Alocución 24 de enero de 2021

Hoy, en todas las iglesias católicas del mundo, se lee el evangelio según San Marcos, capítulo 1, versículos 14-20.

(EVANGELIO)

Jesús invita a cuatro pescadores para que lo sigan y, como trabajadores pacientes, pesquen personas para la mayor gloria de Dios y felicidad de ellos, sus familias, sus amigos, sus vecinos, sus pueblos.

Uno de los llamados, quien obedeció inmediatamente a Jesús, fue Andrés. Él le dijo a Jesús, su Maestro, cuando la multiplicación de los panes, que un niño tenía cinco panes y dos peces. Andrés murió crucificado en Patras, Grecia. El otro pescador fue Simón, hermano de Andrés, quien testimonió que Cristo es el Hijo de Dios viviente. Jesús le puso el nombre de Kefas (piedra, Pedro). Recibió la palma del martirio también crucificado, pero según la tradición, cabeza abajo porque se consideraba indigno de morir como su Maestro. El otro pescador de peces, convertido en pescador de personas, fue Santiago, hijo de Zebedeo, testigo privilegiado de la resurrección de la hija de Jairo, de la Transfiguración de Jesús  y de su agonía en Getsemaní. Fue decapitado hacia el año 44, en tiempos de Herodes Agripa, durante la Pascua.

El otro pescador del evangelio de hoy es San Juan Evangelista, el joven cautivado por Cristo, a quien le encantaba oírlo, seguirlo, vivir sus enseñanzas y comunicarlas a través de su ejemplo y la escritura del cuarto evangelio y sus cartas.

Queremos seguir inmediatamente a Cristo como Andrés, Pedro, Santiago y Juan. Y sabemos que Cristo no hace solo una llamada, sino muchas. Nos ayudará a seguir a Cristo leer el evangelio de Juan y las cartas de San Pedro.

(CANTO)

El Papa Francisco en el Ángelus del domingo 17 de enero, nos dice: “Detengámonos un momento en esta experiencia de encuentro con Cristo que nos llama a estar con Él. Cada llamada de Dios es una iniciativa de su amor. Siempre es Él quien toma la iniciativa, Él te llama. Dios llama a la vida, llama a la fe, y llama a un estado de vida particular. ‘Yo te quiero a aquí’. La primera llamada de Dios es a la vida; con ella nos constituye como personas; es una llamada individual, porque Dios no hace las cosas en serie. Después Dios llama a la fe y a formar parte de su familia, como hijos de Dios. Finalmente, Dios nos llama a un estado de vida particular: a darnos a nosotros mismos en el camino del matrimonio, en el del sacerdocio o en el de la vida consagrada. Son maneras diferentes de realizar el proyecto que Dios, ese que tiene para cada uno de nosotros, que es siempre un plan de amor. Dios llama siempre. Y la alegría más grande para cada creyente es responder a esta llamada, a entregarse completamente al servicio de Dios y de sus hermanos”.

(CANTO)

Diversas y perseverantes llamadas del Señor Jesús y nuestras respuestas:

Una vez en mi angustia clamé fuertemente al Señor y le dije: “Dios mío, ayúdame, mi vida no vale nada y se me escapa de las manos, quiero ser feliz, quiero encontrar el sentido de mi vida”. El Señor me miró fijamente con enormes ojos compasivos. Y entonces, con una sonrisa llena de amor, me tomó de la mano y me dijo: “Levántate y anda”.

Yo me quedé confundido y consternado. Le dije: “Pero, Señor, yo soy solamente un niño, un joven, ¿cómo me mandas a mí?”. “Eso ya lo sé, no digas que eres un niño, porque yo te he escogido desde antes que nacieras para ser mi hijo, y te he regalado mi espíritu que habita en ti. Levántate y anda”.

“Pero, Señor, yo soy ignorante no sé nada, no soy sabio”. “Eso ya lo sé. Mi Padre no ha escogido ni a sabios ni a poderosos para llevar su mensaje, solo quiere hombres y mujeres dispuestos a decir que sí para actuar en ellos, y se goza en tu sencillez y pobreza. Levántate y anda”.

“Pero, Señor, yo no sé hablar, no tengo lengua suelta”. “Eso ya lo sé. Yo te voy a ayudar, el Espíritu Santo pondrá en tu boca palabras sabias para que puedas confortar a tus hermanos y te recordará todo lo que has aprendido de mí. Levántate y anda”.

“Pero, Señor, tengo muchas ocupaciones, no tengo tiempo”. “Eso ya lo sé. Pero cuánto me regales de ti, yo te prometo que te lo multiplicaré al ciento por uno, incluido tu tiempo. Levántate y anda”.

