
Con la pandemia y la situación de emergencia en Cuba por la falta de alimentos, medicinas y muchos otros productos de primera necesidad, personas que antes no tocaban a la puerta de la sede de San Egidio en La Habana, hoy lo hacen. Son, fundamentalmente, ancianos, quienes se suman al grupo de amigos que vive por la calle y habitualmente es atendido por la Comunidad. Algunos son médicos retirados, profesores, y se avergüenzan de pedir comida, pero los miembros de esta gran familia católica saben cómo ayudarlos y que no se sientan incómodos. Este ha sido un período de dificultad para todos, pero para los ancianos y las personas que viven en la calle mucho más.
La atención a ancianos solos y a amigos que viven por la calle es uno de los servicios que ofrece la Comunidad de San Egidio en La Habana. Durante los meses de pandemia, esta amistad con los pobres se ha mantenido y fortalecido, y se ha ajustado la atención a nuevas formas y variantes para evitar la propagación de la covid-19.
Con el arribo de la enfermedad a Cuba, muchas más puertas se cerraron para estas personas sin hogar o sin familia. La vida de muchos, ya precaria, se deprimió más, a lo cual se sumó ahora la escasez de medicamentos y la falta total o parcial de productos de primera necesidad. Para los miembros de San Egidio esta no ha sido una etapa para distanciarse espiritual y afectuosamente de ellos. Por el contrario, ha representado un tiempo para vencer el frío de la distancia y dar calor a quien está solo y abandonado.
Manteniendo las debidas precauciones, la Comunidad ha sido fiel a la promesa que nace del Evangelio: “Nunca los dejaremos solos”. De esta manera, y con mucha creatividad y amor, tres veces por semana (lunes, martes y jueves) ha sostenido un servicio de alimentación que beneficia a unas cien personas por día. El alimento va siempre acompañado de un intercambio caluroso.
A los ancianos también los visitan o los llaman por teléfono. Para muchos de ellos, este compartir ha constituido su único contacto con el exterior, con la vida… Adolescentes y algunos médicos miembros de la Comunidad han desarrollado charlas, en las residencias protegidas de la Oficina del Historiador, sobre cómo vivir en tiempos de covid y han organizado visitas a estos lugares en pequeños grupos de tres o cuatro miembros.
El responsable de la Comunidad de San Egidio, el Dr. Rolando Garrido, declaró a Palabra Nueva que para poder trabajar ha sido importante no dejarse dominar por el miedo, por la dificultad para encontrar los alimentos. Eso ha significado hacerlo en formas y de modos diferentes, pero hacerlo.

La covid y otras pandemias
Surgida en La Habana en 1992, la Comunidad de San Egidio hoy está presente en otras diócesis del país, como Santiago de Cuba, Holguín y Pinar del Río. El servicio de atención a los amigos que viven en la calle comenzó de manera sistemática en 1996 con las visitas a un grupo de aproximadamente veinte personas. Con los años, el fenómeno ha crecido. Ahora son muchos más los que viven en la calle.
Además del acercamiento a estas personas y a los ancianos asilados que no tienen familia o no son visitados por ella, la Comunidad desarrolla la Escuela de la Paz, proyecto mediante el cual atiende a los niños que viven en condiciones difíciles. El Papa Francisco ha resumido el carisma de San Egidio como la comunidad de las 3P: plegaria (oración), pobres y paz. Estos son los rasgos distintivos del carisma.
“El fondo del carisma es Jesús –precisa el Dr. Garrido–, y cada comunidad de San Egidio, donde quiera que se encuentre, vive según este carisma. Tenemos espacios de oración comunitaria, servicios a los más necesitados y trabajamos por la paz. En el trabajo por la paz se inserta también el ecumenismo y el diálogo interreligioso. La oración personal y el encuentro asiduo con la Palabra de Dios son muy importantes para cada hermano y hermana. Cada uno de nosotros sirve cotidianamente a los pobres en un momento que se organiza de acuerdo a la realidad de cada comunidad, pero que nunca es improvisado o al azar. La caridad no se improvisa”.
Todos los miembros de San Egidio están llamados a vivir en primera persona, de manera gratuita y cotidiana, la amistad con quien es más pobre. Y en ese afán de llegar a todos, la Comunidad intenta no olvidar a nadie. En Cuba, donde el acceso a los alimentos y productos de primera necesidad ha sido una emergencia que acompaña a la actual pandemia, el trabajo de acompañamiento y acogida ha exigido de mayor creatividad en la solidaridad: “cambiar los horarios habituales, abrir nuevos caminos y maneras inéditas de cercanía… todo para responder a cada situación”, precisa Rolando Garrido.
