El Padre de los Gatos

Por: Jorge Domingo Cuadriello

Isidoro Lombera
Isidoro Lombera

A lo largo del siglo xx no fueron pocos los personajes populares o excéntricos que por su comportamiento y por la forma de manifestarse animaron la vida social habanera. En primerísimo lugar, tendríamos que colocar en esa relación a José María López Lledín (Lugo, Galicia, 1899-La Habana, 1985), quien asumió el título de El Caballero de París y ha quedado inmortalizado en una canción que interpretó Barbarito Diez y en una estatua situada en la Plaza de San Francisco, y a continuación a Carlos Manuel Pérez Rodríguez (Candamo, Asturias, 1910-La Habana, 2003), más conocido como Bigote’e Gato por sus descomunales mostachos, apoderado de un bar de bohemios situado en la calle Teniente Rey y propietario de un auto antiguo descapotable que tripulaba con una escandalosa boina roja encasquetada en la cabeza, sin ser comunista ni requeté. Este personaje también fue motivo de inspiración de una guaracha que se hizo famosa en la voz de Daniel Santos, El Inquieto Anacobero, y que comienza con esta presentación: “Bigote’e Gato es un gran sujeto / que vive allá por el Luyanó”. En un renglón más discreto habría ya que situar a La Marquesa, una mujer de tez negra que muy en serio se consideraba integrante de la alta nobleza cubana, vestía con una elegancia ridícula y habituaba pararse durante horas delante del restaurante La Zaragozana, así como a María Calvo Nodarse (Macorina), quien recibió en 1917 el título de chofer y se convirtió así en la primera mujer de América Latina en contar con autorización para conducir un automóvil. Su simpática imagen con las manos en el volante se hizo muy pronto popular y llevó al poeta y periodista asturiano Alfonso Camín, establecido entonces en Cuba, a dedicarle un poema que, seguidamente, fue musicalizado en forma de danzón con el picaresco estribillo “Ponme la mano aquí, Macorina”. Memorable también resulta El Cojo de la Bocina, un individuo de pequeña estatura, pero de voz estentórea que por un par de pesos era capaz de recorrer media Habana arrastrando una pierna lisiada y dando gritos a favor de cualquier político, lo mismo conservador que liberal que popular. Ya en época mucho más reciente podemos mencionar al desaparecido Armandito El Tintorero, incansable y carismático animador del equipo Industriales en los partidos de béisbol que se celebraban en el estadio Latinoamericano.

Algunos de estos personajes han sido evocados varias veces por Ciro Bianchi Ros, Rolando Aniceto y otros historiadores interesados en la vida costumbrista habanera del siglo xx. Hasta donde conocemos, ninguno de ellos ha abordado la figura de Isidoro Lombera Marrón, denominado en su tiempo El Padre de los Gatos y muy presente en esta capital en las dos primeras décadas de aquella centuria. Su historia personal y sus acciones filantrópicas yacen en el olvido. Rescatar su figura es el simple objetivo de estas líneas.

Noticia sobre El Padre de los Gatos

Nació en Marrón, localidad de Ampuero, Santander, España, en 1837 y cuando solo contaba con diecinueve años de edad arribó a La Habana, como otros muchos jóvenes españoles apremiados de salir de su terruño por la extrema pobreza que imperaba en muchas zonas rurales, y animados por el sueño de hacer fortuna. Ya en tierra cubana se vio en la necesidad de desempeñar humildes labores como dependiente de comercio, empleado de almacenes, estibador en el puerto, vendedor ambulante… En medio de estas penalidades, logró completar los estudios elementales y adquirir una cultura básica no exenta de lagunas. También contrajo matrimonio y en 1885, residiendo en Guanabacoa, fue uno de los fundadores de la Logia Fraternidad Universal No. 2. Al ocurrir la terminación del dominio colonial de España sobre Cuba decidió permanecer en nuestro suelo, donde ya había echado raíces.

