación donde sería la entrevista, diez minutos después de la hora convenida días antes. Estaba seria y se recuperaba del mal momento de saber que sor María Isabel la había engañado piadosamente al citar al periodista, a pesar de que le había dicho con todas las letras que no quería la entrevista.

Pero enseguida recuperó el buen ánimo. Tras saludar amablemente dejó su andador a un lado y con la asistencia leve de su compañera de misión sonrió, dijo algo en tono inaudible y entonces rio con ganas y quedó mirando a su entrevistador, como retándolo: adelante, aquí estoy, voy a hablar.

Yo quería ser como mi hermana

“Yo tenía catorce años cuando dos de mis hermanas eran Siervas de María. Una estaba de noviciado, y a la otra fui a verla a la profesión. Y la vi tan feliz, que anhelé ser como ella, tener esa misma felicidad, y así nació mi vocación. Yo sabía que mi hermana iba a dedicarse a cuidar a enfermos. Y si ella era feliz, yo quería ser feliz así, yo quería ser como ella. Enseguida entré a la escuela apostólica”.

Así de simples fueron los inicios de sor María de Jesús en la comunidad autónoma de Navarra, en España. Como Sierva de María desde que era muy joven, ha dedicado su vida a cuidar a enfermos, tanto en su país como en Cuba, al que también llama su país y adonde llegó en 1947 y se quedó a vivir.

Sor María de Jesús: “El primer pensamiento de la fundadora fue cuidar a los enfermos en sus domicilios. Pablo VI, cuando la beatificó, dijo que fue la primera monja que pensó en cuidar a los enfermos en sus casas, en aras de su individualidad. A veces solo hay que estar. Cuando el enfermo está inconsciente no hay que hacerle nada, pero estás a su lado, como la Virgen María. Es la vocación de ver en el enfermo a Cristo sufriendo”.

Los comienzos de sor María Isabel

Entonces tenía cinco años de edad y era solo María Isabel. Con esa edad fue por primera vez a la iglesia. Falleció un hermano de su madre e iban a la misa de difuntos. Fue entonces cuando la invitaron a ir a la catequesis.

“Comencé a ir, pero faltaba mucho. Mi familia no era práctica. Mi abuelito decía que éramos católicos porque su papá era católico al ser español y ya por eso nosotros éramos católicos”, aclara y ríe con una carcajada. “Tampoco a la familia le era fácil ir a la iglesia porque vivíamos en una finca entre Melena del Sur y Güines. Hasta que, excepto mis abuelos, nos mudamos a Güines y por eso pudimos comenzar a ir a la iglesia. Sin embargo, muchos fines de semana me iba con mi madre a ver los abuelos y faltaba a la catequesis. No hice la comunión hasta los once años. Recuerdo que cuando estaba preparándome para la confirmación, a los dieciséis años, el padre nos dijo, más o menos así:

—Todos nosotros somos cristianos, ¿verdad?

—Sí, sí —respondimos.

—En la vida de un cristiano lo más importante es Dios.

—Sí, claro.

—Bueno, si en la vida de ustedes lo más importante es Dios, quiero saber qué tiempo dedica a Dios cada uno de ustedes”.

La adolescente María Isabel se asustó. “Yo me dije: ¡Ahora sí!: este cura me va a botar de aquí, porque yo…” Y ahora, recordando aquel momento, soltó una carcajada larga, y admitió: “No sé si le dije la verdad, pero me permitió confirmarme, y nos puso una serie de tareas, como leer la Biblia, hacer oraciones, ir a misa. Todo un proyecto para ese tiempo, durante el que descubrí, poco a poco, el amor que Dios me tenía. En la iglesia había un Cristo encima del sagrario, y lo miraba cuando iba a rezar, y fui entonces dándome cuenta de que Dios me amó tanto, tanto, que dio la vida por mí y perdonó, en ese momento por mí. Aquellos momentos me deslumbraron. Sentí entonces el deseo de corresponderle a Dios, y de conocer todo de Él. No pensaba ni por asomo ser monjita. Al contrario: deseaba casarme y tener muchos niños”. Y vuelve reír, pero bastante.

