Un pueblo que despierta a la era de la información y una Iglesia que vive para comunicar

Por: padre Rolando G. Montes de Oca Valero

Hace algunos días me encontré un post que decía: “Este 2020 no pienso cumplir años porque total, ni lo he usado”. Me sacó una sonrisa y me hizo pensar.  Este ha sido un año duro en muchos sentidos, no obstante, para los cubanos ha significado un paso importante en la superación de un larguísimo letargo informativo. Desde esta perspectiva, los cubanos sí hemos usado el 2020.

El Internet, que nos va llegando en un proceso lento, y con precios a menudo prohibitivos, ha llenado la vida de la gente con un montón de textos, fotos e incluso videos que cuentan las historias cotidianas, antes desconocidas o tan solo rumoradas, de la mismísima sociedad cubana.

Al fenómeno del Internet se ha añadido el de las redes sociales. Por lo que se ha hecho común escuchar el “Deja que yo te cuente…” de siempre, seguido por un “lo que vi en el Facebook”. Y es que Internet ha significado en el mundo entero la democratización de la información; algo que también adquiere relieves singulares cuando hablamos de Cuba.

Durante décadas el flujo de información en Cuba ha estado determinado no por el interés público sino por el discurso único de lo que “se tiene que decir” y que los espectadores atendemos con la escasa curiosidad que pueda suscitar “lo que quieren que yo escuche o crea”. Ahora, en cambio, empezamos a experimentar lo que se siente al contrastar una noticia, ir a la fuente, preguntarnos “por qué lo dicen así”; en fin, ser protagonistas, responsables, adultos.

Este despertar informativo es un camino que va del absolutismo de la información incontestada, al diálogo informativo y las discusiones digitales. Con los medios tradicionales cubanos la información moría en el “destinatario indefenso”, que a lo sumo comentaba un poco a su alrededor sin otra incidencia. Ahora este destinatario tiene un espacio en blanco que lo invita a comentar, responder, criticar o compartir, reaccionar con un emoticon o un sticker, seguir o bloquear a su interlocutor. Se da la posibilidad del diálogo, de la réplica, de la discusión y de elegir en qué términos llevarla a cabo.

El 2020 se inauguró para los cubanos en medio del proceso que da el paso de la privatización informativa a la democratización de este campo. Antes, la realidad precisaba de un profesional para ser contada. Ahora cada uno puede publicar lo que está ocurriendo o lo que está pensando. Es llamativa la cantidad de personas y de criterios que en otra época hubieran pasado “invisibles” para el pueblo de a pie, y ahora, en cambio, son conocidos, apoyados o criticados, pero existentes y relevantes. A pesar de todo están, “gústele a quien le guste y pésele a quien le pese”.

Estos son tiempos donde los destinatarios son también fuente de información, de opinión, generadores de procesos, no simples espectadores sino actores reales incidiendo en la cultura y la sociedad. En estos tiempos el “periodista” que quiera “tapar el sol con un dedo” o ignorar lo que la gente considera relevante sabe que tendrá que vérselas con un público que interviene y reacciona y que puede sepultar para siempre su reputación por “informador desinformante”. Gracias a Dios, estos tiempos están llegando para Cuba.

El camino también ha ido de la censura paternalista al discernimiento y la responsabilidad personal. Mientras hemos tenido una sola fuente de información, es esa fuente la que ha decidido lo que el pueblo ve, qué le hace bien o mal, lo que existe o no para el pueblo. Ahora le toca a cada uno ser su propio censor. Es personal la responsabilidad de escoger, porque en la gran red hay de todo, y no todo hace bien. Es, como decía antes, el paso a la edad adulta donde cada uno elige y es responsable.

Este paso a la diversidad y a la adultez informativa, está planteando el desafío de aprender a escuchar y a respetar el desacuerdo para disponernos al diálogo. Se trata del paso decisivo hacia el “saber estar” en estas ágoras donde lo más normal es que no todo nos guste. Disentir y respetar el criterio ajeno, así como escuchar al otro para disponernos al diálogo es un desafío tan difícil como necesario, si queremos que nuestra presencia en las redes y en la vida misma sea constructiva y positiva.

En el 2020, una realidad que despertó la ilusión de muchos fue la transmisión televisiva de la misa dominical. Como Iglesia hemos vivido la eterna espera de un permiso para recuperar los espacios de radio y televisión que nos fueron retirados en los años sesenta. Este permiso fue, primero, rotundamente denegado, y luego atendido con migajas de esporádicas y breves alocuciones radiales para obispos. A pesar de que eran de media hora y muy temprano en las mañanas del domingo, las misas televisadas dejaron a muchos con la ilusión frustrada de que se pudieran mantener.

Más allá de los espacios en los medios tradicionales, la Iglesia pudo continuar su misión, sin violar el requerido distanciamiento social. Para muchos católicos cubanos, el confinamiento de la covid-19, significó un despertar de la creatividad evangelizadora en las redes sociales. De manera especial, durante el confinamiento varios sacerdotes y algunos obispos transmitieron las misas en Facebook e Instagram. Del mismo modo, grupos de jóvenes, matrimonios, movimientos laicales y otros, se dieron cita en plataformas digitales para compartir y celebrar la fe.

