Implicaciones bíblicas de la expresión “siete veces” en el poema “La semilla estéril” de José Zacarías Tallet

Por: Ernesto Caveda  y Ariel Arjona

La tradición escritural bíblica, en su forma oral y textual, abarca un extenso período de aproximadamente 1500 años. Dicha tradición produjo una extensa colección que, dentro de su expresión canónica judeocristiana, cuenta con un promedio de unos ochenta libros (teniendo en cuenta las versiones judía, católica, ortodoxa, etíope y protestante del canon). Así como sucede con todo texto religioso, el corpus bíblico está estrechamente ligado a la mentalidad propia del contexto sociocultural que lo produjo. Su contenido está situado (si bien no absolutamente condicionado) en un espacio histórico específico. Por tanto, refleja las expresiones psicosociales características de su época (cosmovisiones, imaginerías, tópicos literarios) así como los paradigmas interpretativos cambiantes que configuraban dichas expresiones.

En el marco de la mentalidad subyacente al texto bíblico, el número siete tiene un valor especial. El siete está asociado a la idea de ‘plenitud, perfección, exhaustividad, completitud’ y por tanto, estrechamente vinculado al ámbito teológico y a la visión de la naturaleza divina. En el presente ensayo se despliega dicho sentido en la lectura del poema “La semilla estéril”, de José Zacarías Tallet. Para la lectura de las implicaciones bíblicas en el poema de Tallet, primero se expone el contexto del número siete y la subsecuente expresión siete veces. Entonces, se continúa con un resumen global del poema de Tallet para así terminar desplegando el uso del sentido bíblico de la expresión siete veces en su relación con el tema del poema.

En principio, la asociación semántica en torno a la expresión siete veces se enmarca desde la propia producción del lenguaje público. Por ejemplo, en hebreo, el número cardinal “siete” (שֶׁבַע šě·ḇǎʿ) excepto por un punto diacrítico,1 se escribe exactamente igual que la palabra “abundancia, llenura” (שָׂבָע śā·ḇāʿ).2 No obstante, la vinculación de ambos sentidos no resultó en un uso privativo para el contexto hebreo. También podemos hallarla en varios pueblos asociados al grupo lingüístico semítico (pueblos arábicos, mesopotámicos, arameos y cananeos). Sin embargo, la herencia y posterior influencia de este valor semántico para el número siete dentro de la mentalidad hebrea, trasciende los límites puramente matemáticos y astronómicos de su uso, para arraigarse fuertemente en las esferas más disímiles de la cultura. De esta forma, se hallan diferentes referencias al número siete dentro del discurso de la cosmogonía bíblica, como se evidencia, por ejemplo, en el hecho de que la creación se hubiese completado en siete días. Luego, también nos remite a elementos de la identidad y memoria nacional de Israel. Aquí resaltan los casos de las siete naciones de Canaán y los siete días que duraron las jornadas a los muros de Jericó. Finalmente, el sentido de la expresión siete también aparece en la configuración del calendario civil-religioso (que tiene un ciclo hebdomadario de festividades).

En el Nuevo Testamento, resultan dignos de destacar: el principio séptuple por el que se estructuran ambas genealogías de Jesús (Mt 1.1 y Lc 3.23); la mención de los siete espíritus malignos que tenía María Magdalena (Lc 8.2) expresando quizás el completo grado de corrupción moral al que había llegado. Probablemente en el Apocalipsis el simbolismo del número siete alcanza su máxima expresión literaria. En las visiones se cuentan: siete iglesias (1.4), siete candelabros (1.13), siete estrellas (1.16), siete espíritus (1.4; 4.5), siete sellos (5.1), siete cuernos y siete ojos (5.6), siete trompetas en manos de siete ángeles (8.2ss.), siete truenos (10.3-4), siete cabezas con diademas (12.3) y siete plagas (15.1ss.). En el caso específico de la expresión “siete veces”, y su presencia dentro del imaginario bíblico, podemos hallar muchos más ejemplos significativos, pero en definitiva, la mayoría de las veces, tanto en hebreo como en griego, esta expresión transmite la idea del número más completo de intentos posibles para determinado acto.

