“Permanezcan en mí, y yo en ustedes”, es el mandato que el Señor nos hace hoy, en este momento histórico, en nuestra Iglesia local, en el lugar concreto donde vivimos. Permanecer en Él es el desafío al que nos enfrentamos cada día cuando las cosas no van como nosotros deseamos, cuando nos persiguen, calumnian, o nos hacen sufrir de cualquier modo. Permanecer en Él no es un juego, ni una opción parcial o temporal, o una expresión bella; es la clave que marca la pauta de la existencia del cristiano auténtico, que no le teme a nada ni a nadie; sólo le tiene miedo a no ser fiel a Cristo hasta el final. Permanecer es lo contrario de abandonar, irse, dejarse llevar por la comodidad, preferirse a uno mismo antes que a los demás. Permanecer en Él conlleva estar dispuesto a ser rechazado, burlado, lacerado y crucificado como lo fue Él. La contrapartida es sencillamente incomparable: “pidan lo que deseen, y se realizará”.
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