Un nuevo comienzo

Por: Daniel Céspedes Góngora

Minari
Minari

“Y los habitantes nos mostraron toda clase de atenciones, porque a causa de la lluvia que caía y del frío, encendieron una hoguera y nos acogieron a todos”.

Hechos 28.2

 

Cuando en Minari1 (Lee Isaac Chung, 2020) el joven padre de familia Jacob (Steven Yeun) le dice a su pequeño hijo David (Alan Kim): “Cada año, 30 000 coreanos inmigran a los Estados Unidos”, el espectador pudiera alarmarse y buscar el más reciente mapa del censo poblacional de ese país para comprobar −al menos en un primer vistazo− la cantidad de asiáticos insertados a la nación estadounidense.

Finalizaba los años noventa del pasado siglo cuando el entonces presidente Bill Clinton se pronunció a favor de la emigración legal. Habló del papel de América Latina y otras regiones del mundo en el enriquecimiento de la población y cultura de Norteamérica y se refirió también a Asia como una fuerza innegable que siempre ha calzado el carácter industrial de la economía de la “casa del destierro”, como llamaría José Martí a la tierra que lo acogió.

No obstante, el fenómeno de la inmigración ha sido muy debatible para los propios norteamericanos por cuanto afecta −según la mirada de especialistas y parte de la población− desde los llamados derechos de los naturales hasta los índices elevados de delincuencias y deslealtades religiosas, políticas y culturales. Existe un temor frente al extranjero, enraizado por enseñanza de una generación a otra, que promueve una xenófoba práctica de descarte hacia el ser humano que parece llegar como usurpador de territorio. Algunos olvidan que esta Alejandría moderna, con su tentación a ratos malograda de enriquecer materialmente a los hombres de todos los contextos posibles, se erigió sobre los principios de conquista y usurpación de una tierra que ya era de otros.

La emigración fue y ha sido punto de partida para toda suerte y desgracia de resultados. Esa xenofobia y negación de cobijo de muchos reproducen pero no justifican procederes históricos vergonzosos e hipócritas. En Levítico 19.34 puede leerse: “Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que peregrine entre vosotros; y los amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Yo, Jehová, vuestro Dios”. Pero los aspavientos de menosprecio y aislamiento, es bueno aclararlo, provienen a veces tanto de los originarios como de los foráneos. Todos los extremos son malos. A propósito del extremo, Ambrose Bierce escribe en su Diccionario del diablo es “la posición más alejada, en ambas direcciones, del interlocutor”.

El interlocutor en Minari es tanto la familia coreana que desea aplatanarse en suelo y cultura estadounidenses como los personajes (personas, clima, paisaje…) con los que se interactúa en un relato sobre la supervivencia familiar y la identidad cultural. No por ello se renuncia a creer en el sueño americano. Establecerse y afirmarse en la nueva tierra supone, para la familia coreana, su respuesta a la hospitalidad que de alguna manera está reincidiendo acaso demasiado sobre sus vidas. En este sentido, no estamos ante una película acerca de personificar una epopeya nacional. Es más bien la aventura de una familia representativa de una generalidad que busca encajar. El poeta y novelista haitiano René Depestre escribió hace años: “Siempre he desconfiado de los grupos de nostálgicos y de sus rencillas que a menudo frenan en la emigración el impulso natural a asimilar los valores de la tierra de adopción”.2 He ahí el pacto fijo y conflictivo, del que no se sabe a ciencia cierta qué deparará, aunque alberga la esperanza y la fe ante los demás. No en balde, se recuerda en Job 31.32: “El forastero no pasa la noche afuera (porque) al viajero he abierto mis puertas”.

Con la llegada de una abuela a la casa con ruedas donde ahora viven Jacob, su esposa y sus dos hijos, se establece un puente entre la generación más joven y la intermedia. La abuela, que aún “huele a Corea” como manifiesta David, es quien enlaza con sus conversaciones y costumbres traídas, el país de origen con el de amparo. Isaac Chung muestra escenas de preparación de platos típicos, pero alejadas de las imágenes de un programa de televisión gastronómico. Hacen la comida y conversan de todo en una mezcla de inglés y coreano. Para la abuela, sus nietos están ya occidentalizados a la manera norteamericana. Durante el juego de cartas con sus nietos, ella, animosa, insulta en broma a los jugadores. Gana una y otra vez, porque ellos están ajenos a cómo se pasa así el tiempo.

Pudo haber sido una cadena de obstáculos procedentes de la xenofobia y el choque cultural. Por fortuna, no lo es. En Minari hay interés por otros asuntos. Es un relato intrafamiliar, donde el panorama externo (tanto campo, siembra, árboles, riachuelo como economía, sociedad, costumbres…) repercute en la armonía de un grupo inmigrante. Pese a todos los contratiempos profesionales y anhelos íntimos, convivencia y tolerancia ponen a prueba a cada personaje. Lo que ellos conversan y observan, sus actuaciones, están apoyadas por una puesta en escena recordable y antes por un guion donde no sobra nada. Importan el nuevo lugar y sobrevivir, en efecto, pero reconociendo el valor de los demás, la necesidad de estar en compañía. De una belleza sorprendente, Minari es un registro sencillo y veraz sobre la emigración. Ω

 

 

Notas

[1] En coreano significa apio de agua.

2 René Depestre: “El reverso del exilio”, en El Correo de la Unesco, octubre 1996, p. 22.

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