Poco tiempo después, tras haber enviudado, de haber sufrido un accidente que le afectó seriamente la pierna izquierda y lo obligó, a partir de entonces, a apoyarse en unas muletas y, para colmo de males, de haber padecido también cierto trastorno mental, se convirtió en un ser muy singular y estrafalario, extremadamente bondadoso y caritativo, dedicado a hacer el bien y la caridad pública. Esa inclinación fraternal lo llevó, de acuerdo con algunas noticias, a fundar en 1907 la Sociedad Humanitaria Cubana para los Pobres, Animales y Plantas, que ignoramos si llegó a funcionar o no. Lo cierto es que de modo voluntario hizo suya la tarea de socorrer con alimentos a los numerosos gatos hambrientos que, por entonces, se concentraban en el Parque de la India y en sus alrededores. De igual forma, repartía ropas usadas entre los indigentes habaneros. Isidoro Lombera se encargaba de recorrer los mercados, las fondas y las cafeterías de la zona para acopiar los restos de comida aprovechables y, después de clasificarlos, entregárselos a los mendigos y a los gatos sin tomar en cuenta las burlas de que era víctima. En su voluminoso y muy documentado libro de memorias Entre palmeras (Vidas emigrantes) (México, 1958), el ya mencionado poeta Alfonso Camín recogió esta evocación del personaje: “Por el día sosegaba mis hambres en el Parque de la India, contemplando al “Padre de los Gatos”, un montañés demente de barbas apostólicas que los reunía en torno de sí, después de pasar la noche buscándoles piltrafas y otros desperdicios por todos los cajones de la basura que entonces sacaban a las diez en punto…” (p. 282).

Además de ese recuerdo, Camín lo incorporó a uno de los numerosos poemas que escribió sobre su experiencia personal en Cuba.

 

Yo usaba en aquel tiempo romántica chalina,

bigote un tanto ralo,

la mirada agresiva como enemigo malo,

un agudo puñal en la cintura,

resuelto el corazón y la mano segura.

 

Pese a esta prevención de hierro y palo,

sentía un hambre inmensa de pan y de cultura,

de justicia y amor, de ensueño y arte,

y en el Campo de Marte

y Belona, alejaba a los muchos mentecatos

que solían mofarse del “Padre de los Gatos”,

 un montañés demente con barbas de marino

que, al tocar una flauta, salíanle al camino

todos los gatos habaneros

con ojos de esmeraldas y colas en plumeros.

 

Les daba de comer a troche y moche

todos los desperdicios que buscaba en la noche

este buen montañés de barbas patriarcales,

y luego se alejaban, dulces, reverenciales,

quedándose el anciano, lo mismo que un bendito,

la barba sobre el pecho y el rostro al infinito. (pp. 291-292)

Por aquellos días la figura afable de Isidoro Lombera Marrón se hizo muy conocida, como demuestra el artículo “El hombre de los gatos”, del periodista Manuel Rodríguez Rendueles, publicado en el muy leído Diario de la Marina en octubre de 1911. A continuación reproducimos algunos de sus fragmentos:

“¿Quién no conoce en esta ciudad al hombre de los gatos? Es un anciano de luengas barbas, canas, rostro ajado y mirada triste…”

“El hombre de los gatos, dedicando todo su cuidado a estos animales vagabundos, procurándoles el diario alimento y atendiéndoles con solicitud cariñosa, es algo más que un maniático o un loco como algunos suponen: es uno de los casos más interesantes que presenta la psicología humana.”

“El hombre de los gatos, ese anciano de luengas barbas canas y miradas tristes y altivas, es a no dudarlo un actor fracasado de la farándula social: antes que los gatos del Campo de Marte, tuvo otros grandes amores, otras ternuras, otros sueños. Se le mira con curiosidad, porque es algo raro en el mundo: un hombre capaz de amar”.1

Lombera Marrón logró también publicar, sin que sepamos con qué recursos, el desconcertante folleto Historia de los últimos quince años de mi vida (1916), en cuyas páginas reunió poemas sin valor literario alguno, cortos relatos autobiográficos, informaciones y artículos sobre su persona aparecidos en la prensa habanera y unas breves reflexiones sobre los gatos. Como ejemplo del desorden mental del autor y de la muy escasa aptitud literaria que poseía, vamos a reproducir estas pinceladas, que tituló “Filosofía felina”:

“El gato es el animal más parecido al hombre.

