Baudelaire por Calasso

Por: Daniel Céspedes Góngora

La Folie Baudelaire
La Folie Baudelaire

Escribir es aquello que, como el eros, hace oscilar y vuelve porosos los límites del yo. Todo estilo se forma por sucesivas campañas –con pelotones de incursores o con ejércitos enteros– en territorio ajeno.

Roberto Calasso

 

“Hoy, el lugar indicado para Baudelaire es una pista para el tráfico veloz”, ha escrito el escritor italiano Roberto Calasso en uno de sus libros nutridos de referencias, renacentista, donde la prosa no pierde el atractivo frente a su disposición de tomar lo poco y mucho para agolpar conforme a un fin o al menos a su objeto de estudio central: el autor de Las flores del mal, Los paraísos artificiales, Los despojosLa Folie Baudelaire1 posee ingredientes claves para que no sea un best seller, sino un clásico prematuro que seguirá afirmándose en dicha categoría con el transcurrir del tiempo.

El término folie según se va exponiendo en los capítulos (I. La oscuridad natural de las cosas; II. Ingres el monomaníaco, III. Visita a Madame Azur, IV. El sueño del burdel-museo, V. El lábil sentimiento de la modernidad, VI. La violencia de la infancia, VII. Kamchatka) corresponde al nombre característico del siglo xviii para ciertos pabellones destinados al ocio y el placer. El libro intenta y consigue responder cómo se formó ese llamado pabellón del poeta y crítico de arte Charles Baudelaire, del dandi frustrado –no por excelencia como algunos han señalado–. Es acerca de ese orbe que continúa ejerciendo influencias en el siglo xxi y que venía acaso previéndose antes de su propio nacimiento en 1821 (9 de abril).  En efecto, Baudelaire, ariano como Leonardo da Vinci y Rafael Sanzio, le hizo honor a su signo. Paseante ilustrado, el excéntrico flâneur, contribuyó a la definición de poeta maldito hasta ser abrazado por ella. Difícil a veces en algunos poemas pero siempre provocando desde ellos y en su prosa; su prosa cual morada para el incentivo de la vocación. Sin desconsiderar en absoluto al poeta (repárese en el apartado “La violencia de la infancia”), Calasso prefiere al escritor de arte.

Calasso concibe una estructura fragmentada sobre la vida del “Dante de una época decadente”. Mas no es de interés ahora –quizá ni en adelante– biografiar al uso. Sea lo que fuere, el lector accede a un Baudelaire familiar y a uno recuperado por imaginable, gracias a una rareza ya pasmosa, la que principia con el entremetimiento en todas las fuentes habidas y por haber. Ese entremetimiento es suplente de la curiosidad. Ella es puesta al servicio de una complacencia ensayística. Su autor narra a lo grande cuando aprovecha la constelación alegórica generada por Baudelaire.

Están las citas, los fragmentos de cartas y diarios, retazos de sus críticas de arte, el poema de otros influyendo en los suyos. Aquí está Baudelaire expuesto como nunca, pues el hombre muestra al artista y viceversa… Calasso alude cuando le viene en gana, pero en principio lo suyo es detonar el dato para luego ir a su pesquisa. Sabe que la recuperación del antecedente implica una exigencia personal más compleja: reconquistar con justicia los fragmentos del otro en un decidido vaivén entre pasado y presente. Repaso que es monopolio, prudencia que descarta, apropiación generosa. Jugar como Mary Shelley a la autoría sucesiva, pues la ficción lía la realidad, enriqueciéndola. Jugar a la armazón de Víctor Frankenstein es arriesgado, pero Calasso confiere vida a un monstruo erudito, audaz, bello.

En la cubierta del libro se observa Cuadro con mujer desnuda acostada, de Jean-Auguste-Dominique Ingres, obra de 1852, uno de los cuatro daguerrotipos hallados en un cajón del secretario del artista. Sobre la imagen se habla en el capítulo II. Acaso sea precisamente ese, llamado “Ingres el monomaníaco”, uno de los que menos asoma en apariencia el hombre central de este libro. Baudelaire se menciona un par de veces al inicio. Cuando el texto va rumbo a su cierre y a revelar por error una clandestina independencia, Calasso retoma la figura del crítico, el porqué de su preferencia por Delacroix frente a Ingres. Más allá de echar abajo el aislamiento que pudieran suponer sus reflexiones sobre el autor de El baño turco, las cuarenta y cuatro páginas representan una lección magistral para cualquier historiador y crítico de arte.

En el prólogo a la reedición de Baudelaire y la crítica de arte (Editorial Arte y Literatura) había solo apuntado el nombre de Diderot sin desarrollar las correspondencias entre ambos ilustrados, considerando cuánto influyó el autor de Salons, críticas de arte (1759-1781) en quien continuaría y haría muy personal el estado de hastío que también empezó aquel. Calasso en la primera sección de La Folie… me ha socorrido al escribir:

 

“Pero ¿qué había en Diderot para atraer a Baudelaire? No era sin duda ‘el culto de la naturaleza’, esa ‘gran religión’ que unía a Diderot con Holbach y era del todo ajena a Baudelaire. Ante todo la atracción se debía a cierto transcurso del pensamiento, a cierta capacidad de oscilación psíquica en la que –como Baudelaire escribió de un personaje teatral de Diderot– ‘la sensibilidad va unida a la ironía y al cinismo más extraño’.

[…]

”En la cadena de la insolencia, la impertinencia y la inmediatez que liga los Salons de Diderot con los de Baudelaire, existe un eslabón intermedio: la Historie de la peinture en Italie de Stendhal. Impreso en 1817 para un público prácticamente inexistente, este libro debió parecer al joven Baudelaire como un viático precioso. No tanto por la comprensión de los pintores, que nunca fue el fuerte de Stendhal, sino por su manera desenfada, expeditiva, ligera, como de quien está dispuesto a todo menos a aburrirse mientras escribe”.

 

Este año, en que celebramos el bicentenario del autor de El spleen de París, es La Folie Baudelaire, con seguridad, uno de los libros más ambiciosos y logrados en mucho tiempo sobre el genial francés. Ω

 

 

Nota

[1] Roberto Calasso: La Folie Baudelaire, traducción de Edgardo Dobry, Editorial Anagrama, Barcelona, 2011.

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