“Y un día se me acerca una muchacha y me pregunta si nunca había pensado en ser monjita. Le respondí que no, pero eso quedó trabajando en mí. Entonces conversé con el sacerdote, quien me dio un libro que se titula Y si él te llama, sobre las congregaciones que había en Cuba en ese momento. Yo conocía a las hijas de la Caridad de Madruga, por los encuentros de convivencia que teníamos, alguna vez habíamos ido a las carmelitas descalzas, pero no me veía entre rejas, quizás Dios tiene que darme tres vocaciones más. A las salesianas había ido alguna vez también por encuentros de adolescentes. Pero cuando estuve leyendo sobre las siervas de María y santa María Soledad con su humildad, su alegría, su sencillez, me identifiqué mucho. Lo de la misión de noche me indicaba que sería un cambio total. En el grupo donde yo estaba visitábamos a enfermos, les llevábamos la comunión, comida, ayudábamos a bañarlos. No sabíamos cómo hacerlo, pero lo hacíamos. Eso me ayudó a identificarme más con santa María Soledad. Es un trabajo algo oculto, porque en la noche nadie te ve, y es cuando sale esa estrellita a iluminar esa noche de dolor. Y así fui conociendo a las hermanas, hablé con el padre y empecé la etapa de aspirante. Tenía diecisiete años”.

Al principio, cuando la hoy anciana sor María de Jesús era muy joven, no la querían en las asistencias. La madre superiora le advertía: con esa cara de niña nadie te va a querer. “Allí se acostumbra a velar a los muertos y la primera vez que me mandaron a ese servicio, recuerdo que me daba pavor mirar la caja. Cuando me mandaron a Cuba me pasó parecido: al lado de san Juan de Letrán había un enfermo, y la madre superiora me envió allá, y no me dejaban entrar al cuarto, la familia me preguntaba cómo siendo una niña iba a saber cuidar a un enfermo”.

Las anécdotas fluyen entre las risas de una y otra monja, que, como sus otras nueve compañeras, a las siete de la noche se levantan luego de una siesta de siete horas, comen y salen a cuidar a los enfermos a las ocho y treinta de la noche. A las seis de la mañana regresan al convento. Todos los días excepto el sábado. Al llegar rezan el laude, luego la misa, desayunan y se entregan media hora a la lectura. Se quedan trabajando en la casa hasta las 11 y 30, rezan la alabanza, almuerzan y se acuestan hasta las siete de la noche.

“No somos como una enfermera, que se pasa la madrugada cuidando a enfermos, llega a su casa en la mañana, se ducha y se acuesta a dormir”, aclara sor María de Jesús, y advierte: “Nuestra vida es muy sacrificada. Cambiar el sueño de la noche para el día muchas personas no lo soportan, les hace daño”.

Ellas, las siervas de María, tienen momentos de calma mientras acompañan a los enfermos. Entonces tejen, leen, rezan. Solo duermen en sus horarios del convento.

Sor María Isabel: “Es una vocación fuerte la de cuidar a enfermos, pero a la vez, es sublime, y uno recibe más de lo que da. Uno se sacrifica por ese enfermo, pero poder cuidarlo, desvelarte por él y saber que a través de ti él tiene la experiencia de la unión con Dios te hace fácil lo que es difícil”.

Las once siervas de María que viven en su convento habanero de la calle 23, entre F y E, en El Vedado, cuidan a enfermos en hospitales y casas de familia. Llegan a ellos cuando familiares, vecinos o amigos de los aquejados, se personan en la iglesia a buscar su ayuda.

Sor María Isabel: “Porque el enfermo sigue siendo el rey de su casa, la persona más importante de la familia. Nuestra misión es muy linda porque entramos al corazón de las familias”.

Sería interesante conocer detalles de esa relación que establecen ustedes con los enfermos y las familias.

Sor María Isabel: “Mira, ahora me viene a la mente el día que el padre de un enfermo me llama y me pide que vaya a rezarle a su hijo enfermo. Estábamos en un hospital. Cuando yo pude, fui a rezarle, el muchacho tenía amputado un pie, con un dolor terrible. Iban a seguir amputándole ese pie, era diabético. Le puse las manos en la frente, le recé y al poco rato se durmió. Al día siguiente el padre me va a buscar de nuevo adonde yo estaba con mi enfermita, porque el muchacho quería saludarme. Me dijo que había soñado con Dios. Me asombré de eso y le pregunté:

—¿Cómo que soñaste con Dios?

—Sí, y usted estaba con Dios, era Dios como está en las iglesias, con la mano así —como en el Sagrado Corazón de Jesús— venía usted a un lado y al otro otra monjita, bajita, vestida de negro”.

“Todavía me impresiono cuando recuerdo aquello” —dice Sor María Isabel—. Y explica: “Busqué entonces una estampita de nuestra fundadora, santa María Soledad, se la llevé y me dijo:

—Esa misma es. Ustedes tres me saludaron, y se fueron”.

Sor María Isabel se echa a reír ahora, frente al periodista, y sor María de Jesús acota: “Será psicológico quizás, pero pasan esas cosas”.