Es como él, ingrato”.

“La gata busca siempre al gato; la mujer busca al hombre con el mayor disimulo”.

“Cuando el gato es viejo, se le cae el pelo; cuando el hombre es anciano se queda calvo”.

“El gato no se baña nunca; la mitad de los hombres no se baña nunca”.

“El gato es infiel; el ser humano es desleal”. (pp. 17-18)

En aquellos años, Lombera Marrón también alcanzó a insertar algunas colaboraciones suyas en las publicaciones periódicas de la capital. Ya en 1913 había visto la luz en la revista Regeneración un artículo suyo acompañado de una foto personal con alrededor de una docena de gatos a sus pies. En agosto de 1916 en el diario El Comercio, de amplia circulación, aparecieron algunos trabajos de su autoría. En el mes anterior, La Montaña, “revista semanal de la colonia montañesa”, igualmente había reproducido otra foto suya y, al pie, un artículo de reconocimiento por su constante quehacer altruista. De ese texto reproducimos los siguientes párrafos:

“Este sexagenario impedido hace más de 16 años que se ha impuesto la elevada misión de dar de comer a los hambrientos y gracias a él, los llamados ‘habitantes’, los mendigos, han tenido un plato y una camisa limpia para cubrir su desnudez.

”¿Cómo ha hecho este milagro Lombera? Pidiendo limosna a los ricos y favoreciendo a los pobres, sufriendo persecuciones de la justicia algunas veces, pues ha entendido la policía que era delito el pedir para otros.

”Por fin Lombera triunfó sobre el egoísmo humano y hoy es ayudado por instituciones filosóficas y religiosas. Así y todo recientemente estuvo enfermo y falto de ayuda, lamentándolo, no por sí mismo, sino porque no podía favorecer a los suyos. […]

”En la actualidad se ha dirigido al Mayor de la Ciudad en ruego de que se le conceda el derecho de pedir sobras y trajes viejos y otros artículos con que favorecer a muchas familias vergonzantes…

”…Lombera Marrón, mal llamado ‘El padre de los gatos’ porque les daba de comer pescado en el Campo de Marte, cuando es un filántropo que sin ostentación es el ‘padre de los míseros’”.2

Mas ya en esa fecha la existencia de Isidoro Lombera arribaba a su fin, lleno de achaques físicos y en su cobijo en una muy humilde habitación de La Habana Vieja. Víctima de hipertrofia prostática, falleció en el Hospital Mercedes, de esta capital, el 10 de marzo de 1917. Los gatos y los indigentes habaneros quedaron entonces sin su fiel protector y la capital perdió a uno de sus más notorios personajes populares, un individuo humilde volcado sin freno hacia la bondad y, por supuesto, un demente.

Una observación final

No deja de llamar la atención que tres de los más conocidos personajes populares de La Habana del siglo xx eran españoles, y concretamente de tres regiones vecinas pertenecientes al norte de España: Galicia, Asturias y Cantabria. El Caballero de París era gallego, Bigote’e Gato, asturiano y El Padre de los Gatos, santanderino o montañés o cántabro, que de igual forma son llamados los naturales de esta provincia. Tal coincidencia también demuestra la significación que tuvo la inmigración española en la sociedad cubana de dicha época. Ω

 

Notas

[1] M. Rendueles: “El hombre de los gatos”, en la sección “Plumazos” del Diario de la Marina, edición de la tarde, Año LXXIII, No. 243, La Habana, 12 de octubre de 1911, p. 3.

2 “Isidoro Lombera Marrón: “El padre de los gatos”, en La Montaña, La Habana, 1ro. de julio de 1916. /p. 16/. Agradecemos al investigador santanderino José Ramón Saíz Viadero el envío por correo electrónico de este trabajo.

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