“Por ejemplo –agrega–, encontramos que muchos pobres no tenían mascarilla. Entonces los ancianos y adultos que tenían máquinas de coser, se las hicieron. Y entregamos miles de mascarillas y también soluciones desinfectantes. Cuando vimos la afectación mental que provocaba el aislamiento en los ancianos y en los niños, comenzamos a llamarlos por teléfono y a visitarlos en sus casas, siempre tomando precauciones. Al inicio impartimos cursos para ayudar a entender qué era el virus y cómo nos debíamos proteger”.
De manera especial, la Comunidad habanera pudo celebrar en el 2020 los grandes momentos de almuerzos y fiestas de Navidad para los más pobres. Para evitar aglomeraciones, decidieron aumentar la cantidad de días en que servían los almuerzos y hacerlo por turnos.
“No puedo dejar de mencionar –precisa Rolando Garrido–, los momentos de comunión con la Iglesia Universal: como la oración del Santo Padre Urbi et orbi, celebrada en una plaza de San Pedro vacía, pero que conmocionó al mundo y nos llenó de Fe y Esperanza. El Papa nos recordó que ninguno se salva solo”.

Una dolorosa realidad
Aunque los hombres siguen siendo mayoría, el número de mujeres y de jóvenes viviendo en las calles aumenta en la urbe capitalina. Las causas van desde los que emigran hacia la capital sin un domicilio fijo o permanente donde residir hasta quienes, de manera brusca y traumática, desgajan todo tipo de lazos con sus familiares. También los rompimientos laborales y sociales trascienden como motivos para una decisión de este tipo. Asimismo, conductas adictivas, los trastornos mentales y físicos, estilos desordenados y arraigados de vida, pueden actuar como desencadenantes de trastornos psicológicos que conduzcan a la persona a vivir en la calle como una solución precipitada para alejarse o evadirse del dolor.
Súmese a estas causas, la crítica situación de la vivienda en Cuba (ya sea por la falta de un adecuado fondo habitacional o por el estado deplorable del existente) y el hacinamiento de varias generaciones en un mismo inmueble.
Más allá de servir y ser servidos, entre las personas que deambulan y los miembros de la Comunidad de San Egidio se crea una sincera amistad, tal y como reza un refrán popular “las apariencias engañan”. La mayoría de estos hombres y mujeres soportan el peso de un prejuicio que hace que la sociedad, incluso su propia familia, no les tome en serio.
A la pregunta de qué máxima acompaña esta obra que permite a los miembros de San Egidio lidiar con estas personas, confiar en ellas y aceptarlas, Rolando Garrido nos dice:
“Primeramente, las palabras de Jesús en Mateo 25, 31-46: ‘Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, fui forastero y me hospedaste, estuve en la cárcel y viniste a verme’. Jesús mismo no tuvo un lugar donde nacer y nació en un pesebre, nadie reconoció en aquel que venía al Salvador del mundo. Como cristianos debemos tener el corazón abierto y levantar nuestra mirada para ver el dolor.
”Sentimos como responsabilidad estar cerca de estos escenarios de dolor. Sabemos que hemos sido muy afortunados porque no vivimos situaciones que nos llevaron a vivir en la calle, o quizás algunos la hayan tenido, pero encontraron ayuda o lucidez para resolverlas; no todos reaccionamos igual ante la vida. Muchas veces las situaciones te llevan a las adicciones, como a algunos de ellos. Nosotros creemos que no estamos para juzgar sino para ayudar, y ante el pensamiento que escuchamos tantas veces de no ayudarles porque cogen el dinero para beber alcohol, preferimos pecar por generosidad que por dureza. Además, hay muchas maneras de ayudarles y apoyarles que no es precisamente darles el dinero cuando lo piden. No podemos dejarlos solos. Las personas que viven en la calle han tenido una vida difícil que las llevó hasta donde hoy están. Nosotros nos lamentamos de cosas que, cuando estamos ante ellos, sentimos ridículas; ellos nos enseñan a valorar lo que realmente es importante en la vida: la amistad, compartir, encontrarnos”.
