Alocución 17 de enero de 2021

Por: S.E.R. cardenal Juan de la Caridad García

Hoy, en todas las iglesias católicas del mundo se escucha el evangelio según San Juan, capítulo 1, versículos 35 al 42.

(EVANGELIO)

El diácono Junior Antonio nos comenta este texto bíblico:

De la confesión de Juan el Bautista puede decirse lo que dijo el Señor de la de Pedro en Cesarea de Filipo: “Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del Cielo”. Movido por el Espíritu Santo, el más grande de los profetas nos presenta al Señor como el Cordero de Dios. Es entonces esta Palabra del profeta, la Palabra revelada de Dios: la Palabra que es él y se ha manifestado plenamente en su hijo Jesucristo. Él es el único salvador; Él es el único Dios, y no hay otro, como proclama el salmista, el único Dios que se ha hecho compañero de camino en su Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, salvador de sus hermanos.

La Liturgia de la Palabra de Navidad, que hace poco hemos celebrado, y por la que también nosotros pudimos vivir la alegría renovadora de haber encontrado el Mesías, nos presentó algunos títulos que nos revelan la identidad de Jesús: el Emmanuel, la Palabra, Verbo de Dios encarnado, entre otros.

También los regalos de los sabios de Oriente, en este sentido nos ayudan a comprender quién en Jesús, a qué ha venido a este mundo. El incienso indica que es Dios, el oro que es rey, pero la mirra es un regalo peculiar, habla por sí misma de su identidad, pero referida a su misión. La mirra será para honrar sus sacrificios. Este regalo vaticina la misión de Jesús, la misma que le anuncia Juan el Bautista cuando lo señala en presencia de sus discípulos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

En el Antiguo testamento, en el libro del Génesis, Dios provee el cordero para el sacrificio en lugar de Isaac y salva su vida. También está la imagen del cordero en la cena de Pascua; y la sangre marcó los dinteles de las casas de los israelitas y salvó a sus primogénitos del ángel exterminador. Con la sangre del cordero quedó sellada la alianza entre Dios y su pueblo.

Cordero de Dios es un título que expresa una misión. Jesús, el que es considerado por muchos el profeta, el Maestro, es el Mesías, el ungido, el Cristo, la Palabra de Dios, cuerpo encarnado, el Emmanuel, Dios con nosotros, el cordero definitivo de Dios, que como oveja llevada al matadero, ha venido a entregarse por ti y por mí, por nosotros, en lugar nuestro para, con su muerte, vencer nuestra muerte y con su resurrección regalarnos nueva vida. Es aquel que con su sangre derramada nos libra del mal, de las muerte cotidianas en las que nos sepultan nuestros egoísmos, y sella la nueva alianza y definitiva de Dios con los hombres.

La Carta a los Hebreos que estamos leyendo y meditando durante esta semana nos descubre justamente que Cristo, nuestro Señor, es el Cordero de Dios, el que se ha inmolado para librarnos del mal, para librarnos, al decir de santa Teresa, “de nosotros mismos”, de nuestra inclinación al pecado.

Dice el evangelista san Juan que el Bautista se fijó en Jesús que pasaba. San Agustín decía, “tengo miedo de Cristo que pasa”, porque distraído, preocupado, podría no advertir que el Señor tocaba a su puerta, como también dice San Juan de Jesús en el Apocalipsis para ilustrarnos que siempre el Señor nos busca.

¿No valdría la pena preguntarnos, y nosotros nos fijamos en Él? ¿Cuántos buscamos a Jesús? Desde el día del bautismo nos hemos encontrado con Jesús, el Cristo. Pero quizás no recordamos aquel primer encuentro porque fuimos bautizados de pequeños. Quienes han sido bautizados de adultos recuerdan perfectamente aquel momento, y quizás como el evangelista tienen en sus memorias hasta la hora en qué sucedió, por lo que ha significado para sus vidas. Igual sucede a quien quizás no va todos los domingos a la Iglesia, pero un día fue por vez primera, se sintió bendecido y con gran paz cayó rendido como Jacob hasta decir “Dios está en este lugar”. Entonces… ¿por qué no vuelves? Tú, como dice San Ambrosio, “no debes temer”, porque ya has sido sanado.

Hoy somos invitados a renovar nuestro encuentro, aquel que marcó nuestras vidas y nos hizo descubrir, como el Bautista, a Jesús delante de nosotros. Sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas reavivamos hoy aquel encuentro en que dimos nuestro sí como testigos enviados del evangelio. Busquemos al Señor en la oración, y cuando nos encontremos con nuestro pueblo nos verán el rostro resplandeciente como el de Moisés cuando bajaba de su encuentro con Dios. Matrimonios, renueven el sí del día que se tomaron de las manos delante del altar, y hondamente experimentaron que habían encontrado al Mesías de su amor, de su familia.

