Deporte, dinero y relatos de la época actual

Por: José Antonio Michelena

El deporte, en su largo recorrido a través de los tiempos, ha ido registrando las marcas de su evolución. Cada época ha aportado su cuota en ese proceso de transformaciones. El desarrollo de las comunicaciones amplió a escala universal el concepto de espectáculo para el público, lo convirtió en súper ganancias para las múltiples empresas alrededor del movimiento deportivo.

Hace mucho que el deporte profesional es un negocio de grandes dimensiones, que mueve una cantidad de dinero que causa estupor. Un artículo de la revista Forbes de 2019 refería los deportes que más dinero generaban. Según esa publicación, eran: 1. Baloncesto: 972 millones en salario y 321 en patrocinio; 2. Fútbol americano: 704 en salario y 71 en patrocinio; 3. Fútbol: 457 en salario y 151 en patrocinio; 4. Béisbol: 449 en salario y 18 en patrocinio; 5. Tenis: 46 en salario y 246 en patrocinio. Pero esas cifras, de hace dos años, ya han sido sobrepasadas.

Otra manera de analizar el dinero que genera el deporte es observar las enormes cifras que se mueven en las grandes competencias que se producen por ciclos (una vez al año, cada dos años, cada cuatro años). Un artículo de El imparcial, en abril de 2020, señala los cuatro eventos que más dinero mueven: El Superbowl, el partido que decide la NFL (378 millones); los Juegos Olímpicos de verano y de invierno (3 billones); El Mundial de fútbol (141 millones); Dayton 500, la carrera de coches más importante de la NASCAR Cup Series (98 millones).

Sin embargo, los aficionados están más familiarizados con las ligas de los deportes de su preferencia. La publicación citada anteriormente muestra una tabla que recoge los datos de las diez ligas profesionales que más dinero generan anualmente:

NFL: Liga de Fútbol Americano: 13 000 millones de dólares al año.

MLB: Grandes Ligas de Béisbol: 9 500 millones de dólares.

Premier League: Liga de Fútbol inglesa: 5 300 millones de dólares.

NBA: Liga de Baloncesto de Estados Unidos: 4 800 millones de dólares.

NHL: Liga de Hockey de Estados Unidos: 3 700 millones de dólares.

Bundes Liga: Liga de Fútbol de Alemania: 2 800 millones de dólares.

Liga Santander: Liga de Fútbol de España: 2 200 millones de dólares.

Serie A: Liga de Fútbol de Italia: 1 900 millones de dólares.

Ligue 1: Liga de Fútbol de Francia: 1 500millones de dólares.

NPB: Liga Japonesa de Béisbol Profesional: 1 100 millones de dólares.

Messi
Messi

Estos son datos generales, pero la información que más interés despierta en los seguidores de los deportes, en lo que a dinero se refiere, es la que tiene que ver con los contratos de los deportistas. En esa zona de noticias se produce una gran cantidad de artículos y comentarios.

Para los que forman parte de la élite, los deportistas que participan en las ligas profesionales más encumbradas, y sobre todo las súper estrellas, las cifras de los contratos han crecido vertiginosamente, e igualmente se ha creado una narrativa alrededor de las firmas, el dinero y los craks. Es una constante lluvia de noticias que invade las publicaciones deportivas y las redes sociales.

Detrás de cada firma de contrato de un crack se arma una tormenta de opiniones, a favor y en contra, comparando al deportista con otras súper estrellas de su liga, o de otras ligas de su deporte. La comparación entre atletas, como si fueran autos, es una de las cosas menos serias, menos responsables, de las narrativas del deporte.

Está claro que ese lenguaje está en correspondencia con las prácticas del deporte profesional. Cuando un club le está pagando 30 millones de euros o de dólares a un atleta por temporada lo está valorando como mercancía de lujo. Y, por cierto, no le está regalando nada. Ya ha calculado que su nombre (Messi, Cristiano, LeBron, Harper, Trout, Cole) va a reportar mayores entradas al estadio, mayor venta de camisetas, mejores patrocinios, mayor cobertura de noticias, mayores ganancias por las transmisiones; en fin, mucho dinero. Como reza un antiguo refrán, él vale su peso en oro.

Curiosamente, ese gasto de dinero de los clubes en la firma de los grandes talentos no es directamente proporcional a la cantidad de victorias y campeonatos que logran. Los Yankees de Nueva York, la franquicia más rica de la MLB, cuyo valor está calculado en 6,75 mil millones de dólares, no gana la Serie Mundial desde 2009. Ah, pero ingresaron 683 millones de dólares en la campaña de 2019, según datos de Forbes 2020. Y eso es lo que realmente le importa a los dueños.

LeBron
LeBron

La otra cara de la moneda es Tampa Bay Rays, una de las franquicias más humildes de la MLB, que año tras año está peleando por el liderato de su división, y que en la campaña de 2020 perdió la Serie Mundial en el séptimo juego con los Dodgers de Los Ángeles, el segundo club más rico de la MLb, pero que no ganaba el trofeo máximo desde 1988.

Las historias alrededor del dinero de los contratos no son las únicas trivialidades que persiguen a los craks, porque casi cualquier cosa que hagan ellos en el terreno de juego –y hasta fuera de él– va a las noticias. Ahora, en la MLB, el mayor favorito de los cintillos es el dominicano Fernando Tatis Jr., firmado por los Padres de San Diego por 330 millones de dólares por catorce años. Su contrato es de los más altos, de los mejores, como también la cláusula incluida posteriormente, la cual le permite vetar ser canjeado hasta 2028, entre otros privilegios.

Hasta ahora Tatis Jr. está respondiendo muy bien con su juego a las expectativas despertadas por su enorme talento y por el dinero invertido en él; en cambio, con el puertorriqueño Francisco Lindor no está sucediendo lo mismo. La ex estrella de los Indios de Cleveland firmó un contrato astronómico con los Mets de Nueva York –341 millones de dólares por diez años– y no está bateando lo esperado, todo lo contrario, hasta el punto de que ha sido abucheado por los fanáticos en Queens.

¿Hasta qué punto un contrato como ese presiona a un atleta de élite, lo estresa más de lo que habitualmente soporta? Habría que preguntarle. Y nunca lo sabremos totalmente. Alguna vez el cine ha representado el drama que atraviesan los deportistas en determinadas circunstancias. Quienes hayan visto 61, el filme de Billy Crystal que recoge la pesadilla de Roger Maris para romper el récord de jonrones de Babe Ruth se puede hacer una idea de hasta dónde presionan los fanáticos y la prensa. Lo llevaron a una crisis nerviosa. Y fue hace sesenta años. No había internet ni redes sociales.

Claro que las historias que giran alrededor de los contratos y las comparaciones entre los deportistas no son las únicas trivialidades que alimentan esta época donde cualquiera publica un comentario o una supuesta noticia. La vida profesional y la privada de las celebridades del deporte están expuestas de manera constante en los medios de comunicación. Es una narrativa omnívora, se nutre de todo.

Con ese ruido ambiente tienen que lidiar, día tras día, Messi, Ronaldo, LeBron, Durant, Aaron Judge, Mookie Betts, Mike Trout, Bryce Harper… Uno se imagina que así como Odiseo se tapó los oídos para no escuchar a las sirenas, así hagan ellos. Y siempre tienen sus millones de consuelo para olvidar el mundanal ruido fuera de los estadios.

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