Alocución domingo 25 de abril, Cuarto Domingo de Pascua

Por: S.E.R. cardenal Juan de la Caridad García

Valoramos mucho el esfuerzo de quienes hacen posible esta emisión radial, hoy domingo 25 de abril, Cuarto Domingo de Pascua, también conocido como domingo del Buen Pastor y domingo de oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas.

Escuchamos en todas las iglesias católicas del mundo el evangelio según San Juan, capítulo 10, versículos 11 al 18.

(EVANGELIO)

Entienden muy bien este pasaje evangélico los vaqueros que tienen ganado. Ellos hablan con sus vacas, las acarician, conocen la cantidad máxima de leche que han producido y si se enferman, las curan. Lo mismo pasa con los dueños de los carneros, puercos, gallinas. Sus animales conocen a sus dueños por el silbido, por el caminar, por el olor. Quienes tienen animales domésticos los cargan, juegan con ellos y cuando salen fuera de la casa, al regresar, desde varias cuadras, ya saben que viene su amo. Así eran los buenos pastores del tiempo de Cristo.

Un ejemplo de mayor amor es el de nuestra madre, que desde el seno materno hasta hoy, todos los latidos de su corazón, todo su pensamiento, todas sus acciones, todas sus palabras, son para nuestra felicidad, aunque cuando nos regañan para nuestro bien no la entendemos.

Todos estos amores que vemos y experimentamos, multiplicados al infinito, es el amor de Dios Padre creador, de Dios Hijo pastor, de Dios Espíritu Santo santificador. Dios Padre nos pensó desde la eternidad para que fuéramos felices, recibiendo y compartiendo amor.

Nos envía mensajeros de amor: nuestros padres, abuelos, familiares, doctores, enfermeros, maestros, amigos, sacerdotes, monjas y un sinfín de personas que marcan positivamente nuestras vidas.

Dios, como el Buen Pastor, nos conoce, ya que nos creó. Él va delante de nosotros para que andemos por su camino, por el cual nunca nadie se ha perdido. Él va al lado de nosotros, enseñándonos a ser felices. Él va detrás de nosotros protegiéndonos de los peligros del pecado, del egoísmo. Él nos envía su Espíritu Santo para que cuando lleguemos a las encrucijadas y no sepamos qué camino tomar, sepamos discernir y escoger el mejor.

Él nos alimenta con su Palabra y con el Cuerpo y Sangre de Cristo, para que a pesar del cansancio y el fracaso, sigamos haciendo el bien.

Escuchemos sus silbidos, su voz, dejémonos cargar por Él cuando estemos en el suelo; dejémonos curar por Él cuando las heridas del pecado nos dañen y nos enferman, miremos su cruz, muestra de su gran amor. Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por los amigos y vivamos con la certeza de que nuestro Pastor Dios, nunca nos dejará abandonados y nos espera en la casa del cielo donde disfrutaremos multiplicadamente de la felicidad vivida en esta tierra por el amor recibido y compartido.

(CANTO)

Recemos en este domingo por los mensajeros de paz y alegría que El Buen Pastor nos envía.

Cristo, Señor de la mies y de la Iglesia, gracias por los sacerdotes que nos diste. Ellos nos bautizaron y nos dan la comunión.

Tantas veces, en la confesión nos perdonan en tu nombre y continuamente nos alimentan con tu Palabra y con los Sacramentos.

Pero, si estamos agradecidos por todo esto, también estamos preocupados.

Pues son tantas las personas que aún no tienen sacerdotes.

Barrios de las ciudades, pueblos nuevos, capillas, no conocen la presencia de los sacerdotes.

¿Quiénes irán a llevar el Evangelio a esas personas?

¿Quedarán abandonadas sin la presencia de la Iglesia, la riqueza de la Palabra y la gracia de los Sacramentos?

Señor, también a ellos mándales sacerdotes, religiosas y misioneros como nos los mandaste a nosotros.

