Una experiencia sinodal en la Iglesia cubana

Por: Raúl Arderí, SJ

Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC)
Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC)

Memoria agradecida de la Reflexión Eclesial Cubana (REC) y el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC)

 

Hace treinta y cinco años, el domingo 23 de febrero de 1986, se clausuró en la Catedral de La Habana el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) con una misa presidida por el cardenal Eduardo Pironio, enviado papal para esta asamblea. En la fachada del templo se podía leer un gran cartel que resumía el deseo de miles de católicos: “Iglesia sin fronteras, solidaria en el amor”. La semana de discusión del ENEC y el proceso de consulta de cinco años que lo antecedió, conocido como Reflexión Eclesial Cubana (REC), pueden ser considerados como la experiencia sinodal más importante de la Iglesia cubana en sus más de cinco siglos de historia y la mejor recepción del Concilio Vaticano II en un ambiente sui generis como es el socialismo caribeño.

En el discurso inaugural del ENEC Mons. Adolfo Rodríguez, entonces presidente de la Conferencia Episcopal, caracterizó este encuentro como la “más eclesial y a la vez la menos clerical de la historia cubana”. La mayoría de los delegados eran seglares (110), junto a presbíteros (39), religiosas (22), hermanos religiosos (dos) y los ocho obispos cubanos. Como enviado papal fue nombrado el cardenal argentino Eduardo Pironio. Los delegados al ENEC eran 115 hombres (64 %) y 66 mujeres (36 %) con un promedio de edad de cuarenta y un años, una cifra sorprendente en una Iglesia que para muchos estaba destinada a extinguirse después del triunfo de la Revolución en 1959.

Tres celebraciones marcaron la dinámica del ENEC que no puede ser reducido a su Documento Final: la visita-peregrinación al Aula Magna de la Universidad de la Habana, la velada cultural en el Seminario San Carlos y San Ambrosio y la recepción en la Nunciatura Apostólica. Las dos primeras se celebraron en la tarde-noche del 19 de febrero y tuvieron como elemento común la figura del P. Félix Varela. La peregrinación a la tumba de este sacerdote significó un desafío tanto para la Iglesia como para el Estado. Frente a una política gubernamental que miraba con recelo a los católicos e incluso discriminaba su ingreso en ciertas carreras universitarias, el ENEC reivindicó el rol político de la fe cristiana y el derecho de los fieles en la construcción del bien común. Este mensaje también significó un reto para aquellos creyentes que preferían permanecer al margen de la política y refugiarse en sus prácticas religiosas. La velada cultural en el Seminario sirvió para rendir homenaje al centro donde Félix Varela enseñó. En el discurso central de esa noche, Cintio Vitier definió el Seminario como “la primera manifestación espiritual de nuestra nacionalidad”, donde se logró infundir en el alma cubana la eticidad cristiana. Las visitas al Aula Magna y al Seminario reafirmaron simbólicamente que la fidelidad a la Iglesia y a la patria no se encontraban reñidas. La recepción ofrecida el 20 de febrero en la Nunciatura fue otro hito por la presencia de algunas autoridades gubernamentales que honraron de este modo las relaciones diplomáticas ininterrumpidas entre el Vaticano y Cuba desde 1935. El colofón del ENEC fue el inicio público del proceso de beatificación del P. Varela por la arquidiócesis de La Habana. Este sacerdote y patriota se convertía así en el paradigma fundamental de la Iglesia cubana en el nuevo contexto sociopolítico.

 

La importancia de escuchar la voz de todos (REC)

Aunque importante, el ENEC no puede ser separado del amplio proceso de consulta y participación que la Iglesia cubana desarrolló durante los cinco años previos (REC). Este proceso involucró no solo a un reducido grupo de laicos, religiosas y sacerdotes que pudieran quedar presos de una mentalidad elitista, sino a todas las comunidades cristianas a lo largo de toda la Isla.