“Uno no sabe cómo explicarlo —agrega la madre superiora— y todavía no me lo explico. Y es que no tiene explicación. Es un misterio”.

Sor María de Jesús salió de España el 20 de enero y llegó a Cuba el 11 de febrero de 1947. Vino en un vapor. En aquella época, cuando enviaban a las monjas a otras tierras era para toda la vida. El 13 de enero próximo cumplirá noventa y seis años.

“Me he sentido muy bien entre los cubanos, cuyo carácter se parece al mío. Son muy cariñosos. Poco después de que entró a La Habana, Fidel nos dio permiso para ir a España a ver a nuestros padres, pero no era seguro que pudiéramos regresar, no tuvimos el permiso para ello, y como había ese peligro, decidí quedarme. A estas alturas, yo quiero a Cuba tanto como a mi patria. En estos años he podido ir a España varias veces, pero mis padres murieron antes de que pudiera regresar la primera vez. En realidad, cuando las catorce hermanas que quedamos aquí estábamos cerrando la casa para irnos, de Roma nos llegó la comunicación de que al no ser monjas de enseñanza, sino de salud, podíamos quedarnos. Luego fueron entrando más, algunas de Puerto Rico y República Dominicana, y otras cubanas”.

Hace ya tiempo, debido a su edad y su dificultad para caminar, sor María de Jesús quedó con la misión de ser la portera de la comunidad. Atiende a quienes llegan hasta la iglesia, a quienes llaman por teléfono para pedir las asistencias, a los pobres que llegan buscando alimentos, aseo, ropa, a los que van o llaman para pedir o traer medicamentos, a todo el que acude a la casa de las Siervas de María.

Cada congregación de monjas es como una familia y escoge el color de su hábito. Las Siervas de María las fundó en España Santa María de Soledad, en 1851. El hábito oficial es de color negro, más usado en países invernales, y en verano lo usan blanco, como en Cuba. Están de misión además en Camagüey y Holguín. Antes de 1959 estaban también en Matanzas, Cienfuegos y Santiago de Cuba.

Usted, hermana María Isabel, me ha dicho que tuvo cuando muy joven planes de casarse, tener hijos y vivir las cosas de la vida mundanal. ¿Cómo es posible sustituir esos deseos de la vida común por Dios?

“Una sigue siendo de carne y hueso, y lo que le gusta a todo ser humano le gusta a una, y también una tiene necesidad de cariño. Sabes reconocer a un hombre cuya personalidad te agrade, pero pienso, por ejemplo, por qué estoy aquí ahora mismo, ese amor primero que me llenó cuando vi a Cristo crucificado. Ese amor más grande que un día me llenó es el que me trajo hasta aquí y me mantiene haciendo el servicio que hago. Todo eso hace que ese hombre que viste y que trataste y te resultó agradable solo sea eso, nada más. Te comportas como la mujer casada, que no va a estar con todos los hombres lindos que se encuentra, porque se debe a su esposo, a quien se entregó antes. Y mi esposo es Dios”.

—Porque el amor a Dios es más leal y duradero, es eterno.

Sor María de Jesús interviene para aclarar que el amor de Jesucristo es más fuerte. Y la madre superiora la apoya al advertir mientras ríe: “Lo dice con noventa y cinco años”.

“A mí me han enamorado después de monja, pero han sido amores momentáneos que no valen nada en comparación con el de Cristo”, reconoce la anciana y ríe también, y vuelve a reír la madre superiora.

Y prosigue la hermana de origen español: “Porque el hombre típico cree que Dios la tiene a una abandonada en la soledad, y te propone salvarte, sabiendo quizás que una está hambreada de cariño, pero nada de ello alcanza al amor de Jesucristo, que sobrepasa con creces a cualquier otro. El amor que te impactó la primera vez no se va nunca”.

Sor María Isabel: “La realización que una siente cuando ayuda, cuando da, es importante”.

Sor María de Jesús: “No creas, las Siervas de María tienen muchas oportunidades porque están solas de noche, una tiene que ser muy valiente porque el corazón se pega también. Cuando eres joven y bonita y el hombre sabe que eres pura, imagínate. A mí me prometieron hasta llevarme a vivir a Miami y comprarme un apartamento. Yo tenía una cara muy linda, era pequeña y simpática, ya tú sabes. Pero el amor de Jesús ha podido siempre más. Así ha sido siempre, y así será, eso espero”, advierte con una sonrisa viva. “Yo soy como un fraile muy mayor que fue mi amigo y todavía con esa edad le pedía a Dios que lo librara de las tentaciones”, y ríe.