La delantera en esta “nueva” presencia de la Iglesia en las redes, la han tenido los jóvenes. Ellos han creado páginas de Facebook y canales de Youtube donde continúan transmitiendo misas, catequesis, programas informativos, momentos de oración y formación, etc. Pero, sobre todo, se han mantenido atentos a la realidad para iluminarla desde la fe. Realizan un auténtico trabajo periodístico ejercido por personas que, en su mayoría, no son profesionales de la comunicación, pero que tienen la mano en el pulso del tiempo y se proponen responder a cada desafío desde la única especialidad que no debe faltarnos: Jesucristo.

No son pocos. En casi todas las diócesis cubanas existen grupos organizados o laicos que, a título personal, responden a la exigencia misionera de su bautismo, y han decidido no dejar sin Jesucristo y su mensaje salvador estos espacios, donde acuden tantos y tantos continuamente.

Es grande y variada la oferta de sitios o páginas que se pueden visitar en las redes. Los comunicadores de la fe en ambientes digitales saben que se enfrentan a una tremenda competencia, y saben también que han de presentar el evangelio de modo que no sea “algo más”. En este mundo de las comunicaciones, donde lo divertido e interesante atrapa al público más numeroso, estos misioneros digitales tienen el desafío de volver interesante lo importante, de presentarlo de modo que todos puedan tener contacto con la presencia fascinante de Jesucristo y con la belleza de su Iglesia.

En este camino lo primero es estar, y saber estar para que Cristo esté. La identidad digital es importante y se forma no solo con lo que publicamos, sino también con lo que compartimos, comentamos y ante lo cual reaccionamos. Quiénes somos y cómo nos comportamos en las redes equivale exactamente al testimonio cristiano.

Comunicamos con todo, con lo que decimos y con lo que callamos. Todo comportamiento lanza un mensaje. Los silencios a veces son necesarios, pero a menudo hablan solo de vacío o inexistencia. En el mundo digital, si no publicas, no estás, no existes.

Cuando desde la Iglesia, por temor a fallar, preferimos no contestar un mensaje o rehusamos dar una respuesta porque es compleja o se presta a malas interpretaciones, dejamos que sean otros quienes cuenten nuestra historia y juzguen nuestro silencio, seguramente de un modo, como mínimo, inexacto. Entonces perdemos una oportunidad de mostrar quiénes somos y quién es Jesús, la razón última de todo nuestro obrar. Éste, lamentablemente, ha sido a veces nuestro error.

Es cierto que no todas las personas tienen la obligación de hacerse un perfil en las redes y permanecer activos, algunos prefieren no estar y merecen respeto. Pero para la Iglesia no existe la opción. La Iglesia vive para comunicar y hacer inolvidable a Jesucristo. Donde está su pueblo, allí debe estar la Iglesia con su Luz y su Sal. La Iglesia de Cristo no puede permitirse ni un contenido soso que no aporte sabor nuevo del evangelio, o que no ilumine lo que para el pueblo es importante, ni muchísimo menos abandonar el espacio de la reflexión y el debate, renunciando a su palabra que, fiel a Jesucristo, será siempre nueva. La evasión, el no comment es con frecuencia el peor comentario.

Es muy bueno el hecho de que la Iglesia en Cuba a través de los fieles, parroquias y otros agentes esté cada día más presente en Internet, pero no es suficiente. Es necesario que esta presencia sea de mayor calidad. Como decíamos antes, no se trata solo de estar, sino de saber estar, de ser relevantes. Se trata de iluminar desde el evangelio lo que se vive hoy, de encarnar el mensaje, de tal modo que el texto, la imagen, el video que encuentre el cubano de a pie en su teléfono, lo mueva no solo a dar un “me gusta”, sino que incida en su vida real, en su fe, en su comportamiento, o sea que lo comprometa. Esto, para la Iglesia es saber estar en las redes.

En esta Cuba donde interactuamos, opinamos y discutimos en público, se sigue echando de menos la existencia de una oficina de comunicación. La Iglesia necesita de esta instancia que analice la realidad con criterios evangélicos y elabore la respuesta oficial de la Iglesia ante cada nuevo desafío. La necesitamos para que nos ayude a no perder una oportunidad de hacer presente la Palabra de Dios, para que exprese el sentir de los pastores de la Iglesia sin dar lugar a ambigüedades o interpretaciones tendenciosas que empañen la hermosa misión de la Iglesia en Cuba, para que, como un faro, sirva de guía a los que, en la gran red queremos hacer presente el Reino de Dios.

Este 2020 se cierra para los cubanos en medio de un despertar informativo, por el cual no solo todos conocemos más sobre todos, sino que compartimos lo que hacemos y pensamos como pueblo, lo cual tiene inevitables consecuencias culturales y sociales. Surge una Cuba nueva. Que nuestra presencia como Iglesia en Internet y en las redes, le dé a esa Cuba el contenido cristiano que necesita, para que sea la Cuba feliz que quiere Dios y añora nuestro pueblo. Ω

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