Alocución Segundo Domingo de Pascua

Por: Arzobispo de La Habana, cardenal Juan de la Caridad García

Alocución Segundo Domingo de Pascua
Alocución Segundo Domingo de Pascua

Agradecemos la colaboración de todos los que hacen posible esta emisión radial, hoy, domingo segundo de Pascua, 11 de abril, llamado también Domingo de Tomás y Domingo de la Divina Misericordia. ¡Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado!  Escuchamos el Evangelio según San Juan capítulo 20, versículos 19 al 31.

(EVANGELIO)

El primer saludo de Cristo resucitado a sus apóstoles es “Paz a ustedes”. Y eso es lo que nos dice también a nosotros: “Paz”. La paz proviene de saber que Dios nos ama, y si nos ama ¿por qué temer y tener miedo? La paz proviene de sentir que la misión que Dios me ha encomendado en la familia, en la Iglesia, en la sociedad, la puedo cumplir a pesar de muchas dificultades porque el mismo Dios me ha dado dones para cumplir con lo encargado. Y siempre que Dios da un don lo da como tarea.

La paz se hace presente en medio del sufrimiento, pues antes de que yo sufriera el hijo de Dios ha sido clavado en la cruz y nos muestra el camino a seguir. La paz proviene de saber que después del sufrimiento, el fracaso, la muerte, viene la resurrección. La última palabra la tiene la vida, la tiene Dios que es eterno, la tiene Jesucristo, vencedor del mal y de la muerte, la tiene el Espíritu Santo, capaz de lograr de nosotros comer en paz, trabajar en paz, sufrir en paz, morir en paz.

La buena noticia de la resurrección nos llena de paz ante la muerte de los que amamos.

El Papa Francisco nos dice:

“El Catecismo explica que los santos ‘contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. (…) Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero’. En Cristo hay una solidaridad misteriosa entre los que han pasado a la otra vida y nosotros los peregrinos en esta: nuestros seres queridos fallecidos continúan cuidándonos desde el Cielo. Rezan por nosotros y nosotros rezamos por ellos, y rezamos con ellos.

”La primera forma de afrontar un momento de angustia es pedir a los hermanos, a los santos sobre todo, que recen por nosotros. ¡El nombre que nos dieron en el Bautismo no es una etiqueta ni una decoración! Suele ser el nombre de la Virgen, de un santo o de una santa, que no desean más que ‘echarnos una mano en la vida, echarnos una mano para obtener de Dios las gracias que más necesitamos. Si en nuestra vida las pruebas no han superado el colmo, si todavía somos capaces de perseverar, si a pesar de todo seguimos adelante con confianza, quizás todo esto, más que a nuestros méritos, se lo debemos a la intercesión de tantos santos, unos en el Cielo, otros peregrinos como nosotros en la tierra, que nos han protegido y acompañado porque todos sabemos que aquí en la tierra hay gente santa, hombres y mujeres santos que viven en santidad. Ellos no lo saben, nosotros tampoco lo sabemos, pero hay santos, santos de todos los días, santos escondidos o como me gusta decir: los ‘santos de la puerta de al lado’, los que viven con nosotros en la vida, que trabajan con nosotros y llevan una vida de santidad”.

(CANTO)

Si tenemos paz podemos compartirla y ser instrumentos de paz.

(CANTO)

Hoy también podemos llamar a este domingo, Domingo de Felicidad. Felices los que crean sin haber visto. Feliz tú que no estabas cuando la creación del mundo, pero al ver la naturaleza te das cuenta  De que es obra del Dios creador. Y nos unimos a José Martí que dijo: “Dios no necesita quien lo defienda, lo defiende la naturaleza”.

Feliz tú, que no has visto al crucificado con tus ojos, y crees en él sabiendo que es luz para el sentido de tu vida. Feliz tú, que no has visto el amor porque es invisible a los ojos, pero lo has sentido y experimentado en tu matrimonio, en tus padres, abuelos, amigos, vecinos. Ese amor proviene de que somos imagen de Dios, que es misericordia y amor. Feliz tú, que al ver a una embarazada sabes que dentro de ella, aunque no lo veas, hay un fruto bendito, engendrado, querido por sus padres, amado por sus abuelos. Feliz tú, que no has visto a Cristo, pero lo has descubierto en el pobre, enfermo, preso, en el que te pide algo y le sirves. Feliz tu iglesia que alaba a Dios, anuncia el Evangelio, enseña el amor y practica las catorce obras de misericordia. Feliz la Iglesia que vive así, como nos narra el capítulo 4 versículos 32 al 35 de los Hechos de los Apóstoles.

(EVANGELIO)

(CANTO)

¡Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado! Como Santo Tomás queremos decir: “Señor mío y Dios mío”. Señor mío y Dios mío que me creaste a tu imagen y semejanza. Señor mío y Dios mío contigo todo, sin ti nada. Señor mío y Dios mío, presente en mis penas y sufrimientos. Señor mío y Dios mío que estás a mi lado y me ayudas a constituir una bella familia, una bella Iglesia, un bello pueblo. Señor mío y Dios mío, presente en el Sagrario de los templos, a quien te puedo hablar y me consuelas y animas. Queremos colocar en el costado abierto del corazón de Jesús y en los huecos de las manos del crucificado a las personas que nos preocupan, nos hacen sufrir y llorar, nos han hecho el mal, para que la sangre de Cristo las sane, las cure y les dé una vida nueva. Queremos colocarnos nosotros mismos en el costado abierto del corazón de Jesús y en los huecos de sus manos, para que la misericordia del Señor perdone nuestros pecados, nos limpie de nuestros pecados y podamos comenzar como cada día una nueva vida  más llena  de fe y más llena de amor. Señor mío y Dios mío.

(CANTO)

El Señor Jesucristo sugirió a santa Faustina Kowalska la devoción de la Coronilla de la Divina Misericordia. Rezamos una decena de dicha coronilla:

VOZ: “Padre eterno, te ofrezco el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero”.

Por su dolorosa pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. (SE REPITE)

Voz: “Oh Dios eterno, en quien la misericordia es infinita y el tesoro de compasión inagotable, vuelve a nosotros tu mirada bondadosa y aumenta tu misericordia en nosotros para que en momentos difíciles no nos desesperemos ni nos desalentemos, sino que con gran confianza nos sometamos a tu santa voluntad que es el amor y la misericordia mismos”.

Amén.

A la Virgen, con la oración propia de este tiempo pascual, le decimos que cargue y proteja a todas las madres, a todos sus hijos, a todas las familias, a todos los enfermos y lo hacemos rezando:

(CANTO)

Inclinamos la cabeza para recibir la bendición. Al final de cada invocación rezamos, Amén.

“Los bendiga Dios Todopoderoso en este domingo solemne de Pascua, y que su misericordia los guarde de todo pecado”.

Amén.

“Y quien los ha redimido por la resurrección de Jesucristo los enriquezca con el premio de la vida eterna”.

Amén.

“Y a ustedes que celebran estos domingos de Pascua, les conceda también el Señor alegrarse con el gozo de la Pascua eterna”.

Amén.

“Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca para siempre”,

Amén.

“Pueden ir en paz. ¡Aleluya, aleluya!”.

(CANTO)

A continuación ofrecemos íntegramente la alocución del Arzobispo de La Habana, cardenal Juan de la Caridad García

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