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Por: Jorge Fernández Era

El mercado internacional no se hizo para nosotros. Es la conclusión que uno saca cada vez que la Asamblea Nacional o una institución afín analiza los entresijos del comportamiento de la economía. Este 2020 pintaba feo para todos los países desde que la covid-19 se extendiera por el mundo y la mayoría de los gobiernos se vieran abocados a medidas de contención que lastran la buena marcha de los procesos productivos. El aislamiento social era la única medicina capaz de aliviar la expansión de la enfermedad, mientras no surgiera la cura definitiva, y era lógico que ello redundara en una brusca disminución del producto interno bruto en todos los confines del planeta Tierra.

El producto interno nuestro peca de más bruto que todos los demás. Si no, vean la cantidad de veces que nos hemos lamentado de la caída de los precios de las materias primas básicas. Un país eminentemente agrícola como Cuba –es la explicación que oímos– ve limitadas sus exportaciones y la existencia de moneda libremente convertible para respaldar las inversiones sociales. Pareciera que la solución es que se revertiera ese panorama y las cotizaciones internacionales elevaran sus guarismos, pero no, cuando eso sucede acudimos a lamentarnos de que, al ser cubierta buena parte de las necesidades básicas con la importación de alimentos, el Estado se ve obligado a gastar elevadas sumas de dinero que no estaban previstas en el presupuesto anual para dichos fines.

La covid-19 ha venido a acentuar el dilema. El Gobierno hace ingentes esfuerzos por minimizar el impacto de la enfermedad en la Isla. Al ya numeroso monto de recursos que anualmente destina a la salud, ha sumado cifras extras para cubrir, entre otras urgencias, la existencia de numerosos centros de confinamiento donde se aíslan los sospechosos de poseer la enfermedad. Y aunque el comportamiento de esta última no ha escapado de las curvas y recurvas propias de una pandemia, es innegable que los cubanos respiramos con alivio, dormimos tranquilos y disfrutamos de indicadores de incidencia que nada tienen que ver con los de la región y el mundo. De ahí que nos propasemos en la confianza y rocemos la temeridad en cuanto a jugar con un virus que se cuela donde quiera.

Escapo a la tentación de hacerme eco de los discursos moralizantes que a cada rato oímos en el noticiero, porque la confianza y la temeridad no siempre –casi nunca– son resultado del “a mí no me toca” que uno esgrime para descuidarse. Hay que salir a la calle más de lo aconsejable para una búsqueda inacabable de lo mínimo para subsistir, con un comercio estatal deprimido a punto de suicidio y un trueque ilegal que ya no tiene para sustituirlo.

“La hora de los hornos” es un buen título que le pediríamos prestado al recién fallecido Pino Solanas para definir una oportunidad que le pintaron calva a un país cuyo suelo y clima las tiene todas para exportar en lascas las oportunidades. Con los precios por el cielo y las producciones mundiales a la baja, Cuba estaría suministrando al mundo cualquier cantidad de productos agrícolas, y hasta carne y leche, de haber fructificado planes soñadores basados en estructuras que los frenan. He aquí que ni para consumirlos tenemos, y los bolsillos ven surgir salideros que se ahondan con una inflación que no tiene para cuando acabar y que promete ser crónica e ingresarnos en terapia intensiva si los cálculos del Ordenamiento fallan.

¿El bloqueo no cuenta?, preguntan algunos. Claro que sí, pero las “actualizaciones”, lineamientos, rectificaciones y estrategias se han diseñado con él ahí, sin calcularle fecha de caducidad, como sambenito incómodo con el que tendremos que convivir por mucho tiempo. Es inmoral seguir echándole la culpa de la incapacidad para extraer los frutos a una tierra que nos ha sido regalada para cultivarla y no para que florezcan los arbustos parásitos y la economía ídem.

Una planta crece si le da la luz. La oscuridad de las trabas, de la obsesión enfermiza de temer al enriquecimiento a partir del trabajo honesto, de dirigir una economía cual maniobra militar, solo logra matar cualquier emprendimiento, y al potaje no le importará si a los frijoles le pusimos una cuota determinada de “efervescencia revolucionaria”.

Que los vaivenes del comercio internacional nos importen en el futuro un comino dependerá de que el comino no tengamos que buscarlo en la China y hagamos que nuestra tierra lo produzca, para que cada cual, de regreso de su trabajo, pueda comprarlo a gusto con el porcentaje de sudor invertido, utilizando únicamente su Moneda Legítimamente Conquistada. Ω

1 Comment

  1. El principal problema de cuba es el Estado-Partido.Ese es el freno al progreso nacional.En dictadura no se recogen los mejores frutos de una sociedad.Mire,el actual ordenamiento constitucional no garantiza la unidad espiritual y social en nuestro país.Que abiertamente se describa la superioridad de un grupo sectario y minoritario que,nos trajo hasta aquí,no ofrece garantías para el devenir de la comunidad.El proceso revolucionario es un camino que nos llevará a la descomposición más honda para siempre jamás.

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