La presencia que levanta

Por: Daniel Céspedes Góngora

Los hijos no se tienen para retenerlos como propiedades. Prolongación nuestra por lo que han heredado física y psíquicamente, ello supone otra posibilidad de ser persona en este mundo, de compartir con otros una espiritualidad distinta. Sin dejar de querer a sus progenitores, los hijos tienen el derecho de abrazar cierta libertad hasta donde les sea permitido. Libertad que implica irse y buscar esa vida que, a fin de cuentas, se acomode más a lo que se es y pueda alcanzarse en realidad.

Los hijos no nacen para servir a los padres ni para realizar los sueños que estos no pudieron lograr. No obstante, los hijos saben que las etapas de la existencia de cada cual imponen un ritmo y quizá un estilo. Mientras unos van en busca de sus metas, otros regresan o, en muchos de los casos, se detienen por cansancio o enfermedad. Es cuando necesitan que los vengan a buscar en el camino de vuelta. Los padres pudieran agradecer el apoyo de desconocidos, pero identificar al hijo preocupado que regresa para el cuidado y el amor, brinda una satisfacción que se traduce en seguridad y garantía. ¿Garantía en qué sentido? Se preguntarán algunos. Garantía de roce y continuidad. El Papa Francisco ha dicho al respecto:

“No advertimos que aislar a los ancianos y abandonarlos a cargo de otros sin un adecuado y cercano acompañamiento de la familia, mutila y empobrece a la misma familia. Además, termina privando a los jóvenes de ese necesario contacto con sus raíces y con una sabiduría que la juventud por sí sola no puede alcanzar”.1

La presencia de los hijos o de uno de ellos en la casa es un consuelo para los padres que ya han envejecido. No se regresa o se está para retribuir a quienes te dieron la vida y supieron de tu nacimiento, sino por consideración, agradecimiento y amor. Tener derecho por las nuevas generaciones de juicios muy diferentes acerca de la vida no quiere decir que excluyan el cariño y la atención por las generaciones anteriores. En la Biblia se lee: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días sean prolongados en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da”.

Acaso una de las relaciones más hermosas y complicadas sin que se hable de esto último, porque lo que impera es el amor del padre por el hijo y viceversa, la encontramos en Leyenda de pasión (Edward Zwick, 1994), una película con muchos momentos memorables que resumen idas y regresos de Tristan (Brad Pitt) a su casa, al encuentro de su padre el coronel Ludlow (Anthony Hopkins). Aquí el militar retirado recuerda al padre misericordioso de la parábola del hijo pródigo. Veintisiete años después, encarnando a otro padre, el actor gales Anthony Hopkins vuelve en El padre (Florian Zeller, 2020) a interpretar a Anthony, un progenitor en estado decadente, porque el mal de Alzheimer ha empezado a hacer de las suyas en su cuerpo deteriorando su cognición y conducta. Sin embargo, cuando su hija Anne (Olvia Colman) parece querer marcharse y se lo manifiesta, él le contesta con plena conciencia de lo que va a suceder: “Así que, si lo he entendido bien, me estás dejando. ¿Es eso? Me estás abandonando”. Mas, ¿esto pasa en verdad o refleja lo que él más teme suceda con su vida?

En ese mundo reducido y alucinante de Anthony, entran y salen personas que él ha conocido o tal vez no. De los que lo atormentan continuamente está Paul (Rufus Sewell), quien fuera esposo de Anne y es, de hecho, la persona que parece que más recrimina al anciano por haber sido un obstáculo en su relación amorosa. Y escribo parece, porque llega el momento en que se opta por ir narrando lo previo antes de la decadencia. La memoria y la historia empiezan a ser representadas por la retrospectiva, un recurso eficaz si no descuida el conflicto del personaje principal. Aunque más que retrospectiva hay un retomar lo que ya hemos visto, pero con variaciones. Al reiterar información con comentarios, visualidad y narración en general emulan la enfermedad neurodegenerativa. Es también sintomático cómo realidad y recuerdos se empiezan a complicar para Anthony y también para el espectador.

La adaptación de la obra teatral del propio director francés ha sido muy bien acogida en todo el mundo. Hay quien ha preferido más los silencios de la Colman a los gritos de Hopkins. Lo primero es ubicarse en lo que tienen que dar los personajes. Ambos actores están a un nivel interpretativo elevadísimo. No sabemos qué va a pasar con las seis nominaciones a los Oscar de El padre. Gane en el apartado que sea o se vaya sin ningún premio de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, seguirá siendo uno de esos dramas inolvidables por duros y hermosos donde al crepúsculo existencial le acompaña con muchas ganas el amor. Ω

 

Nota

[1] Francesco: Carta Encíclica Fratelli tutti. Sobre la fraternidad y la amistad social, 2020, 19.

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