Llama a nuevos apóstoles como llamaste a Pedro y Santiago, a Juan y a Andrés y a todos los otros. Llámalos de nuestro pueblo. Llámalos de nuestra comunidad. Llámalos de nuestra familia. Ven a nosotros, Señor. Llama a nuestra puerta. Llama a alguno de nuestra familia, algún hijo para ser sacerdote, religioso, misionero, a alguna hija para ser monja, religiosa, misionera, catequista, servidora. Llámalos, Señor.

 

Los apoyaremos. Los ayudaremos. Danos Señor, esa gracia y esa alegría. Amén.

(CANTO)

El Papa nos dice que la oración vocal es diálogo. Conversación del Padre con su Hijo, del Pastor con su oveja.

“La oración es diálogo con Dios; y toda criatura, en un cierto sentido, ‘dialoga’ con Dios. En el ser humano, la oración se convierte en palabra, invocación, canto, poesía… La Palabra divina se ha hecho carne, y en la carne de cada hombre la palabra vuelve a Dios en la oración.

”Las palabras son nuestras criaturas, pero son también nuestras madres, y de alguna manera nos modelan. Las palabras de una oración nos hacen atravesar sin peligro un valle oscuro, nos dirigen hacia prados verdes y ricos de aguas, haciéndonos festejar bajo los ojos de un enemigo, como nos enseña a recitar el salmo (cfr. Sal 23). Las palabras esconden sentimientos, pero existe también el camino inverso: ese en el que las palabras modelan los sentimientos. La Biblia educa al hombre para que todo salga a la luz de la palabra, que nada humano sea excluido, censurado. Sobre todo, el dolor es peligroso si permanece cubierto, cerrado dentro de nosotros… Un dolor cerrado dentro de nosotros, que no puede expresarse o desahogarse, puede envenenar el alma; es mortal.

”Por esta razón la Sagrada Escritura nos enseña a rezar también con palabras a veces audaces. Los escritores sagrados no quieren engañarnos sobre el hombre: saben que en su corazón albergan también sentimientos poco edificantes, incluso el odio. Ninguno de nosotros nace santo, y cuando estos sentimientos malos llaman a la puerta de nuestro corazón es necesario ser capaces de desactivarlos con la oración y con las palabras de Dios. En los salmos encontramos también expresiones muy duras contra los enemigos —expresiones que los maestros espirituales nos enseñan para referirnos al diablo y a nuestros pecados—; y también son palabras que pertenecen a la realidad humana y que han terminado en el cauce de las Sagradas Escrituras. Están ahí para testimoniarnos que, si delante de la violencia no existieran las palabras, para hacer inofensivos los malos sentimientos, para canalizarlos para que no dañen, el mundo estaría completamente hundido.

”La primera oración humana es siempre una recitación vocal. En primer lugar, se mueven siempre los labios. Aunque como todos sabemos rezar no significa repetir palabras, sin embargo, la oración vocal es la más segura y siempre es posible ejercerla. Los sentimientos, sin embargo, aunque sean nobles, son siempre inciertos: van y vienen, nos abandonan y regresan. No solo eso, también las gracias de la oración son imprevisibles: en algún momento las consolaciones abundan, pero en los días más oscuros parecen evaporarse del todo. La oración del corazón es misteriosa y en ciertos momentos se ausenta. La oración de los labios, la que se susurra o se recita en coro, sin embargo, está siempre disponible, y es necesaria como el trabajo manual. El Catecismo afirma: ‘La oración vocal es un elemento indispensable de la vida cristiana. A los discípulos, atraídos por la oración silenciosa de su Maestro, éste les enseña una oración vocal: el Padre Nuestro’ (n. 2701). ‘Enséñanos a rezar’, piden los discípulos a Jesús, y Jesús enseña una oración vocal: el Padre Nuestro. Y en esa oración está todo”.