Breves ejemplos de este sentido simbólico, dentro de pasajes bíblicos memorables son: las siete veces que el sacerdote anualmente debía rociar la sangre en el santuario para expiar los pecados del pueblo (Lv 4.6); las siete veces que subió el siervo de Elías para poder divisar la lluvia venidera (1R 18.43); las siete veces que debió sumergirse Naamán el sirio en el río Jordán, para ser definitivamente sanado de su lepra (2R 5.14); las siete veces que fue calentado el horno de fuego donde iban a ser castigados Sadrac, Mesac y Abed-Nego por orden de Nabucodonosor (Dn 3.19). Y, además de todo lo referido, también están las diversas menciones dentro de la literatura poética y sapiencial.3 En este punto, hay que agregar que el siete aparece íntimamente relacionado con la vida laboral. Así, se descansa el día séptimo, shabbat, cuando la semana de trabajo ha alcanzado su “plenitud”. Luego, particularmente en la agricultura, es obligatorio que las tierras de cultivo descansen un año completo, después de siete años de explotación. Y es, precisamente, desde este apartado, en la relación con el trabajo directo de la tierra, que se encuadra la economía discursiva de “La semilla estéril” (33-34). En resumidas cuentas, este poema desarrolla la historia de un sembrador que fracasa siete veces haciendo germinar su campo de cultivo: “Vio pasar siete veces la ansiada primavera, / y en vano siete veces esperó su cosecha…”. Aunque no es el final de la historia, este fracaso determina al sujeto discursivamente.

En 1958, durante el desarrollo del ciclo de conferencias Lo cubano en la poesía, Cintio Vitier enmarca la intencionalidad poética de Tallet a partir de que: “tuvo el acierto de comprender las posibilidades poéticas de la vulgaridad, de la nada cotidiana, del fracaso individual y colectivo, y de todo lo que entonces […] podía parecer lo pedestre y antipoético por excelencia” (364).4 No es que Tallet estuviera rechazando la trascendentalidad arquetípica de lo poético, sino que busca reformular la expresión de dicha trascendentalidad desde un punto de vista formal. Por eso se aleja de los moldes estéticos que gobernaron hasta finales del siglo xix, para así adentrarse en el tejido narrativo de la contingencia cotidiana. En el poema “La semilla estéril”, lo primero que destaca en la lectura es la sencilla composición del texto. Sin apelar al uso de jitanjáforas, el poema describe a un individuo que intenta cultivar el campo sin éxito en su acción.

Así, desde la primera estrofa del poema se introduce al sujeto poético, el sembrador sonriente, que luego aparece ligado al campo a partir de la íntima conexión existencial que produce el trabajo directo con la tierra: “El sembrador, mozuelo rebosante de dicha, / en el alba inefable, al huerto de la vida / salió a sembrar”. En la segunda estrofa, se mantiene la intención discursiva al indicar que el gesto germinativo, el trabajo de cultivar las semillas en el campo, procede desde el corazón del sujeto. De esta forma, se establece una estrecha relación entre el cuerpo del sujeto y el campo de su labor. Este vínculo se corrobora en la tercera estrofa, donde se describe la sonora sensación de placer en el canto de los pájaros, a la par de la ejecución del trabajo en el campo. Y arrima así a dos versos que resultan fundamentales a la intención poética que se ha venido describiendo. Los versos 13 y 14 del poema expresan, de manera directa, la transfiguración del cuerpo del sujeto poético en la figura de su trabajo que, en definitiva, representa la apropiación de la tierra. “Y mientras que sembraba su dorada simiente / la regaba gustoso con sudor de su frente”. Lo corporal queda develado en cuanto extensión formal de la intención inicial del sujeto poético.

El decimoquinto verso propone un viraje en el poema, dado que inaugura el cese de la jornada laboral. Es decir, después del trabajo, lo que queda es la expectativa del resultado del trabajo. Así, las siguientes dos estrofas son muy particulares en detallar la imagen del reposo absoluto. Por una parte, la referencia a la relación entre el sujeto poético y el campo de cultivo queda en suspenso; por otra, remite a un elemento de tiempo que completa el sentido simbólico del espacio. De manera que, en la séptima estrofa, cuando se presenta la esterilidad de la tierra, lo que se hace es contextualizar el sentimiento de frustración del sujeto poético, desde la perspectiva de un objeto que no legitima su trabajo. El resultado es una escena en la cual el sujeto poético solo encuentra frustración. Así, en la octava estrofa, el elemento corporal que riega el campo no es el sudor del trabajo, sino el llanto de la decepción. “Afligido el mancebo le dio la vuelta al campo, / regando nuevamente la siembra con su llanto”. Sin embargo, tras la continuidad del ciclo que lleva a la comprobación infértil del campo de cultivo, el sembrador termina con “una extraña sonrisa”. Mientras que, con los versos finales del poema se representa el sentido histórico de la apropiación de la tierra, la extraña sonrisa es la mueca que garantiza una nueva imagen sobre el discurso de la tierra que luego queda manifiesta en toda la crítica social republicana de esos años. Este es el sentido pesimista que domina gran parte de la poética de Tallet, cuyo corte procede del posicionamiento político de la ciudad letrada insular en el naciente período republicano. Tallet y muchos otros autores de esa época se acogen a la idea de Enrique José Varona, de que Cuba republicana era hermana gemela de Cuba colonial.