“Pero, Señor, el camino es muy difícil, lleno de piedras y cuesta arriba”. “Eso ya lo sé. Yo mismo ya lo he recorrido hasta la Cruz, pero el camino del Cielo es así. Para que cuando mueras conmigo, también resucites conmigo y seas heredero de mi Gloria. Y, además, yo estaré contigo todos los días de tu vida para ayudarte. Levántate y anda”.

“Pero, Señor, yo soy un pecador. No soy  ningún santo, yo no puedo”. “Eso ya lo sé. No me importan tus pecados, me importas tú y te amo como eres. Es necesario que así des testimonio de mi acción en ti y los demás reconozcan que Dios fortalece a los débiles y así seas un signo de esperanza. Levántate y anda”.

“Pero, Señor, hay mucho odio, mucha soledad, el mundo no te quiere ni quiere escuchar tu mensaje”. “Eso ya lo sé. Pero quiero que tú vayas, te escuchen o no te escuchen. Es necesario que la luz brille en las tinieblas, y desde tu bautismo tú eres luz del mundo y sal de la tierra. Levántate y anda”.

“Pero, Señor, ya soy muy anciano, ¿qué puedes esperar de mí?”. “Eso ya lo sé. Si Abraham y Sara, Isabel y Zacarías, pudieron tener un hijo en su vejez, yo puedo también obrar milagros enormes en ti para que des muchos frutos, si tú lo quieres y me crees. Además, necesito de tu experiencia y de tu sabiduría para compartirla a los demás. Levántate y anda”.

“Pero, Señor, yo no te pedí eso. Te pedí la felicidad y el sentido de mi vida”. Con gran compasión e infinito amor, me abrazó y me dijo al oído: “Eso ya lo sé. Pero tu felicidad se encuentra escondida en Dios y para alcanzarla en esta vida tienes que vivir la misión que mi Padre te ha encomendado tal cual hice yo. Y cuando la completes, yo mismo te estaré esperando en mi casa que es la de mi Padre y es tuya, con una corona para ti por ser un siervo fiel y bueno. Yo estoy contigo. Por favor, levántate y anda”.

No dije más, me sequé las lágrimas y tomado de su mano, me levanté y me puse a caminar. No sé qué pasará mañana, no sé qué hará el Señor de mí, pero hoy sé que mi vida no sería tan feliz ni tendría sentido, si el Señor no me hubiera dado la mano, me hubiera levantado y me hubiera encomendado una misión, la cual hoy amo con toda mi vida.

(CANTO)

Hoy, tercer domingo del Tiempo Ordinario celebramos el domingo de la Palabra de Dios. Lectura de Hebreos 4:12-13.

(CANTO)

Hagamos un rincón bíblico en nuestra casa, pongamos la Sagrada Escritura en un lugar bonito, adornemos ese lugar con flores y leamos, en el almuerzo o en la comida, el evangelio de hoy; y al anochecer, juntos todos, leamos un pequeño texto de la Biblia y hagamos la Lectio Divina que nos ofrece el Nuevo Testamento con ciento cincuenta salmos, el cual se ofrece en el arzobispado de La Habana, así como en otras iglesias. San Andrés, San Pedro, Santiago y San Juan Evangelista, rueguen por nosotros. Amén.

(CANTO)

Oración para rezar ante una pandemia.

Dios, Padre bueno, que nos creaste con salud y nos preparaste para conservarla, bendícenos con la salud de alma y cuerpo.

Señor Jesucristo, que sanaste a tantos enfermos, líbranos de todo tipo de epidemia. Da la Caridad, la Misericordia y la Paciencia a los que cuidan enfermos.

Espíritu Santo ilumina al personal de salud para que encuentre el remedio para esta enfermedad y así puedan ser felices todos los pueblos.

Santa María de la Caridad, acompaña a tus hijos enfermos, para que nunca les falte la cercanía de la familia, de la Iglesia y de los vecinos.

Beato Padre Olallo, que enfrentaste tantas enfermedades y epidemias, ruega por nosotros, para que sanos y enfermos, seamos un solo corazón y una sola alma. Amén.

Estamos concluyendo la Semana de oración por la unidad de los cristianos. A los cristianos no católicos los felicitamos y le rogamos al Señor poder compartir con ellos nuestra fe, para gloria de Dios y la fraternidad entre todos.

Y la bendición de Dios Padre Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros, sobre nuestras familias, sobre nuestras ilusiones y proyectos, y permanezca para siempre, Amén.

(CANTO)

A continuación ofrecemos íntegramente la alocución del cardenal y arzobispo de La Habana, Juan de la Caridad García.

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