Hoy, en esta situación de pandemia, ante dudas, incertidumbres, estrechamientos, escasez, confinamiento, el Señor también nos pregunta: ¿qué buscan? Ciertamente buscamos alimentos, aseo, medicamentos, bienes para vivir, pero aunque con esfuerzos heroicos pudiéramos hacer acopio de ellos, sucederá con estos como con el agua que la samaritana iba a buscar al pozo una y otra vez, se agota. Santa Teresa de Calcuta dijo que este mundo, más que hambre material, tiene hambre de Dios. Somos invitados a encontrarnos con quien dura para siempre, el que alimenta espiritualmente nuestra persona. Encontrarlo es seguro, porque es Él quien pasa, sigue haciéndose encontradizo. Dios siempre tiene la iniciativa. Como dice el Papa Francisco, aquel encuentro de las cuatro de la tarde, de los discípulos y el Bautista con el Señor, acontece cada día en el mayor de los milagros: la eucaristía. Y la confesión de Juan es la confesión de la Iglesia dicha por el sacerdote hasta el fin de los tiempos, la confesión de la verdad plena, definitiva y salvadora. Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

El Hijo de Dios entró en la historia del hombre para que el hombre comprendiera la historia, la historia de su paso salvífico que nos conduce a la eternidad. Cristo pasa a nuestro lado y nos invita a seguirle. Vengan y verán. Vengan y verán que con Jesuscristo siempre se está mejor, que se comparte más el pan y que podemos ser pobres, sí, pero hermanos, familia. Es entonces cuando comprendemos y vivimos el regalo de las bienaventuranzas y con esperanzas renovadas soñamos mientras vamos sembrando el bien y el amor lo que rogamos en el Padrenuestro: Venga a nosotros tu Reino. Y podemos ir a decir a nuestros familiares, vecinos, amigos, hemos encontrado al Mesías.

Contagiémonos entonces con esta salvación, y como el Bautista sigamos anunciando al mundo que Jesucristo es el único que quita el pecado.

(CANTO)

Ante las dificultades el Papa francisco nos invita a alabar a Dios como Cristo hacía. Dice el Papa en la audiencia del 13 de enero: “Hay una gran enseñanza en es oración que desde hace ocho siglos no ha dejado nunca de palpitar, que San Francisco compuso al final de su vida: el ‘Cántico del hermano sol’ o ‘de las Criaturas’. El Pobrecillo no lo compuso en un momento de alegría, de bienestar, sino al contrario, en medio de las dificultades. Francisco está ya casi ciego, y siente en su alma el peso de una soledad que nunca antes había sentido; el mundo no ha cambiado desde el inició de su predicación, todavía hay quien se deja destrozar por las riñas, y además siente que se acercan los pasos de la muerte. Podría ser el momento de la decepción, de es decepción extrema y de la percepción del propio fracaso. Pero Francisco en ese instante de tristeza, en ese instante oscuro reza, ¿cómo reza? ‘Laudato sí, mi Señor…’. Reza alabando. Francisco alba a Dios por todo, por todos los dones de la creación y también por la muerte, que con valentía llama ‘hermana’, ‘hermana muerte’. Estos ejemplos de los Santos, de los cristianos, también de Jesús, de alabar a Dios en los momentos difíciles, nos abren las puertas de un camino muy grande hacia el Señor y nos purifican siempre”.

(CANTO)

En los momentos difíciles lo mejor es compartir. Un periodista preguntó a un campesino por qué el trigo que cultivaba era el mejor de la región y le permitía ganar los concursos anuales de agricultura. El granjero le contestó que el secreto de su éxito radicaba en que compartía sus semillas con sus vecinos. ¿Por qué hace eso, no ve que sus vecinos pueden competir con usted en el concurso? Mire, señor, apuntó el campesino. El viento lleva el polen del trigo maduro de una plantación a otra. Si mis vecinos cultivasen trigo de una calidad inferior al mío, la polinización acabaría dañando mi propia plantación, y mi trigo perdería calidad. Si quiero cosechar buen trigo, tengo que ayudar a que mis vecinos lo hagan también-

Lo mismo sucede a menudo en nuestras vidas. Aquellos que desean tener éxito, deben procurar que sus vecinos lo tengan también. Quienes deciden vivir bien, deben ayudar a que los demás puedan hacerlo también. Porque el valor de una vida se mide por las vidas que modifica. Aquellos que optan por ser felices deben ayudar a que otros también lo sean, porque el bienestar de uno está unido al de los demás.

(CANTO)

Santa Teresa de Jesús acude en nuestro auxilio en medio de nuestras preocupaciones y escuchamos sus letrillas

“Nada de turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le falta… Nada de turbe, nada te espante, solo Dios basta”.

“La paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”.

“Eleva el pensamiento, al cielo sube, por nada te acongojes, nada te turbe. A Jesucristo sigue con pecho grande, y, venga lo que venga, nada te espante”.

“¿Ves la gloria del mundo? Es gloria vana; nada tiene de estable. Todo se pasa. Aspira a lo celeste, que siempre dura; fiel y rico en promesas, Dios no se muda”.

“Ámala cual merece bondad inmensa; pero no hay amor fino sin la paciencia”.

“Confianza y fe viva mantenga el alma, que quien cree y espera todo lo alcanza. Del infierno acosado aunque se viere, burlará sus furores quien a Dios tiene. Véngale desamparos, cruces, desgracias; siendo Dios su tesoro, nada le falta”.

“Id, pues, bienes del mundo; id, dichas vanas, aunque todo lo pierda, sólo Dios basta”.

(CANTO)

La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes, sobre sus familias, sobre los enfermos, sobre los que se preocupan, y permanezca para siempre. Amén

(CANTO)

A continuación ofrecemos íntegramente la alocución del cardenal y arzobispo de La Habana, Mons. Juan de la Caridad García.

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