III Domingo del Tiempo Ordinario

Por: p. José Miguel González

24 de enero de 2021

Domingo de la Palabra de Dios

El Señor dirigió la palabra a Jonás: “Ponte en marcha”.

Nosotros le decimos: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas”.

Jesús les dijo: “Vengan en pos de mí y les haré pescadores de hombres”.

 

Lecturas

 

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Jonás 3, 1-5. 10

El Señor dirigió la palabra a Jonás:
“Ponte en marcha y ve a la gran ciudad de Nínive; allí les anunciarás el mensaje que yo te comunicaré”.
Jonás se puso en marcha hacia Nínive, siguiendo la orden del Señor. Nínive era una ciudad inmensa; hacían falta tres días para recorrerla. Jonás empezó a recorrer la ciudad el primer día, proclamando: “Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada”.
Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo sayal, desde el más importante al menor.
Vio Dios su comportamiento, cómo habían abandonado el mal camino, y se arrepintió de la desgracia que había determinado enviarles. Así que no la ejecutó.

 

Salmo

Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9

  1. Señor, enséñame tus caminos.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R/.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. R/.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. R/.

 

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios 7, 29-31

Digo esto, hermanos, que el momento es apremiante.
Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 14-20

Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Conviértanse y crean en el Evangelio”.
Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
Jesús les dijo: “Vengan en pos de mí y les haré pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación, los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

 

Comentario

 

El Papa Francisco ha instituido este tercer domingo del Tiempo Ordinario como el Domingo de la Palabra de Dios para toda la Iglesia universal. Decía el Santo Padre en septiembre de 2019: “Dedicar concretamente un domingo del Año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable. Actualmente se ha convertido en una práctica común vivir momentos en los que la comunidad cristiana se centra en el gran valor que la Palabra de Dios ocupa en su existencia cotidiana. En las diferentes Iglesias locales hay una gran cantidad de iniciativas que hacen cada vez más accesible la Sagrada Escritura a los creyentes, para que se sientan agradecidos por un don tan grande, con el compromiso de vivirlo cada día y la responsabilidad de testimoniarlo con coherencia. Es bueno que nunca falte en la vida de nuestro pueblo esta relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Esposa, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe. Así pues, establezco que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios”.

Desde este púlpito virtual, que hemos denominado Palabra de hoy, pretendemos poner nuestro granito de arena para cumplir este deseo del Papa: que la Palabra de Dios nos llegue cada domingo, y también en otras solemnidades, como el alimento del espíritu del que no podemos prescindir, como aire fresco que nos oxigena, como agua limpia que nos da vida, como fuerza viva que nos revitaliza, como fuego que nos purifica y aquilata, como semilla que nos fecunda, como espada afilada que penetra y discierne, como luz que disuelve las penumbras y oscuridades. Palabra de hoy nos ofrece las lecturas de la liturgia del día, un comentario y una oración, con la intención de prepararnos a la celebración de la Eucaristía desde un momento previo de reflexión, meditación y oración. Nunca hemos de olvidar que Cristo es la Palabra del Padre, con quien nos encontramos en la Sagrada Escritura. Palabra de hoy pretende ser una ayuda al encuentro personal con Cristo, sin lo cual cualquier otra palabra es vana y vacía. Qué importante es que leamos, meditemos y oremos con la Sagrada Escritura personalmente, en familia o en comunidad. Decía San Jerónimo que ignorar la Sagrada Escritura es ignorar a Cristo. Acoger la Palabra es acoger a Cristo. Que Él desde su Palabra nos siga ayudando a crecer en el amor y el testimonio. Agradezcamos al Señor por el regalo de su Palabra, y sintámonos con el compromiso de vivirla y la responsabilidad de testimoniarla desde la coherencia de cada uno en su propia vida.

La Palabra de hoy nos presenta a Dios dirigiendo su palabra a Jonás. Jonás podemos ser cada uno de nosotros. Como a Jonás, Dios nos llama a ponernos en camino hacia la gran ciudad, que representa la sociedad y el mundo en el que vivimos. Conocemos por la historia completa de Jonás que no fue nada fácil para él obedecer a Dios, que rehusó su invitación y huyó de su presencia. Llamado a ser mensajero de Dios, necesitó primero convertirse él mismo para después anunciar el mensaje de la conversión. De esta manera su testimonio partió de su experiencia vital frente a Dios y en ella se apoyó su poder de convicción. También nosotros hemos de ser testigos de aquello que Dios ha obrado en nosotros. En medio de un mundo cada vez más indiferente y ajeno a las realidades transcendentes, hemos de predicar principalmente con el ejemplo, sin miedo a manifestar las grandezas que el Señor ha obrado en nosotros desde el reconocimiento de nuestras propias miserias. Y el Señor se ocupará del resto.

El Salmo 24 es una preciosa y sencilla oración, que nos invita a ser humildes y a confiar en el Señor. Nadie mejor que Él conoce nuestra historia y el porvenir. Pedirle que nos enseñe sus caminos implica ser conscientes de nuestra pobreza y limitación.

