Quinto Domingo de Pascua

Por: padre José Miguel González Martín

Palabra de Hoy
Palabra de Hoy

2 de mayo de 2021

“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos;

el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante;

porque sin mí no pueden hacer nada”.

 

Lecturas

 

Primera Lectura

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 9, 26-31

En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles.

Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús.

Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso.

La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo.

 

Salmo

Sal. 21, 26b-27. 28 y 30. 31-32

  1. El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan: viva su corazón por siempre. R.

Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe;
en su presencia se postrarán las familias de los pueblos.
Ante él se postrarán las cenizas de la tumba,

ante él se inclinarán los que bajan al polvo. R.

Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,

hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor. R.

 

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 3, 18-24

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.

En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo.

Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.

Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó.

Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.

 

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Juan 15, 1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Ustedes ya están limpios por las palabras que les he hablado; permanezcan en mí, y yo en ustedes.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que deseen, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que den fruto abundante; así serán discípulos míos”.

 

Comentario

 

La primera lectura, en la que se nos sigue presentando el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos narra los primeros pasos de Pablo como cristiano, después de su conversión, ya en Jerusalén a la vera de los Apóstoles. Su persona todavía provocaba ciertos recelos en aquellos que no podían olvidar su pasado como perseguidor de la Iglesia de Cristo. Pero él se esforzaba en convencerles de su conversión total a partir de su encuentro con el Señor en el camino de Damasco. Dice el texto: “Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús”.

Así pues, la experiencia de Cristo resucitado no quedó reducida al grupo de los primeros discípulos que había vivido con Él antes de la Pascua, sino que poco a poco se extiende también a todos los que, por la predicación y por la fe, lo experimentan vivo y resucitado, lo reciben en su corazón y se dejan cambiar por Él. Cristo resucitado transformó totalmente a Pablo. Del mismo modo ha cambiado la vida de tantos cristianos a lo largo de la historia. También puede cambiar la nuestra y la de tantos que aún no lo conocen, o incluso son perseguidores de su Iglesia.

Por eso hemos de seguir pidiéndole que nos conceda la gracia de “verlo”, como Pablo, en el camino, sentirlo caminando a nuestro lado, experimentar su presencia transformante y reconfortante. Y hemos de pedírselo con fe no solo para nosotros, sino también para quienes sabemos que lo necesitan más, que no creen en nada ni en nadie, que reniegan o se burlan, incluso que nos discriminan o rechazan por ser sus discípulos. No dudemos nunca que Cristo puede cambiar cualquier corazón de piedra, endurecido por el odio y el resentimiento, en corazón de carne, humano y fraterno; puede transformar a los más recalcitrantes detractores en firmes y convencidos discípulos suyos. Basta que le abran una pequeña rendija en la puerta de su corazón. La Iglesia ha crecido y se ha multiplicado a lo largo de los siglos principalmente, no por la estrategia o capacidad de convicción de los cristianos, sino por la acción y consuelo del Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, siempre presente en su Iglesia.

La segunda lectura, en la que continuamos escuchando las cartas de San Juan, nos habla de nuevo del amor como el fundamento de la vida cristiana, amor de verdad y con obras. En creer en Cristo y en amar como Él nos ama consiste la esencia de la vida cristiana. De ello se deriva nuestro compromiso con los demás en el quehacer cotidiano. Ya en este fragmento aparece el verbo “permanecer”, tan frecuente e importante en los textos de San Juan: “Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio”. Obedecer a Dios significa estar en comunión con Él, de manera que su Espíritu, que Él mismo nos da gratuitamente, nos vincula a Él en el pensar, sentir y actuar.

En el evangelio de hoy, Jesús se lo explica magníficamente a sus discípulos con la imagen de la vid y los sarmientos. El Padre es el labrador, Jesucristo es la vid y nosotros, sus discípulos, los sarmientos. Ser discípulo de Cristo consiste fundamentalmente en permanecer en Él, no tanto en ser, tener o hacer. Permaneciendo en Él, en comunión con Él, por medio de la oración y los sacramentos dentro de la Iglesia, unidos a Él como el sarmiento a la vid, podemos dar frutos abundantes. La fecundidad de nuestras vidas dependerá siempre de nuestra permanencia en Él. En realidad, esto se concreta en permitir que Él actúe en nosotros y a través de nosotros. Permaneciendo en Él, sentiremos lo que Él siente, pensaremos como Él piensa, actuaremos como Él actúa. Por eso podremos hacer las obras que Él hizo, o aún mayores. Y por eso oraremos y pediremos como conviene y lo que conviene. Esta imagen de la vid y los sarmientos explica mejor que ninguna otra la mística de la comunión en el Espíritu de Cristo, a fin de cuentas, esencia del discipulado. Ciertamente sin Cristo no podemos hacer nada, o lo que es lo mismo, con Cristo lo podemos todo, no por méritos propios, sino porque Él quiere compartir con nosotros todo su ser, su poder, su divinidad; algo que ciertamente nos desconcierta y nos desborda.