A inicios de 1979 se celebró en Puebla, México, la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. A su regreso, el carmelita Marciano García sugirió la posibilidad de celebrar un “Puebla para Cuba”, idea retomada por el obispo emérito de La Habana Fernando Azcárate SJ en las convivencias sacerdotales de 1979. Un año más tarde, la Conferencia Episcopal acogió el proyecto y eligió a Mons. Adolfo Rodríguez para organizar los primeros pasos. En abril de 1981 un equipo presidido por él redactó una breve “hoja de ruta” que fue conocida luego como el “Documento de Camagüey” donde se pedía un proceso que involucrara a toda la Iglesia, no solo al clero y a una élite laical. En Camagüey se concluyó que no se necesitaba un nuevo texto episcopal o un estudio teológico sino “una Reflexión Eclesial con la mayor participación de toda la Iglesia cubana, sobre la evangelización en el presente y el futuro del pueblo cubano, en el contexto latinoamericano, a la luz del Vaticano II, de Medellín y de Puebla”. A partir de entonces, se amplió la comisión preparatoria con la inclusión de laicos, religiosas y otros sacerdotes.

La primera tarea de esta comisión fue redactar un marco histórico de la evangelización en Cuba y realizar un sondeo sobre diversos aspectos de la Iglesia en la Isla. La primera consulta de la REC logró impulsar un proceso de reflexión y participación en todas las comunidades. En febrero de 1983 se reunió en el santuario del Cobre los miembros de este equipo y la Conferencia Episcopal. Desde entonces la comisión preparatoria fue presidida por el nuevo arzobispo habanero Jaime Ortega y se definió el cronograma del proceso con un secretariado estable dirigido por el P. Bruno Roccaro SDB.

En junio de 1984 se realizó un nuevo encuentro para analizar los datos del primer sondeo y proponer un nuevo ciclo de consultas. Esta nueva ronda estaba destinada a diversos sectores de la Iglesia y buscaba desarrollar los primeros datos recogidos. Entre los temas propuestos estaban los elementos positivos y negativos de la idiosincrasia cubana y cómo estos repercutían en la misión de la Iglesia. También se pedía clarificar qué se entendía por evangelización, qué oportunidades la Iglesia encontraba para ello y se pedía enunciar tres medidas prioritarias para desarrollar esta misión. Una de las preocupaciones fundamentales de los católicos cubanos era “conservar y mantener la fe” en un ambiente hostil. La ronda de consulta de 1984 buscó identificar medios concretos para lograr este objetivo, distinguió la responsabilidad de los creyentes en las tensiones con el sistema político y de qué forma el testimonio cristiano podía ser percibido como un elemento reconciliador. Esta reflexión ayudó a los creyentes a no considerarse simplemente como víctimas, sino también como ciudadanos con plenos derechos. Tal cambio de mentalidad requería un largo proceso del cual la REC solo podía dar los primeros pasos. Los datos recogidos en esta ronda fueron organizados y argumentados teológicamente en el Documento de Consulta (DC) que nuevamente fue devuelto a las distintas comunidades para su discusión. El fruto de estos debates se sintetizó en un Documento de Aportes por cada diócesis.

La última etapa de la REC fue la celebración de las asambleas diocesanas donde se analizó el Documento de Aportes de la respectiva Iglesia local y sometió a debate y votación sus puntos más polémicos. El momento final de estas asambleas fue la elección de una parte de los delegados al ENEC. Las propuestas de estos encuentros fueron agrupadas teniendo en cuenta la convergencia de temas y se redactó el Documento de Trabajo (DT) que serviría de base para el encuentro nacional.

Iglesia cubana
Iglesia cubana

El rostro de la Iglesia cubana

Cuando leemos las actas (inéditas) de las asambleas diocesanas que tuvieron lugar en 1985, nos sorprende la actualidad de algunas propuestas y la libertad con que se admitieron ideas diversas sin que ello afectara la unidad de la Iglesia. En estos encuentros se logró superar una mentalidad competitiva entre los diversos carismas eclesiales donde el liderazgo laical podía ser visto como un menoscabo del rol de los pastores.

