
Hace años, un amigo común y yo nos reíamos de la postura de algunos de sus familiares. A mi amigo, aunque no milita en ningún partido político, puedo ubicarlo siempre a favor de muchas causas justas. Sin embargo, para algunos de sus allegados en Cuba, sus opiniones críticas al entorno nacional lo convertían en un opositor, un gusano que debía irse. Para la otra parte del clan familiar, asentada fuera del país, sus argumentos en favor del sistema social cubano lo convertían en un comunista, que debía quedarse pasando hambre y miseria en Cuba. En honor a la verdad, mi amigo no era, no es, ni opositor, ni comunista.
Están de moda los bandos en estos días. Se alzan sus barricadas, sus escándalos, sus actos y canciones y letreros. Las razones, los argumentos, generalmente, se van quedando atrás, se tornan cada vez menos visibles que los gritos y ofensas y consignazos que se propinan entre sí a la distancia de las redes. Peor, en medio de tanta bulla y tanta grosería se desdibuja, incluso, el motivo de sus discusiones, qué es lo que defienden, por qué y para qué.
Una persona que se opone al sistema social cubano pinta, en la pared externa de su casa, consignas en contra del socialismo y de sus dirigentes. En un país civilizado nada sucedería. Es su derecho, su opinión, su pensamiento. Yo no voté por ellos, podrá decir, incluso aquí. En este país, cuyo credo político dice militar en la defensa de un proyecto más humano, progresista, en busca del bienestar y mejoría del pueblo, una turba invade su portal, se dice que rompen candados y que, además de pintar la pared para borrar los escritos, dejan una consigna en el piso del portal. Dentro de la casa, la opositora está acompañada de otra persona, más dos niños pequeños y su madre, según refieren las redes. Si la narración es fidedigna, la escena se describe con llantos de los niños asustados y ofensas de los que entran a los predios de la casa. No sé qué habrán dicho, en las fotos, no lucen en verdad muy amigables.
Demasiado se ha escrito ya, demasiadas heridas salen a flote todavía, cuando se recuerdan los mítines de repudio del aquel año 80, cuando los que se iban del país por el Mariel eran ofendidos y ninguneados por su pensar y sus deseos de vivir en otro sitio. Todavía, de vez en vez, alguien pide disculpas a alguien. ¿Estamos asistiendo al regreso de tales aberraciones? ¿El fin de defender una causa justa, humana, tal se proclama el socialismo cubano, justifica los medios de abusar, maltratar, invadir el portal de un hogar donde hay mujeres y niños, por muy opositores que sean? Trato de imaginar en qué engrandece eso al socialismo cubano, en qué fortalece a la ideología de izquierda y la unión revolucionaria borrar unos letreros y asustar a una familia… Trato de imaginar a José Martí encabezando un grupo iracundo invadiendo el portal de una casa, puede que enemiga incluso, donde hubieran mujeres y niños… No lo logro.
Yo crecí oyendo que Celia Sánchez Manduley era la encargada de que se cuidara, se brindara hogar, educación y amparo material y espiritual a los hijos de quienes fueron juzgados, encarcelados o fusilados después de enero del 1959. Crecí leyendo anécdotas de que el trato respetuoso y honorable del enemigo herido o capturado era una tradición en Cuba, desde los mambises hasta el Ejército Rebelde. Me educaron diciendo que esas eran las actitudes de un ser humano digno, capaz de respetar incluso al enemigo; que las causas progresistas no se deshonran o se ensucian desde las bajezas y la miserias humanas. Me inculcó la enseñanza humanista de este país que un proceso, que se dice justo, no debe ensuciarse con la mentira, la ofensa y la fuerza bruta, mucho menos si es para defenderlo. Por supuesto que de la validez y veracidad de esta educación y anécdotas también es posible discutir, pero es harina de otro costal.
¿Entonces, en qué nos estamos convirtiendo, si la opinión política, o ya casi cualquier otra opinión a estas alturas, nos vuelve el blanco de las ofensas de cualquiera que se ubique, o nos ubique, en un bando opuesto? Por solo citar un ejemplo, determinadas instancias de este país, oficiales incluidas, más muchas personas dignas y de bien, llevan años de luchas por los derechos de la mujer, por el respeto a la diversidad sexual, por más respeto hacia los animales, porque la raza, el género o una creencia religiosa no sean un estigma o una limitante social. Esas ideas no las aprendimos en otra parte. Salieron de la educación que nos dieron en las escuelas socialistas. Entonces, si debemos convivir y respetar tales diversidades, ¿es tan difícil respetar las diversidades de pensamiento o de ideología? ¿Volvemos al tiempo de las unanimidades, al si no estás conmigo estás contra mí? ¿A qué “patriota” trasnochado se le ocurre que abuchear a una persona o repudiarla, al mejor modo de los guetos antisemitas del nazismo, es un acto de reafirmación revolucionaria? ¿Qué hace un órgano periodístico oficial convirtiendo su lucha ideológica en un vulgar chancleteo con ofensas y calificativos de la más baja ralea? ¿Esas son las armas del credo ideológico socialista? ¿Eso fortalece al país, lo hace más digno a los ojos del mundo, incluso, a los ojos de los rivales serios, de credo sólido?