(CANTO)

“Todos deberíamos tener la humildad de ciertos ancianos que, en la iglesia, quizá porque su oído ya no está bien, recitan a media voz las oraciones que aprendieron de niños, llenando el pasillo de susurros. Esa oración no molesta el silencio, sino que testimonia la fidelidad al deber de la oración, practicada durante toda la vida, sin fallar nunca. Estos orantes de la oración humilde son a menudo los grandes intercesores de las parroquias: son los robles que cada año extienden sus ramas, para dar sombra al mayor número de personas. Solo Dios sabe cuánto y cuándo su corazón está unido a esas oraciones recitadas: seguramente también estas personas han tenido que afrontar noches y momentos de vacío. Pero a la oración vocal se puede permanecer siempre fiel. Es como un ancla: aferrarse a la cuerda para quedarse ahí, fiel, suceda lo que suceda.

”Todos tenemos que aprender de la constancia de ese peregrino ruso, del que habla una célebre obra de espiritualidad, el cual aprendió el arte de la oración repitiendo infinitas veces la misma invocación: ‘¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de nosotros, pecadores!’. Repetía solo esto. Si llegan gracias en su vida, si la oración se hace un día suficientemente caliente como para percibir la presencia del Reino aquí en medio de nosotros, si su mirada se transforma hasta ser como la de un niño, es porque ha insistido en la recitación de una sencilla jaculatoria cristiana. Al final, esta se convierte en parte de su respiración. Es bonita la historia del peregrino ruso: es un libro para todos. Les aconsejo leerlo: les ayudará a entender qué es la oración vocal.

”Por tanto, no debemos despreciar la oración vocal. Alguno dice: ‘Es cosa de niños, para la gente ignorante; yo estoy buscando la oración mental, la meditación, el vacío interior para que venga Dios’. Por favor, no es necesario caer en la soberbia de despreciar la oración vocal. Es la oración de los sencillos, la que nos ha enseñado Jesús: Padre nuestro, que está en los cielos… Las palabras que pronunciamos nos toman de la mano; en algunos momentos devuelven el sabor, despiertan hasta el corazón más adormecido; despiertan sentimientos de los que habíamos perdido la memoria, y nos llevan de la mano hacia la experiencia de Dios. Y sobre todo son las únicas, de forma segura, que dirigen a Dios las preguntas que Él quiere escuchar. Jesús no nos ha dejado en la niebla. Nos ha dicho: ‘¡Ustedes, cuando recen, digan así!’. Y ha enseñado la oración del Padre Nuestro.

(CANTO)

Esta noche, todos los de la casa, reunidos alrededor de una imagen religiosa con una vela o lámpara de aceite, recemos la mejor oración, la que Cristo nos enseñó, todos con las manos en alto.

En estos 50 días de Pascua, la alegría se siente en nuestros corazones por la presencia de Cristo Resucitado. Ya en el Antiguo Testamento la Palabra de Dios nos invita a la alegría.

No se entristezcan, porque la alegría de Dios es vuestra fortaleza. Jeremías 8-10.

Se alegra el corazón de los que buscan a Dios. Primer libro de Crónicas, capítulo 16, versículo 10.

Devuélveme la alegría de tu salvación. Salmo 50.

El justo corre en la alegría. Proverbios 29.

Alegres aquellos que andan en la ley del Señor. Salmo 118.

Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Salmo 117.

Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor. Salmo 112.

Y será Jerusalén mi alegría y mi pueblo mi gozo y en adelante no se oirán más llantos en ella. Isaías 65.

Servid a Dios con alegría, vengan gozosos en su presencia. Salmo 99.

Hazme sentir el gozo y la alegría. Salmo 50.

Cambiaré su duelo en regocijo y los consolaré y alegraré de su tristeza. Jeremías 31.

Mira hacia Oriente, Jerusalén, y ve la alegría que te viene de Dios. Baruc 4.

Todo el bien que puedas hacer, hazlo con alegría. Eclesiástico 9.

Les alegraré en mi casa de oración. Isaías 56.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón. Salmo 18.

(CANTO)

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nuestras familias, sobre nuestros enfermos, sobre las personas que amamos y reine para siembre. Amén.

(CANTO)

A continuación ofrecemos íntegramente la alocución del Arzobispo de La Habana, cardenal Juan de la Caridad García.

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