El beisbol cubano entre la realidad y las quimeras

Por: José Antonio Michelena

Los males de la burocracia

 

El ambiente beisbolero en la Isla está caldeado. Por una parte, hay una lluvia de comentarios sobre la preselección que debe disputar el boleto olímpico, y por otra, la llamada renovación del equipo Industriales también ha despertado muchas opiniones encontradas en la redes sociales.

Cualquiera que esté al tanto de la actualidad beisbolera es capaz de avizorar la misión imposible que tiene la selección cubana en el torneo que se disputará en La Florida a partir del día 31 de mayo. Allí estarán las potencias de América –donde ya no figura Cuba– en este deporte (Estados Unidos, República Dominicana, Venezuela, Puerto Rico) junto a Canadá, Colombia y Nicaragua. Y hay un solo pasaje a Tokio.

Equipo Industriales
Equipo Industriales

Dando por descartada esa posibilidad, aún queda otra, tan improbable como la calificación en La Florida: quedar allí en el segundo o tercer lugar para luchar por el último cupo en Taipei con los anfitriones, Países Bajos, Australia, China, y el compañero de América. Una quimera inalcanzable.

En los últimos meses se estuvo especulando sobre la posible inclusión, en la selección nacional, de peloteros que juegan en otras ligas, pero esa es otra utopía, algo que no va a suceder de inmediato. Hay muchas heridas entre los atletas de la diáspora, causadas durante muchos años por un tratamiento y un lenguaje hostil, y existen también múltiples inconvenientes por los contratos de trabajo de esos jugadores.

De manera que a La Florida la selección va a asistir con los peloteros de la serie nacional, varios de los contratados en Japón –si no están lesionados– y tres veteranos que pasaron, en algún momento, por la MLB –si no eliminan alguno en el último corte–. Es lo que hay. Insuficiente para albergar esperanzas.

Teniendo en cuenta que el béisbol no estará presente en los Juegos Olímpicos de París 2024, hay un largo recorrido hasta Los Ángeles 2028. ¿Habrá una selección cubana en California dentro de siete años? No es mucho tiempo para todo lo que debe corregir y cambiar la pelota en el país. Tiene que apurarse.

Lo paradójico es que que mientras en la Isla la calidad del béisbol ha tocado fondo, son muchos los peloteros cubanos que en las últimas temporadas han logrado establecerse –algunos de forma muy destacada, brillante– en la organización de más alto nivel de ese deporte, la Major League Baseball (MLB). Entonces, ¿cuál es el problema?, ¿por dónde le entra el agua al coco?

En agosto de 2020, la revista digital Playoffmagazine publicó una entrevista con el jardinero Yadir Drake, el cual, con la experiencia de haber jugado en varias ligas, incluyendo la MLB, ante la pregunta de si el béisbol cubano está en crisis, declaró: «Cuba tiene buenos peloteros para imponerse en los eventos internacionales, pero tienen cosas que aprender todavía. La calidad de los jugadores está, pero faltan cosas que se les escapan de las manos a la hora de jugar contra profesionales. Eso no se arregla en el terreno, sino en las oficinas».

Fue una respuesta elegante y precisa. El término «oficina» es una metáfora para aludir a la burocracia que dirige el béisbol cubano, la cual paraliza cualquier desarrollo. Su incapacidad y torpeza afecta toda la estructura que lo sostiene. Las deficiencias, aunque se manifiesten en el terreno, emanan de quienes dirigen. Y en las selecciones se ve la mano larga y torpe de esa burocracia.

La fuga de talentos que ha desangrado al béisbol cubano en los últimos treinta años es, en parte, una consecuencia de los malos procedimientos de los burócratas. No pocos de los atletas de la diáspora hubieran seguido jugando en su país si hubieran visto oportunidades y un trato más justo.

Entre las varias decenas de los que pudieron establecerse en la Gran Carpa hay sobrados casos que ejemplifican la falta de visión de los técnicos locales para aquilatar y desarrollar el talento. Muchos de ellos nunca hubieran sido siquiera seleccionados para el equipo Cuba. Estaban ahí, pero los técnicos no los veían, los ignoraban, o se desempeñaban en otras posiciones, o no cumplían el parámetro imprescindible: no ser sospechoso de desertar.

Los manejos de la burocracia se han hecho sentir de forma ostensible en los equipos de la serie nacional. Desde la llegada de los refuerzos y los traspasos de peloteros entre provincias se ha reestructurado el mapa de lugares en la tabla de posiciones y ha sobrevenido una época extraña, enrarecida.

La provincia más favorecida con los traspasos ha sido Matanzas, pero ojo, no (solo) porque a los peloteros de ese conjunto les hayan ofrecido lo que en sus provincias de origen no les ofrecían, sino porque allí, además, o sobre todo, había un profundo conocedor del béisbol, un visionario, alguien que era capaz de ver y desarrollar el talento que otros no veían, aunque como director fuera un desastre.

Quizás el caso opuesto a Matanzas, en esta época, sea La Habana; es decir, Industriales, sumido en una larga crisis que no termina. Sabido es que la capital ha sufrido como ninguna otra provincia la fuga de talentos, pero también ha sido víctima de este período turbulento. No todos sus talentos han ido al extranjero; muchos han tenido que buscar oportunidades en otras provincias, porque los técnicos les negaban la oportunidad de demostrar su calidad en Industriales. Es una parálisis que lleva más de una década.

Ahora, después del último naufragio de la nave azul, se anuncia una renovación, pero como casi todo en esta época, comienza mal: con el retiro voluntario de su estelar capitán, Stayler Hernández, y el retiro forzozo del aún joven receptor Frank Camilo Morejón, el mejor de su posición a la defensiva en el país.

El retiro obligado de Frank Camilo ha sido muy cuestionado y comentado porque el propio pelotero declaró: «Yo no me retiro, a mí me retiran». Operado de cadera en 2009, y víctima de una trombosis dos años atrás, ese estado  de salud fue el argumento que se manejó para separarlo de Industriales, pero el receptor capitalino, quien lleva doce años jugando después de la operación, muchas veces adolorido, dijo que esa decisión debieron dejársela a él.

La renovación de Industriales, si fuera verdadera, debió haber comenzado reconociendo los dislates cometidos en la última década bajo los diversos cuerpos de dirección, los mismo que fueron incapaces de detener la fragmentación del equipo, cada vez más alejado de su leyenda y sus doce coronas que tanto encono despiertan. Ahora mismo la número trece luce tan distante como la clasificación a los Juegos Olímpicos de Tokio.

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