Mi opinión, la simple opinión de un ciudadano, seguramente vale poco en medio de las griterías actuales. Si digo que aborrezco la política y sobre todo a los asalariados del pensamiento que hacen de ella, de cualquier política y silla, su modus vivendi y no un medio de ayudar al prójimo, todavía valdrá menos. Mas es imposible ver sin tristeza, sin sobrecogerse mucho, que el actual estado de acciones y métodos deja bastante que desear y genera no pocas preocupaciones.
Algunos provocan y algunos responden. Aquí no hablamos de ofensas y canciones en las redes y los medios. Hablamos de actos directos, físicos, de la violencia que puede empezar con gritos y abucheos, a golpes contra un candado o brochazos contra una pared, pero que cuando se desata, nadie puede saber en qué acaba.
¿Qué escenario puede desencadenarse de alguno de esos excesos? ¿Qué pasaría en una estampida de pánico o en una respuesta ciega de uno de esos repudiados? ¿Qué pasará, en medio de esos enardecimientos, si explota la goma de un auto, resuena algún petardo, algo se rompe con estrépito y provoca un tiroteo desde las fuerzas del orden contra algún grupo de civiles? ¿Qué pasará, pensemos todos, si en el arrebato de una de esas turbas desaforadas alguien muere? ¿Qué consecuencias traería un mártir de la disidencia (caído bajo la represión comunista, dirían los titulares allá) o un mártir del socialismo (caído honrosamente contra los mercenarios del imperio, dirían los titulares de aquí)? No imagino ninguna consecuencia buena. Bajo los enardecimientos y las furias de las turbas no hay ni siquiera bandos, solo hay ausencia de cordura.
Comenté algunas de estas ideas con una buena amiga. No nos conocemos en persona, las redes han forjado nuestra amistad, pero la respeto y quiero por su inteligencia y su seria y justa toma de partido en ciertas causas, siempre positivas. No cito su nombre porque usaré estas palabras suyas sin su conocimiento. Me decía que ella era comunista, ecologista, animalista, feminista, madre, educadora, legalista, que está a favor de toda forma de humanismo civilizado que no discrimine o reprima. Creo que yo me identifico, con más o menos saber y matices más, matices menos, con algunas de esas causas. De hecho, muchos de esos pensares y actitudes, los aprendimos aquí, en este sistema social, bajo la educación socialista. Me augura mi amiga que, por pensar de estos modos que ahora expongo, los dos bandos pueden atacarnos, considerar que somos, también nosotros, también estas ideas, el enemigo. “Venid, tábanos fieros. / Venid, chacales, / y muevan trompa y diente / Y en horda ataquen”, diría el cubano mayor.
Puede que ese sea el problema de los bandos. Para ser tales, necesitan un enemigo. Pero, ni los cambiacasacas de ocasión mendigando aceptaciones y anuencias (de aquí y de allá); ni los oportunistas de siempre (de aquí y de allá); ni quienes apelan a miserables argumentos personales, ofensas y calificativos peyorativos para combatir al otro y no a sus ideas (de aquí y de allá); ni los que practican la fuerza y la violencia para retener el poder o desde la aspiración de obtenerlo, ninguno me representa o me atrae o me convence. Los que hacen actos de repudio en nombre del socialismo no son ni serán revolucionarios, humanistas o progresistas. Los que desean linchar o quemar a los comunistas, si cae el socialismo, no serán mejores que a los que ahora acusan, ni traerían una Cuba mejor, si su asunción comienza con tal masacre. No sirven, para un país mejor, ninguno de esos bandos.
Tengo amigos de derechas y de izquierdas que debaten en las redes. En no pocas ocasiones conozco a ambos, de años de estudios, becas universitarias, períodos especiales y rones plebeyos de madrugada donde discutimos en vivo, con iguales pasiones y un poco menos de años. Muchas veces los veo contender, reírse juntos en buena vibra, y hasta acalorarse desde sus razones. Sin embargo, los de verdad, los que dialogan y no combaten contra el opinante sino contra la opinión, terminan invitándose a una cerveza “y, cuando pase todo esto, allá seguimos discutiendo”, dicen. Un allá que puede ser en Miami, en Madrid o que, casi siempre, es en La Habana.
Ojalá haya por ahí alguna copa, cualquier cerveza o mesa o noche, donde quepamos todos, sin que nadie hable más alto, sin ofensas, ni otro bando que no sea el de hacer una Cuba mejor y un pueblo más próspero, libre y feliz. Todavía estamos a tiempo de sentarnos para debatir y, para luego hacer, sea dicho una vez más en reafirmación vital y martiana, con todos y para el bien de todos. Ω
palabranueva@ccpadrevarela.org



Hermosa y sinceras palabras .sería lo correcto pero hay tanto daño espiritual y humano que será muy difícil .si ambos bando se comprometen a dialogar por el bien de la nación pudiéramos tener una cuba para todos los cubano