El consenso que emergió de la REC no nació de la uniformidad de criterios ni de la simple obediencia de las líneas pastorales trazadas por la jerarquía. La REC rechazó explícitamente la figura del sacerdocio como una casta separada de la comunidad y para ello abogó por estructuras de participación laical en la programación eclesial, lo cual se tradujo en la creación de los consejos pastorales diocesanos integrados por laicos, religiosas y presbíteros bajo la presidencia del obispo. También se pidió un rol activo de las comunidades en la formación de los sacerdotes, con lo que se superaba la invitación a simplemente orar por las vocaciones y apoyar económicamente el seminario. Estos encuentros pidieron espacios de formación para agentes pastorales, hombres y mujeres, que los capacitaran para el acompañamiento espiritual, los ministerios de la palabra y de la eucaristía que hasta ese momento desempeñaban de facto por la carencia de clero. La dimensión profética de este proceso se evidenció en la calificación respetuosa de los cubanos del exilio como “hermanos” y “parte del pueblo” cuando el discurso oficial los catalogaba como “escorias”.

La misión de la Iglesia en Cuba fue sintetizada en el ENEC en dos capítulos: “Fe y sociedad” y “Fe y cultura”, donde se asume una postura crítica sobre la realidad nacional pero se evita un juicio destructor de la misma que llevara a considerar los cristianos como enemigos. Una de las conclusiones de todo este itinerario fue apostar por una Iglesia dialogante, ad intra y ad extra, que pudiera convertirse en sacramento de reconciliación en medio de una sociedad polarizada ideológicamente. Para ello se rechazó la doble tentación de convertirse en un movimiento opositor o una sucursal religiosa del sistema político. El ENEC reconoció no solo los aportes que los cristianos podían ofrecer a la sociedad, sino también cómo el socialismo contribuía a una mejor comprensión del evangelio. Aunque estas consideraciones podían ser interpretadas como la asimilación acrítica de los delegados ante el marxismo, se debe reconocer que ellos no asumieron la Teología de la Reconciliación del sacerdote francés René David Roset. Este teólogo y profesor del seminario habanero defendía la sociedad sin clases y la propiedad común sobre los medios de producción como el modelo político-económico más semejante al ideal evangélico. La Iglesia no podía, por ello, permanecer al margen de tal proceso político y debía reconciliarse con el comunismo. A pesar de la autoridad moral del P. René David y sus aportes a la REC y al ENEC, los delegados a este evento decidieron preservar la legítima diversidad de opciones políticas y la no identificación del socialismo como el único modelo posible para realizar la vocación política del cristiano. Tales discusiones hoy nos pudieran parecer obsoletas, pero en 1986 muy pocos imaginaban el derrumbe del comunismo en Europa del Este.

El ENEC concibió la misión eclesial como “una conciencia crítica dentro del compromiso serio con la sociedad”. Creo que la postura de la Iglesia cubana, a partir del ENEC, ha acentuado cada uno de los dos polos de esta frase, según las convicciones personales de sus líderes y las diferentes circunstancias de la historia reciente de Cuba. El sueño de una Iglesia encarnada, que formuló esta asamblea, exige por un lado la cooperación de los cristianos con todas las fuerzas que promueven “el progreso espiritual, moral, social, económico, político y cultural de la sociedad”. Para los delegados del ENEC, la solidaridad con los valores positivos del sistema político y la coherencia de la propia vida cristiana eran los medios por excelencia para el compromiso social. Por otro lado, la misión de la reconciliación significaba “ser la voz de los que no tienen voz en la sociedad: los pobres, los despreciados, los marginados…”. La Iglesia soñaba ser un espacio donde todas las voces fueran acogidas, también las que no repetían la ideología oficial, aunque esta postura trajera aparejada la incomprensión y la crítica. Aun previendo situaciones difíciles que no tardaron en aparecer después del ENEC, sus delegados no quisieron renunciar a la vocación de diálogo “con la libertad del profeta […] y la prudencia del pedagogo”.