Una vez presentado el sentido general del poema, del pesimismo anclado a la tierra, se comprende la importancia del verso que hace referencia a la expresión bíblica “siete veces”. Tal y como se explica en la primera sección, la expresión “siete veces” es el número de intentos posibles para determinado acto. No importa su contexto, esta idea denota el rigor de la exhaustividad en el predicado de la acción. En “La semilla estéril”, al final del poema, cuando el sembrador ha fracasado “siete veces” en su intento de lograr germinar su cosecha, realmente lo que ocurre es que, desde un punto de vista simbólico, el sembrador agota la cantidad de intentos posibles de hacer germinar el campo de cultivo. Una vez cumplida la séptima vez, al sembrador no le queda otro remedio sino alejarse con una extraña mueca. ¿Qué implica esta mueca? En el texto de Tallet no quedan versos para desplegar la huella del dolor. Pero desde cierto punto de vista, la mueca también podría representar una figura de ironía en el sembrador. Mueca doliente, mueca irónica: siete veces, mueca. ¿Cómo comprender la tragedia de su esfuerzo entre el sacrificio de su inocente devoción y la certeza de su frustrada experiencia?

La obra poética de José Zacarías Tallet ha sido trabajada muy poco, si se considera cuánto se ha hablado sobre su labor política. A diferencia de otros poetas, el poemario La semilla estéril es su único libro de poesía vanguardista y fue publicado tardíamente, en 1953, aunque había sido escrito desde la década de 1920. No obstante, el mérito literario de su obra se refleja en el hecho de que Tallet haya recibido el Premio Nacional de Literatura 1984, en su segunda edición, incluso antes que otros escritores mucho más conocidos y con una mayor obra como Eliseo Diego, Dulce María Loynaz y Cintio Vitier. Este galardón se sustenta cuando se considera que su obra poética constituye una meditación sobre el ser insular durante el período republicano. En el poema “La semilla estéril”, tal y como se ha reflejado en este ensayo, la referencialidad bíblica de la expresión “siete veces” articula el sentido narrativo de la acción fallida que persiste sobre la experiencia del fracaso hasta sus últimas consecuencias. Ω

 

 

Trabajos citados

Swanson, J.: Dictionary of Biblical Languages with Semantic Domains: Hebrew (Old Testament), Oak Harbor, Logos Research Systems, Inc., 1997.

Tallet, J. Z.: Poesía y prosa, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1979.

Vitier, C.: Lo cubano en la poesía, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1970.

 

 

Notas

[1] Es interesante que tanto HALOT como Swanson registran la forma hipotética שֶׁבַע (lit. siete) asociada al texto de Proverbios (3.10), sustituyendo la palabra שָׂבָע “abundancia”. Es decir, que en algunos casos ambas palabras aparecerían escritas sin ninguna diferencia diacrítica. Así, el texto se leería casi literalmente: “Y serán llenados tus graneros con siete, y tus lagares desbordarán de vino nuevo” (traducido del hebreo por Ernesto Caveda).

2 Según el Dictionary of Biblical Languages with Semantic Domains: Hebrew (Old Testament), este término se refiere a una: “condition of plenty and more than enough (Ge 41.29, 30, 31, 34, 47, 53; Pr 3.10; Ecc 5.11 [EB 12]+)” (una “condición de abundancia y más que suficiente”).

3 Creemos que los dos mejores ejemplos pueden ser, dentro de los Salmos: “Siete veces al día te alabo a causa de tus justos juicios” (Sal 119.164); y dentro de Proverbios: “Pero si es sorprendido pagará siete veces; entregará todo el haber de su casa” (Pr 6.31). Para los profetas, hemos seleccionado Isaías 30.26 hablando sobre la redención: “Y la luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol siete veces mayor, como la luz de siete soles, el día que vendará el Señor la herida de su pueblo…”.

4 Vitier también indica que la obra de Tallet se determina por: “la chatura amargamente prosaísta de sus versos y el fondo de candor sentimental herido que traslucen. La frustración, la mediocridad, la inercia, la impotencia, constituyen sus temas constantes, pero siempre rondados por la autoironía, perdiendo la compostura en la atmósfera disolvente del choteo” (360). Incidentalmente, estos elementos son los que relacionan la obra de Tallet con el malestar republicano gestionado en la década de 1920 y 1930 que produjo otros textos como La convulsión cubana (1906) de Roque Garrigó, Cuba y su evolución colonial (1907) de Francisco Figueras, el Manual del perfecto fulanista (1916), de José A. Ramos, La decadencia cubana (1924) de Fernando Ortiz, Indagación del choteo (1929) de Jorge Mañach y El cubano, avestruz del trópico (1934) de Enrique Gay Galbó.

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