San Pablo invita a los Corintios a no quedar atrapados por el momento presente y por las realidades que nos envuelven. Sin renunciar a vivir la vida presente con naturalidad, como regalo de Dios, hemos de proyectar nuestra mirada más allá de lo que se ve y se toca. Somos ciudadanos del cielo, llamados a la vida eterna. La precariedad y provisionalidad de este mundo se acabará y dará lugar un día a lo definitivo y eterno, al tiempo de Dios.

En el Evangelio nos encontramos a Jesús comenzando su ministerio en la Galilea de los gentiles, de los menos religiosos, de los más rebeldes, anunciando la cercanía del Reino de Dios, con la llamada a la conversión y la invitación a creer en el Evangelio. En Él mismo encontramos el significado del reinado de Dios que nos anuncia: Dios mismo que se acerca a nosotros y nos da la mano para que nosotros nos acerquemos a Él y vivamos en paz y libertad. Su aceptación exige conversión continua y cambio de mentalidad, que afecta a nuestros comportamientos y a todos los aspectos de nuestra vida personal y comunitaria. Creer el Evangelio significa aceptar la Buena Noticia, esto es, que Dios nos ama y por eso nos perdona, que quiere hacernos hijos suyos.

Para esta misión Jesús quiso contar desde el principio con nosotros y por eso llamó a algunos a seguirle dejándolo todo. Llama la atención cómo Jesús es quien toma la iniciativa. Él es quien elige, quien llama a cada uno por su nombre y les invita a seguir sus huellas con la promesa de convertirles en “pescadores de hombres”, esto es, en testigos, en misioneros enviados a trabajar para Dios, a curar los corazones destrozados y a conquistarles para el Señor, a sembrar la semilla del Reino, a anunciar el amor de Dios hecho carne en Cristo, desde la experiencia de haber sido curados, sanados, revitalizados por Él. Esta llamada la dirige Jesús a todos los que queremos ser sus discípulos y nos hemos sentido fascinados por su persona y su mensaje. No es sólo para los consagrados y consagradas en la vida sacerdotal y religiosa. Todos en el bautismo hemos sido llamados por Él a ser sus testigos.

La respuesta de los discípulos fue contundente. Lo dejaron todo inmediatamente y marcharon en pos de Él, tras sus huellas. Efectivamente, ante Jesús no podemos andarnos con medias tintas ni quedarnos a mitad de recorrido. Jesús nos lo da todo y también nos lo pide todo. Y todo es todo. Esta manera de comprender la vida choca, por supuesto, con la mentalidad actual de la parcialidad, de la provisionalidad, del miedo a los compromisos definitivos, del temor a equivocarse, del egoísmo escondido en una especie de prudencia calculada, del pánico a quemar las naves y lanzarse a la conquista de nuevos horizontes. Dejarlo todo significa perderlo todo para ganarlo todo. Ya decía San Pablo que todo lo había estimado basura y pérdida comparado con Cristo. Muchos discípulos de Jesús lo han vivido así a lo largo de la historia de la Iglesia hasta las últimas consecuencias, en tantas ocasiones hasta el martirio… hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares, también en la actualidad. Seguir a Cristo, con todo, a tiempo completo, con lo que somos y tenemos, vale la pena. Si otros lo hicieron, cómo no vamos a ser capaces de hacerlo también nosotros en nuestro tiempo. Para ello Cristo mismo nos dará su gracia y la fuerza de su Espíritu.

 

Oración

 

Señor, enséñame tus caminos.

Jesús, de nuevo hoy siento el poder y la fuerza de tu llamada.

Tu llamada es un gesto de confianza y de amistad. Quieres contar conmigo.

Me llamas a salir de mí mismo, a ponerme en camino, como Jonás, hacia la gran ciudad, con una misión, en un mundo atormentado y revuelto, que necesita testigos de la luz.

Señor, enséñame tus caminos.

Tu llamada es llamada a la conversión: me invitas a abandonar mi vida de pecado, de comodidad, de egoísmo, de planes propios, de lujos superfluos, de idolatrías escondidas.

El momento es apremiante, se ha cumplido el tiempo, es la hora del Reino.

Conviérteme a ti, Señor, y dame la fe para creer en tu Buena Noticia.

Señor, enséñame tus caminos.

Tu llamada es llamada al seguimiento: a ir en pos de ti, tras tus huellas, sin mirar atrás, dejándolo todo, sobre todo a mí mismo.

Seguirte, Señor, significa estar dispuesto a cargar con la Cruz, a perder la vida, a olvidarse de personas y lugares, a caminar sin ser dueño del destino, confiando sólo en tu Palabra.

Señor, enséñame tus caminos.

Tú me dices: Deja tu barca y tus redes y ven conmigo mar adentro. Te haré pescador de los hombres y mujeres de tu entorno, testigo del Evangelio, luz de las naciones, padre y madre de muchos, semilla del Reino.

Y yo te digo: Aquí estoy, conviérteme, llámame, envíame.

Señor, enséñame tus caminos.

 

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