Dice el Papa Francisco a propósito de este texto: “Se trata de permanecer en el Señor para encontrar el valor de salir de nosotros mismos, de nuestras comodidades, de nuestros espacios protegidos y restringidos, para adentrarnos en el mar abierto de las necesidades de los demás y dar un respiro amplio a nuestro testimonio cristiano en el mundo. Este coraje de salir de sí mismos y adentrarse en las necesidades de los demás, nace de la fe en el Señor resucitado y de la certeza de que su Espíritu acompaña nuestra historia… Cuando somos íntimos con el Señor, como son íntimos y unidos entre sí la vid y los sarmientos, somos capaces de dar frutos de vida nueva, de misericordia, de justicia y de paz, que derivan de la Resurrección del Señor”.

“Permanezcan en mí, y yo en ustedes”, es el mandato que el Señor nos hace hoy, en este momento histórico, en nuestra Iglesia local, en el lugar concreto donde vivimos. Permanecer en Él es el desafío al que nos enfrentamos cada día cuando las cosas no van como nosotros deseamos, cuando nos persiguen, calumnian, o nos hacen sufrir de cualquier modo, y quisiéramos salir corriendo. Permanecer en Él ha sido y sigue siendo la lógica de todos los testigos, los mártires, esto es, aquellos que han llegado incluso a dar la vida sacrificialmente con el derramamiento de su sangre.

Permanecer en Él no es un juego, ni una opción parcial o temporal, o una expresión bella; es la clave que marca la pauta de la existencia del cristiano auténtico, que no le teme a nada ni a nadie; sólo le tiene miedo a no ser fiel a Cristo hasta el final.

Permanecer es lo contrario de abandonar, irse, dejarse llevar por la comodidad, preferirse a uno mismo antes que a los demás. Permanecer en Él conlleva estar dispuesto a ser rechazado, burlado, lacerado y crucificado como lo fue Él. La contrapartida es sencillamente incomparable: “pidan lo que deseen, y se realizará”.

Pero en este evangelio también se nos habla de la poda. Podar las plantas no es cortar por abajo, de raíz, sino recortar por arriba, y eso siempre duele y lastima, aunque también reactiva y revitaliza para que la fecundidad sea aún mayor. A veces el Padre, el labrador, nos hace pasar por el trance de la poda, de la purificación, no para herirnos sino para curarnos, no para atarnos sino para liberarnos, no para quitarnos vida sino para dárnosla más abundantemente. Dios nuestro Padre sabe bien lo que necesitamos en cada momento. Quizás el momento presente en la historia de la humanidad y de la Iglesia sea un momento de poda, de purificación, de liberación, de sanación. La pandemia no es un castigo divino sino una prueba más que nos ha de fortalecer en la fe y hacer crecer en la caridad y el amor fraterno. Permanecer en el Señor en este momento tan particular, no alejarnos de Él, seguir viviendo la comunión con Él dentro de la Iglesia, en fidelidad a nuestros pastores, por medio de la oración y los sacramentos, es el secreto de una vida cristiana sensata y fecunda como discípulos de Jesús. Él mismo nos lo prometió y lo cumple permaneciendo en medio de nosotros, de manera muy especial, en la Eucaristía.

Por último, recordamos que estamos comenzando el mes de mayo, el mes de María, el mes de las madres y de las flores. El Papa Francisco nos ha invitado a rezar todos los días el rosario, en unión con todos los católicos del mundo, pidiendo a Jesús por medio de María por todos los afectados por la pandemia y para que este flagelo de la humanidad llegue pronto a su fin. La Virgen María, como madre y primera discípula de Jesús, vivió y compartió la alegría de la resurrección de su Hijo con los primeros discípulos; así también, en el momento presente, quiere animar nuestros corazones entristecidos o desgarrados por la incertidumbre y el desánimo, quiere compartir nuestros sufrimientos, quiere ser fuente de alegría e ilusión nueva para quienes seguimos creyendo y confiando en su Hijo Jesús, y queremos permanecer en Él.

 

Oración

 

Madre, venimos del tumulto de la vida. El cansancio físico y anímico, el agobio por el futuro, las necesidades reales del presente, la desilusión ante el panorama que nos rodea, invaden todo nuestro ser.

No es nada fácil aceptar con paz todo lo que sucede a nuestro alrededor… las cosas en las que habíamos depositado tanta ilusión, nos decepcionan. Las personas a las que queremos y ayudamos, nos rechazan o intentan sacar provecho de nuestra bondad. Los proyectos de futuro se desvanecen. Las familias se rompen. La sociedad se disgrega.

Por eso venimos a ti, oh Madre, porque en cada uno de nosotros camina un niño inseguro. Pero junto a ti nos sentimos fuertes y confiados. Nos da mucho ánimo saber que tenemos una Madre como tú. Guiados por tu mano, apoyados en tu brazo, podemos retomar el camino de la vida cada día con nueva esperanza.

Renuévanos por completo para que consigamos ver lo hermoso de la vida. Levántanos para que podamos caminar sin miedo. Danos tu mano para que nunca nos apartemos de tu Hijo Jesús. Danos tu bendición para que nuestra presencia en el mundo sea siempre signo de paz y fraternidad. Amén.

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