Entre las personas que viven en la calle hay maestros, médicos, enfermeros, económicos… Personas a las cuales, en un momento de sus vidas, algo se le oscureció. Hoy están privadas de las cosas que son comunes en la vida de cada día como bañarse, cepillarse los dientes, ver el TV, sentarse a la mesa, jugar dominó con los amigos… Para ellos estos son momentos especiales y únicos cuando suceden.
“¿Quiénes somos para no aceptarlos?”, pregunta el Dr. Garrido. “¿Quiénes somos para descartarlos o marginarlos? Son seres humanos desesperados, pues cuando las necesidades no son cubiertas se convierten en desesperación. A veces pueden comportarse de forma incorrecta, responder mal, ser agresivos ante un gesto de afecto. Es el resultado del dolor, de tantas veces gritar y no ser atendidos. Tampoco nos puede asustar la forma en que piden, porque, por una parte es manifestación de una gran necesidad y, por otra, de gran desinterés de los otros hacia ellos”.
En Roma y otros países donde está presente la Comunidad de San Egidio, se han creado espacios para las personas que viven en la calle, sitios donde pueden asearse, encontrar atención médica, recibir los medicamentos necesarios de manera gratuita y comedores para almorzar. En Cuba, a través de los años, se han logrado muchos avances con respecto a este servicio. Hoy la comunidad tiene su propia sede, Casa de Paz y Diálogo, donde se ofrece un servicio de duchas y lavandería, que por la covid no ha podido continuar.
“Antes de la pandemia –nos dice su responsable–, venían cada sábado en la mañana para bañarse, cambiarse la ropa y tomar algún alimento. En cuanto a la atención médica, afortunadamente, hay varios miembros en nuestra Comunidad que son médicos, algunos especialistas y entre los jóvenes tenemos muchos estudiantes de Medicina, y esto ha facilitado que cuando alguno está enfermo se le puede ayudar, así como garantizar la compañía hospitalaria y el reposo. También eran habituales en este espacio las cenas, los momentos de oración, de encuentro y de fiesta; ahora con la pandemia hemos priorizado el servicio de alimentación y de acompañamiento. El sueño de la Comunidad es contar con un espacio físico solo para las personas que viven en las calles”.
Durante esta etapa de aislamiento, la Comunidad de San Egidio ha trabajado en colaboración con otras religiones. Rolando Garrido recuerda y agradece la ayuda de la Comunidad Hebrea, que les permitió asistir a ancianos solos y encamados. De conjunto, también confeccionaron y repartieron mascarillas. Para finales de este año, si la situación epidemiológica lo permite, la Comunidad pretende hacer la Oración por la Paz nuevamente en La Habana, y reflexionar sobre la encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti (Hermanos todos) y sobre el documento “Fraternidad humana y la convivencia”, firmado por Su Santidad y por el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb.
Como efecto de la pandemia y de la situación de desabastecimiento y escasez que hoy vive Cuba, el número de pobres ha aumentado. “Hoy –precisa el Dr. Garrido–, tocan a nuestra puerta personas que nunca antes lo habían hecho. Son ancianos, fundamentalmente. Los precios han subido, todo se consigue a través de largas colas… Y estos ancianos, a veces por el miedo al contagio, otras veces por la fragilidad física para someterse a una cola, no tienen cómo resolver su día a día y llegan a nosotros pidiendo ayuda. Cada vez son más. Existe también la situación de la escasez de medicamentos. Cuando te pones a hablar con ellos y profundizas, te encuentras con que son médicos retirados, profesores, y se avergüenzan de pedir comida, pero sabemos cómo ayudarles y que no se sientan incómodos. Ciertamente, ha sido un período de dificultad para todos y para los ancianos y las personas que viven en la calle, mucho más”.
Como en la parábola del buen samaritano, los miembros de San Egidio se detienen y buscan hacerse cargo del pobre que, por disímiles causas, vive en la calle, o del anciano asilado o sin familia. Continúan así con aquel empeño de la Comunidad en Roma al final de los años setenta del pasado siglo, cuando el número de pobres aumentó aceleradamente y trajo consigo la aparición de graves problemas. Parecida experiencia vive hoy la Comunidad de La Habana, y en escenario distante pero igual de alarmante, apuesta por devolver la esperanza a quienes les ha tocado llevar solos el peso de la vida y de los años. Ω





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