 

Un balance a treinta y cinco años de distancia

En la sesión de clausura del ENEC, Mons. Adolfo Rodríguez, a nombre de la Conferencia Episcopal, declaró “el reconocimiento formal de los obispos al Documento de la ENEC, a su valor, a sus significados, a su destino, a su letra y a su espíritu”. En este momento, el Documento Final del ENEC todavía no había sido redactado, sino que el mismo se elaboraría a partir de las discusiones del plenario. Las palabras de Mons. Adolfo declaraban implícitamente que los resultados del ENEC no deberían tener en adelante simplemente un carácter consultivo, sino que marcarían el rumbo de la Iglesia cubana. No solo se valoraban los contenidos consensuados en esta asamblea, sino también su “espíritu”, es decir el modelo de participación de toda la Iglesia durante los cinco años de la REC. Sería incorrecto considerar el ENEC como un acontecimiento puntual, muy significativo pero aislado temporalmente. Su valor solo puede explicarse a partir del itinerario de la REC, donde pastores y fieles fueron educados en la escucha recíproca y la responsabilidad mutua por el futuro de la Iglesia.

Las palabras de Mons. Adolfo implicaban, en su sentido más radical, la apuesta por una Iglesia definida como comunión y participación, según la Conferencia de Puebla. El Vaticano II había asumido la categoría Pueblo de Dios para subrayar la común dignidad de todos los bautizados y su responsabilidad en la edificación de la Iglesia antes de detenerse a explicar la diversidad de ministerios en su interior. Mucho mejor que todos sus contenidos, el estilo de la REC y el ENEC mostró cómo las enseñanzas del Concilio habían sido recibidas por la Iglesia cubana de entonces.

Este fue el signo profético de este itinerario más allá de sus decisiones puntuales que deben ser enmarcadas en un determinado contexto histórico.

A partir de la REC y el ENEC la Iglesia cubana intensificó su labor evangelizadora, consciente que tenía una buena noticia que ofrecer a un pueblo que soñaba con construir un modelo alternativo de sociedad. Numerosas instituciones y publicaciones católicas que comenzaron a desarrollarse en los años sucesivos mostraron una faceta nueva de la Iglesia, más allá de la labor parroquial a la que se había quedado prácticamente confinada en los primeros años de la Revolución. Por otro lado, el colapso del socialismo en Europa del Este pocos años después y la grave crisis económica que Cuba enfrentó a partir de entonces hicieron cuestionables muchas de las conclusiones de este proceso, pero no así su estilo. En los años sucesivos, no fue posible mantener el mismo nivel de participación laical que caracterizó este camino. La prueba más evidente de ello es que treinta y cinco años después no hemos sido capaces de institucionalizar un espacio de diálogo intraeclesial como fue la REC, que permitiera afrontar juntos los desafíos de un contexto que ha variado con más rapidez que los primeros veinticinco años de Revolución socialista. Con la llegada a Cuba de numerosos agentes de pastoral y la superación de ciertas restricciones materiales para la Iglesia, también se ha retrocedido en el protagonismo de los laicos quienes se han convertido, en muchos casos, en buenos ejecutores de las decisiones de la jerarquía, según la mentalidad preconciliar. En cierta medida hemos vuelto, al menos teóricamente, a un modelo de Iglesia piramidal que caracterizaba el régimen de cristiandad.

El proceso de la REC y el ENEC sigue siendo un referente ineludible y quizás el acontecimiento más importante de toda la Iglesia cubana en sus cinco siglos de historia, donde por primera vez todo el pueblo de Dios, pastores y fieles, soñaron juntos un futuro común. ¿Nos atreveríamos a intentarlo nuevamente? Ω

rjarderi@gmail.com

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