Sor María de Jesús acompaña muchas de sus intervenciones con la sonrisa o la risa sonora, una tendencia al chiste que ayuda a humanizar su vocación, y a demostrar que tras el compromiso leal y eterno que pactó con Dios desde lo más íntimo, hay un ser humano como otro cualquiera. “Bueno, ya te has enterado de todo. Eres un privilegiado, ¡porque ni a mi confesor le he dicho yo algunas de estas cosas!”.

“Lo de la casa en Miami yo no lo sabía”, dice la madre superiora, y provoca a su compañera: “Deja ver si el hombre ve esta entrevista”.

¿Cómo se mantenían económicamente las Siervas de María en los años cincuenta en Cuba?

Sor María de Jesús: “Con una limosna que nos daban en las casas de las familias”.

Sor María Isabel: “Sí, es una suscripción, es un estilo que se usa desde los tiempos de la fundadora, las monjas pasan por las casas y la gente les da el dinero que quieran. Ahora estamos inscritas como un hogar del Ministerio de Salud Pública, que nos paga, y a veces recibimos donativos de familias de los enfermos”.

Las décadas de los sesenta y setenta fueron muy tensas entre el Estado cubano y la Iglesia. ¿Recuerda cómo era su labor entonces?, le pregunto a la monja española.

“Al principio de los sesenta hubo momentos difíciles, incluso los militares estuvieron aquí y registraron la casa, aunque no nos maltrataron. Ya después las cosas con nosotras comenzaron a normalizarse y pudimos cuidar a los enfermos por las noches”.

Si alguien les preguntara qué es la fe, ¿qué responderían?

“El padre Raulito (Raúl Arderí, jesuita) la definió muy bien: ‘la fe es como una amistad que uno tiene con Jesucristo’”, dice sor María de Jesús, mientras sor María Isabel dice que “para mí es la confianza básica que da un apoyo, una fortaleza para tantos momentos que vienen en la vida”.

¿En algún momento han sentido a Dios lejos, ha demorado en llegar en su auxilio, se han preguntado, Señor, por favor, dónde estás?

—Sí, en más de una ocasión, dice la madre superiora.

Sor María de Jesús: Por eso tenemos cada día una hora y media para la oración. Una hora al levantarnos por la mañana y media hora en la tarde. En ese trato de intimidad con Dios ves todo lo que pasa. Hay días en que estás abrumada y le preguntas: ¿hasta cuándo? Y otro día te consuela y tienes esperanza.

Sor María Isabel: “Y hay veces que llega lo que estabas esperando hacía tanto tiempo. Llega Dios obrando en mi vida y en la de los demás. Y hay situaciones en las que no vemos la respuesta. Pero ahí está la fe, la confianza, esperar contra toda esperanza, como decía san Pablo que Abraham había creído”.

“A veces la fe tambalea”, dice sor María de Jesús.

¿Cómo se llega a ser madre superiora?, Palabra Nueva le pregunta a sor María Isabel.

“A cada madre superiora de las Siervas de María —en este caso— la nombra la superiora general de la congregación, que está en Roma. Ella consulta con la superiora provincial, es decir, de la provincia de Antillas, adonde pertenecen las congregaciones de Cuba, Puerto Rico, Haití y República Dominica. De un Consejo sale la propuesta, que envían a la generala, quien decide”.

Sor María de Jesús: “Y puede no estar de acuerdo con la propuesta que le envía Antillas y decidir ella a quien nadie había señalado”.

¿Cuál es la función de la madre superiora?

Sor María Isabel: “Animar a la comunidad. Trato de que no me vean como jefa, aunque soy la responsable de lo que sucede en la casa. Pero soy una hermana más. Y me gusta tomar decisiones colegiadas con las demás. Son períodos de tres años, al cabo de los cuales te reeligen, te cambian para otra casa o te quitan. Este es mi segundo período”.

Todo parece sugerir que a las mujeres les cuesta más ascender en la jerarquía de la Iglesia. ¿Lo ven así ustedes?

Sor María Isabel: “Como mujer, tengo una gran misión, una gran experiencia que vivir. Sé que al no ser sacerdote no puedo pertenecer al clero, pero estoy muy conforme con lo que hago”.

Sor María de Jesús: “Antes los hombres se preparaban más y mejor, las mujeres estaban en un escalón inferior, pero ahora no. Mira la cantidad de mujeres que ha nombrado el Papa para la etapa sinodal. Ahí tienes la prueba del valor de la mujer, de su inteligencia, la mujer ha ido ganando espacio en el mundo”.

Sor María Isabel: “En el caso de Cuba, si la sociedad es machista, en la Iglesia tiene que haber machismo”.

