Tercer Domingo de Pascua

Por: padre José Miguel González Martín

Palabra de Hoy
Palabra de Hoy

18 de abril de 2021

Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.

Quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud.

“Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona”.

 

Lecturas

 

Primera Lectura

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 3, 13-15. 17-19

En aquellos días, Pedro dijo a la gente:
El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que ustedes entregaron y rechazaron ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Ustedes renegaron del Santo y del justo, y pidieron el indulto de un asesino; mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello. Ahora bien, hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia, al igual que sus autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que se borren sus pecados.

 

Salmo

Sal. 4,2. 4. 7. 9

  1. Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro.

Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia;

tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración. R.

Sépanlo: el Señor hizo milagros en mi favor,

y el Señor me escuchará cuando lo invoque.

Hay muchos que dicen:
“¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?” R.

En paz me acuesto y enseguida me duermo,
porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo. R.

 

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 2, 1-5a

Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: “Yo lo conozco”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud.

 

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
“Paz a ustedes”.

Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo:

“¿Por qué se alarman?, ¿por qué surgen dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Pálpenme y dense cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:

“¿Tienen ahí algo de comer?”

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:

“Esto es lo que les dije mientras estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo:

“Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto”.

 

Comentario

 

Estamos ya en el tercer domingo de Pascua y la Iglesia entera sigue celebrando con alegría la resurrección del Señor, su victoria sobre el pecado y la muerte. La resurrección de Jesucristo, manifestada en sus apariciones a los discípulos, cambió la vida de estos, pasando de ser miedosos seguidores escondidos a testigos vivos del Señor y comunicadores alegres y decididos de su Buena Noticia.

Este proceso de reconversión que los primeros discípulos de Jesús vivieron, y no siempre de manera plácida y automática, también hemos de vivirlo nosotros. Por eso no nos hemos de cansar, durante el tiempo de Pascua, de pedirle al Señor la gracia y el regalo de sentirlo vivo, con corazón palpitante, a nuestro lado, en nuestros quehaceres y luchas, y no solo cuando rezamos o vamos a la iglesia.

De la Palabra de Dios de hoy podemos sacar varias conclusiones o aprender varias enseñanzas. La primera de ellas se concentra en la frase: “tenía que ser así” o “era necesario”. San Pedro le dice al pueblo que le escuchaba: “Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer”. El texto del evangelio de hoy comienza con la alusión a los discípulos de Emaús que, a su regreso a Jerusalén, después de que Jesús se les apareciera, contaron a los demás lo que les había pasado por el camino y cómo lo reconocieron al partir el pan. Jesús a ellos también les dijo, explicándoles las Escrituras, que era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria. En la aparición a los discípulos que se nos narra hoy, Jesús lo vuelve a repetir: “era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí”.

A nosotros, de la misma manera, nos cuesta aceptar que Jesucristo tuviera que pasar por lo que pasó para abrirnos el camino hacia Dios y hacia la eternidad. ¿No podría habernos salvado de otra forma, sin sufrimiento ni dolor? Quizás sí, pero Dios lo quiso de la manera que conocemos; el misterio del porqué poco a poco lo vamos meditando y comprendiendo como lo hicieron sus discípulos, con la luz y fuerza del Espíritu Santo.

Cuando la Cruz, en cualquiera de sus formas, se hace presente en nuestra vida enseguida nos preguntamos ante Dios o ante nosotros mismos, heridos o aterrados, el por qué y para qué. Nos resulta imposible comprender y aceptar de primeras su sentido. Cuando el fracaso y la decepción tocan nuestra existencia tampoco nos resulta fácil encajarlo y asimilarlo. Y a veces nos lleva a la deriva de la depresión y la desesperación. Sin embargo, cuando pasa el tiempo, cuando lo ponemos a la luz de la fe, cuando permitimos que Cristo mismo nos lo explique en el caminar de la vida, llegamos al convencimiento del “era necesario” o del “tenía que ser así”. Cuántas sombras se iluminan cuando caemos en la cuenta de que nada ni nadie escapa a los misteriosos planes de Dios, que para todo tiene su lugar y momento. Y que el pasar por caminos oscuros y tortuosos sin soltarnos de la mano del Padre nos prepara para vivir otros momentos luminosos y gloriosos. Ciertamente viene fenomenal volver a recordar esa frase tan conocida: “Dios escribe recto con renglones torcidos”.

La llamada al arrepentimiento y a la conversión que Pedro hace a la multitud que le escuchaba sigue siendo la llamada que la Iglesia nos hace hoy a todos. Una llamada y una invitación a depositar en Cristo nuestra fe, nuestra confianza, nuestro deseo de vivir de una manera renovada en la perspectiva de la vida eterna que Él mismo ha conquistado para todos. San Juan, en la segunda lectura, abunda en la insistencia de apartarnos del pecado, guardando los mandamientos de Cristo; recordemos que su mandamiento fundamental es que nos amemos como Él nos ha amado. Pecado, por tanto, es todo aquello que rompe, enturbia, diluye nuestro amor a Dios y nuestro amor al prójimo. Y no podemos creer o hacer creer que lo conocemos, que somos sus discípulos, si no nos amamos de corazón y de verdad como sólo Él nos ama, con todas las consecuencias derivadas. Una de ellas es vivir en la verdad pues la verdad nos acerca a Dios y a los hermanos, nos hace auténticamente libres. Pretender hacer de la mentira o la simulación el modo ordinario de convivencia, a nivel personal o colectivo, lleva directamente a la esclavitud y autodestrucción de la persona y de cualquier tejido social.

Ciertamente en un mundo y momento tan convulso como el que vivimos, en sociedades visiblemente contradictorias, hemos de pedirle mucho al Señor que también a nosotros nos abra el entendimiento, como a los discípulos del evangelio de hoy. Y no sólo para comprender las Escrituras, el misterio de su pasión, muerte y resurrección, el “era necesario” o el “tenía que ser así”; también, y sobre todo, para entender la realidad que nos envuelve, el mundo en que vivimos, la sociedad que nos rodea; para saber meridianamente cómo hemos de actuar, en el deseo y desafío de ser sus testigos fieles y creíbles, asumiendo los riesgos necesarios y evitando temeridades estériles. Que la fuerza de su Espíritu y la luz de su presencia amorosa, que llena nuestros corazones de paz y alegría, sigan siendo siempre las coordenadas en las que sostengamos nuestro cotidiano caminar.

 

Oración

 

Quédate con nosotros, la tarde está cayendo.

¿Cómo te encontraremos al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros; la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo, y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos, tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

 

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