Vamos a hablar un poquito del pecado. Una monja alemana, Ruth Lazar, dijo que el pecado es algo que deliberadamente uno piensa mal. ¿Qué es para ustedes, cómo lo explican?

Sor María de Jesús: “Hacer algo contra la voluntad de Dios”.

Sor María Isabel: “Una grieta en el jarrón. Como una ruptura en el amor a Dios, en esa relación. Soy entonces la primera que defraudo a Dios y a ti como mi prójimo”.

A veces la gente cree que los sacerdotes y las monjas no pueden fallar porque tienen una relación con Dios.

Sor María Isabel: “Pero sí fallamos”.

Sor María de Jesús: “Tenemos simpatías y antipatías, como todos. Si una tiene un mal momento y le dice a alguien que no hay aspirina cuando en verdad hay, está cometiendo un pecado”.

Sor María Isabel: “Anoche mismo me pasó. Llama por teléfono una señora que vive sola, a quien le faltan los dos pies, a quien le tengo lástima porque además es pobre. Nosotras le damos alimentos, medicinas, al punto de que tenemos prohibido dar alimentos crudos y se los damos por la situación que ella tiene. Le compramos un fogón hace un tiempo. Luego quería que le arregláramos el techo de su casa y que le compráramos no sé cuántas cosas. Y no puedo porque no es la única persona pobre de La Habana, ni la única enferma. Pero para ella, es siempre poco lo que la ayudamos. Entonces, anoche, ya tarde, llamó por teléfono, preguntó por mí y le dije que no estaba. Te confieso que me quedé con remordimiento de conciencia”.

Sor María de Jesús: “Tú escribe ahí que las monjas pecamos como los demás, pero en menor escala”.

Sor María Isabel: “Yo sabía qué iba a pedirme, sabía que era para lo mismo, y no podía ayudarla en ese momento, estaba impotente, ese fue el problema. Nosotros no podemos solucionar los problemas de todo el mundo”.

Sor María de Jesús: “Hay gente que nos engañan”.

¿Las engañan?

Sor María Isabel: “Al principio de mi misión como madre superiora, venía mucho un matrimonio, disidentes los dos, yo tengo mi debilidad por ellos por el trabajo que pasan porque los tienen ahí, a raya, y trato de ayudarlos. Pero me piden para muchísimas personas, y no tengo para tanta gente”.

Sor María de Jesús: “Una vez nos llamaron la atención por el tramadol que estábamos dando, porque descubrieron que algunos de los que venían a pedirlo lo usaban para drogarse. Ahora tenemos que dar con certificado”.

Ruth Lazar dice que comer chocolates y tomar cervezas no es un pecado, pues Dios no es tan estricto.

Sor María Isabel: “Estoy de acuerdo, Dios hizo todo para que lo disfrutemos”.

¿Todos los pecados son perdonables, incluidos los de un asesino, un tirano?

Sor María de Jesús: “Dios perdona siempre”.

Sor María Isabel: “Solo Dios entra en el corazón de un ser humano. Hay que considerar también todas las historias que hay detrás de un asesino, de un ladrón. Puede que tenga heridas de su infancia, de su pasado, y aunque eso no justifique lo que hace, una nunca debe juzgar al otro ser humano. Mira: hace unos días, salió una hermana al patio y vio que un grupo de niños estaba encaramado en las matas robándonos las naranjas. Si nos roban de día, qué no podrán hacer de noche, nos preguntamos, y después a mí me dio gracia, y pensé en las necesidades de la gente, y seguimos haciendo lo nuestro. Y los niños se habrán asombrado de que nos robaban en nuestras caras. No sé si es la vocación, pero vemos la vida de otra manera. Sientes más sensibilidad hacia los demás que preocupación por lo tuyo”.

¿Cuál fue el último pecado que cometieron?

Sor María Isabel: “Engañar a la señora del teléfono”.

Sor María de Jesús: “La roña que cogí con la madre superiora por no impedir que vinieras a entrevistarme. ¡Mira que se lo pedí!”.

4 Comments

  1. Bonita entrevista, una misión muy importante para los enfermos y familiares y gran apoyo a la comunidad, es gratitud y bondad en sus corazones, gracias por su apoyo a todos, saludos y larga vida

  2. Bonita entrevista! Madre mía Sor María Jesús y la madre Maria Isabel!!! Qué ilusión de verlas tan guapas!!! Soy RebeKa la sobrina de Rufinilla. Un gran abrazo desde España!

  3. Preciosa entrevista, nos acerca a seres que uno a veces los ve lejanos e idealizados y esto nos demuestra que son más cercanos a nosotros de lo que creemos. Gracias, gracias una vez más

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